12 enero, 2018
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Con un poco de azúcar….Los intereses creados en torno al azúcar

Por Gloria Gonzalez Sanz

Artículo publicado en Ágora, 22-12-2017

Que fumar mata es una verdad socialmente arraigada y parece que ya nadie duda de ello. Ahora bien, hagamos un pequeño ejercicio de memoria y recordemos lo que sucedía en 2011 ante la entrada en vigor de la ley antitabaco. La polémica y las resistencias en su implantación estaban a la orden del día, mientras que ahora la suma de ese respaldo legal junto con la publicidad y la conciencia social, unidas a la subida del precio del tabaco, han impulsado a los consumidores/as a reducir el consumo de dicho producto.

Asimismo, cifras como las 52.000 muertes anuales que genera el tabaco en España, ponen de manifiesto la necesidad de seguir trabajando por disminuir aún más este hábito.

Cambiemos ahora de producto y centremos nuestra atención en el azúcar. En el documental “Sobredosis de azúcar”, el investigador Serge Ahmed, del Centro Nacional de Investigaciones Francés, explica cómo descubrió que el azúcar es más adictivo que la cocaína. Si el azúcar se trata, por tanto, de una sustancia adictiva, ¿cómo es que se encuentra en todo tipo de comida procesada y multitud de bebidas?, ¿cómo puede ser que desde el Gobierno no se elaboren periódicamente campañas educativas y de sensibilización contra ella?

Los intereses creados

Los grandes lobbies, organizaciones de comercio y gigantes alimenticios dedican ingentes cantidades de recursos para conseguir que este veneno “invisible” (pues no es tanto el azúcar que añadimos al café como el que se esconde en los alimentos elaborados que se compran en los supermercados) conviva en nuestras despensas ocasionando que más de la mitad de la población de la Unión Europea (UE) tenga sobrepeso, tratándose por tanto de un problema de salud y desigualdad que afecta de manera especial a la infancia y las personas con renta más baja.

Según el informe “A spoonful of sugar”, las empresas de alimentación, asociaciones comerciales y grupos de presión que promueven la industria azucarera gastan en conjunto 21,3 millones de euros anuales estimados, en ejercer presión sobre la UE. Si quienes redactan los informes sobre nutrición coinciden con quienes los financian, ¿dónde queda entonces la imparcialidad y la independencia?

Una cuestión de política

Y es que abordar el tema de la alimentación es una cuestión política. En el informe de la OMS “Dieta, Nutrición y Prevención de enfermedades crónicas”, se propone que la nutrición sea ubicada en las políticas y los programas de salud pública; ahora bien, teniendo en cuenta que la primera industria del mundo es la alimentaria y que los lobbies de la misma financian en gran medida las publicaciones sobre sí misma, ¿qué credibilidad se merecen los resultados?

Junto a la importancia de las investigaciones científicas para seguir avanzando en este ámbito, se encuentran la educación y sensibilización, como claves para dar a conocer a la ciudadanía, desde la infancia, las herramientas necesarias para alimentarse de una manera saludable, prescindiendo de aquellas sustancias adictivas con un papel importante en enfermedades cardiovasculares, hipertensión o diabetes, entre otras. Sin embargo, esta labor didáctica de higiene alimenticia, prácticamente inexistente en nuestro país, se encuentra con un enemigo difícil de combatir: la publicidad. Campañas publicitarias que incitan a beber todo tipo de refrescos azucarados, zumos “recién exprimidos” (el día que se exprimieron, claro, no el que son consumidos), y comer bollería industrial, cereales híper-azucarados o aquellos productos “sin azúcar añadido” pero que no especifican qué otras sustancias sí han sido añadidas para conseguir los mismos efectos, haciendo más atractivo su consumo.

Lo dicho, una cuestión política, no exenta de responsabilidades.

¿Responsabilidad? ¿De quién?

Esto resulta ser algo en lo que también cuesta ponerse de acuerdo. Quizás porque afecta a varios agentes y cada uno tiene una labor que emprender:

a) Empresas productoras y toda su cadena de valor.

b) Consumidores/as.

c) Inversores/as.

d) Administraciones Públicas.

 

a) Para los fabricantes de azúcar y de productos que la contienen, el consumo es responsabilidad de quien la consume, pues “libremente” decide comprar lo que desean. Ahora bien, ¿esto es realmente así cuando existe desigualdad entre las posiciones que oferentes y demandantes ocupan en el mercado?, ¿cuando la publicidad de los productos carece de transparencia en la información o ésta es de difícil comprensión? Sirva como ejemplo de mejora el etiquetado tricolor que utilizan en Gran Bretaña para indicar, a modo de semáforo, si el alimento contiene bajas, medias o altas cantidades de azúcar, sal y grasa. Este sistema, a pesar de ser una manera fácil de explicar a los consumidores/as la composición de los productos, fue propuesto ante el Parlamento Europeo, y rechazado finalmente en 2010.

b) Responsabilidad de los consumidores de ejercer dicho poder individual de manera colectiva, a través de asociaciones que puedan dar un mayor impulso a las propuestas realizadas; formando parte de grupos de consumo; leyendo la información contenida en las etiquetas; contando con la ayuda de las TIC para conocer datos a los que de otro modo sería casi imposible acceder; o profundizando e investigando en este ámbito a fin de esclarecer la realidad, por ejemplo, a través de publicaciones como “Carro de Combate, Consumir es un acto político.

c) En el contexto de las inversiones, en concreto entre las Inversiones Socialmente Responsables (ISR), es conocido que si aplican criterios de exclusión en las políticas de inversión, la participación de la empresa en la industria del tabaco hará que automáticamente dicha empresa se encuentre fuera del universo. Ahora bien, ¿se da el caso de que el criterio de exclusión sea la participación en la industria del azúcar? ¿Alguna empresa es vetada como objeto de inversión por el hecho de fomentar el consumo de este producto o utilizarlo para la elaboración de otros comestibles? Si como defiende Serge Ahmed, el azúcar es una droga más adictiva que la cocaína, ¿cómo es que se sigue invirtiendo en ella de una manera legal?

d) Y por último, todo lo anterior difícilmente se articulará de manera eficiente si las Administraciones Públicas no ejercen su parte de responsabilidad. El hecho de que no existan leyes que regulen esta realidad, impide que se siga avanzando a favor de la salud y en contra de la manipulación. En la primavera de 2017 vimos cómo el gobierno luso decidió poner en marcha una serie de medidas para reducir el consumo del azúcar, -a la vista del incremento del número de personas diabéticas y con enfermedades cardiovasculares, entre ellas, la puesta en marcha de un impuesto sobre bebidas azucaradas-. Sin embargo, en España se encuentra lejos de ser una posibilidad real. (Aprovecho la ocasión para recordar a las empresas que quieran tomar la iniciativa y hacer un ejercicio de responsabilidad social, que pueden adelantarse al Gobierno y adoptar medidas como no poner en sus oficinas máquinas expendedoras de bollería industrial; trabajar en el sector de la hostelería con proveedores que suministren otro tipo de edulcorantes más saludables, sustitutivos del azúcar; o realizar talleres formativos entre sus empleados, sobre las consecuencias de un elevado consumo de azúcar en la dieta, dentro de las medidas de prevención y salud laboral).

Pensamientos finales

Si echamos un vistazo a la alimentación de hace un par de generaciones y la comparamos con la de ahora, poco tienen que ver. Y lo peor es que nos han hecho creer que se debe a la escasez de tiempo, el estrés, las prisas… Dándose todo ello como un argumento cerrado ante el que parece no haber solución. Sin embargo, detrás se esconde la precariedad laboral; las deficientes políticas de conciliación; la dictadura de las grandes superficies que acaban fagocitando al pequeño comercio; o el poder de las farmacéuticas, para las que las enfermedades derivadas de una deficiente alimentación suponen un sustancial negocio.

La industria alimentaria, a través de grandes multinacionales, ejercen sobre la ciudadanía un poder que a veces nos pasa desapercibido y en el que se ha de poner conciencia para poderlo transformar. Por los argumentos expuestos en este artículo, el consumo del azúcar es especialmente relevante debido a su elevada presencia en los comestibles procesados, lo que mueve millones de euros cada año, generando un efecto dominó sobre numerosas compañías, no sólo las azucareras. Por ello, cambios en nuestro consumo suponen cambios en el sistema político, social y económico que deben visibilizarse.

Cumplamos pues con nuestra responsabilidad, sea la que sea, y tomemos conciencia de lo que ocurre, pues la manipulación bajo la que nos encontramos no es casualidad.

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