7 marzo, 2018
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Crónica de una pesadilla. Relato

Por Sara Cabrera Vázquez

Solo quiero que se me recuerde como una persona que quería ser libre

(Rosa Parks)

Sus tacones resonaban con fuerza sobre los adoquines, en una frenética carrera por alcanzar a tiempo la boca del metro. Aún estaba a dos calles de conseguirlo, y faltaban apenas cinco minutos para que partieran sin ella. Si no conseguía llegar, debería pasar el resto de la noche al raso, dando vueltas bajo aquella fina lluvia que caía sobre su cabeza y le calaba hasta los huesos.

En un momento de la noche había perdido de vista a sus amigos y, con ellos, la posibilidad de volver a casa en coche. Si es que cuando aseguraba que odiaba las discotecas con todo su ser, se refería a situaciones como aquella, en las que se encontraba en mitad de la noche en una calle desierta, con un silencio abrumador, únicamente perturbado por el repiquetear de sus zapatos sobre una calzada cuyas baldosas se balanceaban, haciendo que zozobrara.

Cuando consiguió alcanzar la entrada a toda velocidad, el metro ya estaba llegando a la estación y ella se precipitó escaleras abajo, perdiendo ligeramente el equilibrio y rompiéndose así uno de los tacones. Eso no la detuvo y, en un último esfuerzo, abrió las puertas automáticas y se internó en el último vagón junto a una señora de avanzada edad que la observaba con aire crítico y un joven de aspecto estrafalario.

Se sentó en uno de los numerosos asientos. Apestaba a alcohol y a sudor, y eso le repugnaba. En una de las ventanas pudo observar su reflejo; se encontraba en un estado lamentable, con una de las mangas de su vestido nuevo arrancada y un moretón incipiente en el hombro que había quedado al descubierto. Al recordar cómo había ocurrido aquello, se sintió asqueada.

El perfume que llevaba el joven que la había sacado a bailar se había quedado impregnado en su piel, aún lo olía en su propio cuerpo. Aquel chico de poco más de treinta años la había apartado de sus amigos que, contentos de que por fin hubiera decidido divertirse, los habían dejado a su aire para que se conocieran mejor.

Lo que había comenzado como un baile entre dos jóvenes que acababan de conocerse, pronto se había convertido en una danza incómoda en la que ella había terminado por zafarse violentamente de él, y el muchacho, reacio a dejarla huir, le había agarrado del brazo llevándose consigo la manga del vestido y dejándole como recuerdo un cardenal azulado que parecía hacerse cada vez más grande.

“Todo ha pasado”, se dijo a sí misma, tranquilizadora. “Podría haber sido mucho peor; podría haber intentado propasarse”. El reflejo le devolvía la imagen de una joven de cabellos oscuros y ojos azules, pero no lograba reconocerse en ella. Es más, todo había comenzado a dar vueltas a su alrededor a medida que el tren avanzaba dejando atrás la estación y sumiéndose en la oscuridad de la vía.

En el vagón contiguo podía oír risas y murmullos, probablemente pertenecientes a jóvenes ilusionados que salen de fiesta por primera vez. Ella había dejado todo eso atrás hacía mucho tiempo; a sus 25 años, ya había vivido demasiadas fiestas como para recordar la primera.

– Disculpa jovencita, ¿tienes fuego? -, sintió unos toquecitos en su espalda.

– No, pero aquí no se puede fumar-, se giró para mirar a la anciana y señalarle el cartel que había a su espalda, pero apenas reconoció a aquella mujer enjuta que la había mirado con desaprobación al entrar. Su rostro ya no era humano, o al menos no lo parecía. En su frente había surgido de la nada un tercer ojo, y más que brazos parecía tener tentáculos. Además, su piel había pasado de ser pálida a tener un tono grisáceo, casi enfermizo.

Retrocedió algo asustada, y parpadeó varias veces, incapaz de distinguir lo que era real de lo que no. Las risas siguieron resonando en el otro vagón, pero todo seguía dando vueltas a su alrededor. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Acaso le habían echado algo en la bebida? Solo tenía ganas de llegar a casa y sentirse a salvo, con su familia. Hasta que no pusiera un pie dentro de su hogar, no sentiría que todo había salido bien.

Tambaleándose, consiguió abrirse paso entre los asientos hasta llegar a una papelera cercana. Vomitó todo lo que guardaba en su interior y las vueltas que daba su cabeza parecieron suavizarse. Ya no parecía que se encontrara a bordo de un barco en medio de una tempestad.

Tenues voces resonaban en su cabeza; voces que no articulaban palabras y que, si lo hacían, era en un tono tan bajo que resultaba imperceptible para el oído humano. Ella ya no sabía lo que hacer. Se sentía perdida, y desde la megafonía, la locución cacofónica anunciaba una parada tras otra.

Cuando oyó el nombre de su parada, salió precipitadamente del vagón, casi chocando con las puertas entreabiertas. A su alrededor, varios viajeros se apeaban y subían, como almas en pena que vagan por el purgatorio. Sin detenerse a mirar todos aquellos rostros difusos, subió en una frenética carrera los escalones, tropezando varias veces. Sentía la acuciante sensación de que alguien la perseguía, aunque no hubiese nadie detrás de ella.

El viento helador golpeó con fuerza su rostro cuando salió a la oscuridad de la calle. Apenas era capaz de reconocer el camino a casa, estaba desorientada y todas las luces parecían estar apagadas. Caminaba a tientas, tocando las paredes de los edificios cercanos y con el pecho oprimido por el miedo. A lo lejos, comenzó a vislumbrar una luz. Era su casa. Cruzó un paso de cebra casi sin mirar y se abalanzó sobre la puerta, como si de un bote salvavidas se tratase.

Entonces, comenzó a olerlo con más fuerza. Sus fosas nasales se llenaron de aire, y con él, aquel aroma que le traía recuerdos de una noche para el olvido. Su ropa estaba impregnada del perfume del chico que la había sacado a bailar. Su hogar comenzó a alejarse, y se vio sustituido por el cielo nocturno, lleno de estrellas y con una luna llena que parecía observarle con compasión.

Ya no se encontraba de pie frente a su casa, sino tumbada en el banco de un parque cuyo nombre no recordaba, pero en el que de pequeña había jugado cientos de veces. Su cabeza no paraba de dar vueltas, no recordaba nada, y un dolor punzante le devolvió a la realidad. Su vestido estaba manchado de sangre, sus brazos estaban magullados y su pelo revuelto. La vergüenza pudo entonces al miedo y, sollozando, se dio cuenta de la realidad. No había logrado huir, no había logrado llegar a su casa. Un monstruo con rostro, nombre y apellidos había hecho de la soledad y la oscuridad su mayor pesadilla.

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