Desigualdad y xenofobia en Europa

 

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El marco discursivo que se ha articulado en torno al “Brexit” ha vuelto a poner en evidencia que el fantasma de la xenofobia que recorre Europa en los últimos tiempos es cada vez más visible. Buena parte de los partidarios de la salida del Reino Unido de la Unión Europea han situado el “problema” de la inmigración en el centro de la agenda, como uno de sus principales ejes argumentales para defender tal posición. Y no es un caso aislado. Ejemplos de este rebrote de xenofobia que está oscureciendo en Europa también los tenemos en el vergonzante tratamiento del problema de los refugiados que huyen de la guerra y la miseria en Oriente Medio, o en el auge de fuerzas políticas de ultra derecha, inequívocamente racistas, en países como Austria, Francia o Alemania.

En una Europa resquebrajada por la crisis, las enormes brechas de desigualdad que se están abriendo, tanto entre las diferentes naciones como dentro de cada una de ellas, están siendo aprovechadas como puntos de anclaje a la hora de elaborar narrativas que localizan en el colectivo de inmigrantes uno de los principales focos del problema. En este sentido, son las oligarquías políticas y económicas las que están consiguiendo adueñarse e imponer un marco interpretativo de la crisis que aboga por encontrar los factores explicativos de la misma más allá de sus fronteras.

Se nos dice que las disparidades económicas existentes entre los países del centro y norte de Europa y aquellos situados en la Europa meridional se deben principalmente a que en el Norte se trabaja más y mejor, y en el Sur en cierto modo reina la holgazanería. También se nos asevera, y este argumento es tan viejo como interesado, que el elevado desempleo nativo es en parte causado por los inmigrantes, pues debido a las paupérrimas condiciones laborales que están dispuestos a aceptar, nos desplazan del mercado laboral y además arrastran hacia abajo las condiciones laborales del resto de trabajadores.

Sin embargo, durante los últimos años ha recobrado especial interés la relectura de la obra del antropólogo húngaro Karl Polanyi. En concreto, su obra “La gran transformación”, publicada a mediados del siglo pasado, proporciona algunas claves que resultan particularmente útiles a la hora de entender lo que está sucediendo en la actualidad. Decía Polanyi que la expansión de la economía de mercado, que solo ha existido en nuestra época y de forma parcial, subordina de manera progresiva todos los aspectos de la sociedad a dicho sistema. La sociedad misma pasa a ser un accesorio del sistema económico. Una economía de mercado que convierte todo en mercancía -incluso al individuo y la naturaleza-, que disloca el orden social básico que existía hasta su implantación, y que, por tanto, genera de manera paralela un movimiento de la sociedad en busca de su autoprotección, con objeto de resistir a los perniciosos efectos de una economía controlada por el “mercado autorregulado”.

La gestión de una crisis económica, que se alarga ya casi una década, está impulsando esa expansión y reforzamiento del mercado “autorregulado”, mientras que todos los mecanismos que actuaban de contrapesos para la sociedad, como el Estado del Bienestar o los derechos que protegen al trabajador en el ámbito laboral, están siendo desmantelados. Tal y como apuntaba Polanyi, en el contexto de una “sociedad de mercado” que se niega a funcionar, son las fuerzas conservadoras, y en concreto el fascismo, los que son capaces de ofrecer una vía de escape al estancamiento institucional para resolver la crisis.

Parafraseando al propio Polanyi, el abandono de la utopía del libre mercado nos pone cara a cara con la realidad de la sociedad, de manera que no queda otra alternativa que permanecer fiel a una idea ilusoria de la libertad y negar la realidad social, o aceptar esa realidad y rechazar la idea de libertad. La primera es la conclusión del liberal; la segunda la del fascista.

La parálisis institucional en la resolución de la crisis actual, y esas enormes brechas de desigualdad, que nos retrotraen al escenario de la Europa de comienzos del siglo XX, generan el caldo de cultivo idóneo para que las fuerzas políticas conservadoras capitalicen el descontento, la indignación y la angustia social a través de un discurso racista, exaltando el sentimiento nacional, y abogando por la defensa de lo que denominan los “intereses generales de la nación”. Esos relatos construidos por las oligarquías políticas y económicas, en última instancia, desvían y confunden lo que debería ser un diagnóstico certero de las causas de los problemas que afectan a amplias capas sociales, cerrando en falso la depuración de responsabilidades, y salvaguardando así los intereses materiales de las élites.

En la medida en que renta y riqueza son fuentes de poder, la desigualdad económica guarda un vínculo evidente con el desequilibrio en la distribución del poder, en tanto que la dominación y la subordinación de unos frente a otros se construye a partir de ella. De este modo, toda propuesta de solución a la crisis que debiera pasar por la reducción de la desigualdad, y, por tanto, por la redistribución de la renta y la riqueza, atenta contra el status quo de las élites político-económicas.

El exacerbado aumento de la desigualdad no es solo consecuencia de la crisis, también es una de sus principales causas. Y es por este motivo que la salida de la crisis, o al menos una salida de la misma en clave democrática y equitativa, pasa necesariamente por una fuerte redistribución de la renta y la riqueza.

De tal manera que el eje del conflicto no puede (debe) establecerse entre el penúltimo y el último en la escala de la jerarquía social, sino entre las mayorías sociales y aquellos que se están encargando de conducir y gestionar la crisis manteniendo intactas sus grandes cuotas de poder. Reflexionaba Varoufakis que en Europa predomina la extrañísima idea de que todas las cigarras viven en el Sur, y todas las hormigas, en el Norte. En realidad, lo que tenemos son hormigas y cigarras en todas partes.

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