El consumo responsable, ¿un callejón sin salida?

Por Mario Rísquez, Área de Educación para el Desarrollo de Economistas sin Fronteras.

Artículo publicado en bez.es, el 24 de noviembre, 2016

Este 25 de noviembre, como cada año, se celebra el Día sin Compras (Buy Nothing Day), una jornada de protesta contra el creciente consumismo, cuya acción central consiste en reducir, o incluso suprimir, las compras durante todo el día. Ese mismo día también se celebra el Viernes Negro (Black Friday), jornada marcada por los descuentos que ofrecen las grandes empresas y que se traducen en records en sus cifras de ventas. Sin duda se trata de una semana clave para reivindicar el consumo ético, basado en la sostenibilidad ecológica y la justicia social, pero lo que en las siguientes líneas se pretende es poner sobre la mesa algunas reflexiones acerca del enfoque sobre el que se asienta parte del discurso sobre el consumo responsable. ¿Acaso el activismo en torno al consumo responsable es realmente efectivo? ¿Qué potencialidad tiene y qué limitaciones presenta?

En sociedades en las que prima el individualismo, como en las occidentales, sociedades altamente fragmentadas y disgregadoras, el consumo se ha convertido en la principal vía para la construcción y expresión de la identidad y la autorrealización personal de los individuos-consumidores. Con los actos de consumo satisfacemos nuestras necesidades de realización personal, unos satisfactores intangibles y efímeros que se basan en la necesidad de vernos representados en un status socioeconómico y cultural que aparentemente nos diferencie del resto, y que nos permita, también aparentemente, pertenecer a una “inmensa” minoría exclusiva (y excluyente). En definitiva, que nos permita mostrar nuestra subjetividad e individualidad, mientras que al mismo tiempo nos satisfaga la necesidad que parte del hecho de saber que formamos parte de un grupo.

El sistema de valores que se construye en torno al individualismo y la diferenciación a través del consumo genera un esquema de necesidades y satisfactores que supone una enorme fuente de beneficios para un modelo de negocio basado en la variedad y la diferenciación de productos cuya vida útil es cada vez más reducida, en la construcción de barreras de entrada a determinados mercados basadas en el posicionamiento de las marcas, en la flexibilidad organizacional de la producción en las grandes empresas para atender a cambios en la demanda que les permite, en un escenario de exacerbada competencia como es el que caracteriza al sistema capitalista, sortear y eludir en cierto modo la competencia.

Sin embargo, partimos de una perspectiva en mi opinión equivocada si consideramos, como sucede en parte del discurso que enfatiza la necesidad de potenciar un consumo responsable, que el poder está en manos de los y las consumidoras. La óptica basada en la soberanía del consumidor, del poder de la demanda para condicionar la oferta, aquella que nos interpela a votar cada día con nuestras decisiones de consumo sobre lo que se produce y cómo se produce, parte de un enfoque equivocado si atendemos a que en realidad la direccionalidad es justo la contraria. Consumimos lo que las grandes empresas producen, y no al revés. Las grandes empresas transnacionales crean necesidades para luego satisfacerlas. Estas mismas empresas, como sabemos, dedican ingentes cantidades de dinero a persuadir a la sociedad, a través de la publicidad, no solo sobre las características y la calidad de sus productos, sino acerca del papel que esos productos pueden jugar cultural y simbólicamente en nuestras vidas, generando y reproduciendo sistemas de valores y estilos de vida que son funcionales al modelo de negocio al que aludía anteriormente.

Claro que con nuestras decisiones de consumo votamos, pero apenas juntamos un puñado de votos que ni siquiera consiguen representación en un espacio que tampoco es democrático. Y no es democrático porque el sistema económico capitalista no lo es, ni lo puede ser. En este sentido, hablar del sistema capitalista, y del proceso de globalización de las relaciones productivas y comerciales, tampoco equivale a hablar de todo y de nada al mismo tiempo, pues lejos de aludir a la globalización como si se tratase de un concepto etéreo donde las responsabilidades quedan totalmente diluidas, la forma que toma la globalización en el sistema económico en el que está inserta tiene agentes responsables de conducir y potenciar este proceso. Y esos agentes tienen nombres y apellidos. Las grandes compañías transnacionales están en el origen y reproducen muchas de las problemáticas vinculadas con el deterioro ecológico y la violación de los derechos humanos que desde el discurso y la praxis que se edifica en torno a la idea de consumo responsable se pretende combatir. Pero son batallas de una guerra ya perdida si partimos desde una óptica reduccionista basada en la soberanía y el poder del consumidor.

Los actuales patrones de organización de la producción, el trabajo y el comercio a escala transnacional toman la única forma que pueden tomar bajo los imperativos de un sistema económico basado en la competencia exacerbada a la que están sujetas estas grandes empresas transnacionales, cuya actividad para crecer y sobrevivir a este entorno competitivo está cimentada, en mayor o menor grado, en la depredación de los ecosistemas y en la mercantilización de cada vez más esferas de lo social.

De esta manera, claro que resulta necesario reivindicar y exigir transformaciones sustanciales en el statu quo de relaciones económicas actuales, pero pecamos de ingenuidad si pensamos que todo el argumentario podemos sostenerlo sobre la base de la ética y la justicia, pues si estos argumentos fueran válidos, si la discusión pivotara sobre estos elementos, ya habríamos cambiado el actual orden de cosas tiempo atrás. Huyamos de un debate planteado en términos morales, y construyámoslo apoyados en un análisis sobre el que debe gravitar la consideración de que nos encontramos en un sistema donde existen agentes con intereses dispares, a veces contrapuestos, y en el que existe un desequilibrio en la distribución del poder para hacer valer dichos intereses. No es una cuestión que se dirima en el terreno de la razón, sino del poder.

Un análisis naif que no atiende a estos elementos podemos verlo cristalizado en la Agenda 2030, la nueva agenda de desarrollo que opera de marco estratégico o plan de acción para definir la hoja de ruta de las estrategias y los programas de desarrollo mundiales para los próximos 15 años. En este documento se sitúa al crecimiento, sin apenas adjetivos, y a la liberalización del comercio y la inversión, como principales motores del desarrollo. También se pretende que toda solución a las problemáticas que plantea la Agenda 2030 deba pasar por un papel activo de las grandes empresas transnacionales, en un marco despolitizado que asume que todos remamos en la misma dirección, según el cual todos los agentes compartimos unos objetivos e intereses comunes, y bajo la ausencia de un marco jurídico vinculante o un sistema de sanciones a los incumplidores de los objetivos y metas que establece la agenda.

Potenciemos una mayor coherencia entre pensamiento y acción, entre el discurso y la praxis, pero sin que ello tensione un análisis riguroso de la realidad en que nos movemos, sino que nos revele que estamos situados en un marco de responsabilidades comunes, pero también diferenciadas.

En definitiva, reivindiquemos el consumo responsable, pero dotemos a esa reivindicación de una dimensión sistémica que apunte a la raíz de los problemas, y que no solo interpele al individuo-consumidor a cambiar sus patrones de consumo, sino que le dote de una explicación integral sobre porqué hacerlo. Solo así podrá transitar de individuo-consumidor crítico, a dar el paso a formar parte de proyectos que articulen alternativas. Es el caso de los proyectos asociativos y autogestionados en sectores como el energético o el de la alimentación, o aquellos que se pueden encuadrar dentro de la Economía Social y Solidaria. Experiencias todas ellas que deben ser pensadas en colectivo, y bajo unos parámetros diametralmente opuestos a los que gobiernan nuestra forma de relacionarnos en sociedad y con la naturaleza.

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