El cuñadismo, el imaginario colectivo y los incendios forestales

Por José Alfredo Bravo Fernández

Artículo publicado en eldiario.es, 28/10/2017

El horror de los incendios que hemos vivido este año en España y Portugal ha provocado que durante unos días se hablara mucho de este asunto en los medios de comunicación, en las declaraciones de los políticos, en las conversaciones cotidianas… Esta visibilidad es positiva y necesaria, aunque no tengo ninguna duda de que inmediatamente volverá a quedar fuera de foco. Sin embargo, veo que con frecuencia se han lanzado ideas muy poco justificadas, cuando no directamente disparatadas, repetidas en distintos ámbitos por personas en absoluto especialistas en el tema que sin embargo hablan como si les sobrase autoridad en la materia. Debe de ser el cuñadismo aplicado a los incendios forestales. Escucho algunas de estas ideas desde hace años, y me temo que ya forman parte del imaginario colectivo. 

Mi intención es recoger y comentar algunas de estas ideas, que me he encontrado estos días en relación con los incendios de Galicia pero que aparecen habitualmente en cuanto hay incendios en cualquier lugar de España. Por supuesto, se trata de un tema muy complejo, por lo que exigiría ser tratado con mayor extensión de la que aquí dispongo y con mucha más profundidad y rigor. Pido disculpas por ello, y deseo que los lectores interesados indaguen por su cuenta.

La vigente Ley de Montes (de 2015, que modifica algunos aspectos de la Ley de 2003) dice en su artículo 50 que queda prohibido el cambio de uso durante al menos 30 años en los terrenos forestales incendiados, pero incluye como novedad muy criticada que sí podrá tener lugar ese cambio de uso (siempre que el monte no esté catalogado de utilidad pública) de manera excepcional, si concurren razones imperiosas de interés público de primer orden, debiendo justificarse tales razones y aprobarse dicho cambio de uso mediante ley.

Como vemos, el cambio de uso no parece ni sencillo ni arbitrario. Y además no me parece mal que razones de interés público justifiquen excepcionalmente el cambio de uso tras un incendio. Claro que se comprende el miedo a que esta supuesta excepcionalidad se utilice perversamente, incluso a pesar de las citadas garantías jurídicas; por desgracia, a estas alturas no podemos depositar una fe ciega en el sistema. Pero para evitar el mal uso de una ley necesaria, tendremos que ser una sociedad vigilante y activa, y no renunciar a la ley para evitar la trampa. Por otro lado, ¿cuánto se ha utilizado esta excepcionalidad para “hacer negocio” urbanizando o con otro tipo de actividades? Cualquiera pensaría, ante tanta crítica, que ocurre con frecuencia. Pues resulta que ni una sola vez. ¿De qué estamos hablando, entonces? Creo que esta nueva Ley de Montes es muy mejorable en muchos aspectos, pero precisamente éste, tan rechazado, me parece razonable y nada problemático hasta la fecha. 

“Las repoblaciones han sustituido a nuestros bosques autóctonos”

Es mentira. Nuestro paisaje ha sido muy alterado por miles de años de presencia humana muy impactante. Las repoblaciones españolas, realizadas desde finales del siglo XIX, en su mayor parte han empleado especies autóctonas y se han llevado a cabo en zonas de montaña previamente deforestadas y degradadas con los objetivos fundamentales de proteger frente a la erosión y de regular el ciclo hidrológico. Aunque por supuesto las repoblaciones con fines productores también son muy necesarias, empleen para ello especies autóctonas o alóctonas. 

Las especies alóctonas, o exóticas, se deben usar cuando cumplen una función mejor que las autóctonas y no suponen riesgos de expansión incontrolada o para el medio. En España se usan fundamentalmente unas pocas especies exóticas para producción de madera y pasta de papel: Pinus radiata, híbridos del género Populus, Pseudotsuga menziesii y dos especies de eucalipto. Dichas repoblaciones productoras, que suponen menos del 30 % del total, producen alrededor del 80 % de la madera. ¿Es negativo obtener productos de nuestros montes? Al contrario. Ojalá produjéramos más, nos hace falta. Importamos mucha madera, así que aumentar la producción propia generaría empleo, mejoraría nuestra balanza de pagos y serviría para mejorar también el estado de nuestros bosques: conservación y producción van de la mano si se hace bien. Y no olvidemos una cosa, por favor. Si de verdad nos importa el medio ambiente es mejor usar madera que sus sustitutos artificiales. Piense en una ventana de madera, por ejemplo. Piense en su proceso inicial de “fabricación”: el árbol del que procede ha crecido usando la energía del sol, y mientras lo ha hecho ha formado suelo, ha contribuido al paisaje y a la diversidad, ha generado oxígeno y fijado CO 2 que seguirá retenido mucho tiempo. Ahora piense en una ventana de cualquier otro material artificial, no renovable ni sostenible, obtenido mediante procesos contaminantes y muy demandantes de energía, que se convertirá en un residuo problemático en el futuro. No deberíamos tener duda.

Hay que sustituir las repoblaciones de pinos y eucaliptos por especies autóctonas”

Identificar repoblación con empleo de especies exóticas es un error muy frecuente. Se puede repoblar con especies autóctonas o con especies exóticas. 

En España tenemos siete especies de pinos autóctonos (seis de ellos en la Península Ibérica), y la gran mayoría de las repoblaciones de pinos han empleado dichas especies. La mayoría de las repoblaciones se ha hecho con especies autóctonas, sean pinos o no. Como ya se ha dicho, también se ha repoblado con especies exóticas y objetivo preferentemente productor. Porque es necesario para satisfacer las demandas de la sociedad. Como es necesario, por ejemplo, dedicar mucha superficie a los cultivos agrícolas, que ocupan millones de hectáreas en nuestro país, empleando con mucha frecuencia especies exóticas. Como dedicamos también superficie a suelo urbanizable, porque tenemos que vivir en algún sitio. Sí, se trata de ordenar el territorio. No nos queda otro remedio. Vigilemos para que se haga bien, pero no criminalicemos algunos de los usos sin pensar un poco más en ello.

“Los pinos arden como la yesca”

Todas las especies arden si se dan las circunstancias adecuadas. Por ejemplo, la combinación letal de vientos muy fuertes, humedad muy baja y elevadas temperaturas que hemos tenido en Galicia en esos días fatales. Pero es cierto que cada especie es más o menos inflamable; es decir, tiene más o menos facilidad para entrar en combustión. Pues bien, los científicos especialistas en el tema nos dicen que, por ejemplo, la encina es más inflamable que la mayoría de los pinos. ¿Cuál debe ser entonces la conclusión? ¿Proponemos eliminar nuestros amados encinares? Obviamente no se nos ocurre esa barbaridad, ¿verdad? Sin embargo, esto sí pasa con los pinares. Pobres pinos, no entenderé nunca el odio que despierta en tanto supuesto amante de la naturaleza.

“Detrás de estos incendios hay tramas organizadas”

La gran mayoría de los incendios en España son intencionados o causados por accidentes y negligencias (uso del fuego en prácticas agrícolas y ganaderas, chispas por uso de maquinaria, venganzas, vandalismo, cigarrillos, etc.); también entre los intencionados se incluyen los provocados con la intención de modificar el uso del suelo o el precio de la madera, aunque suponen un porcentaje absolutamente ínfimo. Muy por detrás aparecen los causados por rayo o por pirómanos (por cierto, la piromanía es un trastorno mental, aunque el término se usa con muy poco rigor). ¿Tramas, mafias, estructuras criminales organizadas…? No aparecen en las investigaciones de los especialistas, de los cuerpos de seguridad, de la fiscalía. Es otra idea conspiranoica muy repetida y que tampoco parece cierta. Pero escucharla insinuada en boca de políticos con la más alta responsabilidad, como ha ocurrido estos días, me parece especialmente alarmante. Evidentemente no es un error por desconocimiento, salvo que ellos también ejerzan el cuñadismo sin preguntar a sus muchos asesores. Será entonces que disponen de información privilegiada, de modo que en breve tendremos noticias de que se empiezan a desarticular esas tramas que hasta ahora creíamos mero bulo. En caso contrario, tendremos que pensar en una alternativa desoladora: políticos que mienten conscientemente, quizás para ocultar sus propias responsabilidades ante los recortes aplicados en prevención y extinción, confiados por su experiencia en que esas mentiras no pasarán factura alguna.

“Los incendios son provocados por los propios brigadistas anti-incendios, para asegurarse el contrato”

De todas las acusaciones sin base, destaco por falta de espacio tan sólo ésta por ser la que más me indigna. Imagínense que ustedes son miembros de brigadas contra incendios forestales. Es decir, su trabajo consiste en jugarse la vida apagando fuegos en el monte, labor durísima y obviamente muy peligrosa. Imagínense cómo se sentirían al escuchar esta idea, cada vez más repetida. A mí me parece sencillamente repugnante.

“Hay que gestionar más los montes para que no se quemen”

Por fin, en algo estamos de acuerdo. Aunque no debemos generalizar, en la mayoría de los casos nuestros montes sí necesitan gestión. Desde luego para obtener productos de manera sostenible. Pero también para aumentar su estabilidad, su resiliencia, su diversidad… y para disminuir el riesgo de incendios. ¿Y por qué nos necesitan los montes, podríamos preguntarnos? ¿Es que la naturaleza requiere de la intervención humana para su funcionamiento? Evidentemente no, pero estamos hablando de una naturaleza profundamente alterada, de unos plazos y mecanismos de recuperación difícilmente asumibles por las sociedades humanas, y de unos peligros inaceptables.

En definitiva: aunque nunca podamos eliminar del todo el riesgo de que el monte se queme, sí podemos disminuirlo y facilitar la extinción, en su caso. Y parece que es una idea afortunadamente cada vez más extendida. Pero que exige ser consecuente. La selvicultura preventiva frente a incendios se hace en buena parte con motosierra y con desbrozadora; que los mismos que piden gestión preventiva no sean los que luego denuncian que se entra al monte a “asesinar árboles”. Y lo que es aún más importante. Aunque prevenir los incendios forestales es incuestionablemente beneficioso ambientalmente hablando y también en términos monetarios si lo comparamos con lo que supone la extinción y los daños causados por el fuego (por no hablar del drama de las víctimas humanas provocadas de cuando en cuando), en cualquier caso exige una inversión. Que no se nota en el día a día, porque si no se quema el monte sigue sus ciclos naturales y no sale en las noticias. Y no permite inaugurar nada ni sacar fácil rédito electoral. Aunque por otro lado esa inversión debe proceder de unos presupuestos públicos que distribuyen nuestros políticos… No hay más que mirar para sacar conclusiones. Exijamos que se dediquen los fondos necesarios para esa gestión forestal ahora tan demandada, y que siempre se encuentra bajo mínimos en financiación y recursos. Y recordemos que la imprescindible inversión pública en gestión de la naturaleza, como pasa en otros ámbitos como educación o sanidad, tiene que venir de algún sitio. No nos dejemos engañar con la zanahoria de pagar menos impuestos sin pensar en las consecuencias.

 

José Alfredo Bravo Fernández es Doctor Ingeniero de Montes. Profesor de la Escuela de Ingeniería de Montes, Forestal y del Medio Natural y miembro del grupo de investigación de Ecología y Gestión Forestal Sostenible. Universidad Politécnica de Madrid. 

 

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