1 agosto, 2017
EsFComunicación

El totalitarismo financiero

José Ángel Moreno

Artículo publicado en Libre Pensamiento, nº 89, invierno de 2017

La construcción (social) de la hegemonía financiera

A estas alturas, no es nada original destacar la influencia dominante que las finanzas (no sólo el sector financiero en sentido estricto) ejercen sobre el conjunto de la economía en nuestro tiempo. Un fenómeno que suele conocerse como “financiarización” y para el que Libre Pensamiento sugiere la denominación -nada exagerada- de “totalitarismo financiero”.  Algo sobre lo que se ha escrito ya largo y tendido, pero sobre lo que, desde luego, no está de más insistir y tratar de entender cabalmente, porque -como también se ha señalado con frecuencia- se trata de un rasgo determinante y diferenciador del estilo del capitalismo actual (1). 

Precisemos, ante todo, su carácter. Aunque se han propuesto sobre él muchas denominaciones -en general, con ligeras variantes que resaltan aspecto específicos-,  me parece muy recomendable la que proponen Medialdea y Sanabria (2) en un excelente artículo que utilizo aquí abundantemente: el “aumento de la importancia del capital financiero que se traduce en el creciente protagonismo económico y político de los agentes que lo representan y, por tanto, en el incremento de su capacidad para imponer sus intereses”.

Repárese en que se trata de un proceso que empieza a producirse en un momento concreto (el quicio entre las décadas de 1970 y 1980), en buena medida como resultado de fenómenos impulsados por la llamada crisis de los 70 y por el desmoronamiento general del modelo económico dominante desde los años 50 hasta entonces, así como por las reacciones frente a todo ello adoptadas desde múltiples instancias (gobiernos, organismos internacionales y empresas). Hechos como el súbito incremento de liquidez en manos de los países exportadores de petróleo, la ruptura del sistema de cambios fijos y la aparición de intensos déficits públicos y externos en muchos países. Y reacciones -en buena medida, para superar la crisis-  como la intensificación de la internacionalización económica (lo que un poco más tarde se llamaría globalización), la aceleración tecnológica -particularmente en el ámbito de la información y la comunicación- y el impulso decidido de políticas liberalizadoras y desreguladoras tanto a nivel nacional como internacional, en el marco de una profunda reorientación ideológica, política y económica basada en la recuperación de la centralidad del mercado y en el antiintervencionismo público (la llamada revolución neoliberal). Hechos y reacciones que coincidieron en alimentar un intenso fortalecimiento del tamaño, del peso y de la influencia del sector financiero y de las finanzas en sentido amplio. Todas las grandes líneas de política económica que se imponen desde entonces (política monetaria centrada en frenar la inflación, financiación pública a través de los mercados, liberalización del sector en el interior de cada país, liberalización de los movimientos de capitales…) les beneficiaron, propiciando una rentabilidad tendencialmente muy superior a la de la mayor parte de la actividad productiva. Sin duda, durante muchos años es el vector del capital privilegiado por el programa neoliberal, el que mejor ha sabido moverse en el nuevo escenario global y el que mejor ha sabido aprovechar las posibilidades de la liberalización y de la desregulación generales. 

Como resultado de todo ello, la expansión de las finanzas resulta espectacular, tanto en términos absolutos como en relación a la actividad productiva, a los flujos comerciales o al PIB total (3). Una expansión bajo la que subyace una imprensionante creación de medios de pago (y de su contraparte inevitable: un paralelo endeudamiento general -también del propio sector financiero-).  Todo en el marco de un claro crecimiento de los beneficios de las actividades financieras en relación a los de la actividad productiva, lo que no ha dejado de influir en el progresivo desvío de recursos desde la inversión productiva a la financiera que se ha experimentado durante estos años.

Se trata de un proceso en el que no sólo crece la actividad del sector y de los mercados financieros, sino en el que también se produce en ellos una transformación revolucionaria, complejizándose de forma extraordinaria (4). Por una parte, en términos de productos (cada vez más tecnificados, sofisticados y especulativos -esa “ingeniería financiera” integrada por productos como derivados, estructurados, titulización, , swaps, opciones, diferentes modalidades de arbitraje, créditos sindicados, operativa con divisas, con acciones y con deuda…-) (5), que experimentan crecimientos impresionantes y que convierten a su vez en productos financieros prácticamente todo (hipotecas, estudios, materias primas, cereales, alimentos…). Productos que en muchos casos se aproximan decididamente a la pura especulación y que se comercializan de forma creciente fuera de los mercados formales (6). Por otra, en cuanto a los agentes operadores en el mercado financiero. El cambio en este último sentido ha sido también rotundo: importancia creciente de los mercados de capitales en la financiación empresarial (desintermediación financiera), paralela reorientación de la actividad bancaria hacia los nuevos productos y hacia la operativa en los mercados de capitales y en ámbitos propios de la banca de inversión (diluyéndose paulatinamente las fronteras entre ésta y la banca comercial) y aparición de nuevos actores de protagonismo creciente, muy especialmente los llamados inversores institucionales (7) (fondos de inversión -convencionales, de capital riesgo, de alto riesgo…-, fondos de pensiones y entidades aseguradoras). Nuevos actores a los que deben añadirse otros complementarios crecientemente necesarios para la operativa emergente: agencias de calificación, consultoras de inversión y de riesgo, brokers, traders… Sin olvidar a las grandes empresas no financieras, en las que la actividad  financiera  -créditos a clientes, movimiento de  tesorería, endeudamento para inversiones financieras…- se convierte en muchos casos en una vertiente muy relevante de su operativa -llegando a constituir verdaderas entidades parabancarias de notable dimensión-, al calor de las mayores rentabilidades que propicia frente a su actividad productiva original. Los datos sobre el incremento de los beneficios financieros en el total de beneficios empresariales son concluyentes, particularmente en los países anglosajones.

Todo ello -nuevos productos, nueva operativa, nuevas funciones de las entidades tradicionales y nuevos agentes- es un proceso, en efecto, que ha potenciado intensamente la rentabilidad de los mercados financieros, pero que ha incrementado radicalmente también sus niveles de riesgo y de inestabilidad. Un proceso  que sólo resulta explicable en el marco de liberalización, desregulación e internacionalización cada vez mayores -que los propios mercados financieros estimulan (8)-  y que se concita en un irresistible impulso de esa aludida transformación profunda de las finanzas: unas “nuevas finanzas” dominadas ya no por la función tradicional de la banca (la canalización del ahorro hacia la financiación de la inversión productiva), sino por el peso creciente de los mercados financieros y de capitales en la financiación empresarial y por una actividad financiera que se extiende cada vez más también hacia los particulares y los gobiernos. Unas “nuevas finanzas” en las que se produce un fenómeno aparentemente paradójico:

A. Por una parte,  se focalizan cada vez más en el propio ámbito financiero, autonomizándose  crecientemente de la actividad productiva, orientándose cada vez más a sí mismas, en el marco de un proceso retroalimentador -captación de financiación para volcarla en el ámbito financiero- cada vez más emparentado con la especulación pura y dura.  Algo que deriva inevitablemente de la creciente pulsión de los mercados financieros hacia la búsqueda de beneficios a corto plazo, para reinvertir inmediatamente en nuevas actividades financieras con el mismo objetivo. La prioridad por la liquidez y el cada vez mayor cortoplacismo son consecuencias ineludibles del modelo de funcionamiento de las nuevas finanzas.

B. Pero por otra, y pese a lo anterior, los mercados financieros influyen de forma crecientemente determinante en el conjunto de la actividad económica, en los restante sectores y en los comportamientos particulares, empresariales y públicos, reoriéntadolos a todos ellos en función de sus propios intereses.  Algo que consiguen no sólo a través de su tradicional función financiera, sino también -y de forma progresivamente imperativa- por medio de la inoculación en todos ellos de estrategias financieras.  

Éste es el capital financiero -insisto, una realidad mucho más amplia que el sector financiero convencional- que va consolidando rápidamente su predominio en el conjunto del sistema económico a lo largo de las décadas de 1980 y 1990, emergiendo en los años finales de ésta como la facción claramente hegemónica del capital. Una facción, recuérdese, que no es un ente abstracto, sino que tras ella -como tras todas las restantes- hay entidades y personas concretas llevando las riendas y apropiándose de la parte del león de las ganancias conseguidas. Pero -como la Economía crítica viene enseñando ya desde hace mucho tiempo- por encima de ellas prima la lógica de un sistema que impone los objetivos y las actuaciones, homogeneizando los comportamientos y penalizando severamente las conductas desviadas.  Se apuntan a continuación los tres canales esenciales a través de los que esta lógica -la lógica financiera- ha impuesto su supremacía en el conjunto del sistema económico.

La financiarización de la empresa

Ante todo, el nuevo tipo de influencia de las finanzas en la empresa ha venido de la mano del peso en aumento que han adquirido los mercados y los criterios financieros en la gestión empresarial, muy especialmente (uno de los pilares de la revolución neoliberal) a través de de la reafirmación de los mercados de capitales como asignadores básicos de los recursos financieros y controladores de la gestión, en detrimento de la tradicional financiación bancaria. O lo que es lo mismo, de la capacidad de la gran empresa para financiarse fuera del ámbito estrictamente bancario (es lo que se ha denominado desintermediación bancaria). Un fenómeno especialmente intenso en EE.UU. y en los países anglosajones, pero evidente también en todos los desarrollados y en muchos emergentes. Aunque en muchos de ellos no se ha producido una dependencia de los mercados de capitales tan intensa y se ha mantenido una fuerte vinculación con la banca, la globalización financiera ha ido socavando paulatinamente la independencia de los mercados financieros y de capitales nacionales,  imponiendo claramente el modelo financiero anglosajón. El predominio de los mercados en la financiación de las grandes empresas, y sobre todo de las cotizadas (el mundo de las pymes se rige por otras pautas), ha acabado condicionando de forma decisiva sus objetivos, su estructura, su forma de gobierno y sus estrategias, impulsando el modelo de empresa que mejor se acomoda a los objetivos y a los criterios de los mercados (9).

Se trata de una empresa orientada prioritariamente a los intereses de los accionistas, en quienes recaen todos los derechos de gobierno, de control y de apropiación del beneficio. Una empresa gobernada según el modelo denominado “accionarial” o “financiero”, que descansa en la soberanía del accionista y en la decisiva influencia de los mercados de capitales y que, a instancia de los intereses de los accionistas y de los mercados, persigue como fin único la maximización del beneficio o, más aún, la maximización del valor accionarial. Un modelo que entiende a la empresa como una cartera de activos a los que se confiere la máxima liquidez y separación posibles y que los propietarios buscan rentabilizar continuamente, pretendiendo la búsqueda permanente de beneficios extraordinarios (batir permanentemente al mercado para maximizar permanentemente el valor de la acción), forzando para ello un intenso crecimiento del reparto de dividendos (y del peso de éstos en el conjunto del excedente empresarial). Algo que se extiende imparablemente en el conjunto empresarial -porque es muy difícil resistir la competencia de las altas rentabilidades a corto plazo- y que se complementa con la ya mencionada tendencia a incrementar el peso de las inversiones y de las actividades financieras , que habitualmente posibilitan rendimientos mayores que las productivas. Tendencia que en algunos casos llega a inocular estrategias dominantemente financieras en empresas no financieras (diluyéndose así crecientemente las fronteras entre ambas actividades).

No está de más reparar en que esta teórica soberanía del accionista se ha materializado en la práctica de forma muy selectiva. La evidencia empírica más solvente refleja claramente que, en líneas generales, no son de ninguna forma los accionistas estables los mayores beneficiarios de este modelo financiero de empresa, porque a la larga perjudica el óptimo funcionamiento de la firma (10). Muy al contrario, los verdaderos ganadores han resultado ser los accionistas más volátiles, especializados en conseguir plusvalías a corto plazo de sus inversiones (y muy destacadamente, los inversores institucionales) y la gran banca (frecuentemente detrás de estos inversores y que ha encontrado una potente fuente de beneficios en la intermediación bursátil y en el asesoramiento  en operaciones corporativas), así como los altos directivos de las grandes empresas, a los que los accionistas dominantes han tratado sistemáticamente de alinear con sus intereses a través de retribuciones variables escandalosamente altas (muchas veces en forma de opciones privilegiadas sobre acciones) que han retroalimentado el carácter cortoplacista y de alto riesgo de la gestión empresarial. 

En todo caso, es una forma de entender la gestión que inevitablemente generaliza en las grandes empresas tendencias de inequívocos efectos negativos para el conjunto de la economía y para la propia sostenibilidad empresarial a largo plazo. Tendencias como un exacerbado cortoplacismo, un permanente freno a la inversión poductiva y una contínua propensión al endeudamiento y a la reducción de los fondos propios (porque así se consigue una mayor rentabilidad a corto plazo del capital invertido), que fomentan la intensificación de fenómenos como la externalización, la subcontratación y la deslocalización. Estrategias todas todas de incremento de la rentabilidad inmediata, pero que  acaban teniendo evidentes consecuencias perjudiciales en el tejido económico nacional originario de las empresas, al tiempo que impulsan una concentración empresarial muchas veces artificial e ineficiente (porque los mercados y la búsqueda del beneficio inmediato propician fusiones y adquisiciones por criterios ajenos a la eficiencia empresarial) y  la generalización de políticas laborales focalizadas al aumento de la productividad, a la jibarización de plantillas, a la contención de costes salariales, a la flexibilización de las condiciones contractuales y al achicamiento del poder sindical, así como al incremento espeluznante de la desigualdad retributiva y a un frecuente desprecio por las externalidades sociales y ambientales de la actividad empresarial.  Todo ello en el marco de criterios de gestión hiper-arriesgados e irresponsables -cuando no fraudulentos- que la obsesión por la maximización del beneficio ha propiciado en demasiadas empresas.

No es fácil negar, en definitiva, las muy negativas consecuencias que, tanto en términos de la propia calidad de las empresas como en términos económicos, sociales y ambientales, han generado el modelo de empresa y las estrategias empresariales que ha venido impulsando el totalismo financiero desde comienzos de la década de 1980.

La financiarización de los particulares

El proceso de desintermediación de la financiación de las grandes empresas respecto de la banca ha inducido la búsqueda por éstas de fuentes alternativas de beneficio: algo que ha encontrado en buena medida en el mercado de particulares, en torno al que la banca ha sabido desarrollar nuevas estrategias de extraordinaria rentabildad (11). Se trata de un proceso claramente apreciable también desde comienzos de la década de 1980 y que en buena medida ha servido de paliativo para la creciente contradicción que ha generado la línea fundamental de superación de la crisis de los 70. En efecto, la estrategia neoliberal (contención salarial, reducción del Estado de Bienestar, liberalización, globalización) provocó en los países desarrollados una imparable tendencia al incremento de las desigualdades y a la reducción paulatina del poder adquisitivo de segmentos mayoritarios de la población, con la consiguiente presión a la baja en la demanada agregada. Algo que se produce justo en momentos en los que la revolución tecnológica y la propia globalización están generando un intensísimo crecimiento de la capacidad productiva general. Es una contradicción que en buena parte se pretendió mitigar precisamente a través del crecimiento -en medida desconocida hasta entonces- del crédito de la banca a los particulares.  Un crecimiento que posibilitó el mantenimiento aparente de la capacidad de compra (y  de la capacidad de satisfacer necesidades básicas, como vivienda, educación, salud y seguridad en la vejez), pero sobre una base inevitablemante frágil y ficticia y a costa de un endeudamiento cada vez mayor de la mayoría de la población (12).

Es un endeudamiento que parece haber sido claramente funcional  para frenar los salarios y a través del cual el sector financiero ha ido condicionando crecientemente también los comportamientos individuales, sometiéndolos a la  lógica financiera: la presidida por la prioridad de la devolución de las deudas, para lo que hay que solicitar continuamente nuevos préstamos. Una carrera aparentemente indefinida, pero que -como no podía dejar de suceder- encontró un fin abrupto -al menos por el momneto- con la crisis desatada en 2008. En este sentido, no está de más recordar que ha sido una lógica trágicamente negativa a la larga para amplios sectores sociales, en tanto que considerablemente rentable para la banca: una vía que algunos autores llegan a calificar de auténtica expropiación financiera (13), en la medida en que se basa en evidentes relaciones de desigualdad, necesidad y dependencia.

La financiarización del Estado 

Los Estados, que -como ya se ha apuntado- han sido agentes básicos en la creación de las condiciones posibilitadoras de la financiarización de la economía, han acabado también padeciendo sus consecuencias: básicamente, a través de la dependencia creciente que han ido contrayendo respecto de los mercados financieros para financiar sus generalizados déficits y la correspondiente deuda pública que éstos provocan. Dependencia impulsada en parte por la propia  ideología liberalizadora por la que han optado la gran mayoría de los gobiernos de los países desarrollados y emergentes, que ha determinado unas estructuras impositivas y una autonomía de los bancos centrales que han restringido drásticamente la capacidad de financiación pública por vías alternativas. Pero dependencia, a su vez, que limita no menos radicalmente la actuación de los Estados, el tipo de políticas que pueden aplicar, porque los mercados financieros -cuyos recursos resultan cada día más  imprescindibles- requieren condiciones muy exigentes, dificultando poderosamente la puesta en práctica de políticas económicas que pueden resultarles desfavorables e influyendo drásticamente en los objetivos, las estrategias y el estilo de las intervenciones públicas en materia eonomica. Con ello, el capital financiero completa la esfera de su dominio sobre las actuaciones de los agentes económicos.

En resumen

De este modo, empresas, particulares y gobiernos financiarizados se ven forzados, cada día más,  a actuar en un sentido que refuerza la financiarización, la hegemonía del capital financiero, en un bucle que se retroalimenta.  Se fomentan así  comportamientos que confluyen en el fortalecimiento de los intereses del capital financiero y que resultan ser, en general, inocultablemente negativos para los sectores sociales mayoritarios, para la calidad de la gestión empresarial y para el conjunto de la sociedad: empeoramiento de los derechos y de las condiciones laborales y pérdida de capacidad negociadora del trabajo, tendencias limitadoras  del crecimiento, cortoplacismo y propensión a burbujas financieras, incremento del paro, de la desigualdad y de la pobreza, reducción de las coberturas sociales, facilidades para la evasión fiscal, para el blanqueo de dinero y para la corrupción… Elementos todos que reflejan un deterioro crucial de la calidad del modelo de sociedad y un proceso de reestructuración económica y social de dimensiones colosales: una inmensa transferencia de riqueza y poder a ese capital financiero (14). Un panorama que revela  la profunda distorsión que la autonomía y la capacidad de imposición de ese capital comportan para el equilibrio, la sostenibilidad y la capacidad de reproducción del sistema económico, pero que la corriente dominante de la Economía ortodoxa ha racionalizado como una exigencia de la pura racionalidad económica: un reflejo no poco significativo de la capacidad de influencia -también, claro está, ideológica y cultural- del poder financiero.

No puede considerarse ajeno a este incremento de poder la irresponsabilidad creciente con la que han ido actuando las finanzas -y desde luego también la propia banca- a lo largo de estos años (15): una consecuencia patente de su prepotencia, de su propia cuasi-omnipotencia, cada vez mayor a medida que se han ido haciendo más intensos los procesos de liberalización y desregulación que ellas mismas han sabido fomentar. Una irresponsabilidad evidenciada de forma abrupta con la crisis desatada en 2008 y que ha venido siendo fomentada en el conjunto de la actividad empresarial a través de la penalización de los comportamentos empresariales responsables y del incentivo de los irresponsables y cortoplacistas que -vía la capacidad de influencia en los objetivos de las empresas- las finanzas generan. Uno más, y no de los menores, perniciosos efectos de la financiarización de la economía.

Algo todo ello que -como no es difícil intuir- tiene implicaciones aún mayores: esa influencia poderosa que las finanzas ejercen sobre los agentes económicos y sobre los Estados  entraña adicionalmente un indudable peligro para la propia democracia, inevitablemente sometida también, en este contexto, a ese dominio. Ése, probablemente, es el factor que finalmente justifica de forma definitiva la denominación de “totalitarismo financiero” para el fenómeno aquí descrito.

 

Notas:

(1) Aunque no deja de ser un tema debatido. Ver al respecto S. Álvarez, “El papel de las finanzas a debate”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, FUHEM, nº. 114, 2011.

 

 

 

(2)   B. Medialdea, B., y A. Sanabria, “La financiacirización de la economía mundial: hacia una caracterización”, Revista de Economía Mundial, nº 32, 2013. Disponible en http://rabida.uhu.es/dspace/bitstream/handle/10272/7532/La%20financiarizacion%20de%20la%20econom%C3%ADa%20mundial.pdf?sequence=2 

 

 

 

(3) Se omiten aquí cifras. Pueden encontrarse en Medialdea y Sanabria (2013) y  en  V. Navarro y J. Torres, Los amos del mundo, Espasa, Barcelona, 2012.

 

 

 

(4) Ver al respecto A. Torrero, Revolución en las finanzas, Marcial Pons, Madrid, 2008.

 

 

 

(5) Pueden verse explicaciones asequibles para no expertos en Navarro y J. Torres (2012) y en  E. Toussaint, Bancocracia, Icaria, Barcelona, 2014.

 

 

 

(6)  Son las cada vez más voluminosas operaciones denominadas “over the counter”, que han contribuido en gran medida a lo que se ha llamado “banca en la sombra”.

 

 

 

(7) No debe perderse de vista que tras estos nuevos inversores está frecuentemente la banca, lo que matiza sensiblemente su presunta pérdida de importancia.

 

 

 

(8)   Un estímulo contra todo límite que frene su actuación y que se produce por múltiples vías, directas e indirectas, legales y menos legales, entre las que no debe olvidarse el crecimiento de los paraísos fiscales.

 

 

 

(9)  Son ideas desarrolladas en  A. Merino y J. A. Moreno, “La empresa neoliberal: la maximización del valor accionarial”, primeras Jornadas del Foro de Economía Progresista, 20-21 de octubre, 2016. Ver también sobre este tema Medialdea y Sanabria (2013) e I. Álvarez y B. Medialdea, “La influencia de la financiarización sobre el gobierno corporativo de la empresa: el papel de los inversores institucionales”, Revista de Economía Mundial, nº. 24, 2010, disponible en http://www.redalyc.org/pdf/866/86612931007.pdf .

 

 

 

(10) Merece verse sobre esto J. Montier, “The world´s dumbest idea”, GMO, Whipe Paper, diciembre 2014, disponible en https://www.gmo.com/docs/default-source/research-and-commentary/strategies/asset-allocation/the-world's-dumbest-idea.pdf

 

 

 

(11)  Entre las que hay que incluir el complejo negocio de productos estructurados creado sobre la financiación hipotecaria que ha sido uno de los factores generadores de la última crisis.

 

 

 

(12)  Se trata de un proceso complementado para los sectores de rentas altas con el “efecto riqueza” producido por los ingresos derivados de su mayor participación en los mercados financieros, inducido en buna parte también por la banca, que ha fomentado así mismo un intenso endeudamiento para estas inversiones.

 

 

 

(13)   El más representativo es C. Lapavitsas, “Capitalismo financiarizado: crisis y expropiación financiera”, en Huellas de Estados Unidos, mayo de 2011, disponible en www.huellasdeeua.com.ar. Es una argumentación que desarrolla más detenidamente en Beneficios sin producción. Cómo nos explotan las finanzas, Traficantes de sueños, Madrid, 2016.

 

 

 

(14)  Para lo que ha supuesto en el caso español, puede verse I. Álvarez, “La financiarización de la economía española”,  Colectivo Novecento, 8/11/2012, disponible en https://colectivonovecento.org/2012/11/08/la-financiarizacion-de-la-economia-espanola-endeudamiento-crisis-y-recortes-sociales/

 

 

 

(15)   Ver al respecto J. A. Moreno, “Los lobos de Wall Street”, eldiario.es, 22/2/2014, disponible en http://www.eldiario.es/zonacritica/lobos-Wall-Street-ecosistema_6_231386870.html ,  y  “¿Hace falta mejorar la ética de los bancos?”, eldiario.es, 8/1/2016, disponible en http://www.eldiario.es/zonacritica/Hace-falta-mejorar-etica-bancos_6_471462871.html

 

 

 

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