La Economia Social y Solidaria y masculinidades

Por Jhonny Jiménez (Miembro del Movimiento de Economía Social y Solidaria del Ecuador, docente de la carrera de Trabajo Social de la Universidad Central del Ecuador)

Artículo publicado en el Portal de Eonomía Solidaria, el 5 de mayo, 2017

 

Antecedentes

Se dice que la Economía Solidaria (ES) tiene rostro de mujer. Pero si bien es cierto que la incorporación de las mujeres a este modelo les ha permitido generar capacidades y exigir sus derechos, la carga laboral y la violencia de género sigue siendo un desafío a trabajar en la Economía Solidaria. Una de las propuestas-herramientas para cambiar las asimetrías de género proviene de las reflexiones desde el mismo movimiento de Economía Solidaria y desde el cuestionamiento de los hombres que también han decidido aportar en la igualdad de género.

La economía feminista y la masculinidad.

Economía proviene de dos palabras griegas. Oiko significa economía y Nomia administración. En ese sentido, la economía se define como la administración de la casa, en otras palabras, el cuidado del hogar. Está definición sustantivista reconoce a la tierra como un ser vivo que necesita del cuidado de las personas que permita asegurar la reproducción de la vida.

De forma contrapuesta, la teoría neoclásica es antropocéntrica, reconoce a la tierra como un recurso a ser explotado, a ser invadido, coloca al capital como categoría que organiza al sistema económico y social, partiendo de un libre mercado autoregulado. Además, el modelo neoclásico utilitarista busca maximizar la ganancia, definiendo al ser humano como un homo economicus que busca la máxima rentabilidad en sus decisiones de consumidor y productor, sin considerar los efectos sociales y ambientales.

En esta economía se fortalece la división sexual del trabajo, entre lo productivo y reproductivo, en donde el trabajo reproductivo, realizado por las mujeres, solo tiene valor de uso, no es comercializado y no tiene valor, por lo tanto es considerado como inferior. Según Nobre (2015), “la división sexual del trabajo constituye la base material de la opresión de las mujeres y se organiza por separación: algunas tareas y funciones son consideradas masculinas y otras femeninas, y por jerarquía: las tareas y funciones consideradas masculinas tienen más valor en la sociedad capitalista y patriarcal” .

En cambio, la Economía Feminista parte del concepto sustantivista de la economía, se presenta con un nuevo paradigma en donde se promueven nuevas relaciones sociales de producción y el fomento de  fuerzas productivas que estén al servicio de la vida, da prioridad a la producción de bienes de uso que permitan la reproducción ampliada de la vida.

La lucha del movimiento feminista ha generado grandes avances para reivindicar y posicionar sus derechos en el ámbito público, pese a estos avances, las mujeres todavía tienen grandes desafíos para lograr condiciones de igualdad, particularmente en el ámbito privado, en el que actualmente muchas mujeres, después de largas jornadas de trabajo, regresan a la casa a seguir trabajando en las tareas del cuidado.  

El problema básicamente es que los hombres todavía piensan y actúan desde los “hombres tradicionales” o lo que podríamos denominar masculinos hegemónicos (1). Asumir la masculinidad hegemónica, sin lugar a dudas, trae beneficios a los hombres y desventajas a las mujeres, pero también trae consecuencias para los mismos hombres. (Kaufman, 1994).

Gracias a los avances de las luchas feministas por sus derechos y la reivindicación de otras formas alternativas de vida, pero también por los mismos cambios que se han producido en el sistema capitalista la forma “tradicional de ser hombre” se encuentra en entredicho.

La búsqueda de alternativas pasa por repensar los roles masculinos, que no están ligados solamente a los roles productivos, sino fundamentalmente a los roles reproductivos, que están relacionados con el cuidado de la vida.

La masculinidad y la Economía Solidaria.

Se dice que la economía solidaria “tienen rostro de mujer”, al considerar que las prácticas solidarias en un 80 % están conformadas por mujeres. Además, esta participación, ha mejorado sus condiciones de vida, incrementado sus ingresos y generado una mayor autonomía. Por otro lado ha propiciado el fortalecimiento de los vínculos sociales promoviendo su participación e integración.

“Soy María, pertenezco a una organización de mujeres que produce hierbas medicinales. Comienzo mis labores a las cinco de la mañana, realizo el desayuno para mis hijos y mi esposo y preparo, después me dedico un rato a ver las plantas y  dar de comer a los animales. A las 9 de la mañana voy a la Asociación a trabajar secando las plantas y enfundando. A las 12 regreso a casa a dar de comer a mis hijos. En la tarde continuo en la Asociación hasta las cinco, regreso a casa a preparar la cena, a las siete comen y preparo la ropa, realizo algunas tareas de la cocina para dejar lista la comida para el siguiente día, me acuesto más o menos a las 10 de la noche”.

Testimonio de una dirigente de la Feria Agroecológica de La Esperanza

Al mismo tiempo, este testimonio refleja la realidad de la mayoría de las mujeres que se encuentran vinculadas a la Economía Solidaria. Las altas jornadas laborales y la violencia en sus hogares es parte de su cotidianidad. En las unidades económicas solidarias y en las mismas prácticas se pueden encontrar asimetrías de género que desbordan en situaciones de violencia e inequidad. En ese sentido, uno de los grandes desafíos para la Economía Solidaria es eliminar las asimetrías de género que se producen en las organizaciones y en las unidades económicas familiares.

Las mujeres tienen que dedicarse a trabajos productivos, como la venta en las ferias solidarias o las actividades agrarias, pero también a los ámbitos reproductivos, como el cuidado de los hijos y los enfermos. De esta forma, se genera una triple carga laboral para las mujeres: la primera, relacionada con los trabajos reproductivos; la segunda, con los trabajos productivos; y la tercera, con la participación en los procesos organizativos y comunitarios. Particularmente en las zonas rurales, en donde el acceso al agua, la falta de carreteras y sistemas de refrigeración hacen que las mujeres tengan menos tiempo para el descanso y el ocio que los hombres, lo que se le podría denominar pobreza de tiempo (Cabrera y Escobar, 2014).

Frente a esta triple carga laboral de las mujeres, la solución no es que las mujeres se retiren de los procesos organizativos para disminuir las horas de trabajo, sino que los hombres se involucren en las economías del cuidado, asumiendo roles productivos y reproductivos con el fin de generar procesos de igualdad de género, primero en las unidades económicas familiares y luego en las mismas prácticas solidarias.

La mayoría de las mujeres que se encuentran vinculadas a las organizaciones de Economía Solidaria han ido generando procesos de autoestima y valorización, fomentando su autonomía, conociendo sus derechos y mejorando su fuente de ingresos. En cambio, los hombres no generan procesos sociales de empoderamiento, siguen pensando y actuando en la forma “tradicional del ser hombres”, por lo que en las economías solidarias los hombres sienten que son desplazados de su rol principal como hombres.

Al no existir propuestas de “nuevas formas de ser hombre”, si bien se cuestiona la masculinidad tradicional, tampoco existe una reflexión en torno a las masculinidades, generando emergencias emocionales, las cuales, lastimosamente, se desbordan en el alcohol, la violencia y a veces el suicidio.

La sensibilización y concienciación de los hombres pasa por procesos objetivos y subjetivos. Considerando el aspecto ontológico del ser humano, lo productivo y lo reproductivo son parte de un solo proceso, no se pueden separar, por lo que es necesario un proceso integral para la construcción de sujetos más solidarios y humanos. Es en ese proceso social en el que los hombres encontraremos salidas para reconstruir y pensar qué significa ser hombre, pero además aportar a construir sociedades más igualitarias y justas con las mujeres.

 

Resumen del artículo “La Economía Social y Solidaria y masculinidades”publicado en el número 25 de los Dossieres de Economistas sin Fronteras Dossieres EsF, dedicado al tema El enfoque de género en la Economía Social y Solidaria: aportes de la Economía Feminista'.

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(1) La masculinidad Hegemónica es un proceso de construcción que va a la par con el patriarcado, entendido este último como un sistema de organización social que coloca a los hombres en un nivel de superioridad sobre las mujeres, es decir,  en una posición dominante de los hombres frente a la subordinación de las mujeres (Connel, 1995). El sistema patriarcal y machista fomenta relaciones de poder que benefician al hombre en detrimento de los derechos de las mujeres. (Gramsci, 2005; Foucault, 1984).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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