De la economía plateada a la sociedad de la edad

José Ignacio Casas - Sociólogo

1. Introducción

Un enfoque crítico sobre los planteamientos de la llamada Economía Plateada ha de partir de la socio-economía de la población mayor o, mejor dicho, sobre la socio-economía de la edad.

Se trata de un campo de estudio que comenzó a desarrollarse en los años sesenta en el entorno académico norteamericano, pero que hasta años recientes no se ha vuelto a retomar, aunque con más tintes de polémica que de análisis reposado, con voces de alarma sobre el envejecimiento de la población y la supuesta carga de los mayores en las economías occidentales.

La extensión de este artículo no permite sino enumerar las principales cuestiones que hoy por hoy se identifican en este campo, dejando para otra ocasión el necesario trabajo de profundización, en particular para el caso español.

Tras una breve exposición del planteamiento actual de la Economía Plateada, este artículo repasará la sociología tradicional sobre la vejez y sus sesgos, para introducirse en los nuevos enfoques que propone la llamada “Gerontología social” y, más en general, en la construcción de una socio-economía de la edad. Finalmente, se abordarán algunas cuestiones más centradas en el caso español.

2. Del problema de la vejez a la economía plateada

Durante los últimos decenios hemos pasado de la preocupación por el crecimiento incontrolado de la población, tal y como auguraba el Informe del Club de Roma (Meadows et al, 1972 y 1992) al miedo al envejecimiento poblacional y la caída de la natalidad.

Desde el punto de vista estrictamente demográfico, la perspectiva del Club de Roma ha sido fuertemente criticada, como puede verse en Mullan (2000), Zapiain, (2010), Ediev y otros (2019), Dubert y Pérez-Caramés (2021) y Domingo (2018 y 2023).

El aumento de la esperanza de vida, que en un principio parecería ser una “buena noticia”, se convierte en motivo de preocupación. Un análisis superficial -pero también interesado- señala que la carga económica derivada del creciente volumen de personas mayores supone un peso muerto, tanto en términos de pensiones como de coste de los cuidados, de modo que se hace insoportable para el sistema e injusto para las generaciones venideras y por tanto debe reducirse con urgencia. Se denuncia que los presupuestos públicos se estarían dirigiendo de forma creciente a colmar las necesidades de la población mayor, ”graying of the budget” (Hudson, 1978), sobre todo la generación del Baby Boom (Hudson, 2009a y 2009b), en detrimento de la población joven (Conde-Ruiz y Conde Gasca, 2023); polémica de la que ya se hizo eco en España Gil Calvo (2004). Como muestra Ayalon (2019), la población joven tampoco está exenta de este ataque edadista. Una crítica al enfoque del conflicto entre generaciones puede verse en Binstock (1983 y 2010). De ahí también cuán importante es la comunicación de evidencia científica sobre la economía del envejecimiento para desmitificar las falacias populares (Börsch-Supan, 2013).

¿La economía plateada al rescate?
En contraposición con lo anterior, se ha planteado la necesidad de lo que se viene llamando “envejecimiento activo” (Dionyssiotis, 2018). Y en esta línea se desarrolla un argumento complementario del anterior que reivindica que los mayores podrían ser también potenciales consumidores, o, al menos, un segmento específico de los mismos, y en consecuencia útiles contribuidores a la dinámica económica: es el llamado “dividendo de la longevidad” (Aracil Fernández y Roch Dupré, 2022), que incluiría las oportunidades de mercado englobadas bajo el rótulo de la Economía Plateada. (European Commission, 2018). Lo único que habría que hacer, según este enfoque, sería desarrollar ese mercado específico con productos y servicios adaptados a los mayores o diseñados de nueva planta; un mercado mal comprendido, a pesar de ser considerado el de mayor potencial mundial (Coughlin, 2017), (Dimitriadis, 2019).

3. La sociología tradicional sobre la vejez y sus sesgos
Antes de seguir adelante, es necesario adoptar una perspectiva de conjunto de las dinámicas sociales relacionadas con el envejecimiento o de forma más general con la edad.

Tradicionalmente, la sociología ha abordado el envejecimiento desde tres perspectivas diferentes: el funcionalismo, el interaccionismo simbólico y la teoría del conflicto. En todos estos casos el foco se centra en analizar el comportamiento de las personas mayores y las razones para ese comportamiento. No hay espacio aquí para presentar cada uno de estos enfoques, aunque se pueden consultar sucesivas recopilaciones en Bengtson y Schaie (1999), Bengtson et al. (2009) y Bengtson y Settersten (2016), así como desde España en Rodríguez Ibáñez (1979).

Las teorías apuntadas presentaban no sólo enfoques con importantes debilidades teóricas, sino que también se apoyan en sesgos metodológicos, incorporados sin una revisión crítica y que refuerzan los enfoques apuntados. El impulso de investigaciones empíricas durante la segunda parte del siglo pasado permitió sacar a la luz algunos de estos sesgos, que se exponen a continuación.

3.1. La edad cronológica como referente socio-biológico
Como señala Maddox (1996:19) “el significado y la importancia de la edad cronológica varían de forma importante a lo largo del tiempo y del espacio. Los significados de la edad en cualquier momento en nuestra sociedad suelen ser constructos convenientes que utilizamos para nuestros fines sociales”. En las sociedades modernas la edad constituye una dimensión fundamental de la organización social. La vida se divide en periodos socialmente relevantes. Las distinciones de edad se sistematizan y los derechos y responsabilidades se distribuyen en función de la edad social (Neugarten y Neugarten, 1996). De esta forma, cabe distinguir entre un tiempo de vida, un tiempo social y un tiempo histórico (Neugarten y Datan, 1996). A su vez, Schroots y Birren (1990) diferencian entre tiempo o edad físico, biológico, psicológico y social, incorporando los conceptos de tiempo intrínseco y edad intrínseca. En fin, Sánchez-Mira y Bernardi (2021) proponen incorporar también la noción de tiempo relativo.

Por su parte, el envejecimiento es un cóctel de procesos fisiológicos cuya resultante final de conjunto es el fallecimiento de la persona. Esa evolución es muy diferente dependiendo de cada uno. Un estudio llevado a cabo por un equipo de genetistas sobre los patrones moleculares distingue hasta cuatro ageotipos o formas de envejecer (Ahadi et al, 2020).

En contraste, la forma como se ha planteado el “problema” del envejecimiento no reside en el proceso mismo, sino en el mantenimiento convencional de umbrales de edad de vejez que se establecieron décadas atrás, cuando la esperanza de vida era considerablemente inferior, y la vejez poseía un significado individual y colectivo bien distinto (De Santis, 2010).

Se constata la existencia de una amplia heterogeneidad de trayectorias de salud y esperanza de vida, con estrechas relaciones con los factores socio-económicos: nivel de estudios, entorno familiar y social, género, etnia, hábitat, etc. Véase entre otros muchos Formosa y Higgs (2013), Gilleard y Higgs (2020), Milne (2020), Nico y Pollock (2022), United Nations (2023, Ch.4), van Raalte et al. (2018), Walsh et al. (2021) y Westwood (2019).

3.2. De los datos transversales a los longitudinales
Durante las décadas de los 60 y 70, los estudios sobre los fenómenos relacionados con la edad experimentaron un cambio radical:

“Un factor clave en esta revolución fue el descubrimiento de que las personas que nacen en diferentes momentos crecen y envejecen de maneras dramáticamente diferentes con respecto al funcionamiento, la salud y el rendimiento cognitivo, y también con respecto al estilo de vida, las actitudes, las actividades, las relaciones sociales e incluso la longevidad. Se descubrió que la forma en que las personas envejecen y cómo cambian con la edad es, en medida considerable, históricamente contingente. (…) Era una práctica común suponer que los patrones de envejecimiento podían inferirse ‘transversalmente’ (es decir, comparando individuos de diferentes edades en un solo momento en el tiempo) simplemente observando las diferencias entre, por ejemplo, 25 años y 65 años” (Dannefer, 2021:2).

Todo ello ha supuesto una mayor atención a los estudios longitudinales, a partir de la recopilación de grandes cantidades de datos tipo panel a lo largo de los años, como es el caso del Survey of Health, Ageing and Retirement in Europe (SHARE) .

Como mostró Riley (1973), deben ser tenidas en cuenta las diferentes cohortes y el impacto del entorno social en el ciclo de vida de cada una de ellas. Esta autora señaló las diferentes falacias en que la investigación en este terreno puede caer:

    • Falacia generacional, "cuando en realidad las diferencias no son atribuibles únicamente a las distintas épocas en las que se criaron las cohortes, sino también a los cambios de opinión a lo largo de la vida".
    • Falacia del curso de la vida, es decir, "pasar por alto la posibilidad de diferencias entre cohortes".
    • Cohorte-centrismo, la "tendencia a generalizar sobre el envejecimiento y el cambio social desde el punto de vista de la cohorte que mejor conocemos".
    • Falacia de la representación proporcional, que puede ocurrir si, al extraer implicaciones sobre el conjunto de la sociedad a partir de las proporciones de las respectivas cohortes que presentan determinadas características o comportamientos, no se tienen en cuenta las variaciones en el tamaño de las cohortes".
    • Falacia de composición, "cuando los cambios en los tipos de personas que componen las cohortes se atribuyen erróneamente a procesos de envejecimiento individual o de flujo de cohortes. Como fuente de esta falacia, considérese el impacto de la muerte en una cohorte".

Ver también (Riley, Johnson y Foner, 1972:81-82).

3.3. Superación del paradigma organicista
En realidad, “cada individuo humano y cada miembro de cada nueva cohorte de recién nacidos puede convertirse en un ser humano funcional sólo en el curso de la experiencia con otros seres humanos” (Dannefer, 2021:32). Como señalan Berger y Luckmann (1968:68), “el proceso por el cual se llega a ser hombre se produce en una interrelación con un ambiente (…) No solo la supervivencia de la criatura humana depende de ciertos ordenamientos sociales: también la dirección del desarrollo de su organismo está socialmente determinada”.

3.4. La institucionalización social del curso de la vida
Martin Kohli (1986 y 2007) mostró cómo la asunción de la edad como principio de organización social y la estructura secuencial que tipifica la experiencia biográfica han llevado a la cristalización del curso de vida como una institución social fundamental en las sociedades modernas. El curso de vida organiza las vidas individuales en tres fases: escolarización – trabajo – jubilación (Henretta, 2003), que han sido también llamadas “las tres cajas de la vida” (Bolles, 1981). Dentro de cada una de ellas se pueden encontrar sucesivos escalonamientos: etapas educativas en función de la edad, promoción profesional en muchas empresas y trayectorias laborales e incluso divisiones dentro de la propia población jubilada: “jóvenes-mayores”, “mayores-mayores”, etc.

Cada tramo de edad otorga a la persona deberes y derechos, vinculados a la edad cronológica, “cronologización”, según el término utilizado por Kohli. Para este autor, los principales impulsos para sostener esta organización provienen del mundo del trabajo, que en las sociedades modernas organiza secuencias profesionales y da sentido a las fases anterior y posterior.

Según Settersten y Hagestad (1996:179), las normas culturales relacionadas con la edad están marcadas por tres características clave: primero, son prescripciones y proscripciones de conducta; en segundo lugar, cuentan con el apoyo de un consenso generalizado; y tercero, se hacen cumplir a través de diversos mecanismos de control social.

Este modelo estructural dominante puede considerarse “edadista” y sexista, que feminiza y margina el trabajo doméstico-familiar y de reproducción de la vida (García Pastor y Viñado, 2013). A su vez, olvida otros momentos claves en las trayectorias vitales, incluyendo la olvidada “midlife crisis”, a veces llamada también “crisis de los cuarenta” (Giuntella, et. al., 2022).

Pero en las sociedades actuales, las fronteras entre periodos de la vida se hacen cada vez más borrosas (Neugarten y Neugarten, 1996). Los diferentes recorridos vitales de las personas divergen de forma creciente y los atributos sociales asimilados a las tres fases aludidas se hacen más heterogéneos. En un estudio pionero, Hogan (1981) analizó las trayectorias de la adolescencia a la fase adulta de las cohortes de varones norteamericanos nacidos entre 1907 y 1952. No solo había significativas diferencias dependiendo de la cohorte examinada, sino también por clase social, tamaño de la comunidad durante la adolescencia y origen étnico.

4. Del enfoque sobre el envejecimiento como una etapa singular a la perspectiva del curso de la vida

Aunque la perspectiva del curso de la vida es quizá la orientación teórica preeminente en el estudio de las edades, no siempre ha sido así. Las historias de vida y las trayectorias futuras de individuos y grupos fueron en gran medida ignoradas por las primeras investigaciones sociológicas. A partir de la crítica de las deficiencias señaladas, se ha ido abriendo paso una nueva visión más amplia, tanto en lo que se refiere a los contenidos como a las herramientas de análisis.

Las décadas recientes han visto multiplicarse los estudios que adoptan este nuevo paradigma. Revistas como Longitudinal and Life Course Studies (LLCS),Advances in Life Course Research , Historical Life Course Studies o Journal of Developmental and Life-Course Criminology o la colección de la editorial Springer Life Course Research and Social Policies son una muestra de esa ampliación.

En paralelo, diversas contribuciones han tratado de elaborar una metodología más acorde para el estudio de este nuevo campo de análisis. Puede consultarse al respecto Giele y Elder (1998), Elder y Giele (2009), Worth y Hardill (2015), Bernardi, Huininkb y Settersten (2019), Brüderl, Kratz, y Bauer, (2019), Hollstein (2019), Piccarreta y Studer (2019), y Rowold, Struffolino y Fasang (2024), entre otros.
El desarrollo de los estudios sobre el curso de la vida se ha visto facilitado también por la creciente disponibilidad de bases de datos longitudinales (Bynner: 2016).

4.1. Bases teóricas
El curso de la vida consiste en patrones graduados por edades que están incrustados (“embedded”) en las instituciones sociales y en la historia. Esta visión se basa en una perspectiva contextualista y enfatiza las implicaciones de las trayectorias sociales en el tiempo y lugar históricos para el desarrollo y el envejecimiento humanos.

Los itinerarios sociales son las trayectorias educativas, de trabajo, familiares y de residencia que siguen los individuos y grupos a través de la sociedad. Estos itinerarios están moldeados por fuerzas históricas y a menudo estructurados por instituciones sociales.

Las trayectorias, o secuencias de roles y experiencias, están compuestas en sí mismas de transiciones o cambios de estado o rol. Ejemplos de transiciones incluyen dejar el hogar paterno, convertirse en padre/madre o jubilarse. El tiempo entre transiciones se conoce como duración. Las duraciones largas mejoran la estabilidad del comportamiento a través de obligaciones adquiridas e intereses creados. Ver también (Stauber et. al., 2022).

Las transiciones suelen implicar cambios de estatus o de identidad, tanto personal como social, y, por lo tanto, abren oportunidades para el cambio de comportamiento. Las transiciones en las primeras etapas de la vida también pueden tener repercusiones en las trayectorias a lo largo de toda la vida, ya que determinan acontecimientos, experiencias y transiciones posteriores.

Los puntos de inflexión (“turning points”) implican un cambio sustancial en la dirección de la propia vida, ya sea subjetivo u objetivo. Un punto de inflexión puede implicar el regreso a la escuela durante la mediana edad, por ejemplo. La mayoría de estos puntos de inflexión involucran específicamente cuestiones laborales, incluidos cambios de trabajo e inseguridad laboral, más que transiciones familiares que podría pensarse que alteren la orientación de la propia vida laboral.

Junto a ello Elder, Johnson y Crosnoe, siguiendo a Ryder (1965), proponen ir más allá del análisis de la sucesión de generaciones, para utilizar la noción de cohorte, como elemento coadyuvante de cambios sociales. Ver también Alwin y McCammon (2003) y Elder y George (2016). Las cohortes, en efecto, vinculan la edad y el tiempo histórico. Los cambios históricos a menudo tienen diferentes implicaciones para personas de diferentes edades, es decir, para personas que difieren en etapas de la vida. Las personas de diferentes edades aportan diferentes experiencias y recursos a las situaciones y, en consecuencia, se adaptan de diferentes maneras a las nuevas condiciones. Cuando el cambio histórico diferencia las vidas de sucesivas cohortes de nacimiento, genera un efecto de cohorte.

Con todo lo anterior Elder, Johnson y Crosnoe proponen cinco principios paradigmáticos sobre los que basar la teoría del curso de la vida:

  1. El principio del desarrollo a lo largo de la vida: el desarrollo humano y el envejecimiento son procesos que duran toda la vida.
  2. El principio de agencia: los individuos construyen su propio curso de vida a través de las elecciones y acciones que toman dentro de las oportunidades y limitaciones de la historia y las circunstancias sociales.
  3. El principio de tiempo y lugar: el curso de vida de los individuos está incrustado (“embedded”) y moldeado por los tiempos y lugares históricos que experimentan a lo largo de su vida.
  4. El principio de sincronización (“timing”): los antecedentes del desarrollo y las consecuencias de las transiciones vitales, los acontecimientos y las pautas de comportamiento varían en función del momento de la vida en que se producen.
  5. El principio de vidas vinculadas: las vidas se viven de forma interdependiente y las influencias socio-históricas se expresan a través de esta red de relaciones compartidas.

Pero quizá ha habido un exceso de explicaciones basadas en atributos individuales y se ha perdido la perspectiva de la importancia fundamental de la posición de las personas dentro de la sociedad y de la “maleabilidad”, tanto de las instituciones sociales como de la persona a lo largo de la vida. Por tanto, habría que reorientar el esfuerzo dedicado al estudio de los resultados individuales, para dirigir la atención a las fuerzas sociales que crean patrones en el curso de la vida (Dannefer, Kelley-Moore y Huang, 2016).

4.2. Cambios en la estructura del curso de la vida
En los últimos decenios se han ido produciendo cambios en esa estructura, haciéndola cada vez más “desestandarizada”, “des-institucionalizada” e “individualizada” (Macmillan, 2005: 3-4). Por un lado, las estructuras familiares presentan una heterogeneidad acentuada (Hofferth y Goldscheider, 2016), (Baxter et al., 2022). Y ello no se debe sólo a la diferente composición del “núcleo” familiar, sino también a la presencia simultánea de dos y tres generaciones (Hünteler, 2022).

Se registran igualmente profundos cambios en las pautas de transición a la fase adulta (Casal, 1996), (Billari y Liefbroer, 2010), (Zapata-Gietl et al., 2016), (Schwanitz, 2017), (Berngruber y Bethmann, 2022), (van den Berg y Verbakel, 2022), de forma que el choque entre los enfoques obsoletos y las nuevas realidades de la edad adulta crea un conjunto importante de contradicciones para los jóvenes (Settersten, Ottusch, y Schneider, 2015). Fracturas similares se registran también en las trayectorias educacionales (Crosnoe y Benner, 2016) o en los mecanismos de apoyo intergeneracional (Lee y Manzoni, 2023a).

Más aún, las tres etapas clásicas del curso de la vida se entremezclan, con vueltas atrás y combinaciones de períodos más cortos y con cambios más frecuentes (Boissonneault, 2021).

4.3. Un nuevo enfoque para las últimas fases del curso de la vida
La teoría del curso de la vida brinda un enfoque totalmente nuevo al análisis de la población “mayor”, superando la visión que consideraba la situación de esta como un ente aislado del resto de tramos de la vida e introduciendo una visión de conjunto tanto para la trayectoria vital de cada persona como de las interacciones familiares y entre generaciones (Hagestad, 2003) y el impacto de la vivencia histórica de cada cohorte (Settersten, 2003).

Si bien la salud y la enfermedad son estados, y con mayor frecuencia se estudian como tales, también son procesos que se desarrollan y tienen consecuencias con el tiempo. George (2003) ha mostrado las relaciones a largo plazo entre los factores sociales y la enfermedad, en patrones que surgen a lo largo de muchos años y abarcan más de un período de la vida.

La preocupación por el retiro está presente a lo largo de todo el curso de la vida. Como señala Ekerdt (2004:4), “la jubilación ya no es una preocupación o un acontecimiento de la segunda mitad de la vida. La idea de que algún día nos jubilaremos está cada vez más presente en todos los adultos, e incluso en los adolescentes”.

De este modo, es necesario revisar los modelos dominantes de la vejez y resaltar la creciente diversidad de experiencias y el contexto social cambiante, teniendo en cuenta la variedad de transiciones en las últimas fases del curso de la vida (Grenier, 2012).

La edad de los años de retiro ya no es una fase ajena al resto de la vida, sino que forma parte del curso de la vida (Grenier, 2012).

La noción de “envejecimiento activo”, como objetivo al alcance de la voluntad de las personas en los últimos años de vida, necesita, por tanto, una revisión completa. Aunque cabe un margen de “agencia” por parte de la persona, las alternativas posibles están fuertemente mediadas por las trayectorias seguidas en las etapas anteriores. Crosnoe y Elder (2002) identifican cuatro estilos de envejecimiento, de modo que el estatus socio-económico y la situación de salud encarrilan hacia unos cursos de envejecimiento u otros.

4.4. Heterogeneidad en el curso de la vida
Un número creciente de estudios empíricos ha puesto el foco en la heterogeneidad de situaciones en el curso de la vida y en el envejecimiento, en particular (Maddox, 1987) y (Nico y Pollock, 2022). La disparidad de situaciones viene afectada por elementos como el estatus socio-económico (Hoffmann, 2005) y Steptoea y Zaninotto, 2020), el capital humano (Castelló-Climent y Doménech, 2008), la estructura familiar (McLanahan y Percheski, 2008), la raza/etnia (Mitra y Weil, 2014), las diferencias entre países (Lu, 2019), la situación de viudedad (Peña-Longobardo, Rodríguez-Sánchez y Oliva-Moreno, 2021), la soledad (Tapia-Muñoz et al., 2022), etc. Especial mención merece cómo las diferencias por género marcan trayectorias heterogéneas (Madero-Cabib y Fasang, 2016), (Ilinca et al., 2016) y (Lee y Manzoni, 2023b).

Se trata de un complejo panorama de causalidades, de modo que no pueden achacarse las diferencias observadas a un único factor (Sanzenbacher et al., 2017) y (Holman y Walker, 2021)

En este mismo sentido, otros autores han señalado la necesidad de replantear las situaciones de discapacidad (Grassman y Whitaker, 2013) y de vulnerabilidad (Marshall, 2011), (Spini et al., 2013), (Oris et al, 2016), desde esta perspectiva del curso de la vida.

Pero como señala McMullin (2000:517), ello no se había traducido en su incorporación conceptual dentro de las teorías sobre la edad. Para que se produzca esta incorporación, “la premisa básica del enfoque de la diversidad es que la clase, la edad, el género y la etnia/raza son conjuntos interrelacionados de relaciones de poder que estructuran la vida social. Así pues, para que una teoría sea adecuada para la investigación sobre la diversidad, deben cumplirse al menos dos criterios. En primer lugar, la clase, la edad, el género y la etnia/raza deben conceptualizarse como relaciones de poder y, en segundo lugar, deben reunirse como una jerarquía de poder entrelazada, en lugar de por separado y no como sistemas separados”.

A pesar de este nuevo planteamiento teórico, Stone y sus colegas (2017) han constatado que multitud de estudios empíricos siguen centrándose en las diferencias promedio entre grupos de edad y no en prestar mayor atención a la variabilidad de situaciones intra-edad.

4.5. Ventajas y desventajas acumulativas
Siguiendo a Dannefer (2003:S327), “la ventaja/desventaja acumulativa (Cumulative Advantage/Disadvantage, CAD) se puede definir como la tendencia sistémica a la divergencia interindividual en una característica determinada (por ejemplo, dinero, salud o estatus) con el paso del tiempo”. Y continúa: “la divergencia no es una simple extrapolación de las respectivas posiciones de los miembros en el punto de origen; resulta de la interacción de un complejo de fuerzas. La ‘divergencia interindividual’ implica que la ventaja/desventaja acumulativa no es una propiedad de los individuos, sino de las poblaciones u otras colectividades (como las cohortes), para las cuales se puede clasificar un conjunto identificable de miembros”.

Los estudios comparativos entre países han mostrado cómo las tendencias hacia la CAD varían sistemáticamente entre sociedades, reflejando diferencias en las políticas económicas y de Estado de Bienestar. De forma paralela, los estudios que examinan las trayectorias de cohortes diferentes muestran cómo siguen trayectorias particulares, marcadas por el momento histórico (Schaie y Willis, 1996:112-116).

Por otra parte, la perspectiva CAD no niega la importancia de la acción individual, pero pone el acento en el poder de las realidades estructurales, dentro de las cuales debe operar un agente para actuar en el mundo que le ha tocado vivir.

Bajo esta perspectiva, la heterogeneidad en el curso de la vida de las personas adquiere una nueva dimensión, ya que la ventaja o desventaja acumulativa (CAD) a lo largo de la misma se traduce en situaciones de desigualdad más acentuadas entre la población mayor (Maddox y Douglass, 1974). Además, se trata de procesos interseccionales, donde una multitud de dimensiones socio-económicas se refuerzan mutuamente para delinear diferencias de clase más marcadas en esos tramos de edad.

4.6. Salud
Mención especial requiere la diversidad de situaciones y de “fases finales” a las que los factores antes señalados abocan. Así, un reciente estudio de la OCDE (OECD, 2024) sobre las estrategias para abordar las desigualdades en la lucha contra el cáncer en la Unión Europea concluía que “los principales factores de riesgo de cáncer son consistentemente más prevalentes entre personas con características socioeconómicas más bajas, como niveles de ingresos y educación más bajos” (p.12).

La salud se sitúa así como variable central, mediada por las trayectorias del curso de la vida y la acumulación de ventajas y desventajas a lo largo de las mismas. La primera resultante es el número de años de vida. Como apunta gráficamente Baars (2023), “las vidas largas son para los ricos”, lo que tiene un efecto directo en el desigual reparto derivado del sistema de pensiones vitalicias (Shi y Kolk, 2023).

Pero el análisis se queda corto si no se incorporan al mismo los factores institucionales y estructurales asociados a las desigualdades socio-económicas o las diferencias por género (Corna, 2013), el contexto socio-histórico específico (Burton-Jeangros et al., 2015), el impacto diferencial según el tramo del curso de la vida (Hoffmann, 2005) y (Hoffmann et al., 2019), la repercusión del tránsito a la jubilación (Lauridsen et al., 2019) o las diferencias entre cohortes (Koivunen et al, 2021), entre otros elementos. Todo lo cual no hace sino mostrar la complejidad del objeto de análisis y, por tanto, la prudencia necesaria para abordarlo.

5. La componente económica
Desde el punto de vista económico, cabe citar dos importantes contribuciones relacionadas con la teoría del curso de la vida expuesta hasta ahora: a) la dinámica de gasto y ahorro de los individuos a lo largo de su ciclo vital y b) los intercambios económicos inter-generacionales en una coyuntura determinada.

No cabe en este espacio entrar a analizar ninguna de las dos contribuciones. Sólo señalar que, según la hipótesis del ciclo vital del Premio Nobel Franco Modigliani (1986), las personas tomarían decisiones inteligentes sobre cuánto quieren gastar en cada edad, limitadas únicamente por los recursos disponibles a lo largo de sus vidas. Al acumular y consumir activos, los trabajadores pueden hacer provisiones para su jubilación y, en términos más generales, adaptar sus patrones de consumo a sus necesidades en diferentes edades, independientemente de sus ingresos en cada edad. Uno de los motivos más importantes para ahorrar dinero era la necesidad de cubrir la jubilación. Los jóvenes ahorrarán para que cuando sean mayores y no puedan o no quieran trabajar, tengan dinero para gastar .

De esta forma, el pico de ingresos y acumulación de riqueza de los individuos se localizaría en los últimos años de su trayectoria laboral activa, como muestra la evidencia empírica recogida para el caso español en la Encuesta Financiera de las Familias (Banco de España, 2022), y que se discutirá con detalle más adelante.
En lo que se refiere a la segunda contribución, sólo cabe mencionar la existencia de dos aportaciones: el modelo Auerbach-Kotlikoff (Kotlikoff, 1998) de contabilidad generacional (generational accounting, GA) , y el de la economía generacional (National Transfer Accounts, NTA) desarrollado por Lee y Mason (2011) . Esta última ha sido posteriormente desarrollada para incluir las transferencias de trabajo no remunerado (National Time Transfer Accounts, NTTA), en particular desde la perspectiva de género (Seme et al, 2019)

6. El caso español

La investigación sobre el curso de la vida en España es notablemente escasa. Una excepción pionera puede verse en Olmo y Herce (2011) y más recientemente en López Gómez (2023). La atención principal se ha centrado en los problemas que la población joven encuentra en su transición a la vida adulta (Castro Torres y Ruiz-Ramos, 2024) y en el impacto que los niveles educativos tienen en la esperanza de vida y de vida saludable (Blanes y Trias-Llimós, 2021). Pero las personas con un nivel educativo bajo tienden no sólo a morir antes y a pasar una parte más corta de sus vidas con buena salud que sus homólogos con un nivel educativo alto, sino que también enfrentan una mayor variación en el momento de la muerte y en la edad en la que dejan de disfrutar de buena salud (Permanyer, Spijker y Blanes, 2022).

6.1. El “target” de la Economía Plateada
La concepción de la Economía Plateada reduce su campo de interés a una franja muy específica de la población, en una doble dimensión: a) el segmento de edad entre aproximadamente los 50 y los 75 años y b) los núcleos familiares con un nivel de renta y/o riqueza medio o medio-alto.

Para rastrear este “target” y su evolución en los años recientes en nuestro país, el Banco de España (2022) ofrece una inestimable fuente de información a través de la Encuesta Financiera de las Familias (EFF), que desde 2002 ha ido elaborando cada tres años, aunque después de 2020 pasa a tener una periodicidad bianual.
A la hora de analizar los datos desde el punto de vista de los tramos de edad, algunos analistas han apoyado conclusiones equívocas, considerando las cifras medias de renta y riqueza de los hogares, sin tener en cuenta, como el propio Banco de España advierte, que “para la mayor parte de las variables relevantes, como las referidas a activos y a deudas, sus distribuciones muestran valores muy elevados para un número relativamente reducido de familias. En este caso, la mediana supone una mejor aproximación a los valores típicos de la distribución que la media, por lo que este es el estadístico que se incluye en los cuadros correspondientes” (id, 2022:7n7). Así, el cuadro siguiente recoge la mediana de riqueza neta de los hogares por edad del cabeza de familia. Como se observa, la riqueza neta mediana responde al perfil de ciclo vital esperado, alcanzando el máximo para los hogares con cabeza de familia de entre 65 y 74 años, esto es, un poco más tarde que la edad a la que se alcanza el máximo de renta (id, 2022:10).

Las oscilaciones en los segmentos de edad más jóvenes reflejan el fuerte impacto de la crisis económica iniciada en 2008. Por otra parte, aunque la EFF no lo suministra, la dispersión dentro de cada tramo de edad es muy acentuada, siguiendo la argumentación que se ha desarrollado más arriba. Si se calcula el ratio media/mediana, como proxy de la dispersión dentro de cada tramo de edad, esta dispersión, que era tradicionalmente más acentuada en los tramos de mayores, se ha extendido ahora también a los más bajos, lo que sin duda refleja la precariedad laboral y económica de amplios segmentos de jóvenes.


6.2. ¿La Economía Plateada como flor de un día?
Este evolución reciente en la situación económico-financiera de la población joven plantea dudas sobre el futuro de este mercado. Ya se ha señalado que el curso de vida que se conoció a lo largo del siglo pasado está sufriendo profundas modificaciones. Pero el ciclo vital de ahorro descrito por Modigliani parece estar cambiando también. El dato relevante es el ciclo de propiedad de la vivienda habitual. El cuadro siguiente muestra el porcentaje de hogares poseedores de vivienda principal, según la edad del cabeza de familia.

A lo largo del periodo se registra una caída drástica de la vivienda en propiedad en los tramos más jóvenes. En el caso de España, a la precariedad laboral antes apuntada se une la crisis del mercado de la vivienda, que hace cada vez más difícil a ese segmento el acceso a la propiedad. Ello plantea fuertes incógnitas sobre la posible evolución del ciclo vital hasta ahora conocido (Berges y Manzano, 2023).
En un reciente estudio sobre la evolución paralela en Estados Unidos, Bauluz y Meyer (2024) llegaban a constataciones parecidas. La riqueza está envejeciendo rápidamente, y señalan: “El aumento de las ganancias de capital desde la década de 1980 parece estar en el centro del cambio en los perfiles del ciclo de vida. ¿El cambio en el perfil edad-riqueza es resultado de ganancias de capital excepcionales o llegó para quedarse?” (id, p.48).

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