Luis Camarero
Universidad Nacional de Educación a Distancia
La despoblación rural se asocia de forma común al proceso de declive demográfico, pero también, cuando cobra su sentido como territorio vacío, se refiere a las transformaciones socioespaciales ‒relacionadas con la transformación de las actividades productivas y los sistemas de hábitat‒ de las sociedades contemporáneas. La denominada “España vacía” es el producto de dos componentes: el primero demográfico, que refiere la reducción y alteración de las estructuras poblacionales; el segundo que responde a la adaptación socio-territorial de los modelos de desarrollo, a los nuevos contextos de economías globales y post-productivas. Ambos factores se retroalimentan, hasta el punto en que la diferencia entre causas y efectos de la despoblación sea una maraña de difícil solución.

1. El declive demográfico
Como consecuencia de la segunda transición demográfica Europa atraviesa un periodo de bajo crecimiento demográfico. La caída progresiva de la fecundidad, el retraso en las edades de maternidad, la extensión de nuevos modelos familiares, junto con el aumento de la esperanza de vida determinan unas estructuras de población crecientemente envejecidas con una baja capacidad de reproducción. El mantenimiento de la población en Europa o, en su caso, el ligero crecimiento que puedan experimentar algunas regiones es producto de la entrada de población foránea.
En el caso de España, el Índice Sintético de Fecundidad se situó en el año 2022 en 1,16 hijos por mujer. Es una cifra muy alejada del valor de 2 que marcaría el umbral mínimo que garantiza el crecimiento poblacional. Desde 2015 España se encuentra frente a tasas de crecimiento vegetativo negativo. Desde entonces los fallecimientos vienen superando en número a los nacimientos. En 2022, último dato disponible, los natalicios solo llegan a reponer el 71% de los decesos. Solo la inmigración permite la renovación poblacional. Sin embargo, como consecuencia de la gran crisis de 2008, los flujos migratorios cambiaron de signo y durante varios años las salidas dominaron a las entradas. Como consecuencia, España en su conjunto perdió en términos absolutos población entre 2011 y 2015.
La despoblación se piensa rural, pero no es exclusivamente rural. La despoblación puede entenderse en términos más amplios. En las áreas rurales se amplifica el fenómeno de la falta de reposición demográfica y el crecimiento vegetativo adquiere tintes aún más negativos. Los municipios menores de 10.000 habitantes vienen arrastrando tasas de crecimiento vegetativo negativo desde 1998. Durante el siglo XXI la tradicional migración campo-ciudad de jóvenes se ha ralentizado, mientras se ha producido un crecimiento poblacional en pequeños municipios debido a las migraciones de retiro y aún, con mayor intensidad, debido al asentamiento, a veces temporal y en otros casos de arraigo, de población extranjera.
La Tabla 1 muestra el balance demográfico, para 2022, de áreas rurales y urbanas. Como puede apreciarse, los pequeños municipios, aquéllos con menos de mil habitantes, mantienen un déficit vegetativo superior al 10 por mil. Si no hubiera entradas de nuevos residentes estarían perdiendo el 1% de la población cada año. La entrada de población permite compensar estas pérdidas y arroja en la actualidad un crecimiento ligeramente superior al 4 por mil.

Las consecuencias de este modelo demográfico son fundamentalmente dos. La primera tiene que ver con el progresivo envejecimiento de la población y la pérdida de vitalidad demográfica. La segunda tiene que ver con la diversidad creciente de la población rural y afecta a la propia transformación de las identidades rurales.
La estructura demográfica de la población rural tiene dos componentes principales. En primer lugar, el efecto del éxodo rural de finales de los años 50 hasta mediados de los 70 que reduce de forma drástica la generación de jóvenes en aquellos años y que transmitirá sucesivamente este hueco sobre las generaciones siguientes, necesariamente con el transcurso del tiempo cada vez más reducidas. En segundo lugar, por el efecto de la caída de la fecundidad y aumento de la esperanza de vida que proporcionalmente produce poblaciones más ancianas. Ambas contribuyen a configurar una población rural fuertemente desequilibrada.

La comparación entre las estructuras de población rural (municipios menores de 1.000 habitantes) y del conjunto de España resulta bien ilustrativa de este desequilibrio (Gráfico 1). En la pirámide se observa el desborde por arriba de la población rural ‒que bien puede denominarse sobreenvejecimiento‒ y la pérdida de base reproductiva. El 30,5% de los residentes en municipios menores de 1.000 habitantes tiene 65 años o más ‒en España la cifra es 19,6‒. Si miramos los mayores de 80 años, población donde se concentran las dificultades de autonomía y movilidad, la cifra alcanza el 12%, el doble del conjunto de España (6%). Se observa también otro elemento diferencial importante como es la falta de simetría de la población rural, indicativo de la masculinización de la población rural y la ausencia por migración de las mujeres. Este dato es expresivo de las desigualdades de género que atraviesa la población rural.
La población rural es una población fuertemente desequilibrada con problemas serios de reproducción, pero también de mantenimiento de las cadenas de cuidados entre generaciones. Y además, los desequilibrios demográficos también tienen consecuencias en el capital cultural y en la conformación de desigualdades territoriales en la distribución del talento. El Gráfico 2 muestra la proporción de titulados universitarios por hábitat. Es patente el déficit en áreas rurales o, lo que es lo mismo, el superavit en áreas urbanas. Estas diferencias no tienen explicación en la mayor o menor predisposición al estudio por unas poblaciones u otras, sino que la tienen por los efectos migratorios y las dificultades de retención de talento que experimentan las áreas rurales.

El efecto que tiene la inmigración en la población rural es destacable. Aunque los indicadores relativos de población de origen extranjero son menores que los referidos al conjunto de la población, en términos absolutos, dado el menor tamaño de los núcleos rurales, el impacto resulta elevado para las zonas rurales. En líneas generales, más de la décima parte de los habitantes rurales ha nacido en el extranjero, la cohorte de edades entre 20 a 34 años, que es el grupo que está ingresando en el mercado de trabajo y que se corresponde también con quienes están formando familias, entre el 16% al 19% de estos nuevos residentes han nacido fuera de España. Si observamos el grupo de menores de 13 años, que conformarán las próximas generaciones de habitantes rurales, comprobamos que un 18% es de origen extranjero, bien por haber nacido fuera de España bien por ser hijo de madre nacida fuera de España. Es decir, hay una transformación radical de la tradicional homogeneidad rural.

2. Los cambios socio-territoriales
Las áreas rurales han visto modificadas sus bases económicas de forma sustantiva. El tradicional peso dominante que tenían las actividades agropecuarias en el empleo local ha dado paso a una diversidad enorme de actividades. Los datos del censo de 2021 señalan que en municipios menores de 5.000 habitantes el 17,8% de los hombres y el 8,3% de las mujeres tenían ocupación en la rama de agricultura. El desarrollo de actividades de transformación agraria y de servicios ambientales, pero también las actividades de turismo y hostelería ‒vinculadas al desarrollo rural‒ o las economías de cuidados en el contexto del envejecimiento constituyen grandes nichos de empleo en zonas rurales.
El proceso de desagrarización, sin embargo, no sólo ha alterado las ocupaciones rurales sino que también ha desplazado el ámbito local de los propios mercados de trabajo rurales. Es a través de una movilidad creciente, de desplazamientos diarios entre núcleos rurales y urbanos, como se ha mantenido un sistema de hábitat rural bajo unas tasas de ocupación agraria reducidas.
El Gráfico 3 muestra claramente la fuerza que tienen los desplazamientos diarios por motivos laborales ‒commuting‒ como forma característica del trabajo de los habitantes rurales. El impulso que experimenta la movilidad pendular en la segunda década del siglo XXI es notable. Más del 70% de la población que reside en municipios menores de 50.000 habitantes se desplaza diariamente por motivos laborales. El dato muestra el valor intrínseco que tiene la movilidad para garantizar el mantenimiento de la vida rural.

La movilidad no sólo atiende al funcionamiento económico de los municipios rurales sino también es el vector para el mantenimiento de la atención y el acceso a los servicios. El declive demográfico viene acompasado por el declive comercial y la oferta de servicios en áreas rurales. Es un círculo vicioso que se retroalimenta, el descenso de población reduce el interés comercial, y el declive comercial alimenta a su vez el declive demográfico. Para quienes residen en áreas rurales sólo la movilidad garantiza su acceso a los servicios básicos. Se abre así una brecha importante de desigualdad.
El Gráfico 4 muestra la importante reducción experimentada de atención comercial durante la última década en los municipios de menor tamaño. En total, entre 2012 y 2022 las empresas dedicadas al comercio, hostelería y transporte se han reducido en un 12% en los municipios menores de 1.000 habitantes. Alrededor de una de cada 100 empresas dedicadas a estas ramas de actividad desaparece cada año en el estrato de los municipios de menor tamaño ‒en total unas 500 por ejercicio‒.

La despoblación genera un paisaje difícil de atención y de acceso a los distintos servicios. En la literatura comienza a emplearse el término de desierto alimentario (Ramos, 2020) para reflejar la pérdida de mercados de proximidad dedicados a servicios básicos. En la Tabla 3 podemos ver la distribución de los supermercados en 2024. Los datos muestran las carencias que encuentran los habitantes rurales en el acceso a productos alimentarios. Hemos comparado la distribución de los supermercados respecto de otro servicio básico, pero en este caso regulado . Las diferencias hablan por si solas. La ratio entre farmacias y supermercados es de 3 a 1 favorable a las farmacias.

3. Adaptación sociodemográfica
La despoblación no es sino un proceso sociodemográfico de adaptación a los modelos de desarrollo centrados en economías de aglomeración (Rodríguez-Pose). No significa, sin embargo, el vaciamiento del territorio. La baja densidad del interior peninsular no es un fenómeno nuevo, España ha sido históricamente en el contexto europeo una región de muy baja densidad. La movilidad, tal vez mejor expresado, la auto-movilidad, es el mecanismo que mantiene el hábitat rural, que haya una conexión creciente para el desarrollo de actividades, consumo y mantenimiento de servicios, hasta el punto en el que podemos pensar en territorios móviles frente a comunidades locales.
La despoblación tiene su origen en un proceso de mudanza de las economías en el espacio. Este proceso ha desarrollado una fuerte movilidad, pero también es responsable de un impacto mayor de las tendencias de recesión demográfica en áreas rurales.
La despoblación tiene un componente de imaginario colectivo, de presentar sociedades idealizadas pérdidas. Bajo esa mirada tal vez escondamos los problemas reales, que no son producto rural, sino de nuestro modelo de desarrollo territorial desigual y del reto de desequilibrios demográficos de nuestras sociedades. .
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Este artículo forma parte de Dossieres EsF nº 56: «El futuro de la agricultura y el mundo rural» correspondiente al Invirerno 2025
Referencias
- Camarero, L., Oliva, J. Thinking in rural gap: mobility and social inequalities. Palgrave Communications 5, 95 (2019).
- Camarero, L., & Oliva, J. (2023). Movilidad y cohesión territorial. La conformación del sistema rural-urbano de la automovilidad. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, (185), 23–42.
- Ramos, G. (2020). Dinámicas de abastecimiento alimentario en las zonas rurales españolas: resolviendo la comida diaria cuando faltan las tiendas. En: Panorama Social, 31: 87-100.
- Rodríguez-Pose, A. (2018) The revenge of the places that don’t matter (and what to do about it). Cambridge Journal of Regions, Economy and Society, 11(1): 189-209..


