La economía plateada frente a la economía del cuidado

Dolors Comas-d’Argemir - Universitat Rovira i Virgili

Introducción

Lo económico no se sustenta en el vacío, sino en los valores que guían las actuaciones. En este sentido, la economía de los cuidados es el polo opuesto a la economía plateada. Esta última entiende a las personas mayores como un nicho de negocio, a las que ofrecer bienes culturales y de ocio, así como toda clase de bienes de consumo. Los valores que hay detrás de la economía de los cuidados es su antítesis, pues sitúa las personas y sus necesidades en el centro de las prioridades.

La economía de los cuidados va más allá de lo que se produce en el mercado y da valor a todas las actividades que, siendo básicas, no se remuneran. Podemos situar aquí el cuidado que se suministra en los hogares, que mantiene el hilo de la vida cotidiana y sobre el cual se sustenta la propia sociedad. O podemos situar el voluntariado y las actividades con sentido humanitario. Los cuidados no solo son imprescindibles para mantener la vida; también lo son para el funcionamiento de la llamada “economía real”, cosa que la propia Organización Internacional del Trabajo reconoce, aunque, paradójicamente, no se les dé valor.

Reconocer el valor de los cuidados es una premisa para avanzar hacia una economía de los cuidados y hacia sociedades cuidadoras. Si en lugar de privilegiar el consumo individual de quienes se lo pueden pagar, privilegiamos el cuidarnos mutuamente y sus dimensiones comunitarias, ampliaremos nuestro concepto de bienestar y caminaremos hacia sociedades más justas e igualitarias.

Poniendo el acento en las vidas, en la justicia social y en las desigualdades

Nuestras sociedades están experimentando importantes cambios relacionados con la revolución de la longevidad. Y es que en pocos años se ha ido produciendo un incremento de la esperanza de vida muy significativo. A inicios del siglo XX, la esperanza de vida en España era de 34 años, mientras que actualmente se eleva a 83,1 años (85,7 para las mujeres y 80,4 para los hombres). Estos años ganados a la vida son principalmente años con buena salud, pues se ha retrasado la edad en que se inician discapacidades y pérdida de autonomía. Tal como señala Alex Kalache (2015), ha nacido una nueva etapa vital, una transición entre la vida adulta y la vejez que nunca antes había existido. Además, ha cambiado la forma de envejecer: las personas mayores de hoy tienen mejores condiciones de vida y de salud y mayor nivel educativo que las de generaciones anteriores.

La economía plateada tiene como sujetos diana a aquellas personas mayores que tienen capacidad adquisitiva y que disponen de tiempo y flexibilidad, pues constituyen un nicho de negocio muy importante en el consumo de ocio, cultura, moda, productos estéticos, deporte, restauración, viajes, etc. Es la expresión de una lógica moral y económica que entiende la vida humana desde una perspectiva netamente mercantilizada y valora a los sujetos sanos, productivos, autónomos e independientes. No podemos decir lo mismo cuando la vejez se asocia a la dependencia o al deterioro de la salud: es entonces cuando se expresan los estigmas del edadismo y del capacitismo y es cuando se insiste en el gasto social que comportan las pensiones de jubilación, el sistema sanitario y la atención a la dependencia.

La economía plateada acepta el mandato cultural del “envejecimiento positivo” (activo, exitoso, saludable) surgido desde la gerontología y adoptado por la Organización Mundial de la Salud. Este concepto tiene por objetivo desplazar la visión de la vejez como un momento de enfermedad y deceso, con un vigoroso énfasis en el potencial y la posibilidad de una vejez saludable y comprometida. Así, mantenerse en forma es un capital social altamente valorado. En este sentido, el envejecimiento positivo significa no ser “viejo”, o por lo menos, no verse viejo. Se afirma que cada uno de nosotros puede ser artífice de su propio envejecimiento a través de la dieta, el ejercicio, las actividades productivas, la actitud, el autocontrol y la elección. Los sesgos de clase, género y raza imbricados en estos estándares son evidentes. Vemos anuncios de personas mayores jugando al tenis, viajando, bebiendo vino frente a atardeceres, paseando (o trotando) en la playa y utilizando productos anti-edad. Se asume un cierto tipo de estilo de vida disponible solo para quienes tienen capacidad adquisitiva y pueden pagar.

En su crítica a lo que denominan “obsesión” por el envejecimiento activo, Sara Lamb, Jessica Robbins-Ruszkowski y Anna Corwin (2017) señalan como principales características que 1) es edadista, a pesar de nacer para combatir el edadismo, ya que muestra la profunda incomodidad con las condiciones humanas normales de fragilidad, interdependencia, vulnerabilidad y mortalidad, 2) oculta las desigualdades sociales y las diferencias generadas por la clase, la raza o la extranjería, e ignora las desigualdades en salud, 3) perpetúa los estereotipos de género, 4) es una visión etnocéntrica y 5) no considera las voces de la gente mayor: sus experiencias y malestares en los últimos años de vida.

Vayamos, pues, a la otra cara de la moneda de la economía plateada, pues no hay que ignorar las injusticias y desigualdades sociales que se expresan en la vejez, relacionadas con la pobreza, la vivienda inadecuada, los problemas de salud, el aislamiento social o el maltrato. Y lo quiero ilustrar con un suceso que seguí con atención hace ya unos años y que expresa muy bien las injusticias sociales y desigualdades presentes en nuestra sociedad. Se trata de lo que le sucedió a Rosa Pitarque, que murió el 14 de noviembre de 2016 en la ciudad de Reus, cuando la vela que utilizaba para iluminarse provocó el incendio del colchón en el que dormía. Este hecho conmocionó a la población y rápidamente se buscaron culpables. Uno de los actores señalados fue la familia, que el Ayuntamiento calificó de “desestructurada”, y es una crítica que también recogen las noticias. Se da por supuesto que la familia ha de cuidar a las personas mayores, pero es significativo que este cuidado solo se atribuye a las mujeres, y, en los diferentes reportajes aparecidos, aparecen nombres de mujeres: el de Rosa, el de su nieta, el de la bisnieta y el de la tutora de la pequeña. No se nombra, en cambio, al hijo, como si nada tuviera que ver con ella.

Pero hubo más: el Ayuntamiento y Gas Natural se acusaron mutuamente de negligencia por no haberse avisado respectivamente, unos de la situación de vulnerabilidad de la mujer, otros de que cortaban la electricidad. Hubo también debate respecto a porqué el Estado impugnó algunos artículos de la ley catalana contra la pobreza energética. También se produjo confrontación entre partidos políticos y movimientos sociales. Con todo ello, se hizo evidente que la muerte de Rosa va más allá de sí misma y que estaban implicadas instituciones políticas y grandes empresas, con dimensiones globales.

Los relatos sobre el fallecimiento de Rosa Pitarque no nos explican el porqué de su muerte, solo el cómo. Y para buscar el porqué es necesario relacionar las políticas públicas, la pobreza, el género y la vejez. Cuando pobreza y vejez coinciden, se genera vulnerabilidad social, lo que se vio exacerbado en este caso por las políticas de austeridad y el debilitamiento de las políticas sociales. La dimensión de género es también importante, puesto que la vejez, como la pobreza, tiene sobre todo rostro de mujer. Con unas deficientes políticas de atención a la dependencia, muchas mujeres acaban dedicando buena parte de su tiempo a cuidar de sus familiares y forzadas a retirarse del mercado de trabajo, en un ciclo perverso que les perjudica en su vejez. La pobreza femenina no se distribuye, pues, de forma homogénea, sino que afecta más incisivamente a las mujeres, víctimas de una suma de iniquidades.

Me he detenido en el caso de Rosa Pitarque porque este no fue un evento aislado, ni una casualidad, sino que fue un hecho social que en su crudeza expresa la incidencia de las desigualdades acumuladas. Y me he detenido también en este desgraciado accidente porque muestra la dimensión más amplia de lo que llamamos cuidado. Porque Rosa carecía del cuidado que una sociedad debería proporcionar a sus miembros. El des-cuido no se puede atribuir a su familia exclusivamente, sino a un sistema que da más valor a unas vidas que a otras y no protege suficientemente a quienes quedan sumidos en condiciones de pobreza por el impacto de la desigualdad. Y esto nos da pie a tratar las dimensiones sociales y políticas del cuidado y los valores que lo acompañan.
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El valor del cuidado, el envejecimiento como proceso

El cuerpo humano entraña en su condición psíquica y orgánica la posibilidad de ser dañado, y esta vulnerabilidad requiere proporcionar una serie de elementos sin los cuales la vida no se sostiene (nutrir, abrigar, dar cobijo, limpiar, educar, curar, consolar, proteger). El cuidado de hijos/as y de familiares lo realizan mayoritariamente las mujeres, se considera un trabajo hecho por amor o por obligación moral y no se remunera. Cuando el trabajo de cuidados se paga, la remuneración es baja o muy baja. Es fruto de la naturalización de la feminidad, que se proyecta en las profesiones de cuidado (Durán, 2018).

Los cuidados no solo son imprescindibles para mantener la vida; también lo son para el funcionamiento de la denominada economía real, cosa que la propia Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce. Ello nos lleva a preguntarnos si no sería lógico definir la economía real como la forma en que nos cuidamos mutuamente. Finalmente, el cuidado es la base real de nuestra existencia (Comas-d’Argemir y Bofill-Poch, 2022).

Hay que reflexionar también sobre el valor que damos a la vejez y a los cuidados en la vejez. El incremento de la longevidad es un triunfo histórico, conseguido gracias a unas mejores condiciones de vida y a unos sistemas sanitarios que protegen a la población en caso de enfermedad. Pero a pesar de estos cambios positivos, la vejez se concibe como una catástrofe. Tanto es así, que utilizamos términos como los de tercera o cuarta edad, personas mayores o, incluso, abuelos, para nombrar la vejez sin pronunciarla. En todo caso, sí hay que reconocer que las categorías de edad tienen consecuencias reales y los cuerpos viejos importan, pues son una realidad material que va en paralelo a su interpretación social. Las personas mayores no son simplemente personas de mediana edad, pero más viejas, son diferentes, y hay que reconocer y aceptar estas diferencias, incluso verlas como valiosas. Debemos distinguir entre resistencia a la edad y negación de la edad y, para hacerlo, debemos considerar los estereotipos que subyacen a la devaluación de la vejez.

Evidentemente, el perfil de las personas mayores varía mucho como efecto de las desigualdades sociales, que se traducen en desigualdades en salud. Los sectores de población más humildes envejecen en peores condiciones de salud y su esperanza de vida es más baja que la de la población con rentas más altas. Por otra parte, no se envejece igual siendo hombre o siendo mujer, pues el ejercicio de los roles de género a lo largo de la vida establece desigualdades que se reproducen y acrecientan en la vejez. Cabe mencionar, también, las diferencias en la forma de envejecer y de recibir cuidados entre las personas que no residen en sus países de origen como fruto de la inmigración (Comas-d’Argemir y Roigé, 2018).


Pero hay otro tema importante que aparece también asociado a la vejez, como es la necesidad de cuidados que requieren las personas mayores que han perdido su capacidad de autonomía, han entrado en situación de dependencia y necesitan de terceras personas para realizar actividades básicas de la vida diaria. El análisis de los cuidados en la etapa del final de la vida constituye un punto crítico para comprender cómo este incremento de la longevidad modela las experiencias y significados del cuidado, moviliza agentes y recursos para llevarlo a cabo y constituye un punto de interconexión entre la economía moral y la economía política.

El cuidado como organización social

La especial importancia que la sociedad atribuye a la familia en el cuidado, naturalizándola como institución asistencial, no solo impide considerar el cuidado como un asunto público, sino que también oculta su centralidad para la organización social y política. El cuidado va más allá de la familia y va más allá de la asistencia a criaturas, mayores y enfermos. El cuidado es articulador de relaciones sociales; produce sociedad (Thelen, 2015). Sin cuidados no hay existencia humana, no hay economía, no hay sociedad. El cuidado, en este sentido más amplio y holístico, forma parte de la reproducción social. Es constitutivo de la organización social. El vínculo social es indispensable para la existencia de la sociedad humana, como nos enseñaron Marcel Mauss (1923-24) y Karl Polanyi (1957). Ellos muestran de forma fundamentada que las sociedades no descansan sobre la existencia del mercado, la compra o la venta, sino sobre la triple obligación de dar, recibir y devolver.

Podemos recuperar aquí la amplia definición que hace Joan Tronto (2013) sobre cuidado, que va más allá de la intimidad del hogar y del cuidado de personas dependientes. Para esta autora, el cuidado es la “actividad característica de la especie humana que incluye todo lo que hacemos con vistas a mantener, continuar o reparar nuestro ‘mundo’, de manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades (selves) y nuestro entorno, que buscamos tejer juntas en una red compleja que sostiene la vida”.

Dos ideas interesantes se desprenden de sus palabras: 1) el cuidado no solo mantiene la vida, sino que también proporciona bienestar, 2) el cuidado nos pone en relación, se basa en vínculos sociales, construye sociedad. Afirmar que el cuidado construye sociedad significa extender el don y los principios morales que estructuran los cuidados más allá de los lazos familiares, para abarcar el conjunto de la sociedad. De ahí la importancia que tiene considerar la aportación comunitaria a los cuidados, pues las comunidades que cuidan tejen, a su vez, un entramado social consistente. Resaltar la importancia y centralidad del cuidado en la construcción de organización social es una de las constataciones más novedosas en las investigaciones actuales (Pérez-Orozco, 2014).

Para reconocer el cuidado como parte de la organización social hay que desmarcarse de las categorías económicas que ha naturalizado el capitalismo y que separan y dan valor distinto a la producción y a la reproducción, así como de las categorías que nos construyen como individuos autónomos y autosuficientes. Frente al pensamiento liberal, las teorías éticas y morales del cuidado subrayan la vulnerabilidad inherente a la condición humana y la interdependencia como categoría fundamental de relación. Hacen, a su vez, audible la voz de las personas vulnerables y nos ponen en guardia contra las derivas mercantilistas y burocratizadas de nuestras sociedades neoliberales.

Cuando Carol Gilligan (1982) señala que las mujeres tienen una manera diferente de pensar la moral, no se limita a hablarnos de la división sexual del trabajo, sino que resalta el valor del concepto de cuidado. La ética del cuidado, este preocuparse por los demás, sitúa el vínculo social como algo central y coloca en el corazón de nuestras relaciones la vulnerabilidad, la dependencia y la interdependencia. Este reconocimiento de la vulnerabilidad de los seres humanos se convierte en fortaleza, al entender que necesitamos de los demás para existir nosotros, y ser la base para asumir la responsabilidad nuestra hacia los demás. Tanto Joan Tronto (2013) como Evelyn N. Glenn (2000) se interrogan sobre cómo debería ser el cuidado en una sociedad democráticamente inclusiva, partiendo de los postulados del feminismo y enmarcando los cuidados como potenciadores de un régimen de valor alternativo. El déficit de cuidados es un déficit democrático, por lo que el cuidado debe ser reconceptualizado como valor público, al tiempo que se problematicen las asunciones de género, clase y raza que se han dado por sentadas (Comas d’Argemir y Bofill-Poch, 2021).

Pensamos también en la necesidad de avanzar hacia una sociedad cuidadora, enfocada desde esta perspectiva del cuidado como organización social. Esto implica reconocer la vulnerabilidad de los seres humanos, potenciar la solidaridad generacional y de clase y dar prioridad a los valores asociados al cuidado: pensar en las necesidades de los demás frente al individualismo. Es avanzar en el modelo de la “paridad en el cuidado” (Fraser, 1997), potenciar las iniciativas comunitarias y fortalecer el Estado para proveer servicios públicos y protección social. Supone dar valor al vínculo social, pues sin vínculo social no hay sociedad. Este es un buen punto de partida para superar el modelo de la hegemonía mercantil, adoptar la lógica del antiutilitarismo y de la sostenibilidad de la vida como prioridad. En este sentido, el cuidado se sitúa como un elemento de profunda transformación social al subvertir las relaciones dominantes a nivel económico y político. Y esta es la principal diferencia de la economía del cuidado respecto a la economía plateada.