Migrantes en situación irregular: La vida de quienes nos facilitan la vida

Entrevista en su total extensión de Marta Sánchez Capel   a   Samuel Mendes             19-03-2025

Como cada mes de marzo, he celebrado con orgullo las conquistas de los derechos de las mujeres que tanto les ha costado a nuestras ancestras conseguir y he recordado lo que aún nos queda por luchar. También he leído la última novela de Lucía Asué Mbomío, Tierra de la Luz (Penguin, 2024), protagonizada por Ngolo, una mujer migrante en situación administrativa irregular. La protagonista llega de siendo una joven con ilusión, sueños por cumplir, y con visado. Por circunstancias, este se expira y ella se ve obligada a sobrevivir como lo hacen quienes como ella se encuentran en situación administrativa irregular

Aún con un resquicio de esperanza y muy consciente de la realidad y de la miseria en la que acaba sumida, no quiere que se romanticen ni sus penurias ni la tenacidad con las que las afronta porque así, se normalizan, se minimizan y su realidad se narra distorsionada. Este relato crudo que cuenta Lucía con bellas palabras, expone la realidad de muchas otras mujeres fuera de la ficción narrativa. Mujeres que «viven» bajo plásticos en asentamientos chabolistas alrededor de los invernaderos donde trabajan por un salario ínfimo que no les hace justicia ni reconoce lo necesarias que son ahí pero que les permite sobrevivir un día más

Estas mujeres son incluso más vulnerables y susceptibles de sufrir cualquier tipo de agresión o abuso que los hombres con quienes comparten trabajo o asentamiento. Así lo describe Samuel Mendes, un hijo de la diáspora africana asentado en Almería. Samuel se vino a España en 2006 cuando su padre lo trajo de Guinea Ecuatorial junto con el resto de su familia por arraigo familiar. Ahora es estudiante de derecho, trabajador pluriempleado y activista por los derechos y la dignidad de las personas migrantes en la Asociación Alcemos la Voz África. Samuel, me ha respondido a una serie de preguntas en una entrevista disponible en Instagram, en Facebook, y en la web de la Asociación cultural afroandaluza Coraline Mbootay Sunu Gaal.

Tras más de 300 páginas Lucía, desde el realismo mágico, describe la realidad clandestina dentro de la propia clandestinidad cotidiana a la que las personas migrantes en situación administrativa irregular se enfrentan día a día con tal de sumar un día más para probar que «viven» en España

Una lectura difícil de digerir, aunque contada con palabras delicadas. Una historia que me ha dejado con los sentimientos revueltos, con respuestas a preguntas que nunca me atreví a preguntarme y preguntas que jamás pensé que me haría. Estas historias materializan el concepto de «subhumanidad» colonial que describe Boaventura da Sousa. El ocultar «la condena de los otros» para que «nosotros» podamos ser más humanos

Para que os hagáis una idea, sin ánimo de hacer spoiler, pero sólo por poner un ejemplo del nivel de detalle que narra Lucía sobre esta realidad: estas personas tienen que «vivir» o «subsistir» bajo plásticos comprados en el mercado negro del mercado negro

Desde luego, mi entendimiento del mundo ya ha cambiado para siempre. ¿Qué pasa con esta realidad que todo el mundo sabe que existe y aun así se ignora con total indiferencia? ¿qué se puede hacer desde el norte global para frenar esto?

Lucía tiñe de magia sus palabras para relatar las desapariciones misteriosas de varias personas compañeras de faena. Y cuando llegas a este punto de la lectura, tu diafragma se relaja. Piensas que algo de mágico alivia un poco de carga emocional a todo lo trágico que has venido asimilando hasta ahora. Pero entonces, enciendes la tele y la primera noticia que ves es que se acaba de detener en Jaén al patrón sospechoso de la desaparición de un jornalero senegalés en 2021. Y ahí resuena en ti, muy a tu pesar y sin querer creerlo, aquello de que la realidad supera la ficción. Lo que no sabemos bien es hasta qué punto.

Tanto Lucía en su libro como Samuel en sus respuestas aluden a este concepto de subhumanización al que da Sousa se refiere como un mecanismo utilizado por Europa para «crear un mito romántico» que convertiría al continente en el lugar de defensa de los Derechos Humanos: ocultando, minimizando o incluso culpando a las propias personas migrantes de merecer condiciones laborales mínimas por estar habitando una tierra de manera irregular.

Teniendo como el marco de estudio las cuestiones evocadas en el libro de Lucía: personas en situación administrativa irregular, asentamientos chabolistas, desapariciones misteriosas, normalización de la prostitución y de la precariedad y romantización de la endereza y fortaleza de la mujer migrante, Samuel, que ya se ha leído Tierra de la Luz y quien, además, ha trabajado en los invernaderos con su padre, nos da varias claves para entender un poco mejor cuál es la realidad.

MARTA.- Cuéntame quién eres, cómo empiezas tu activismo en Alcemos la Voz África, hasta qué punto el libro de Lucía se aproxima a tu realidad como hijo de la diáspora africana.

SAMUEL.- Yo me llamo Samuel Mendes, soy de Guinea Bissao. Nací allí y estuve hasta los 11 años, que mi padre nos trajo por reagrupación familiar a mi madre, mis hermanos y a mí en el año 2006.

Desde entonces, vivo aquí en Almería (…), en la parte de el Ejido, las Norias, se llama. Si sabes dónde queda situada la zona del Ejido más o menos puedes intuir a qué sector se puede dedicar la gran parte de las personas que habitan allí, sobre todo la población inmigrante. Entonces, sí que lo que describe Lucía tiene mucho, mucho que ver con la vida de las personas migrantes aquí en la parte sur, en El Ejido. […] [M]i padre estuvo en la obra, pero con la llegada de la crisis de la construcción, se tuvo que pasar al sector agrícola desde 2007. Y yo ya con la mayoría de edad, en 2012 empecé a ir con él, para ayudar también con la economía familiar.

Como formación he estudiado derecho, aún no lo he terminado (…). He tocado varios sectores. Trabajando desde lo que es el campo, los almacenes como mozo, repartidor de pizza, como camarero, de todo. Ahora mismo me he hecho conductor de camión internacional y es una nueva experiencia. Y bueno, eso sería un poco resumen de lo que es mi vida.

MARTA.- ¿Y eso mientras te sacas la carrera?

SAMUEL.- Sí, eso sí que fue una época que, cuando la recuerdo, a veces no me gustaría repetir como tal. Pero sí que es una época en la que sí he aprendido mucho y asimilado muchísimo lo que es la vida de la persona migrante y lo que es el sacrificio de mis padres.

Yo he visto a mi padre trabajar de lunes a lunes, como se dice (…). Desde 2007, nunca he visto mi padre decir: “Ah hoy es domingo” o me levantaba y lo veía por casa un domingo. Imposible. O sea, yo jugaba fútbol y claro, como a cualquier niño, a mí me hubiera gustado que mi padre, a lo mejor me llevara el fútbol o viniera a ver mi partido de fútbol, tal vez, pero nunca(…). Y eso, claro, yo veía ese esfuerzo, pero claro, no lo asimilaba tanto, hasta que yo (…) empecé a trabajar y ya sí que pude asimilar más o menos lo que significaba el esfuerzo que ellos hacían: mi padre y mi madre.

Haciendo las cuentas, decía: Sé que es imposible que tú, cobrando en ese momento, que se cobraba 30 y poco en la jornada, tener tres, cuatro hijos en ese momento, pasar de cobrar un cierto salario en la obra a pasar a cobrar la mitad o la mitad de la mitad. Yo ya empecé a entender cómo era su esfuerzo. Como que a través de eso nunca me había quejado. No es que yo estuviera conforme, pero sí que no me quejaba, pero por respeto a lo que había hecho mi padre hasta entonces y por lo que estaba haciendo mi madre.

Yo iba a trabajar de 7:00 a 15:00 en el invernadero y luego llegaba, me duchaba e iba a clase de 17:00 a 21:00. Luego repartía pizza por la noche, hasta las 12 de la noche (…) Y a partir de ahí, renuncié a competir, a obtener una nota alta. Porque esas condiciones no eran equiparables a la de mis compañeros. Acepté eso, acepté mi condición de persona migrante y entendí a la perfección el esfuerzo que sí hacía mucha gente. En mi caso, por sacar una carrera adelante y quitarles una carga a mis padres. Y en otros casos, pues para mantener una familia entera. No solo hablo de hijos. Sobre todo, cuando hablamos de una familia africana, hablamos de hijos, sobrinos, padres incluso... ¡había que contribuir! Es una época que me enseñó bastante, pero sinceramente no repetiría.

“Y a partir de ahí, renuncié a competir, a obtener una nota alta. Porque esas condiciones no eran equiparables a la de mis compañeros. Acepté eso, acepté mi condición de persona migrante y entendí a la perfección el esfuerzo que sí hacía mucha gente.”.

MARTA.- Y hablando de las condiciones, trabajar de lunes a lunes, Lucía comenta en su novela que gracias al trabajo de asociaciones se ha conseguido, por lo menos, tener una hora para comer y el domingo libre, ¿cómo se explica que no hubiera ni un día de descanso?

SAMUEL.-(…) [P]orque hay que tener en cuenta las circunstancias. Allí se trabaja según la producción. (…) Por ejemplo, quien planta calabacín sabe que tiene que cogerlo pronto. El que renuncia a coger todos los días, está renunciando una parte de la cosecha, porque es un producto que crece muy rápido. Un calabacín gigante ya no tiene el mismo precio, pierde el valor. Entonces, el que tenga ese trabajo es casi inevitable que trabaje todos los fines de semana. Si eso se compensara un poco con, primero, las condiciones no solo en el ambiente del trabajo en sí, sino también salariales, sería un poco más digno.

Pero no, no se contemplaba eso. Y es verdad que ahora mismo nosotros los jóvenes empezamos a levantarnos, a protestar (…), pero ya lo hacían nuestros padres antes. Estoy hablando del año 2000, empezaron ya a (…) pedir condiciones un poco más dignas y viendo sobre todo la rentabilidad que daba el campo. Entonces ya se decían, “bueno, pues si yo estoy produciendo y tú cada año estás comprando un invernadero nuevo, mandas a tus hijos a la universidad, yo que soy como tú, solo que económicamente en posiciones diferentes, a mí también me gustaría tener un poco más de dignidad, poder tener una nómina que me permita comprar una casa, que me permita mandar a mis hijos al colegio, comprarle zapatos en condiciones...

Aunque eso era también el principal impedimento para protestar, porque sabías que tenías unos hijos, que tenías que darle de comer, que tenías que pagar un alquiler o una hipoteca. Entonces, eso era también condición para no protestar. A raíz de ahí, una compañera llamada Helen Digala propuso crear una asociación y ya de ahí nos coordinarnos un poco más, usando las herramientas que a día de hoy estamos usando, que tiempos atrás no se disponía.

MARTA.-¿La realidad supera la ficción?

SAMUEL.- Sí. A ver, cuando Lucía lo describe, claro, le da un punto de realismo mágico, como ella dice, pero la realidad en sí, el que ha vivido la realidad, dice: Oye, que te has dejado decenas de y, diría, cientos de cosas, detalles que realmente impactarían a una persona. Es decir, Lucía, (…) a raíz de que le contactáramos, vino aquí, conoció el campo, conoció más o menos, entró a los invernaderos, vio la temperatura que hacía. (…) [Y]o estoy hablando de, en el mes de julio, con 40 y tantos grados, 50 grados y no puedes decir que no vas a trabajar, porque no. Tu entras a las 6 de la mañana y esperas irte a tu casa cuando salga el sol a las 10. Pero eso no es lo que pasa allí. Tienes que estar hasta las 15:00 o 16:00 de la tarde en hora punta de sol. Yo he visto gente desmayarse en el invernadero por golpes de calor. Y te sacan, te abanican y te dan agua, pero tienes que seguir. Y al día siguiente tienes que volver. Si no vuelves es que eres un blando. Allí es donde se juega con la necesidad de la gente. No decimos que no queramos trabajar. Decimos que queremos trabajar, pero con ciertas condiciones. Con condiciones que preserven la dignidad de los trabajadores y les reconozcan la importancia que realmente tienen en ese sector. Pero el poder de negociación del trabajador es tan, tan, tan diminuto que hace muy difícil que se cumplan esas condiciones.

Yo entiendo que un empresario piense que su objetivo básico es ganar dinero, (…) porque una persona no monta una empresa para perder. Pero si hay unas reglas establecidas a lo que tienes que impugnar es a esas reglas o leyes si crees que son incompatibles con tu realidad o contraproducentes. Por ejemplo, si en el convenio se establece una jornada de ocho horas y tu entiendes que no es posible cumplir con esta jornada manteniendo la productividad, pues tendrás que pactarlo con los sindicatos y la patronal. No decir que sí a los sindicatos y cuando llegas allí dices que no lo vas a cumplir porque te va a perjudicar. Si como empresario no eres capaz de cumplir con eso, (…) quizás, el que no debería tener una empresa eres tú. [Porque], de hecho, hay ejemplos de empresas que sí, que cumplen la norma y no han ido a la quiebra.

“No decimos que no queramos trabajar. Decimos que queremos trabajar, pero con ciertas condiciones.”

MARTA.-Se habla en general de personas en «situación administrativa irregular», pero, ¿qué quiere decir estar en «situación administrativa irregular»? ¿qué implicaciones tiene? No es ilegal pero tampoco es legal ¿no?

SAMUEL.- Se habla de “administrativa” porque no se recoge en el código penal. Es decir, cuando te encuentras a una persona residiendo en un país, no sabes exactamente cómo ha llegado. Yo he podido llegar con un visado y tratar de regularizarme, pero por falta de instrumentos o medios que yo tenga, no haya podido hacerlo [antes de que el visado expire]. Con mi visado de un año se supone que he podido llegar y he podido comenzar a trabajar. El jefe con el que trabajo me debería haber hecho un precontrato, haberme dado de alta, y así yo podría solicitar una residencia, empadronarme, etc. Pero eso no pasa.

[Por un lado], si la persona con la que yo trabajo ve que si me tiene trabajando de forma irregular no paga a la seguridad social, ahorrándose una parte. (…) me paga 5€ a la hora, 2€ menos de lo que me debería pagar. En una jornada de 8 horas, se ahorra 16€ al día por trabajador. ¿Cuánto ahorraría con 20 trabajadores? ¿Y al mes?

[Por otro lado], si a esa persona le conviene tenerme trabajando sin contrato para no pagar la Seguridad Social, para no pagarme un salario digno, para yo no tener medidas, soporte o protección legal para poder reclamar o denunciar esa situación, al final yo me callo y me aguanto. Entonces llegará un momento en el que mi visado expire y yo ya me encuentro en una situación irregular.

Por lo tanto, no he cometido ningún delito legal. Sí que administrativamente, no tengo un [permiso de] residencia [que me permita] residir aquí de forma legal. Por eso se dice que es una situación administrativa irregular. No es ningún delito penal. Por lo que esa gente se queda en esa situación y la gente que puede sacar rédito, se aprovecha de ello.

“No es ningún delito penal. Por lo que esa gente se queda en (…) situación [administrativa irregular] y la gente que puede sacar rédito, se aprovecha de ello.”

¿Qué podrían hacer las administraciones para evitar la situación? Las inspecciones de trabajo deberían intervenir y en función de las hectáreas y de la producción que tiene un propietario de invernaderos cuestionar si es normal que solo tenga dadas de alta a dos personas; o cuestionarse la situación que se da en los asentamientos que comentamos en Níjar, Atochares o El Uno, que lo han desalojado ahora en febrero. ¿Cómo es posible que esa gente lleve viviendo 10 años allí, se sepa que están trabajando todos los días y, sin embargo, nadie se pregunte cómo se mantienen si no tienen ninguna residencia o DNI que les de permiso a trabajar allí? (…) ¿Cómo es posible que la inspección de trabajo no se haga estas preguntas? Esto es imposible de entender sin pensar en que haya una connivencia para que ese sistema se perpetúe. De hecho, en ocasiones cuando va a haber una inspección laboral, se avisa a los trabajadores en esa situación para que no vayan ese día a trabajar. (…) [C]laro que hay una colaboración necesaria para que este sistema se siga reproduciendo. Y beneficia a unos empresarios que son los que luego donan a los partidos locales que gobiernan en esos ayuntamientos. Es un círculo prácticamente mafioso. (…) Lo que se tiene que evitar es que la gente vaya a asentamientos porque no tienen trabajo porque no tienen el permiso de residencia; [garantizar] que la gente pueda acceder a una vivienda digna; que la gente no sea explotada como hasta ahora por el miedo a las consecuencias a denunciar por no tener papeles.

MARTA.- En el libro se ponen varios ejemplos de mujeres que sufren unas experiencias vitales especialmente desafortunadas. Sin ánimo de hacer spoiler, a una de las mujeres la alejan de su hijo cuando llega aquí porque no puede hacerse cargo de él en el asentamiento y el niño prefiere quedarse con su familia de acogida; y la otra es una mujer trans que se ve obligada a prostituirse y lo normaliza. Yo entiendo esto a la manera en que Da Sousa describe la “subhumanización de los cuerpos racializados”. ¿Tiene que ocurrir esto para que en el Norte global se pueda vivir cómo se vive?

SAMUEL.-La situación de las mujeres es siempre el doble en cuanto a sufrir las consecuencias en comparación a la de un hombre en su misma situación. Por ejemplo, a mí, aunque trabaje en el invernadero 8 o 12 horas, yo no voy a recibir insinuaciones de forma coactiva. (…) Por ejemplo, en los campos de Huelva, en los años previos a la pandemia, ya se venía denunciando la situación a la que se enfrentaban algunas de las mujeres marroquíes que venían en los programas de “economía circular”. Ellas venían de Marruecos con un contrato establecido, con una duración determinada y tras la finalización, vuelven a su país de origen. Lo que pasa es que la mayoría de estas mujeres están casadas y también por motivos religiosos no quieren exponerse a estas situaciones que pueden suponer un escándalo por abuso o tocamientos en sus lugares de origen, sobre todo si están casadas. Eso los jefes lo saben y al saber que ellas van a intentar no denunciar, van a ser discretas, se aprovechan. Denunciar para ellas supone que toda la familia, el entorno, el marido va a enterarse de la “deshonra” que les han hecho vivir. Al final eso, puede significar perder no solo su dignidad, sino su matrimonio, su familia, etc. Entonces a ellas lo único que les queda es aceptar estas condiciones, intentar acabar el contrato de trabajo y regresar. Y esto es lo que algunas personas pretenden que se normalice y cuando alguien se queja de estas condiciones y presunciones que se han de normalizar, se le tacha de “desagradecido” por no apreciar el hecho de que les están dando trabajo. Así que, ni para estas mujeres, por ejemplo, que venían con contrato, se respetaban las condiciones establecidas.

Por eso, cuando comparo la situación de las mujeres con la mía, por mucho que yo haya podido pasar en mi lugar de trabajo, siempre encuentro muchísimo más dificultosas las condiciones de la mujer. Uno tiene que decidir entre lo malo y lo peor. Y nunca puede preservar su dignidad. Eso es lamentable y es lo que se supone que nosotros, como asociaciones, podemos abordar en institutos y universidades. Elementos clave para discutir estos temas porque son los que en dos o cinco años estarán en el mercado laboral, presenciándolo e incluso protagonizándolo.

“Uno tiene que decidir entre lo malo y lo peor. Y nunca puede preservar su dignidad.”

MARTA.- La asociación en donde eres miembro, Alcemos la Voz África, ¿qué tipo de actividades suele llevar a cabo? Antes hacías referencia a iniciativas de divulgación y sensibilización entre los jóvenes en institutos y universidades.

SAMUEL.- Cuanto más avance vemos en la política reaccionaria [véase el desalojo violento del alumnado cuando protestaban por la presencia de Macarena Olona en la UGR esta semana] y la adherencia de jóvenes a partidos ultraderechistas, violencia callejera contra migrantes, abusos a las mujeres en todos los ámbitos, es donde más falta hace la presencia de colectivos como el nuestro. Para construir un relato y mostrar la realidad. Para dejar claro que esto no es novedoso ni es “guay”; que esto ya había pasado tiempo atrás y hay épocas mucho más oscuras de las que nos podemos imaginar. La labor pedagógica tiene que estar ahí. Nuestra asociación ha estado activa en esta línea. También en los asentamientos chabolistas llevando ropa, llevando mantas en invierno, chaquetas, lo que creemos necesario para combatir este tipo de situaciones allí. ¿Creo que no es suficiente? Sí, pero también creo que ha podido servir para aportar algo.

 MARTA.- Para hacer un guiño a Mamadou, uno de los personajes del libro. Un senegalés que, por su larga edad, sufre pérdidas de memoria, pero lo que no pierde nunca es la esperanza. Mamadou siempre augura un futuro feliz y optimista, ¿cuál es tu visión, compartes el optimismo de Mamadou?

SAMUEL.- Soy consciente de que las personas migrantes de aquí siempre van a tener un impedimento para regularizarse porque saben que es la forma más efectiva de quitarles su dignidad; de (impedirles) denunciar cuando sufran una injusticia; de [impedirles] si no tienen un trabajo, que se puedan ir a su país y poder volver cuando haya una oferta de trabajo. En lugar de ello [les hacen que] estén aquí mendigando y aceptando condiciones inhumanas y estas condiciones son propicias para que se den este tipo de situaciones.

Si antes lo que se hacía era coger barcos y apresar a personas allí para traerlas aquí y esclavizarlas, ahora no hace falta eso. Simplemente crear condiciones necesarias allí para que esas personas emigren, lleguen aquí, no se les de permiso de residencia para que estén en esa situación irregular y poder utilizarlos para hacer exactamente lo que se hacía años atrás. Pero ahora dándole la vuelta al discurso y culpando a quienes emigran por el hecho de haber abandonado su país y haber entrado de forma irregular y por lo tanto tienen que sufrir las consecuencias hasta conseguir un papel que diga que son legales.

[…] Vivo con ese optimismo de que, primeramente, nosotros como emigrantes sepamos el valor que tenemos y segundo, que seamos capaces de hacer valer este valor para reclamar, alcanzar y gozar de nuestra dignidad que nos merecemos.

“[A]hora dándole la vuelta al discurso y culpando a quienes emigran por el hecho de haber abandonado su país y haber entrado de forma irregular y por lo tanto tienen que sufrir las consecuencias hasta conseguir un papel que diga que son legales”.

Es decir, nunca van a llevar a cabo la famosa “deportación” de la que se habla porque saben que se necesita la mano de obra de esas personas.

Desde el tercer trimestre de 2022 al 2024, el 40% del empleo que se ha creado ha sido ocupado por personas migrantes. Ahora mismo hay unos 2,7 millones de personas migrantes con permiso de residencia que están trabajando en el mercado laboral español. La tasa de actividad de las personas migrantes es del 70%, superior a la nacional [Samuel menciona las cifras del último informe publicado por el Observatorio de las Ocupaciones titulado “2024. Informe del Mercado de Trabajo de los Extranjeros Estatal Datos 2023”, disponible en el enlace. Y también alude a las cifras del informe FUNCAS, exponiendo que la inmigración aporta el 84% del crecimiento de la población española.]

(…) Por eso, cuando hablo de esa labor pedagógica, hace falta que intervengamos para recordar, con estas cifras en la mano, que no tenemos que agachar la cabeza (…) porque con lo que nosotros hacemos y, en cuestión de aportación, no debemos nada, sino al contrario.