Desigualdad económica y violencia contra las mujeres

Por Daniela Sanson

Artículo publicado en El Salto, 16 de diciembre, 2021
 

El pasado 25 de noviembre, como cada año desde hace ya 21, las instituciones, organizaciones civiles y la sociedad en general, visibilizaron el problema de la violencia contra las mujeres.

En el contexto del año en curso se ha remarcado la realidad de que el hogar y el núcleo familiar no son seguros para muchas mujeres. La situación excepcional de la pandemia a lo largo y ancho del globo ha vuelto a dejar esto en claro. 

Según el reporte de 2021 del Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) en toda la Unión Europea (UE) las ONGs y los refugios para mujeres se vieron rebasados ante el crecimiento de la violencia contra las mujeres durante las cuarentenas.

Un problema de la violencia contra las mujeres, refiriéndonos a su tratamiento, radica en que el énfasis está en cuando ya acontece la violencia física en el contexto de los hogares y relaciones de pareja; sin embargo, hay una ausencia tanto de información y de medidas colectivas en lo que respecta a la violencia económica y la procuración de autonomía económica de las mujeres.

Evidentemente se deben priorizar el destino de recursos para garantizar la seguridad de las mujeres que estén en peligro o sean sobrevivientes a violencia, pero también, a la par, debemos recordar que las medidas más efectivas para evitar la violencia y facilitar la salida del círculo de la violencia son las encaminadas a conseguir la autonomía económica de las mujeres.

Por ejemplo, en España en torno al 71% de las mujeres que han padecido violencia señalan que su situación de precariedad, desempleo y dependencia económica es el principal freno para denunciar y tener la posibilidad de alejarse por ellas mismas de esa situación.

La pobreza, el desempleo y desigualdad económica que padecen las mujeres constituyen una problemática con muchas aristas, lo cual podemos ver de manifiesto en diferentes indicadores. Así, en la UE:

1. Hay una menor participación de las mujeres en el mercado laboral, la jornada parcial está feminizada y ellas se ven obligadas a interrumpir más veces o terminan antes la vida laboral. Por ejemplo, se ha estimado que en el caso de España, en promedio, las mujeres trabajan (en el mercado) 22 años menos que los hombres.

2. Las mujeres siguen ganando, en promedio, 14% menos que los hombres.

3. Siguiendo con el mercado laboral, solo el 30% de los miembros directivos de empresas grandes son mujeres. Esta brecha, también conocida como techo de cristal, explica a su vez, en parte, la brecha salarial, puesto que las mujeres tienen dificultado el acceso a los empleos con mejor remuneración.

4. Todos los aspectos anteriores se traducen en otra desigualdad que es la brecha en las pensiones. La inequidad padecida a lo largo de la vida productiva de las mujeres tiene esta consecuencia del menor ingreso en la vejez. Ya en 2017 se calculaba una brecha de género en las pensiones del 40% en la UE.

5. Solo el 30% de los hombres con hijos realizan al menos una hora de trabajo doméstico, mientras que en el caso de las mujeres con hijos son el 91%. La desigual repartición del trabajo no pagado que se realiza en los hogares también es otro factor crucial de la desigualdad que mantiene a las mujeres en dependencia económica.

6. Las mujeres jóvenes y las que son cabeza de familia están en mayor riesgo de exclusión social y pobreza. Volviendo a poner de ejemplo a España, según la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN), en su más reciente informe anual sobre “El estado de la pobreza”, previo a la pandemia, un tercio de las mujeres de entre 16 y 30 años se encontraban en riesgo de pobreza, al igual que una de cada dos personas de hogares monoparentales, de los cuales el 83% están a cargo de mujeres.

Cabe aclarar que esto ocurre, y quizá con peores panoramas, no solo en la UE. Podríamos seguir enumerando varios datos y aspectos de la realidad que nos encaran a la desventaja económica que enfrentan las mujeres, pero podemos decir que son suficiente para comprender que estos factores, volviendo a nuestro punto de partida, son la manifestación de una desigualdad estructural que maniata a muchas mujeres para no poder salir de circunstancias tan graves y lamentables como son las de estar siendo violentadas en su hogar.

Esta misma dependencia y precariedad de las mujeres las hace más vulnerables a lo que se ha denominado violencia económica o financiera. Esta se puede manifestar en prácticas como el racionamiento o incluso restricción de bienes básicos como ropa, calzado y alimentos, asignación y escrutinio severo del dinero para gastos del hogar y personales, humillaciones por su dependencia económica, entre otras.

Ahora bien, es pertinente aclarar que no solo las mujeres que dependen del ingreso monetario de otro miembro del hogar se pueden ver en situaciones de violencia económica o financiera. También se considera violencia económica que, aunque aportes ingresos al hogar, se te excluya del manejo de los recursos y decisiones financieras de la familia, que te cojan dinero de tus cuentas sin tu opinión, que las cargas de créditos o préstamos siempre sean a tu nombre, que se te fuerce o chantajee para que otorgues poderes sobre bienes o cuentas bancarias tuyas.

Asimismo, el que se coarte la autonomía económica de las mujeres es otra manifestación de esta violencia, por ejemplo: que te dificulten o directamente te prohíban estudiar o trabajar, que saboteen tu carrera profesional con celos, chantajes o quejándose de diferentes aspectos de tu trabajo, que te hagan trabajar en un negocio o proyecto que no te beneficia ni te remunera ni está a tú nombre, que tengas que ser tú la única que soporta todas las cargas económicas del hogar aunque haya más miembros de la familia en posibilidad de aportar.

Lo anterior a su vez nos recuerda que la violencia sobre las mujeres no se limita ni solo lo es cuando hay golpes. De hecho, muchas veces comienza con este tipo de prácticas que ya en sí mismo son parte de esa violencia. Finalmente, esto nos conduce a la reflexión de que incluso las mujeres con posibilidad de autonomía económica se pueden ver inmersas y con dificultad de salir del círculo de la violencia, por lo que esto se exacerba en el caso de las mujeres que están fuera del mercado laboral, sin formación, sin bienes, sin ingreso o en pobreza.

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