13 febrero, 2017
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Economía postcapitalista

Por Juan Marín

Publicado en bez.es, el 06/02/2017

 

 

 

 

La crisis económica global se ha convertido en terreno abonado de una creciente desconfianza social ante el actual sistema económico, malestar que ha servido de sustrato para la búsqueda de prácticas económicas alternativas que intentan enfrentar los cimientos sobre los que se asienta el marco dominante económico, por eso hoy podemos observar que estamos ante la mayor diversidad de propuestas económicas alternativas de la historia reciente.

Estas propuestas, que se definen como “otras” economías o transiciones a otras economías, son ensayos de una variedad de fórmulas que apelan a la innovación social como solución a los desafíos que presenta la crisis económica, ecológica y social que vivimos. Muchos de estos modelos pretenden incidir en la actividad económica vinculándola a la sostenibilidad económica y socio ambiental, lo que se intenta desplegar a través del vínculo con un fenómeno esencial en la actividad económica como está siendo el emprendimiento y en concreto el emprendimiento social. Han surgido así propuestas que con distintas denominaciones (Economía verde, Economía circular, Economía del Bien Común, Economía Colaborativa, Economía Social y Solidaria, etc), convergen en realzar la cooperación frente a la competitividad destructiva en defensa de intereses particulares a corto plazo.

El escenario en el que se mueven estas economías es el de la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición postcapitalista, que pasa por la disputa de la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas. Debido a que son escasos los espacios que no han sido colonizados por la lógica de la propiedad privada y el crecimiento económico, algunas de estas experiencias exploran mecanismos de control para limitar el poder de “los mercados” y apuestan por poner en marcha proyectos alternativos cuyo origen sean renovados paradigmas que no tengan como principio fundamental el móvil de la acumulación y el crecimiento incesante. Algunas de estas economías alternativas son impulsadas por las organizaciones de la sociedad civil para encaminarse hacia nuevos horizontes emancipatorios que pongan la colectividad, la democracia y la sostenibilidad de la vida en el centro. Por otra parte, aunque estas otras economías podrían hablar perfectamente a un nivel macroeconómico, el debate tradicional que se desarrolla entre un eje neokeynesiano y otro neoliberal parece que difícilmente puede enmarcar en su escenario estas realidades.

Conviene sin embargo tener presente, respecto a estos modelos o economías en transición, que no es lo mismo una propuesta o práctica alternativa para resolver un problema específico dentro del marco hegemónico, que una propuesta que se enmarque bajo un paradigma alternativo y que pretende subvertir lo existente.

Estas economías plantean transformaciones al escenario actual pero no dejan de ser vulnerables a la mercantilización y a ser utilizadas de manera perversa. Por eso cuando hablamos de procesos de transición es relevante hablar también de los niveles de impacto: algunas de estas economías se limitan a la innovación tecnológica, otras pretenden transformaciones en las infraestructuras, incorporando cambios en los agentes, la producción o el consumo; por último, hay propuestas, a un nivel macro, que aluden al entorno global y medioambiental, condiciones políticas, internacionales, culturales, etc. Algunas empresas como Uber o Airbnb representan bien ese difícil encaje entre herramientas que permiten la adaptación del mercado a los usos sociales de las nuevas tecnologías pero manteniendo lógicas convencionales y propuestas críticas que buscan democratizar las relaciones económicas generando también cambios culturales.

Aumento de la eficiencia

En el caso de la innovación, en particular las innovaciones tecnológicas, siempre habrá una dependencia de los intereses de sus protagonistas, por lo que requieren ser juzgadas en su contexto social, cultural y ambiental. Si los actores relevantes no tienen por objetivo la promoción de tecnologías realmente transformadoras los resultados de la innovación pueden reforzar el status quo, mediante la prolongación del uso de productos y sistemas que no son aptos para resolver las necesidades de la sociedad. Bajo una propuesta de Economía Circular, podría parecer que el crecimiento puede continuar de manera ilimitada, pues los residuos se reciclarían y se convertirían en nuevos recursos. Un aumento de eficiencia haría que necesitásemos menos cantidad de recursos, pero también puede producir una paradoja: la mayor eficiencia abarata el costo, y por tanto puede llevar a un mayor uso. Por otra parte, la “Economía verde” centra su interés en la conservación de recursos y la transición a energías renovables, características todas ellas sin duda importantes pero que no equivalen al cambio a gran escala que se necesita si en vez de transformar los procesos económicos y productivos con el enfoque de adaptarlos a los limites ambientales se busca redefinir la naturaleza para adaptarla al sistema económico existente.

El mayor desafío de una transición o de una transformación socioecológica que necesita el mundo no sólo es tecnológico, también lo es político y cultural; el reto de una transición pasa por superar los patrones culturales asumidos por la mayoría de la población que apuntan hacia una constante y mayor acumulación de bienes materiales; una situación que no asegura necesariamente un creciente bienestar de los individuos y las colectividades.

En lo social, una transición a otra economía implicaría que los ciudadanos dejen su papel pasivo en el uso de bienes y servicios colectivos y puedan convertirse en propulsores autónomos, coordinada y consensuadamente desde una escala local o regional; y en lo político requeriría del desarrollo de una cultura democrática y participativa. En el ámbito económico, requiere la incorporación de criterios de suficiencia antes que sostener la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material cada vez más acelerada. Esto también plantea aceptar que una economía debe sustentarse en la solidaridad y en la sustentabilidad, se busca la construcción de otro tipo de relaciones de producción, intercambio, cooperación y también de acumulación del capital y de distribución del ingreso y la riqueza.

Desde la práctica, la Economía Social y Solidaria se plantea como una de las vía para la transición hacia otro paradigma económico; sus entidades y empresas funcionan dentro de la economía convencional, son proyectos empresarialmente viables que procuran invertir las prioridades de la economía convencional, desconectando de sus valores y sus lógicas. Se caracterizan por la satisfacción de necesidades frente a rendimientos financieros, una fuerte territorialización, y un anclaje con el entorno frente al riesgo de deslocalización; además de promocionar los procesos de cooperación frente a la competencia, apuestan por el empleo, la inclusión de los grupos vulnerables y la rentabilidad social. En los últimos años estas iniciativas han crecido, introduciéndose en sectores estratégicos, es el caso del acceso cooperativo a la banca, los servicios financieros, la producción y comercialización de energías renovables, los seguros, la alimentación o la vivienda. En el caso del Estado español, este movimiento viene organizándose fundamentalmente a través de REAS-Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria y las entidades que participan en ella se reconocen por su adscripción a  la Carta de principios de la Economía Social y Solidaria.

Desde un punto de vista de valores y relacional, de impacto sobre las personas y el entorno, la Economía Social y Solidaria aglutina y lleva a último término muchas de las cuestiones que aparecen en otros modelos. Por tanto, los valores de la Economía Social y Solidaria no menoscaban los aportes de otras economías. No tiene sentido hablar de la confrontación de estas diferentes economías, sino ser conscientes de las complementariedades, potencialidades y límites de cada uno de estos modelos. Una Economía Social y Solidaría ha de ser necesariamente verde para ser sostenible, no se trata por tanto que una Economía Verde sea imposible, sino de ser conscientes que el modelo predominante en la actualidad está centrado en buscar soluciones rápidas que ignoren la compleja interdependencia de los desafíos socioecológicos a los que se ha de hacer frente.

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