Wangari Kinoti2 – Action Aid
El primer día de 2026, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos difundió en las redes sociales una foto de un coche clásico aparcado en la orilla de una hermosa playa3. La foto iba acompañada de la siguiente leyenda: America After 100 Million Deportations [‘Estados Unidos tras 100 millones de deportaciones‘].
Este Departamento añadió al margen la siguiente aclaración: The peace of a nation no longer besieged by the third world [‘La paz de una nación que ya no está asediada por el tercer mundo‘].

Pocos días más tarde, el subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, Stephen Miller, publicó lo siguiente: «No mucho después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente disolvió sus imperios y colonias y comenzó a enviar sumas colosales en concepto de ayudas, financiadas por los contribuyentes, a estos antiguos territorios (pese a haberles brindado ya mucha riqueza y progreso).
Occidente abrió además sus fronteras, en una especie de colonización inversa, proporcionando a estos recién llegados bienestar y, por lo tanto, remesas, además de brindarles, a ellos y a sus familias, no solo la plena ciudadanía, sino también un trato legal y económico privilegiado con respecto a la ciudadanía nativa.
Este experimento neoliberal ha supuesto, en su esencia, un largo autocastigo inflingido a los lugares y las poblaciones que han construido el mundo moderno«.
Entre los «imperios» y «colonias» a los que Miller asegura que Occidente brindó «mucha riqueza y progreso» se incluye la gran mayoría del continente africano. Pero, contrariamente a sus afirmaciones, es ampliamente sabido que el sistema imperialista capitalista europeo occidental se dedicó a acaparar recursos y mano de obra de África y de otros territorios colonizados. Esta extracción, en todas sus formas, continúa hoy en día.
Por ello, en África, el Caribe y entre la diáspora en general, se está viviendo una creciente exigencia de reparaciones. La Declaración de Accra sobre Reparaciones4 de la Unión Africana (UA), acordada en 2023, se centra en promover la justicia reparadora y la sanación para las y los africanos y todas las personas afrodescendientes. Se refiere a las injusticias históricas y los crímenes lesivos cometidos contra estas personas, de mano de la esclavitud trasatlántica, el colonialismo y el apartheid, pero también —lo que es muy relevante— a las presentes desigualdades en los actuales órdenes económicos y políticos internacionales.
Las feministas africanas siempre hemos tenido claro que el proceso de justicia reparadora no puede ni debe repetir, replicar ni reproducir las herencias coloniales y patriarcales de exclusión, injusticia, explotación y desmemoria; esta es nuestra oportunidad para desprendernos de las relaciones de poder racistas, sexistas, coloniales, extractivas, explotadoras y coercitivas, y nuestra propia búsqueda de justicia reparadora debe reflejar todo esto en nuestros principios y prácticas. Desde la esclavitud, que fue una forma directa de capitalismo global, las mujeres hemos sido la mano de obra más barata para el capital, siendo tratadas como sujetos coloniales. Existe una relación directa entre el racismo, el patriarcado, el capitalismo y la violencia, que se ha hecho patente en toda la esclavitud, la colonización y el apartheid, y que sigue predominando en el sistema mundial actual, con sus pilares de la globalización, liberalización, privatización y competitividad.
Los sistemas globales dominantes están desfinanciando, colapsando y privatizando los sistemas de servicios públicos, aprovechando el trabajo no remunerado de las mujeres y las niñas. Estos sistemas también están desregulando y liberalizando el trabajo, obligando a las mujeres a aceptar empleos precarios y mal remunerados, muy a menudo caracterizados por la violencia y el acoso, sin ninguna garantía de lograr condiciones laborales decentes o dignas. Es este sistema el que ha mercantilizado el trabajo hasta el punto de que se comercializa y exporta a través de las fronteras mediante acuerdos comerciales. Y toda esta violencia estructural sigue gestándose día a día en la olla hirviente del imperialismo financiero. Los países más enriquecidos, junto con los grandes bancos y corporaciones, mantienen y ejercen un poder desmesurado por medio de la arquitectura financiera mundial. Esto les permite —con el apoyo de sus redes de élites aliadas en el sur global (ya sean directamente sus agentes o cómplices inconscientes)— acaparar los recursos materiales y financieros y, lo que es crucial, controlar las agendas políticas mundiales.
Algunos de los pilares esenciales del imperialismo financiero son ya bien conocidos: la deuda externa, la hegemonía o dominación monetaria, la financiarización (o globalización financiera, o sea: la creciente preponderancia de las motivaciones, de las instituciones y de las élites financieras en el funcionamiento de la economía y de sus instituciones rectoras a escala nacional e internacional) y los flujos financieros ilícitos (incluyendo la evasión fiscal, la corrupción y el blanqueo de capitales). Se estima que África pierde 88 600 millones de dólares estadounidenses (USD) cada año por la fuga de capitales5.
Son estas arquitecturas financieras globales las que el proceso de Financiación para el Desarrollo (FfD, por sus siglas en inglés), iniciado en Monterrey hace más de 20 años, ha intentado abordar. El pasado mes de junio se celebró en Sevilla la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo (FfD4), en un momento en el que se sucedían múltiples crisis que se entrecruzan y agravan mutuamente. El mundo se está tambaleando entre crecientes desigualdades, tanto dentro de los países como entre países; unas insostenibles cargas de la deuda; flujos financieros ilícitos; el aumento de los genocidios, los conflictos y el militarismo; la reducción del espacio de la sociedad cívil; los retrocesos reaccionarios en materia de derechos de las mujeres y de las personas migrantes, refugiadas y marginadas por su orientación sexual o identidad de género; el empeoramiento de la triple crisis planetaria (cambio climático, contaminación y pérdida de biodiversidad); episodios cada vez más amplios de hambre y desnutrición; fracturas crecientes en el sistema comercial multilateral; un persistente «culto» a la austeridad; y la captura corporativa.
La anterior FfD3, que tuvo lugar en Adis Abeba en 2015, introdujo un cambio crucial de discurso sobre la financiación del desarrollo, ya que el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros bancos de desarrollo introdujeron el mantra «De miles de millones a billones«6 . Esto iba a requerir un «cambio de paradigma» hacia un «marco de financiación inteligente» que pasara de dedicar miles de millones a la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) a dedicar billones a inversiones (públicas, privadas, nacionales y globales), con el acento puesto en las empresas y las finanzas del sector privado. Bajo este modelo, las finanzas públicas (incluyendo aquí la AOD) habían de utilizarse cada vez más para «atraer» la financiación privada y, por lo tanto, el desarrollo debía pasar a ser «rentable». Pese a las numerosas críticas y ejemplos de fracaso de este modelo7 , muchos Gobiernos del sur global siguen repitiéndolo como loros mientras se hunden cada vez más en la deuda. El capital privado está extrayendo más de los pagos de los intereses de la deuda de lo que está inyectando en nuevos préstamos. Este es el efecto real del «experimento neoliberal». Y es el tercer mundo, de hecho, el que se está viendo asediado por la élite del norte global por medio del imperialismo financiero, mediante el cual este último crea efectivamente «riqueza y progreso», pero para sí mismo.
Los países africanos están pagando tipos de interés mucho más elevados8 que los países de otras regiones con calificaciones crediticias e indicadores macroeconómicos similares. Esta «prima africana» asciende a 74 500 millones de USD anuales, con por lo menos 23 países africanos gastando más en sus pagos de la deuda que en salud y educación. Lo mismo ocurre en algunos países de Latinoamérica, el Caribe, Asia y el Pacífico
Por eso cundió una amplia decepción entre los grupos de la sociedad civil reunidos en Sevilla, junto con unos 6000 representantes del sector privado9 , ante su activo sabotaje de todas las propuestas viables para reformar las estructuras internacionales de deuda y ayuda. Especialmente Estados Unidos se dedicó a bloquear y eliminar sistemáticamente párrafos enteros relacionados con los recursos públicos nacionales, la cooperación internacional para el desarrollo, la financiación privada, las deudas soberanas, toda cuestión de alcance sistémico, ciencia y tecnología, y de seguimiento y supervisión. Para ello contó con la colaboración de otras naciones ricas como Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Japón y el Reino Unido, así como de la Unión Europea. El Compromiso de Sevilla ha resultado pues en «el debilitamiento, la distorsión y la eliminación de los hitos de la gobernanza económica mundial y de compromisos viables en pos de una reafirmación del statu quo, con muchos críticos argumentando que supone pocos cambios, o incluso un retroceso, con respecto a los tres documentos de FfD finales anteriores«10.
De hecho, el Compromiso de Sevilla, en efecto, está comprometiendo la vida de millones de personas. En los prolegómenos a la conferencia oficial, el secretario general de la ONU describió a la sociedad civil como la «conciencia» del proceso. Pues bien, esta conciencia fue ignorada, marginada y excluida del diálogo con los Estados miembros y las agencias de la ONU. De hecho, se amenazó con expulsarla de la sede de la conferencia, sometiéndola a barreras extremadamente restrictivas para expresarse. Así, esta conferencia terminó convirtiéndose en un espacio acaparado por las élites, fiel reflejo del estado actual del multilateralismo: excluyendo a la mayoría y potenciando las mismas estructuras que se suponía que debía transformar.
El Compromiso de Sevilla debía basarse en las Responsabilidades Comunes pero Diferenciadas (CBDR, por sus siglas en inglés), lo que suponía que los países que más han contribuido a las crisis globales debían asumir una mayor responsabilidad en su abordaje. Esto debía incluir la facilitación de fondos a los países empobrecidos sin imponer condiciones restrictivas y la garantía de oportunidades de acceso directo a dichos fondos a aquellos grupos que se hallan en primera línea de las crisis. Aquí es donde la justicia reparadora resulta crucial, particularmente en relación con el daño económico y medioambiental provocado por la esclavitud, el colonialismo y la extracción de recursos del sur global. Esto debería traducirse no solo en «ayudas», sino sobre todo en cambios sistémicos en las estructuras de deuda, comercio y fiscalidad que continúan perjudicando a todas estas regiones.
Además de su retirada formal del proceso de FfD11 el año pasado, el Gobierno estadounidense ha anunciado ahora su retirada también de 66 organizaciones internacionales, incluyendo de 31 organismos de la ONU12 que «ya no sirven a los intereses estadounidenses». Entre estas retiradas se incluye la de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), lo que convierte a Estados Unidos en el único país que no es parte de este tratado, pese a ser el segundo mayor productor de emisiones de carbono del mundo. Los países enriquecidos presentan una serie de deudas históricas, prácticas y morales relacionadas con el cambio climático, el colonialismo, la esclavitud, los flujos financieros ilícitos y el incumplimiento de los compromisos acordados en el sistema multilateral. Si las cuantificamos y comparamos13 con las deudas contractuales que los países empobrecidos se ven obligados a pagar, los resultados son llamativos. Por ejemplo, la deuda climática que los países enriquecidos y contaminantes deberían pagar a los países de renta baja y media-baja más vulnerables al cambio climático, ascendería a 107 billones de USD. Esta cifra es más de 70 veces mayor que los 1,45 billones de USD de deuda externa total conjunta de dichos países. Los países enriquecidos y contaminantes deberían a África 36 billones de USD en concepto de deuda climática.
Esto ilustra el alarmante desequilibrio de poder global que permite que las deudas externas de los países empobrecidos sean implacablemente aplicadas, mientras que las deudas climáticas de los países enriquecidos permanezcan básicamente impagas e incumplidas. Al abordar estos desequilibrios, no debemos olvidar mencionar su impacto real en las personas. Los desastres relacionados con el cambio climático y la degradación medioambiental están conduciendo a pérdidas de medios de vida y están limitando los recursos disponibles, forzando así a mujeres y niñas a la explotación sexual a cambio de alimentos y de acceso a recursos naturales básicos, como agua y leña de sus propias zonas. Las sequías están obligando a numerosas mujeres y niñas a recorrer distancias más largas, sin ninguna protección, en busca de agua, sufriendo a menudo acoso, maltratos psicológicos y ataques en los puntos de recogida de agua. Asimismo, numerosas mujeres que están emigrando a ciudades y otras zonas urbanas, ya sea por desplazamiento forzado o por reubicación voluntaria debido al cambio climático, se están arriesgando a sufrir violencia sexual, al verse privadas de viviendas seguras, empleos y mecanismos de protección comunitaria.
La violencia está estrechamente relacionada con la división del trabajo por género, que a su vez se ve agravada por la crisis climática. Las mujeres están asumiendo responsabilidades domésticas desproporcionadas: limpiar, buscar combustible y agua, comprar alimentos y cocinar. Los impactos del cambio climático están provocando que estas tareas requieran más mano de obra, aumentando así las cargas económicas sobre las mujeres y erosionando su autonomía económica. El incumplimiento de las mencionadas responsabilidades a menudo se acaba traduciendo en violencia doméstica. A medida que escasean las tierras fértiles, las mujeres —que ya solo poseen el 15 % de las mismas— son más vulnerables al desalojo y la desposesión, pese a depender desproporcionadamente de las mismas para su alimentación y supervivencia. El desbaratamiento de los medios de vida y el desempleo están empujando a las mujeres a trabajos precarios y sumergidos, que son focos de violencia. Y la lista continúa y continúa. Por lo tanto, para las mujeres y las niñas de África y de la mayor parte del resto del mundo, la deuda climática constituye un elemento importante del debate sobre las reparaciones.
En este momento distópico, debemos mantener una visión lúcida del mundo y renovar nuestra determinación de prevenir más daños. ¿Cómo podemos contrarrestar con valentía la intensa polarización de esta «era de la ira»? ¿Cómo darles la vuelta a las mentiras descaradas? ¿Cómo resistir a las imposiciones del imperialismo financiero y de la dominación cultural? ¿Cómo sanar lo que parece una división, ira, confusión, sufrimiento, miedo y dolor insuperables? Para abordar esto, recurro a las conversaciones entre 40 feministas africanas14 celebradas en febrero de 2025 en Nairobi. Nos reunimos para reflexionar sobre cómo construir vidas habitables que vayan «más allá del neoliberalismo» y cómo contribuir a consolidar décadas de enfoques feministas africanos sobre nuestras propias visiones de futuro. Una de nuestras sesiones más emotivas giró en torno a las reparaciones. Nosotras, en nuestras multiplicidades, trabajamos con otras mujeres en un acuerdo colectivo para reclamar nuestra dignidad, y debemos recordar que las reparaciones implican varios elementos: restitución, compensación y —lo que es fundamental— cesación y garantías de no repetición de los abusos.
¿Podríamos afirmar que los daños causados por la esclavitud, el colonialismo y el imperialismo han cesado y que tenemos alguna garantía de que no se repetirán? Por supuesto que no. Por lo tanto, es imperativo promover disrupciones deliberadas, orientadas y estratégicas. Esto implica una permanente denuncia de la violencia inherente a los sistemas actuales de imperialismo financiero, sostenidos por la arquitectura financiera global. También implica organizar una resistencia más amplia y directa (cultural y vital) contra la atomización y el individualismo que este sistema está produciendo continuamente.
Podemos lograrlo recuperando la dimensión comunitaria y redefiniendo el propósito de la economía para derrotar al capitalismo neoliberal; algo que, como se nos recuerda15 , no puede lograrse mediante simples apelaciones morales al sistema. Y, por lo tanto, finalmente, también debemos implicarnos en una construcción estratégica de un mundo más allá del neoliberalismo, promoviendo continuamente la solidaridad entre movimientos y problemáticas, potenciando la educación política para poder profundizar y ampliar nuestra comprensión, posicionamiento, propuestas y diseños colectivos en torno a las urgentes policrisis actuales.
Este artículo forma parte de Dossieres EsF nº 60: «Financiación para el desarrollo: Promesas vacías y urgencias estructurales tras la FfD4»
Notas a pie de pagina
[1] Traducción realizada por AEIOU Traductores Sooc. Coop. Mad.
[2]El trabajo de Wangari Kinoti, Responsable Global de Derechos de las Mujeres y Alternativas Feministas en ActionAid International, gira en torno a los cuidados, el trabajo femenino y la violencia de género estructural. Forma también parte de los colectivos Nawi Afrifem y South Feminist Futures. Reside en Nairobi, Kenia.
[3] La foto no fue atribuida a su autor, el pintor japonés Hiroshi Nagai.
[5] https://unctad.org/system/files/official-document/presspb2020d6_en.pdf
[7] https://www.phenomenalworld.org/analysis/dispatch-from-seville/
[9] https://www.phenomenalworld.org/analysis/the-private-sector-at-seville/
[13] https://actionaid.org/publications/2025/who-owes-who
[15] https://x.com/jasonhickel/status/2011801479384825972



