15 marzo, 2018
Euskadi

II Laboratorio sobre Economía de la Paz, empresa vasca y DDHH

Por Daniel Ortega Villalobos

 

El pasado 27 de febrero, tuvo lugar el II Laboratorio de Economía de Paz, organizado por Gernika Gogoratuz y EHUGune, con la colaboración de Economistas sin Fronteras, de la Coordinadora de ONGD Euskadi y de REAS Euskadi.

Santiago Alba Rico, Jenny Pearce y Yolanda Jubeto relacionaron una gran variedad de temas de muy diversas índoles: la paz, la guerra, los conflictos, el simbolismo de nuestras acciones cotidianas, el olvido de la naturaleza y la vida del sistema, la subyugación de la mujer en trabajos no remunerados… Conectándolos y haciéndonos ver cómo concepciones que todos creemos tener claras, como la paz y la guerra, tienen en realidad, una diversidad en sus significados y variables mucho mayor de la que en un principio pudiéramos imaginar.

Jenny Pearce, proveniente de la prestigiosa London School of Economics, habló sobre la relación entre violencia y política. Como afirmaba Max Weber, el Estado ejerce el monopolio de la violencia con muy diversos métodos, y no todos son los que se alcanzan a ver a primera vista. La profesora ejemplificaba este tipo de violencias (haciendo especial hincapié en el plural de la palabra), como resultado indirecto de algunas políticas estatales. Como pudiera ser, la reducción del gasto público en sanidad, que podría acarrear muertes debido a retrasos causados por falta de personal en operaciones urgentes, por ejemplo.

La Paz en sí, según la estudiosa, es lo opuesto a la violencia. El conflicto, en cambio, tiene un significado diferente, ya que éste último puede ser positivo para la sociedad, oues a partir de los conflictos surgen oportunidades para el surgimiento de mejoras sociales. Comentaba, además, las numerosas implicaciones a nivel social de la construcción de la masculinidad actual. Una de las más impactantes es, el hecho de que, dos tercios de los homicidios cometidos a nivel mundial son perpetrados por hombres jóvenes, de entre 15 y 29 años. Éste fenómeno es crudamente visible en situaciones de violencia estructural. Ya sea en las guerras clásicas, entendidas como conflictos bélicos entre naciones o el enfrentamiento de diferentes bandos dentro de ella, como la guerra de Siria, o en las guerras callejeras de pandillas en Mesoamérica y Sudamérica (El Salvador, Honduras, México, Venezuela… ) donde los niveles de muertes violentas son similares a aquellos de Siria. El término guerra parece tener más concepciones de las que pudiéramos imaginar en un principio; lo mismo ocurre, en paralelo, con la paz.

Santiago Alba Rico escritor, ensayista y filósofo, relacionaba en su intervención, la nueva pobreza simbólica surgida en la sociedad, a raíz de las nuevas dinámicas surgidas en el seno del sistema económico, la globalización, el neoliberalismo, el consumo de masas, la deslocalización… entre otros. Esta pobreza simbólica ha ido uniformizando las sociedades en todas las partes del mundo, haciéndolas perder su pluralidad y diversidad. En todas las formas y aspectos, culturales, lingüísticos, en la cosmovisión del imaginario colectivo y su relación con el medio ambiente… Esta pobreza simbólica es, definitivamente, algo que va en contra de los seres humanos como seres vivientes sociales, que se relacionan y comparten sus vivencias con su entorno y los demás entes de la biosfera. Separándonos de lo que un día fuimos, y condenándonos a un individualismo para el que no estamos hechos, forzándonos a vivir en una situación
que ni es digna, ni nos aporta paz.

La doctora en economía Yolanda Jubeto Ruiz, hila sus propuestas desde el feminismo y el ecologismo. Estos dos movimientos son los principales pilares para lo que podría ser una nueva economía al servicio de la vida. Las tareas de cuidado, como ejemplo principal, son habitualmente realizadas por mujeres, sin el reconocimiento salarial y social que deberían, ya que sin ellas la sociedad se desplomaría. Esta economía de la vida también desea cambiar el estatus que tiene el sector primario en la actualidad. La marginación, el olvido de nuestras raíces rurales han conllevado una subordinación del campo, una servidumbre de los animales y la naturaleza, a los intereses del ser humano. La comida es marginada, y por tanto aquellos que nos la proporcionan, los trabajadores y trabajadoras rurales, son relegadas a un nivel inferior en la escala social. Situación que no debería ser así, pues ellos son, los y las agricultores y ganaderas, los que nos proporcionan nuestros alimentos, nuestra salud y las que garantizan, por último, nuestro vínculo con la naturaleza y el ciclo de la vida.

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