5 mayo, 2019
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La funcionalidad social de los discursos gerenciales

Por Jose Angel Moreno

Artículo publicado en ÁgoraRSC, 5 de mayo de 2019

 

Siempre es motivo de júbilo leer un buen libro. Y ello aunque verse sobre temas en principio tan poco cautivadores como las teorías sobre gestión empresarial. Lo merece, sin duda, el último fruto de la colaboración de los profesores Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez: Poder y sagrificio. Los nuevos discursos de la empresa (Siglo XXI, Madrid, 2018). Una obra que pretende ante todo analizar el carácter y las implicaciones de las teorías (y de las mitologías) del “management” que se han venido extendiendo e imponiendo en el ámbito de la empresa desde la década de 1970, alcanzando una difusión enorme, incluso mucho más allá de lo que podrían ser sus ámbitos naturales, convirtiendo a  sus más exitosos creadores/divulgadores en cotizadísimos  conferenciantes y autores de manuales superventas.

El libro, en este sentido, es ante todo una revisión pormenorizada y crítica de esas fórmulas, atendidas y difundidas como nunca antes y que encontraron voceros esenciales en las cada vez más influyentes “escuelas de negocios” y, en general, en el mundo de la gran empresa, a la que han contribuido a configurar como el paradigma óptimo de organización. Fórmulas que, más que por su cuestionable utilidad para mejorar en la práctica la gestión, han alcanzado una fortuna indudable en la configuración del ideario social (el sentido común) dominante y de las virtudes que el individuo (convenientemente individualizado) debe perseguir, con esfuerzo y astucia, para alcanzar el éxito personal, contribuyendo así de la mejor forma posible al éxito social, sólo conseguible a través de la lógica y el espíritu empresariales -egoístas, crecimentalistas y guerreros- que esas doctrinas gerenciales preconizan: relevantes apologías, por eso, de lo que los autores llaman -recordando la obra de Boltanski y Chiapello– el “nuevo espíritu del capitalismo”. Porque lo que subyace a estas ideas es la existencia de una racionalidad organizativa única e incuestionablemente superior: esa presuntamente singular racionalidad empresarial, que se erige así en el modo de gestión óptimo no sólo de la empresa, sino también de la economía y, a la postre, del conjunto de la sociedad.

Pero el libro no es sólo eso. Aunque siempre en la estela de esos discursos manageriales,  aporta mucho más: una forma diferente de ver cómo dichos discursos han formado parte clave de un diseño y de una voluntad decidida de cambio radical del panorama económico, social e institucional del capitalismo avanzado.

Merece la pena, en este sentido -y casi al hilo literal de su capítulo final-, advertir cómo estos discursos gerenciales (a veces de muy débil solidez científica y muy cuestionable evidencia empírica, pero siempre “no sólo descriptivos, sino prescriptivos”) han contribuido decidida y decisivamente a difundir y legitimar prácticas de gestión claramente funcionales para la comentada ofensiva neoliberal: para el impulso de estructuras organizativas de la actividad empresarial y de políticas (internas y generales) focalizadas -cada vez más acusadamente- a una creciente individualización de las relaciones laborales,  a la desprotección del trabajo y a la desinstitucionalización de su carácter.

Una finalidad a la que, por encima de sus recomendaciones prácticas, han aportado -en palabras de los autores- “… una espectacular reconversión de los sistemas de convenciones, justificaciones y metáforas que enmarcan cognitiva e ideológicamente las prácticas mercantiles”.  Una reconversión en la que los valores que presidían -aunque fuese de forma muy parcial y a veces farisaicamente- la fase anterior (estabilidad, planificación, equilibrio, control público del mercado, acuerdos, garantías, protección…) se han visto progresivamente sustituídos por nuevos mantras supuestamente esenciales para la creación de valor social e individual en un contexto inapelablemente cada vez más competitivo: riesgo, individualización, creatividad, cálculo personal, emprendimiento, inseguridad, darwinismo social… Valores que  están en la base de una apabullante reorientación del modelo empresarial y económico en búsqueda de una rentabilidad cada vez mayor -como única garantía de supervivencia, pero también como único criterio justificador y legitimador de todo-; una reorientación conducente a  la desformalización,  desinstitucionalización y desregulación de las relaciones económicas y empresariales. En definitiva, el fundamento ideológico y el requisito básico de un neoliberalismo que en la práctica -más allá de los discursos- buscaba ante todo “… vías de acceso rápido y socialmente depredador de un uso más barato, temporal, inseguro, precario, individualizado y desigual del factor trabajo”.

Esos límites que formalizaron, encauzaron y civilizaron en alguna medida la conflictividad empresa-trabajo y que, al mismo tiempo, juridificaron como nunca antes la actividad, la finalidad y la responsabilidad social de la empresa. Algo que no deja de resultar paradójico: la gran empresa parece descubrir el nuevo discurso de esta responsabilidad social (allá por finales de los años 90) precisamente cuando se debilitan los requisitos legales que antes -aún cuando no se hablara de ella- la hacían mucho más efectiva que la nueva retórica voluntarista, unilateral y reputacional en la que después se ha convertido,  pretendiendo difuminar y dulcificar la dureza de los objetivos y de las prácticas reales (la maximización cortoplacista -irresponsable e insostenible- del beneficio) y mitigar las resistencias sociales que inevitablemente aquellas prácticas han provocado.

De esta forma, los discursos gerenciales  han buscado ayudar a eliminar el principio de racionalidad que pivotaba en torno a un cierto grado de control público en la economía y en la empresa, como criterio corrector de la tendencia a la inequidad del mercado, pero también como vector impulsor de un crecimiento razonable de la rentabilidad a largo plazo, compatible con una paulatina mejoría de la situación de los trabajadores y con la defensa de sus derechos laborales y ciudadanos. Una progresiva reducción de los ámbitos de institucionalidad y juridicidad (legalidad) en el ámbito  de la economía y de la empresa  que en buena medida socava los fundamentos del concepto ilustrado de progreso, porque debilita profundamente su dimensión social/colectiva. Por eso, no puede extrañar que con esa reducción se haya pretendido particularmente también erradicar -cada vez más desprejuiciadamente- el poder compensador que trabajosamente habían venido construyendo los trabajadores en las empresas y su propia identidad de clase. Algo que ha afectado tanto al peso negociador y defensivo de los sindicatos y a la centralidad del diálogo social  como a las tendencias a la mayor implicación laboral en la empresa que despuntaban en los años 60 (y que en algunos países europeos llegaron a consolidarse): esas tendencias a la participación en el proceso productivo, en el capital e incluso en el control y gobierno de la empresa; tendencias, en definitiva, a una cierta democratización (lo que se llamó “democracia industrial”), que apuntaba hacia una moderada y pactada cogestión, que en pocos años -y en parte gracias a esos discursos gerenciales tan aparentemente asépticos- pasó a ser considerada una ensoñación subversiva, sin sentido y absolutamente antifuncional para la competitividad empresarial. Algo que se ha visto acompañado por una indisimuldada reivindicación del autoritarismo empresarial, eficazmente defendido desde la mayoría de los nuevos discursos de la gestión. Recordemos que reducir drásticamente el “exceso de democracia” fue uno de los objetivos cruciales de la reacción neoliberal.

Se ha producido, así, una profunda transformación en un plazo increiblemente breve: una auténtica revolución. Sin necesidad de mitificar el pasado inmediato, el mundo -al menos, el de nuestros países relativamente desarrollados- ha pasado a ser un lugar mucho más despiadado y cruel: un espacio de tortura para sectores crecientemente amplios, presidido por una omnipresente reestructuración productiva permanente (Richard Sennett dixit) que impone por doquier esa “…tensión existencial que atenaza a cada vez más grupos sociales colocados bajo el arbitrio de la flexibilidad, la reconversión empresarial permanente y la rotación por diferentes puestos de trabajo”,  que “… encubren una especie de esfuerzo permanente y recurrente para no llegar a ningún sitio” y que han acabado generando el desempleo imbatible y la generalizada precariedad que están en la base de la frustración y del terrible deterioro de la calidad de vida y de las expectativas de futuro de la mayoría social de nuestros países, y muy especialmente de la juventud. En paralelo a -y al servicio de- la mayor acumulación y concentración de riqueza de la historia.

Es ésta la situación de la que se beneficia en no poca medida la llamada “nueva economía” digital -díficilmente concebible sin la previa desestructuración socio-laboral. Y ésta también la distopía -”retropía” la llaman los autores- en cuyo despliegue y materialización han colaborado de forma determinante los discursos sobre la gestión empresarial, “fuente inagotable de argumentos antiigualitaristas “, seductores vendedores de estrategias, valores y actitudes antisociales y voraces y cómplices directos de un retroceso social difícilmente cuestionable. Retroceso que han contribuido a hacer socialmente aceptable a través de una concepción del éxito basado en la capacidad del líder carismático y visionario en empresas un tanto irreales, en las que nunca aparecen los diferentes intereses de clase.  Una distopía no sólo económica, pues se ha hecho posible gracias a la concurrencia de propósitos entre élites económicas y élites políticas, en el marco de un proceso de intenso deterioro del nivel democrático general -cada vez más supeditado al dictado impasible del beneficio económico- y en un contexto de creciente financiarización de la actividad empresarial -incentivadora feroz de la dictadura del corto plazo- y de una competencia global ingobernable desde criterios superiores a la economía:  el ámbito gélido -como dicen los autores- de “la banalización de las racionalidades públicas que no sean estrictamente mercantiles”.

Algo en lo que los recurrentes discursos gerenciales de moda han colaborado de forma frecuentemente desapercibida, pero esencial, desde todos sus púlpitos: de cátedras académicas a librerías de aeropuertos, pasando por una verdadera industria de la difusión en conferencias, encuentros y seminarios de toda laya. Destacar ese papel, esa funcionalidad decisiva, es uno-no el único-  de los méritos del libro comentado, con el que los autores continúan una tarea de análisis crítico de la realidad social contemporánea de un enorme interés.

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