Los límites de la RSE

Por José Ángel Moreno

Artículo en dos partes publicado en el diario Bez, el 18/4/2016 y el 22/4/2016

La dirección del diario Bez tuvo la amabilidad de invitarme a participar en un coloquio sobre esta cuestión, conducido por Ignacio Muro y en el que también intervinieron dos colegas entrañables (Manu Escudero y José Carlos González). Sintetizo a continuación mis ideas sobre el tema.

Fabrica humo

Photo: © Curt Carnemark / World Bank

 

La RSE o la imposibilidad de cambiar los comportamientos empresariales

Casi todo lo que se relaciona con la responsabilidad social empresarial (RSE) es objeto de debate: desde luego, también la valoración de sus resultados. Y muy especialmente en lo que respecta a las grandes empresas, que es el colectivo prioritario en torno al que surgió el concepto y el que sigue concitando el grueso de las reflexiones. No obstante, parece cada vez más extendida la opinión de que, aunque se acepte que la RSE ha aportado numerosas innovaciones a la gestión empresarial, en general no han pasado de ser más que cambios superficiales, afectando todavía muy poco -si es que afectan en algo- a las cuestiones verdaderamente importantes: a los criterios, valores, objetivos y comportamientos básicos de dichas grandes empresas. En este sentido, muchos expertos están llegando crecientemente a la conclusión de que la RSE se enfrenta a límites que acaban convirtiéndose en obstáculos infranqueables para la consecución de sus objetivos primigenios (transformar realmente los comportamientos empresariales, erradicar las malas prácticas, eliminar -o mitigar todo lo posible- las externalidades negativas).

Es una impresión que probablemente afecta a la propia idea genérica de la RSE, pero muy especialmente a la forma concreta en que la entienden y aplican mayoritariamente las grandes empresas que afirman que apuestan por ella: una forma de entenderla y aplicarla que se ha convertido en la concepción claramente dominante de la RSE. Esa concepción para la que la RSE no es necesariamente una cuestión de ética, sino ante todo de inteligencia, de egoísmo ilustrado: una filosofía de la gestión que las empresas asumirán en la medida en que sean capaces de percibir que -aunque sea de forma difusa, diluida en el tiempo y muy difícilmente concretable y cuantificable- acaba siendo a la larga positiva económicamente para la empresa. Por eso, la empresa responsable es ante todo la empresa inteligente, la empresa capaz de entender cuáles son sus verdaderos intereses a largo plazo y capaz también de no supeditarlos por consideraciones cortoplacistas. Es lo que se ha dado en llamar el “business case” de la RSE: su justificación en términos pura y descarnadamente económicos. Una justificación de la que se deriva una visión eminentemente voluntaria -e incluso unilateral- de su práctica.

Al margen de que se trata de una argumentación en buena medida retórica y en la que es muy cuestionable que crean realmente las grandes empresas que dicen defenderla, es esta aproximación a  la RSE la que está revelando límites patentes, por un lado, operativos y de alcance, pero ante todo conceptuales.

La instrumentalización de los valores

Es difícil negar el grado de instrumentalización con que se entiende la RSE desde esta acepción. Se trata, en esencia, de una herramienta o, si se quiere, de una inversión: estratégica y de largo plazo, sin duda, pero una inversión que la empresa tiene que evaluar como lo hace con todas las restantes: aceptándola sólo si genera unos resultados finales superiores a los costes que comporta.

En este sentido, la finalidad última de esta forma de entender la gestión responsable sigue siendo -como en la gestión convencional- el beneficio. Ciertamente no -al menos, en la teoría- la maximización del beneficio a corto plazo, pero sí la optimización de la senda de evolución del beneficio a largo plazo. Algo que -aparte de no resultar en absoluto subversor de la visión tradicional de la empresa- sigue orientando toda la actividad empresarial en función de los intereses de los accionistas, para cuyo óptimo beneficio a largo plazo los restantes grupos de interés son simples instrumentos: que deben gestionarse con prudencia para evitar conflictos que pueden resultar problemáticos para los intereses de los accionistas; pero simples instrumentos.

Parece obvio que una concepción de la RSE de este tipo díficilmente tendrá la fuerza suficiente para impulsar en medida deseable el avance hacia esos objetivos esenciales que antes se apuntaban. En la práctica, la decisión de asumir criterios responsables dependerá de la percepción que cada empresa tenga sobre los efectos que a la larga puedan reportarla y de su consideración de los inconvenientes que puedan suponer en las circunstancias concretas por las que atraviese. Si es ésta la única justificación para asumir la RSE, la empresa se considerará legitimada para no asumirla si, por las razones que sean, no percibe esa rentabilidad; o para hacerlo de forma selectiva (sólo en los aspectos o en los lugares que juzgue convenientes). Un doble lenguaje lamentablemente generalizado en las grandes empresas que se dicen responsables.

 

Los otros límites de la RSE

Para una buena parte de los profesionales que nos hemos dedicado a la RSC, una conclusión se impone: si se quiere avanzar de verdad hacia la mejora sustancial de los comportamientos empresariales, entonces la concepción dominante de la RSE no basta. Hace falta plantear una aproximación radicalmente diferente para impulsar y exigir con firmeza una mejora sustancial de los comportamientos de las grandes empresas.  Una aproximación que no puede fundamentarse ni en la voluntariedad ni en la presunta inteligencia empresarial (como tampoco en sus hipotéticas convicciones morales).  Muy al contrario, se trata de una cuestión que trasciende ampliamente el debate estricto sobre la RSE y que requiere ser enmarcada en una perspectiva más general y mucho más compleja. Una perspectiva inevitablemente política, que afecta al conjunto del sistema económico.

Y es que la RSE está lastrada no solo por limites conceptuales, sino también por sus propios límites operativos y de alcance.

La discutible rentabilidad de la RSE

A pesar del ingente número de estudios realizados para contrastar la presunta rentabilidad de la RSE, lo cierto es que no se ha llegado a una evidencia empírica incuestionable. Pese a la existencia de indicios positivos, su conveniencia desde una perspectiva economica no ha quedado demostrada o, al menos, no con la claridad y simplicidad con las que necesitan las certezas quienes toman las decisiones importantes en el seno de las grandes empresas.

Algo que, inevitablemente, matiza sensiblemente la firmeza con la que se asume este tipo de compromisos: es difícil creer de verdad en lo que no se ve ni se toca.

Cuando el largo plazo es demasiado lejano

Pero aunque las empresas confiaran -como afirman muchas- en que la hipótesis fuera cierta, los efectos a largo plazo suponen habitualmente en la práctica una recompensa demasiado lejana y etérea frente a las incontenibles urgencias del presente: y es que el largo plazo es demasiado largo. Es muy difícil para la gran empresa disponer de la paciencia necesaria para esperar con templanza los benéficos efectos que a la larga rendirá la RSE, dejando de lado los posibles beneficios extraordinarios que pueden conseguirse en el corto plazo con criterios menos exigentes.  No es de extrañar, así, que muchas grandes empresas presuntamente comprometidas con la RSE acaben limitando su responsabilidad sólo a aspectos poco relevantes, extendiéndola muy raramente a cuestiones verdaderamente importantes que puedan poner en cuestión los resultados del ejercicio. Es más: aunque quisieran, el ecosistema en el que viven (el mercado) dificulta sustancialmente esa paciencia. Lo que conduce al siguiente límite.

El mercado no penaliza los comportamientos irresponsables

Toda esta concepción de la RSE descansa en una hipótesis muy razonable en la teoría, pero que en la realidad no siempre se cumple: que el mercado valorará positivamente los comportamientos responsables de las empresas. Es decir, que los diferentes grupos de interés reaccionarán positivamente ante la empresa responsable, desarrollando frente a ella actuaciones que, a su vez, la aportarán un mayor valor.

Lamentablemente, no siempre se verifica este círculo virtuoso. Más aún, hay segmentos muy relevantes del mercado que sistemáticamente lo dificultan: muy especialmente, los mercados financieros, cada día con mayor capacidad para condicionar decisivamente las decisiones empresariales (sobre todo, de las grandes empresas cotizadas) y casi siempre fuertemente cortoplacistas. Mercados, por eso, que incentivan las decisiones empresariales también cortoplacistas y que, en consecuencia, penalizan las decisiones basadas en criterios de largo plazo y de sostenibilidad y responsabilidad social.

Lo que viene a recordar algo que frecuentemente se olvida: que  el margen de actuación del que dispone la empresa (incluso la muy grande) está poderosamente limitado por el marco en el que actúa. De forma que la habitual irresponsabilidad social de las grandes empresas no sólo es achacable a ellas ni es sólo fruto de sus maquiavélicas intenciones, sino así mismo producto del sistema en el que actúan. Lo que apunta a la existencia de un componente sistémico en esa irresponsabilidad: resultado de una lógica general que la fomenta (e incluso la exige).

Incapacidad para influir en las instancias de poder determinantes

Todo lo anterior permite intuir el último tipo de límites de la RSE convencional: su incapacidad para actuar sobre todas las instancias significativas que impulsan la irresponsabilidad social empresarial.

En primer lugar, por lo que acaba de apuntarse: porque en no escasa medida es el propio sistema económico el que fomenta la irresponsabilidad empresarial. Proceso agudizado a lo largo de las últimas décadas, paradójicamente en el período de aparente expansión de la RSE, que ha coincidido con el período de apoteosis del modelo económico neoliberal: un modelo que -frente a lo que pregona la RSE en la teoría- ha inducido en la realidad (y con toda crudeza) a criterios y comportamientos empresariales abiertamente contrapuestos con aquélla (cortoplacismo; hegemonía y condicionamiento creciente de los mercados financieros y financiarización de la actividad empresarial; persecución del máximo valor para los accionistas y reforzamiento de la posición dominante de éstos en el gobierno empresarial; intensificación de los fenómenos de externalización, subcontratación y deslocalización; deterioro rampante de las condiciones y los derechos laborales; espeluznante intensificación de las desigualdades en el seno de la empresa…). Con lo que no debería extrañar que en estos años de la pretendidad edad de oro de la RSE se hayan agravado como nunca antes en la historia del capitalismo moderno las malas prácticas de todo tipo, las externalidades negativas y, en definitiva, la irresponsabilidad social de las grandes corporaciones. En no pocos casos, para más inri, en las mismas empresas que, al mismo tiempo, blandían inocentemente el virginal estandarte de la RSE.

En segundo lugar, porque las malas prácticas de las grandes empresas derivan fundamentalmente de su propia potencia: de su desequilibrado poder de mercado y de su capacidad de condicionamiento en todos los niveles de la vida. Algo frente a lo que la concepción dominante de la RSE es manifiestamente impotente.

Son fenómenos, ambos, frente a los que la RSE convencional no dispone de arsenal ni permite actuaciones mínimamente significativas. De poco servirá si no se dispone de la voluntad y de la capacidad para revertir o mitigar la penalización sistmémica de los criterios responsables por el mercado y para frenar y controlar el poder corporativo.

Lo dicho: revitalizar la RSE requiere dotarse de una perspectiva inevitablemente política, que afecta al conjunto del sistema económico. Casi nada.

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