Otras fronteras

 Por Rafael Giménez. Publicado en Zona Crítica (www.eldiario.es)  el 08/10/2013

  Los gobiernos están en gran manera obligados al continuismo, a seguir y hacer cumplir las reglas establecidas con muy poca flexibilidad y posibilidad de liderar cambios profundos. Se pueden tomar medidas que nos saquen transitoriamente de la crisis, tal como ya se está haciendo; se puede crear un «servicio social» integrado por parados y propiciar actividades profesionales y empresariales que cubran tantas necesidades como existen pero que el mercado libre no valora ni remunera.
Me ocurre a mí, y creo que a la mayoría de las personas. Cuando escucho el nombre de una ONG como «Economistas, Médicos, Enfermeros, Bomberos, Ingenieros… sin Fronteras» entiendo que en ella se agrupan profesionales dispuestos a colaborar sin ánimo de lucro en tareas de su especialidad más allá del ámbito nacional, sobre todo en aquellos países y comunidades menos desarrolladas y en situaciones de emergencia. Sin embargo, aparte de las incidencias que requieren actuación urgente y de los desequilibrios que separan las fronteras geográficas y políticas que se marcan en los mapas, existen situaciones de precariedad e hitos de carácter cultural y evolutivo en nuestro entorno muy cercano que constituyen barreras fuertemente defendidas por la tradición y la inercia. Fronteras casi invisibles que rara vez nos atrevemos a tratar de superar por varios motivos: 1.– Porque no las percibimos conscientemente en un día a día más o menos placentero que nos absorbe y nos distrae. 2.– Porque forman parte de las bases de los sistemas imperantes, de forma que intentar salvarlas sitúan a quienes lo hacen en posiciones muy minoritarias, incomprendidas y tachadas de agoreras y catastrofistas. Esto les lleva a poner en peligro su supervivencia inmediata y, en general, a enfrentarse a un gran compromiso entre la supervivencia en la costumbre legal y la vida plena en la ética. 3.– Porque nos provoca miedo abordarlas desde sus raíces. 4.– Por la incertidumbre de no saber qué podemos encontrar más allá de esas fronteras. Identificar estas fronteras casi invisibles y trabajar en su superación creo que es la vía más adecuada para poder salir definitivamente de la crisis actual y para propiciar, a su vez, una sociedad verdaderamente sana, próspera y estable. Un mundo en el que ya no sea preciso que se creen organizaciones sin ánimo de lucro pues, en gran manera –al igual que muchos oficios y empresas–, son «hijas» de problemas que estamos generando artificialmente. Las soluciones que estas organizaciones nos proporcionan nos emplean o implican en acciones que, paradójicamente, contribuyen a mantener el germen que da vida a esos mismos problemas. Por eso entiendo que, aunque las soluciones sintomáticas que hoy proporciona el altruismo son muy necesarias y merecen todo mi respaldo, aplauso y respeto, es muy importante poderse abstraer del día a día para obtener visiones de cómo propiciar avances sistémicos. Curar definitivamente abordando la raíz que provoca el daño, sin que el bienestar transitorio que nos proporcionan los apósitos y los analgésicos que vamos aplicándonos nos introduzca en una dinámica de bucle que no nos permita avanzar sólidamente. Los gobiernos están en gran manera obligados al continuismo; a seguir y hacer cumplir las reglas establecidas con muy poca flexibilidad y posibilidad de liderar cambios profundos. Los empresarios, a mantener sus negocios y a todos los empleados que trabajan en ellos sin pararse a considerar la gestión racional de los recursos naturales. Los empleados, a salvaguardar su fuente de ingresos para mantener a sus familias, aunque no disfruten de sus tareas ni sientan que lo que hacen en ellas contribuya al bien común… Vivimos en una sociedad de relaciones asimétricas, de enfrentamientos, en la que la economía se ha confundido completamente con las finanzas, con el manejo de una herramienta, en lugar de centrarse en conocer y gestionar respetuosa y eficientemente los recursos. Se pueden tomar medidas que nos saquen transitoriamente de la crisis, tal como ya se está haciendo. Se puede crear un «servicio social» integrado por parados y propiciar actividades profesionales y empresariales que cubran tantas necesidades como existen pero que el mercado libre no valora ni remunera. Se puede crear una política fiscal, mucho más simple y transparente, de contribuciones voluntarias en lugar de impuestos rodeados de burocracia y normativas liosas que lastran la supervivencia de profesionales independientes y de pequeñas y medianas empresas. Se pueden crear cooperativas y empresas sociales. Pero todo o anterior no nos lleva hacia la confianza de los unos con los otros, a la unidad en la diversidad, al amor. El pasado día 6 de septiembre se colgó en la red un fabuloso documento audiovisual que, en 32 minutos, nos ayuda a a reflexionar y a poder empezar a actuar en positivo, a lograr visualizar un futuro alentador y a descubrir por dónde se pueden encarrilar las vías que nos ayuden a transitar hacia él. No existe una solución única sino muchas vías que, aunque se apoyen en fórmulas muy distintas, se complementan y tienen algo en común. Parten del crecimiento personal de todos y cada uno de nosotros y abandonan el paradigma actual basado en la competencia y la desconfianza. Cuando se me invitó a escribir este artículo se me puso la condición de que tratara sobre algo de inminente actualidad en materia de economía. Ninguna otra noticia sobre medidas económicas me parece más relevante y de mayor alcance que escuchar con atención lo que se expresa en este documento audiovisual, reflexionar sobre ello y aplicar aquello que nos despierte en nuestro día a día. Atrevámonos, creamos en nosotros mismos y seamos capaces de romper con lo que lastra nuestras vidas para darles plenitud.

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