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¿Por qué cada vez cuesta más llegar a fin de mes, encontrar una vivienda, cuidar de nuestros mayores o simplemente tener tiempo para vivir? Estas preguntas, que forman parte de la vida cotidiana de miles de personas, estuvieron en el centro del coloquio «La reproducción social en crisis: trabajar, vivir y luchar en el capitalismo hoy», celebrado el 28 de octubre en Bilbao. Un encuentro que invitó a mirar la economía desde un lugar poco habitual: nuestras propias vidas

El miércoles 28 de octubre, la Facultad de Economía y Empresa de la EHU, en la calle Elcano de Bilbao, acogió una conversación que fue mucho más allá de los números, los mercados o las grandes cifras económicas. Sobre la mesa había asuntos tan cotidianos como pagar el alquiler, preparar la comida, cuidar de una persona dependiente, criar a los hijos o encontrar un momento de descanso después de trabajar.
El encuentro, impulsado por Economistas sin Fronteras Euskadi en colaboración con el profesor Jon Las Heras, reunió a tres voces del pensamiento económico y social crítico: Amaia Pérez Orozco, economista y activista feminista, que ejerció de moderadora; Pedro Rey Araújo, economista e investigador especializado en marxismo y reproducción social; e Ira Hybris, militante transfeminista y pensadora comunista queer.
Patricia Solaun, de Economistas sin Fronteras, abrió la sesión recordando el propósito de la organización: acercar la economía crítica a la ciudadanía y ofrecer herramientas para comprender el sistema económico y pensar alternativas. Jon Las Heras destacó, por su parte, la importancia de abrir las puertas de la universidad a perspectivas que no siempre encuentran espacio en las facultades de Economía.
Y es que la pregunta que atravesó toda la tarde era tan sencilla de formular como difícil de responder: ¿cómo podemos organizar una sociedad en la que lo importante sea vivir dignamente y no estar permanentemente al servicio de la economía?
Una crisis que se nota en el bolsillo, pero también en el cuerpo
Amaia Pérez Orozco comenzó poniendo el foco en la urgencia del momento actual. Habló de crisis ecológica, precariedad y desigualdad, y de un mundo en el que cada vez resulta más difícil encontrar espacios verdaderamente seguros.
Su planteamiento partía de una contradicción fundamental: mientras el sistema económico necesita que las personas trabajen, consuman y mantengan funcionando la sociedad, sus propias dinámicas dificultan las condiciones necesarias para sostener la vida. Es lo que denominó el conflicto entre el capital y la vida.>>Dicho de forma sencilla: necesitamos una economía para vivir, pero muchas veces parece que vivimos únicamente para mantener funcionando la economía.

La vivienda es un buen ejemplo. Necesitamos un techo, pero la vivienda se ha convertido también en un negocio con el que obtener beneficios. Algo parecido ocurre con los cuidados, la energía y determinados servicios esenciales.
Pérez Orozco defendió que las luchas por la vivienda, los servicios públicos, el territorio, los salarios dignos o las redes de apoyo mutuo no son problemas aislados. Todas comparten un objetivo: defender las condiciones que hacen posible una vida digna.
¿Quién se ocupa de que podamos seguir viviendo?
Uno de los conceptos centrales del coloquio fue el de «reproducción social». Aunque suene complicado, la idea resulta bastante cercana. Cada mañana millones de personas salen a trabajar. Pero para que eso ocurra alguien ha tenido que comprar alimentos, cocinar, limpiar, lavar la ropa, cuidar a los niños o atender a las personas mayores y enfermas. Sin esas tareas, la sociedad simplemente no funcionaría.
Pedro Rey Araújo explicó que tradicionalmente buena parte de estos trabajos se han realizado dentro de los hogares, muchas veces sin remuneración y principalmente por mujeres. Sin embargo, propuso ampliar la mirada: la reproducción social no consiste únicamente en cuidar o realizar tareas domésticas, sino también en comprender cómo se organiza una sociedad para seguir existiendo.
Su explicación puso sobre la mesa una paradoja. En el capitalismo somos formalmente libres para decidir qué hacer con nuestra vida, pero la mayoría necesitamos vender nuestro tiempo a cambio de un salario para conseguir lo indispensable. Dedicamos buena parte del día a trabajar y después debemos encontrar tiempo y energía para hacer todo aquello que nos permite seguir viviendo.
Trabajamos para vivir, pero el trabajo nos deja cada vez menos tiempo para vivir
Además, recordó que incluso las tareas realizadas gratuitamente en casa dependen del mercado. Para cuidar a una persona enferma necesitamos tiempo, pero también alimentos, medicamentos, electricidad y una vivienda. Y todo eso cuesta dinero.
Por tanto, el mercado no se queda a la puerta de casa. Entra hasta la cocina.
La sensación permanente de no llegar a todo
La segunda parte del debate abordó una experiencia familiar para muchas personas: vivir con la sensación de ir siempre corriendo.
Pedro Rey Araújo recordó que durante las últimas décadas los salarios se han estancado en numerosos sectores, se han debilitado servicios públicos y muchos hogares necesitan dos ingresos para sostenerse. El resultado es una carrera interminable: trabajar, comprar, cocinar, limpiar, cuidar, organizar horarios y volver a empezar.
Pero introdujo una advertencia importante: tampoco conviene idealizar el pasado. Aquellas familias que podían mantenerse con un solo salario descansaban, con frecuencia, sobre una distribución profundamente desigual del trabajo doméstico, que recaía sobre las mujeres. No se trata de regresar a ese modelo, sino de repartir mejor las responsabilidades y liberar tiempo para todas las personas.
Ira Hybris amplió el análisis señalando que esta crisis no afecta a todo el mundo por igual. Las mujeres, las personas migrantes, racializadas, trans y otros colectivos discriminados suelen soportar una parte especialmente dura de sus consecuencias.
Puso como ejemplo las llamadas cadenas globales de cuidados: familias que contratan a otras personas, frecuentemente mujeres migrantes, para atender necesidades que no pueden cubrir por sí mismas. En ocasiones, esas trabajadoras dejan a sus propios familiares al cuidado de otras personas en sus países de origen. Así, una necesidad básica como cuidar puede acabar sostenida por una cadena de desigualdades.
Hybris también relacionó esta situación con el auge de discursos autoritarios que señalan a determinados colectivos como responsables de problemas sociales más amplios.
Advirtió de que el racismo, el machismo y los ataques contra las personas LGTBIQ+ no son simples disputas culturales: también pueden dividir a la población trabajadora y debilitar su capacidad de defender derechos comunes.
Frente a ello, reivindicó la importancia de conectar las luchas feministas, antirracistas, laborales y por la vivienda. Recordó la consigna «Si nosotras paramos, se para el mundo», que puso de manifiesto hasta qué punto los trabajos invisibles sostienen la economía. Para Hybris, defender los derechos de los colectivos más discriminados forma parte de la lucha por mejorar las condiciones de vida de toda la sociedad.
Tenemos lavadoras, pero seguimos sin tiempo
Uno de los momentos más sugerentes llegó cuando Pedro Rey Araújo planteó una pregunta aparentemente sencilla: si hoy tenemos lavadoras, frigoríficos, aspiradoras y multitud de aparatos que facilitan las tareas domésticas, ¿por qué seguimos dedicándoles tantas horas?
Según explicó, los estudios históricos sobre el uso del tiempo muestran que las mejoras tecnológicas no se han traducido necesariamente en una reducción equivalente del trabajo doméstico por persona. Entre las razones señaló el aumento de las exigencias de limpieza y el hecho de que vivimos en hogares cada vez más pequeños, donde cada familia organiza por separado sus compras, comidas y cuidados.
¿Y si compartiéramos más? El investigador planteó alternativas como co medores comunitarios, lavanderías compartidas, espacios públicos seguros para la infancia, viviendas que permitan distintas formas de convivencia y servicios de cuidados organizados colectivamente.
No se trataba de imponer una forma de vivir, sino de abrir posibilidades. ¿Por qué tiene que cocinar cada hogar por separado todos los días? ¿Por qué el cuidado de una criatura debe recaer exclusivamente sobre dos personas? ¿Por qué no diseñamos barrios que faciliten encontrarnos, ayudarnos y compartir responsabilidades?
Detrás de estas preguntas había una idea poderosa: la tecnología debería servir para ganar tiempo de vida, no únicamente para producir más y más deprisa.
De las ideas a la práctica: ¿qué podemos hacer?
La conversación no se quedó en el diagnóstico. También se habló de cómo organizarse para cambiar las cosas.
Ira Hybris defendió que las luchas laborales, feministas, ecologistas, antirracistas y por los derechos de las personas LGTBIQ+ no deberían caminar por separado, porque pueden reforzarse mutuamente. Puso ejemplos de movilizaciones en Argentina, Francia y Bélgica, donde las reivindicaciones por los derechos de las personas trans se vincularon con la defensa de la sanidad pública, la educación, el empleo y otras necesidades sociales. También destacó las movilizaciones por la vivienda y las organizaciones de trabajadoras del hogar como ejemplos de luchas capaces de reunir a personas con situaciones diferentes.
La idea era clara: no hace falta que todas las personas tengan los mismos problemas para defender juntas soluciones comunes.
Pedro Rey Araújo, por su parte, insistió en recuperar la capacidad colectiva de decidir cómo utilizamos nuestros recursos, nuestra tecnología y nuestro tiempo.
Ambos compartieron un horizonte de transformación profunda del sistema económico, aunque desde enfoques diferentes: Pedro puso más énfasis en el funcionamiento del capitalismo y sus contradicciones; Ira destacó la necesidad de construir movimientos amplios que incorporen las distintas experiencias de desigualdad y opresión.
El público también tenía mucho que decir
Tras las intervenciones llegó el turno de las preguntas y aportaciones del público. Una asistente procedente de Pereira, Colombia, recordó experiencias de comunidades indígenas y negras donde el cuidado infantil se organizaba de manera compartida. Su intervención permitió recuperar una idea que parece haberse perdido en muchas sociedades actuales: cuidar a los niños y niñas no tiene por qué ser una responsabilidad exclusiva de sus padres y madres.
Otras personas preguntaron por las comunidades energéticas, las viviendas colaborativas y los comedores colectivos. También surgió una cuestión fundamental: ¿qué papel deberían desempeñar las instituciones públicas para que estas alternativas no queden reservadas a quienes tienen recursos económicos?
Se recordaron experiencias históricas de comedores colectivos en países socialistas y se debatió cómo impulsar iniciativas comunitarias dentro del sistema económico actual sin reproducir las desigualdades que pretenden combatir.
Pedro Rey Araújo reconoció las posibilidades de estas propuestas, aunque advirtió de sus límites: ninguna comunidad puede funcionar completamente al margen del mercado. Incluso para instalar placas solares o desarrollar un proyecto cooperativo necesitamos materiales, recursos y financiación.
El debate también abordó el papel del Estado, las relaciones familiares, el trabajo sexual y la necesidad de que las teorías económicas ayuden a comprender y transformar los problemas cotidianos.
No hubo respuestas cerradas para todas las preguntas. Y quizá ahí residió una de las virtudes del encuentro: reconocer que construir alternativas exige discutir, experimentar y aprender colectivamente.
¿Y si empezáramos por recuperar nuestro tiempo?
Al finalizar la sesión, Amaia Pérez Orozco destacó la riqueza del intercambio entre las reflexiones teóricas y las propuestas políticas, e invitó a continuar el debate en las calles y las luchas sociales.
Durante dos horas, la Facultad de Economía y Empresa de Elkano se convirtió en un espacio para hablar de algo que a menudo queda fuera de los grandes debates económicos: el tiempo que necesitamos para vivir, las personas que nos cuidan y las condiciones que hacen posible nuestra existencia cotidiana.
El coloquio no ofreció una receta mágica para resolver la crisis de los cuidados, la precariedad laboral o el problema de la vivienda. Pero sí dejó una pregunta que merece llegar a nuestros barrios, centros de trabajo y hogares. Si somos capaces de producir tanta riqueza, desarrollar tecnologías extraordinarias y organizar actividades económicas a escala mundial, ¿por qué nos cuesta tanto garantizar algo tan básico como una vida digna para todas las personas?
Tal vez una parte de la respuesta esté en cambiar el orden de nuestras prioridades.
Porque, al fin y al cabo, la economía debería estar al servicio de la vida, y no la vida al servicio de la economía.
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