Post-desarrollo: superando el discurso desarrollista y generando alternativas

Por Belén Fernández del Rincón

El pasado 23 de febrero, Eduardo Gudynas hizo una parada en Madrid, en su ruta por la Península, para hablarnos de la necesidad de repensar el discurso desarrollista y crear alternativas realmente novedosas, para poder implementar un desarrollo que de verdad sea sostenible y eficaz.  El ecólogo social y activista uruguayo se acercó hasta el Espacio Ecooo, donde pudimos compartir con él un interesante y acalorado debate, como cuenta nuestra compañera Virginia Fernández en esta crónica.

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Gudynas comenzó su charla con una pregunta de lo más sencilla, pero que resultó dejar un profundo silencio: “¿qué saben ustedes de la idea de desarrollo?”. Es cierto, ¿qué sabemos? Utilizamos el término desarrollo, en todas sus formas, constantemente. Hablamos de países desarrollados, subdesarrollados o en vías de desarrollo, de estrategias de desarrollo, de Objetivos de Desarrollo, de desarrollo sostenible… Del desarrollo como un objetivo, como una meta hacia la que hay que correr, y por unas pistas bastante establecidas. Pero ¿de dónde viene ese objetivo?, ¿quién y cuándo dibujó la meta?, ¿en qué consiste?, ¿es tan deseable como parece? Empecemos por lo más básico, el origen y significado(s) del propio concepto. Los primeros acercamientos a la idea de desarrollo se vivieron a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando las grandes metrópolis imperialistas se plantearon el futuro de sus colonias y cómo mejorar su productividad y su situación civilizatoria – desde una óptica marcadamente eurocéntrica y paternalista. Nace, entonces, un concepto de desarrollo profundamente vinculado a las ideas de evolución y progreso. Esta vinculación se mantiene cuando, en 1949, Truman rescata el término para proclamar la necesidad global del desarrollo, asegurando que todas las naciones, por el bien de sus poblaciones y economías, deben perseguir el desarrollo. Se divide así el mundo entre aquellos países que cumplen los estándares de progreso, aquellos que no, y aquellos que están en camino. Y ahora, ¿cuáles son esos estándares? Vemos que, tanto a principios de siglo, como en su ecuador, el concepto de desarrollo ha sido definido desde el centro de poder global, el mundo occidental. Primero Inglaterra, y después Estados Unidos, han establecido las líneas de lo que es el desarrollo y cómo se consigue. Desarrollo significa, en estos términos, avance lineal, ligado indefectiblemente al crecimiento económico y a la inserción en los flujos comerciales internacionales. Es cierto, no obstante, que al evaluar la situación de desarrollo de una población también se tienen en cuenta otros factores como el respeto a los derechos humanos, los índices de pobreza, la seguridad, etc. Sin embargo, hacia finales del siglo XX, empiezan a cobrar fuerza los reclamos medioambientales, ante el evidente y rapidísimo deterioro de los ecosistemas de todo el mundo. Como consecuencia, se añade el apellido “sostenible” al desarrollo, aunque el significado de este concepto será muy discutido durante las décadas siguientes. Tras el informe “Los límites del crecimiento” (Meadows et al., 1972), saltaron todas las alarmas al cuestionarse el pilar base de la economía clásica y del sistema capitalista: el crecimiento ilimitado. Esta noción de límite formaba parte sustancial del debate sobre desarrollo sostenible, y parecía incuestionable la necesidad de repensar el desarrollo en términos que tuvieran en cuenta las capacidades finitas de la biosfera, pero chocaba de frente con los postulados esenciales del sistema, y se preveía imposible lograr un apoyo extendido a la sostenibilidad entre los grandes poderes económicos. Entonces, en 1987, sale a la luz el Informe Brundtland, en el que la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo (CMMAD) definió el desarrollo sostenible de una vez por todas, cerrando, en términos generales, el debate: “Está en manos de la humanidad hacer que el desarrollo sea sostenible, es decir, asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias. El concepto de desarrollo sostenible implica límites, no límites absolutos, sino limitaciones que imponen a los recursos del medio ambiente el estado actual de la tecnología y de la organización social y la capacidad de la biosfera de absorber los efectos de las actividades humanas, pero tanto la tecnología como la organización social pueden ser ordenadas y mejoradas de manera que abran el camino a una nueva era de crecimiento económico” (CMMAD, 1987) Se bifurca así el concepto de límite. Por un lado quedarían los límites ecológicos, que no se pueden superar, y por otro los límites de la tecnología y de la organización social,  más flexibles y relativos. Se añade la conservación ambiental y la justicia generacional como condiciones necesarias para el desarrollo, lo cual es positivo, pero se cae de nuevo en la vieja idea del crecimiento económico incuestionable. El desarrollo sostenible se queda, entonces, con muchos de los vicios que se criticaban al desarrollismo tradicional, como su fijación en el crecimiento material, su fe casi ciega en el avance tecno-científico, su perspectiva antropocéntrica y su valoración utilitarista de la naturaleza. Desde aquel Informe ha cambiado mucho el panorama internacional. Parece que ese mundo “en vías de desarrollo”, lo está consiguiendo, y algunos países se yerguen como potencias económicas y reclaman sus espacios en el sistema internacional. Parte de estos reclamos se ha orientado también hacia el desarrollo y sus fórmulas. El Norte Global lleva décadas enarbolando la bandera del desarrollo, vinculándola a unos principios como la democracia, la libertad, el mercado libre… que presentaban como intrínsecos al progreso. Sin embargo, estas nuevas potencias emergentes llegan con nuevos discursos y poniendo en marcha nuevos experimentos de desarrollo que, según qué parámetros, también funcionan. En China, una economía intervenida bajo un gobierno de ideología marxista no deja de crecer. En América Latina, los gobiernos progresistas de los últimos tiempos mantienen un discurso socialista y poniendo en marcha procesos de nacionalización e intervención de los mercados, y parece que los indicadores macroeconómicos del desarrollo lanzan cifras positivas. Con esto se pone de manifiesto, entre otras cosas, que ese camino lineal hacia el progreso no es único y universal, sino que para alcanzar esa meta se pueden recorrer otras rutas. Surgen así nuevos modelos de desarrollo alternativo que amplían el espectro pero que siguen sin atender la raíz del problema. Se cuestionan y se reinventan el quién y el cómo, pero se deja intacto el qué. En otras palabras, se modifican los agentes y los modelos del desarrollo, pero en ningún caso se replantea el concepto del desarrollo. En este qué, en el significado mismo del desarrollo, es donde reside la clave para alcanzar una sostenibilidad real y frenar la destrucción medioambiental, así como para conseguir una justicia social global efectiva y un aumento de la calidad de vida planetaria. Como hemos visto, aunque se han ido introduciendo matices, la base conceptual del desarrollo se ha mantenido intacta e indisolublemente unida al crecimiento. Esto no es de extrañar, dado que se sigue teniendo como meta la situación económica, también ligada a la situación política y social, de los países Occidentales. Situación que se ha alcanzado, supuestamente, gracias al crecimiento material de sus economías. Por tanto, tenemos bien aprendido que podemos desviar la ruta, podemos probar nuevos transportes, pero queremos seguir caminando hacia el mismo horizonte, que es donde está la prosperidad, la riqueza y la calidad de vida. O eso nos han contado.  La realidad es que no está demostrado que el crecimiento económico vaya ligado a una mayor justicia o bienestar social, como ponen de manifiesto algunos indicadores macroeconómicos alternativos al PIB como el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Felicidad o el recién nacido Índice de Coherencia de Políticas para el Desarrollo. Hace ya décadas que se empezaron a vislumbrar los problemas de este concepto de desarrollo, y que se empezó a hablar de los límites del crecimiento, del agotamiento de la biosfera. Pero estos discursos críticos se acallaron o se reformularon hasta mantener inalterada la esencia del sistema, como podemos observar en la definición de “desarrollo sostenible” de 1987. No obstante, a tenor de los cambios en la escena internacional de los últimos años, principalmente el ascenso de nuevas potencias económicas, se han retomado con fuerza estas corrientes de pensamiento críticas con el discurso desarrollista clásico y sus derivados. China, la India y Brasil, entre otros países con cifras menos impactantes, están expandiendo sus economías a unos ritmos asombrosos. Aumentan sus exportaciones, crece su PIB y su PIB per cápita, se aprecian sus monedas… En resumen: se desarrollan. Para poder hacerlo, claro, están aumentando al mismo ritmo su consumo de materias primas y de energía. Se han convertido rápidamente en socios principales de los grandes exportadores de gas, petróleo y minerales. Con la irrupción de estos gigantes en la economía y el comercio internacional han saltado, de nuevo, todas las alarmas, al poner de manifiesto que este nivel de extracción y explotación de los recursos naturales es insostenible y que nos estamos aproximando al límite a una velocidad vertiginosa, tanto que los avances tecno-científicos en los que se confiaba no está consiguiendo frenarnos, mucho menos alejarnos del abismo. El problema, además, no reside únicamente en el crecimiento macroeconómico de estas potencias, en sus exportaciones y en su consumo de energía y materias primas. China y la India encabezan, además de la carrera hacia el desarrollo, la lista de los países más poblados del mundo. Conjuntamente, suman unos dos mil millones y medio de personas. ¿Qué pasaría si todas ellas se sumasen al carro del consumo de los países occidentales, que es el mayor símbolo de la prosperidad?, ¿qué pasaría si más de dos mil millones de personas empezaran a comprar, usar y tirar como lo hacemos los europeos y los estadounidenses? Necesitaríamos los recursos de entre tres y cinco planetas para satisfacer la demanda. Lamentablemente, sólo tenemos uno. Así que, ¿qué podemos hacer ante estas perspectivas de futuro tan complejas y oscuras?, ¿qué debemos hacer? En mi opinión, la única solución posible pasa por replantearnos conjuntamente (Norte y Sur) los cimientos del sistema que hemos construido – principalmente desde el Norte Global. Replantearnos las bases conceptuales y los esquemas que sustentan las políticas públicas globales, las acciones individuales, los saberes socioculturales… Empezar por desmontar toda nuestra escala de valoración (¿qué es deseable?, ¿qué es riqueza?, ¿qué es una buena vida?) para poder construir una nueva, sobre la cual edificar un nuevo sistema político, social y económico más justo y sostenible. Aquí quiero rescatar un concepto muy interesante, y a la vez muy complejo, del que habló Gudynas: los Derechos de la Naturaleza. El ecólogo entiende que la base del problema ambiental reside en la ética que hemos construido con respecto a la naturaleza. En las sociedades occidentales se mantiene una visión de la naturaleza como una cesta de productos, ya sean petróleo, agua o paisajes. Esta es una perspectiva profundamente antropocéntrica y utilitarista, que hace que el valor de la Naturaleza sólo venga dado por lo provechosa que ésta puede ser para los seres humanos. Así, “el árbol se convierte en pies cúbicos de madera; son los tablones de madera los que adquieren un valor, mientras que el follaje o las raíces se vuelven invisibles al carecer de utilidad” (Gudynas, 2015) – utilidad entendida siempre desde la óptica monetarista como vehículo hacia el beneficio y la rentabilidad. Superar esta concepción antropocéntrica supone reconocer un valor intrínseco en toda las formas de vida, incluidas las no humanas; reconocer a la Naturaleza como un sujeto de derecho, y no únicamente como objeto de los derechos que los humanos le hayamos otorgado desde nuestra posición de superioridad. Esta es una barrera que pocas corrientes de pensamiento sobre sostenibilidad y desarrollo sostenible han logrado traspasar. Casi todas ellas mantienen la perspectiva antropocéntrica, la valoración instrumentalista y la fe en la tecno-ciencia, siguen considerando la Naturaleza como “capital”. Son las tendencias que Gudynas llama de sustentabilidad débil y fuerte (Gudynas, 2010), que si bien suponen un avance con respecto a los estilos de desarrollo actuales, del todo insustentables, no son suficientes. Gudynas habla entonces de la sustentabilidad super-fuerte, que supone una “crítica sustantiva a la ideología del progreso” y una “búsqueda de nuevos estilos de desarrollo” (Ibid). Se adquiere así la perspectiva biocéntrica que mencionaba como necesaria, la que reconoce el valor intrínseco de la Naturaleza con todas sus formas de vida. La Naturaleza pasa de ser “capital” a ser “patrimonio”, es decir, “un acervo que se recibe en herencia de nuestros antecesores y que debe ser mantenido, legado a las generaciones futuras y no necesariamente transable en el mercado” (ibid), lo que enfatiza su valor por encima de su utilidad. Un ejemplo de estas tendencias de sustentabilidad super-fuerte sería el Buen Vivir, o como Gudynas remarca, los Buenos Vivires. Este plural es necesario, ya que no existe un modelo único ni un concepto universal y sólido del Buen Vivir, sino que es un concepto plural y en construcción. No será lo mismo el Buen Vivir de Ecuador que el de Perú, ni es necesario que lo sea. Esta pluralidad no debilita el proyecto, o mejor dicho, la filosofía del Buen Vivir, más bien todo lo contrario. Es una muestra del dinamismo del concepto, y puede ser un símbolo de fortaleza y un factor de resiliencia de esta postura alternativa al desarrollo. Decía también que es un concepto en construcción, porque no es monolítico ni tiene un origen único y señalable. Los Buenos Vivires se han nutrido de multitud de saberes, muchos de ellos provenientes de diferentes pueblos indígenas de la Latinoamérica Andina (concepciones como el suma qamaña aymara, el sumak kawsay kichwa, el ñande reko guaraní…), y otros tantos rescatados del pensamiento occidental como el enfoque feminista, las revisiones conceptuales de la justicia y el bienestar humano, y muchas de las críticas pasadas al desarrollo. No obstante, sí que podemos señalar algunos pilares comunes a todos los Buenos Vivires. Hablar de Buen Vivir es poner el acento en la calidad de vida, de todas las vidas. Es hablar de un modo de convivencia donde prime la armonía entre los miembros de una comunidad y, a su vez, entre esta comunidad y la Pacha Mama o Madre Tierra. Es una forma diferente de entender el mundo y el papel de los seres humanos en el mismo, desde la óptica biocéntrica que veíamos anteriormente, observando los ecosistemas como organismos complejos en los que cada uno de los elementos tiene una función y un valor intrínseco. Además, el Buen Vivir “recupera la idea de una buena vida, del bienestar en un sentido más amplio, trascendiendo las limitaciones del consumo material y recuperando los aspectos afectivos y espirituales”, rechazando la idea de “vivir mejor” propia del sistema occidental, y que implica siempre “vivir mejor que otros”, es decir, a costa de otros (Gudynas, 2011). Es una filosofía, por lo tanto, post-capitalista que cuestiona los cimientos mismos de la Modernidad de origen europeo. Pero, además, es post – socialista, lo que representa una novedad que levanta ampollas entre los sectores ideológicos de izquierdas. Es post – socialista porque supera el enfoque antropocéntrico, porque rechaza la tradición de pensamiento que viene desde el Renacimiento a decirnos que el Ser Humano es el centro, la forma más exquisita de vida, y el único con legitimidad para adjudicar valor a todo lo que le rodea. El Buen Vivir, cuando nos habla de convivir en armonía con la naturaleza, va más allá del mero respeto al medioambiente, y equipara sociedad y Naturaleza, sin distinciones. Esta superación de los discursos políticos imperantes y esta renovación de la ética es lo que hace del Buen Vivir un proyecto verdaderamente alternativo al desarrollo. Sin embargo, hay que dejar claro que el Buen Vivir no es una receta universal y que no puede exportarse e implantarse en cualquier lugar. El Buen Vivir está fuertemente atado a su contexto, y sólo puede entenderse y trabajarse dentro de un espacio sociocultural determinado, que es el de la región Andina. En otros lugares, con otras circunstancias históricas, socioculturales y ambientales, cada comunidad deberá desarrollar sus propias fórmulas para salir de la trampa del desarrollo. En los países occidentales, el Norte opulento como suele llamarlo Carlos Taibo, esta vía de salida podríamos encontrarla en el proyecto del Decrecimiento. Este modelo nos habla de que es imposible crecer ilimitadamente en un planeta finito, y que por tanto debemos frenar la máquina y empezar a producir menos, a consumir menos. Nos habla de que es posible vivir bien con menos, si nos replanteamos nuestra escala de valores. Así, por ejemplo, el éxito no se mediría en base a los ceros de una nómina, los caballos de nuestro coche o lo lejos que llegamos durante nuestras vacaciones, sino en base a la fuerza de nuestros vínculos afectivos, a nuestra satisfacción con nuestro empleo, o a nuestra felicidad. Lo más importante no sería el crecimiento de las economías, sino la justicia social y la sostenibilidad. De nuevo, el Decrecimiento está evidentemente atado a su contexto, y además se dirige hacia una población muy concreta, la del Norte Global que acapara más del 80% de los recursos globales, protagonizando la mayor parte del consumo y produciendo la gran mayoría de los desperdicios (directa o indirectamente). Son estas comunidades las que tienen que replantearse su actividad y decrecer, en una apuesta por una redistribución radical de los recursos. Finalmente, necesitamos superar el discurso desarrollista, desmitificar el crecimiento y replantearnos todo nuestro sistema de valoración. Y esta es una tarea planetaria, nadie puede lanzar balones fuera, porque no es un problema “del Norte”, ni “del Sur”. No obstante, cada comunidad, en base a sus circunstancias, deberá diseñar su vía de salida, sin que ello signifique hacer oídos sordos a los ensayos y propuestas que llegan desde otras partes del globo. Se trata de encontrar el equilibrio, de dialogar con otros saberes, aprender de ellos, y trasladarnos después a nuestros contextos, donde necesariamente los tendremos que adaptar, mezclándolos con nuestros saberes propios. Necesitamos, en definitiva, un cambio radical de paradigma en el ámbito del desarrollo, una nueva ética y un nuevo sistema de valores, o varios, que sustenten una nueva economía y política globales más sostenibles y más justas.

Una respuesta a “Post-desarrollo: superando el discurso desarrollista y generando alternativas”

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