17 junio, 2016
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26J: la última carta

Por Paco Cervera

Artículo publicado en eldiario.es, 17/06/2016

 

Nos acercamos a una nueva cita electoral, la segunda en medio año. Los partidos políticos continúan su particular lucha por el poder contando a la sociedad medias verdades. Tras dos debates de los expertos economistas de las diferentes fuerzas, uno en La Sexta y otro en El País, dos modelos económicos podemos diferenciar, claramente, pero con diferentes matices, uno neoliberal y otro marcadamente socialdemócrata. De entre las medias verdades que se nos están contando, la de la "recuperación" es la más hiriente.

Una recuperación económica plasmada en unos datos del PIB que, si bien crece, esconde unas debilidades que nos sitúan, como economía y sociedad, al borde de un precipicio sobre el que hemos estando bailando demasiado tiempo. Una deuda externa que supera el 300% del PIB y que, a pesar de disminuir la parte privada de la misma, ha supuesto un incremento de la deuda pública que supera el 100% del PIB, lo que limita la capacidad del Gobierno para actuar.

Si las medidas tomadas por el anterior Ejecutivo tenían como objetivo reducir la deuda y el déficit, ya podemos descontar el brutal fracaso en cuanto a su consecución. Como informaban inspectores del Banco de España, el sector financiero esconde riesgos que no se han solucionado durante estos años por la inoperatividad del Gobernador del supervisor y la connivencia del Ministerio de Economía. La exposición a la deuda pública española y la posible salida del Reino Unido de la Unión podrían ser el desencadenante de otra crisis financiera, con complicada solución. Un tercer riesgo se desprende de la incapacidad del sistema económico de transformar el crecimiento del PIB en bienestar social por el camino emprendido de precarización en las condiciones laborales, junto al arrinconamiento sindical, y por una política fiscal poco adecuada a las necesidades sociales.

Ante estos peligros, los partidos políticos se plantean un "cambio de modelo productivo" que nos sitúe en el mundo, pero sin demasiada concreción en cómo hacerlo. La estructura empresarial patria no resulta adecuada para este cambio de modelo, tamaño inadecuado de las empresas y centradas en sectores de poca productividad. La necesidad de obtención de inversión extranjera directa resulta evidente.

La obtención de recursos del exterior se determina por una serie de características que resultan atractivas para los inversores. En España disponemos de infraestructuras suficientes y, además, lo que para algunos es un inconveniente (lean mi anterior artículo), el nivel formativo de los españoles es elevado, lo que nos hace ser un mercado atractivo. Lo deberíamos complementar con un empuje importante en la formación profesional de un colectivo sin formación (la Dual parece ser una alternativa viable, pero no como se está implantando) en aquellos sectores que consideremos estratégicos. Aunque estas ventajas se contrarrestan por dos desventajas muy importantes, el riesgo macroeconómico (externo e interno) y el político, que no permite un marco regulatorio estable.

El próximo gobierno puede tomar dos caminos, el neoliberal y el socialdemócrata (ninguna alternativa más se nos plantea), pero ambos necesitan del capital exterior para cambiar esta situación. ¿Cómo plantean captarlo?

El primer grupo considera que el capital extranjero vendrá buscando ahorros en costes laborales, por lo que se debe hacer atractiva nuestra economía para su llegada. Esta cantinela ya la conocemos y acaba precarizando las condiciones laborales de los trabajadores. La frase que la pone en evidencia es "primero hay que dar trabajo a todos y después ya hablaremos de las condiciones laborales". Es evidente que el factor trabajo, cautivo, es el que sufriría la mayor parte de las consecuencias, aunque no todas. Si sumamos que estas formaciones son partidarias de los incentivos fiscales y financieros, la historia acaba aún peor. Las arcas del Estado se verán gravemente afectadas repercutiendo en las políticas sociales.

El segundo grupo, los socialdemócratas (unos más liberales y otros más clásicos o keynesianos), plantean obtener este capital y, al mismo tiempo, retornar derechos perdidos a la clase trabajadora. Objetivo encomiable, este último, pero que se plantea, en mi opinión, en un ámbito geográfico equivocado. Si los derechos laborales y políticas sociales se plantean a nivel nacional, no cabe duda que la competencia entre países para captar esta inversión acaba conduciendo a una "carrera hacia abajo" cuyo final resulta ser similar al de las políticas anteriores, precarización laboral y destrucción de políticas sociales. El nivel correcto para plantear este tipo de objetivos es el europeo. La eliminación de los paraísos fiscales internos y la armonización en políticas laborales y sociales son medidas vitales.

Con ello, lo que me gustaría evidenciar es que muchas de las propuestas que se plantean para las próximas elecciones vienen determinadas por el entramado institucional, europeo y mundial, del que formamos parte. A mi parecer, sólo la apuesta, sin matices, por una España social puede llevarnos por una senda que nos recuerde, en parte, a la época dorada del capitalismo en Europa.

Esta debería ir acompañada por una estrategia clara y convincente para que el resto de Europa se sume y promueva el cambio institucional urgente que necesitamos. Estos cambios requieren de una sociedad movilizada y con una visión del objetivo a conseguir muy clara. La sociedad española necesita de la transparencia de los partidos ante el escenario de incertidumbre que se nos plantea. Es imprescindible saber cuáles son las intenciones de pactos de todos y que se nos explique claramente cuál es la estrategia para sacarnos de este atolladero en el que andamos metidos.

El espectáculo teatral al que asistimos tras el 20D debe evitarse después del 26J, lo que sugiere un acto de valentía por parte de algunos y que muestren sus cartas antes de las elecciones. La defensa de la clase trabajadora debe ser la primera política social de cualquier gobierno que se precie de su ciudadanía y se debe anteponer a los intereses partidistas, que no a la ideología.

La sociedad sólo juega con una carta, la última. Si no se consigue reconducir la situación, podemos encontrarnos ante una situación de indefensión aprendida, donde ya demos por buena la Política de Malestar imperante y sin atisbo de lucha, o bien, ante un riesgo de estallido social evidente, calmado durante estos dos últimos años por la aparición de nuevos partidos.

¡Abran juego!

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