¿Te imaginas que la universidad y las organizaciones sociales fueran dos mundos que apenas se crucen. Como islas separadas, rodeadas por un mar de proyectos, ideas y realidades que nunca lleguen a conectar.? El caso es que a lo largo de los años, estas dos partes han compartido pocos momentos de colaboración, y cuando lo han hecho, la falta de reciprocidad o reconocimiento han conseguido que las relaciones no sean todo lo fluidas que podrían ser. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos cambiar esa historia y empezar a construir puentes sólidos entre la academia y las organizaciones sociales?

Recientemente, tuve la oportunidad de participar en un curso que impartía «Ingeniería sin Fronteras«, junto con Emaus en el que se trataba precisamente sobre eso. Su nombre no podía ser más directo: «Reconstruyendo vínculos entre academia y sociedad». Su objetivo era explorar cómo crear relaciones más horizontales y duraderas entre las universidades y las organizaciones sociales. La idea era simple pero poderosa: compartir experiencias, desahogarse y romper con los esquemas tradicionales para crear relaciones auténticas y sostenibles. El curso estaba dirigido a un grupo diverso de personas: desde docentes y estudiantes universitarios hasta miembros de organizaciones sociales, movimientos y agencias que trabajan en la calle.
Desde el inicio, la premisa era clara: estamos aquí para tomarnos un rato y reflexionar sobre cómo podemos mejorar la relación entre dos mundos que, en muchos casos, parecen distantes y desconectados. Lo que nos reúne hoy forma parte de un proyecto llamado UPMS, que surge del impulso de EMAUS e Ingeniería Sin Fronteras. ¿Y qué significa UPMS? Pues es la Universidad Popular de los Movimientos Sociales, y su propósito es crear un espacio donde reflexionemos sobre las tensiones históricas entre la universidad y las organizaciones sociales.
¿Por qué la universidad y las organizaciones sociales están tan desconectadas?.- Este espacio de reflexión no surgió de la nada, ya en 2013, un grupo de personas de Gipuzkoa y Bizkaia, provenientes de la universidad y de organizaciones sociales, comenzaron a preguntarse por qué a veces parece que ambos mundos están tan lejos el uno del otro. Así nació la red UKS, con la intención de organizar cursos y encuentros para fomentar el diálogo. El primer gran encuentro de UPMS tuvo lugar en 2015, en Arantzazu, donde se reunieron alrededor de 50 personas de diversas universidades, movimientos sociales y ONGs. Este encuentro fue el punto de partida para una serie de acciones que han continuado hasta hoy, con el objetivo de generar una agenda compartida de transformación social. Entre los temas que salieron de ese encuentro, algunos de los más relevantes siguen marcando el camino: el avance de la extrema derecha, la emergencia climática, la construcción de una universidad feminista y la valorización de la diversidad cultural, sobre todo en relación con las personas migrantes.
Desde entonces, EMAUS e Ingeniería Sin Fronteras han seguido adelante con el proyecto, realizando diagnósticos y conversando tanto con universidades como con organizaciones sociales para identificar las necesidades y desafíos que surgen en la colaboración entre ambos mundos. Y, ¿qué encontramos? Pues que uno de los grandes obstáculos es precisamente la falta de herramientas de comunicación efectivas, la necesidad de fortalecer la colaboración y, sobre todo, crear relaciones basadas en la confianza.

Nos explicaron la utilización de una herramienta llamada «Flor colaborativa» cuya dinámica muestra cómo construir relaciones más horizontales y de confianza. Se basa en los principios de la “Comunicación No Violenta”, y busca promover una comunicación abierta, sin juicios ni malentendidos, donde se respeten las necesidades de cada persona. El ejercicio era sencillo, pero profundo: cada persona debía compartir, desde su propia experiencia, cómo se podría desarrollar una relación de confianza entre la universidad y las organizaciones sociales. Para ello, se nos invitaron a reflexionar sobre cinco pasos clave:
> Lo que veo o escucho: Describo una situación concreta.
> Lo que pienso: Reflexiones o interpretaciones que surgen de esa situación
> Cómo me siento: Emociones, sin juzgar.
> Qué necesito: Las necesidades detrás de esas emociones.
> Qué petición haría: Una acción concreta para resolver la situación.
El objetivo era, primero, compartir experiencias de forma estructurada y luego, como grupo, priorizar las peticiones que surgieran. Fue un ejercicio revelador, a través de esta dinámica, se entendía cómo muchas veces los malentendidos y las tensiones entre la academia y los movimientos sociales surgen simplemente por no comunicar nuestras necesidades de forma clara desde el principio. Cuántas veces en proyectos colaborativos se ha sentido frustración por no recibir respuestas claras, o cómo se ha interpretado la falta de comunicación como desinterés. Pero lo más importante aquí es que, al hablar desde la experiencia personal y con respeto, se pueden encontrar soluciones colectivas.
Uno de los puntos que surgió en las discusiones fue la necesidad de establecer una comunicación clara y abierta desde el principio. Sabemos que cuando hay problemas, lo mejor es hablar de ellos cuanto antes, antes de que se acumulen y generen conflictos mayores. En muchos casos, lo que falta es esa disposición para abrir la puerta a la conversación y hacer sentir que todas las contribuciones sirven, sin importar su origen, y que son valoradas. Esto es fundamental en un contexto donde la academia, con sus estructuras jerárquicas y formales, puede generar inseguridad en aquellos que provienen de otras realidades.

Por ejemplo, imagina que en un proyecto universitario se organiza una exposición sobre un tema social importante. Todo empieza bien, pero los resultados no se comparten como se esperaba, y el proceso se vuelve difuso, generando confusión y malentendidos. El resultado: un enfado de una parte, decepción de la otra y, al final, el proyecto se queda a medias. ¿Qué falló? Básicamente, la falta de comunicación fluida y la no resolución de los conflictos a tiempo.
Otra de las reflexiones clave fue sobre la falta de puentes reales entre la universidad y las organizaciones sociales. A veces, las iniciativas de colaboración entre estas dos partes son solo como pequeños senderos que no conectan realmente con el resto del bosque. Se hacen actividades, se firman convenios, pero nada de eso tiene una continuidad sólida. Lo que se necesita es un proyecto bien pensado, coordinado y sostenible. Esto no solo implica más actividades, sino un cambio de mentalidad, donde las relaciones entre ambas partes se vean como un compromiso a largo plazo.
Para que esto suceda, es fundamental que las universidades reconozcan y valoren el trabajo que realizan las organizaciones sociales. Esto implica que las colaboraciones con movimientos sociales tengan el mismo peso y prestigio que las realizadas con empresas privadas.
¿Por qué no dar créditos académicos por participar en proyectos sociales?
¿Por qué no valorar la participación de los profesores en actividades de impacto social?
Si logramos que estas acciones tengan visibilidad, reconocimiento y continuidad, estaremos dando un paso importante para construir una colaboración más profunda y organizada.
En resumen, el taller nos dejó claro algo: la relación entre la universidad y la sociedad tiene un enorme potencial para transformar realidades, pero solo si se construye desde la confianza, la comunicación abierta y el respeto mutuo. No se trata solo de hacer cosas, sino de crear relaciones auténticas y sostenibles que tengan un impacto real. Si todos nos comprometemos a escuchar, a reconocer el valor de cada contribución y a trabajar de manera colectiva, los proyectos serán mucho más exitosos.
Así que, la próxima vez que alguien te hable de colaboración entre la academia y las organizaciones sociales, ya sabrás: no se trata de hacer puentes de madera, sino de construir autopistas de comunicación, respeto y acción. ¡Es hora de ponernos a trabajar!



