El pasado 10 de diciembre, el Cine Club Fas se llenó de cinéfilos y curiosos para la proyección de «Un mundo nuevo«, una película que no solo invita a disfrutar del arte cinematográfico, sino también a cuestionarnos cómo funciona el mundo que habitamos. Este evento especial fue organizado junto a Economistas sin Fronteras y el Colegio Vasco de Economistas, quienes también animaron el coloquio posterior. Lo que ocurrió esa tarde fue mucho más que un simple debate: fue un intercambio de ideas, inquietudes y reflexiones que, entre bromas y seriedades, tocó las fibras de todos los asistentes.

Para quienes no estén al tanto, esta película forma parte de una trilogía del director Stéphane Brizé sobre el mundo laboral. Primero vino «La ley del mercado», que retrataba la lucha de un hombre desempleado en un sistema despiadado. Luego, «En guerra», donde un sindicalista enfrenta la traición empresarial. Y ahora, «Un mundo nuevo» nos pone en los zapatos de un directivo que lidia con decisiones laborales imposibles.
Desde los primeros minutos, Brizé te atrapa con su estilo visual: planos cerrados que nos obligan a mirar a los ojos de los personajes, sumergiéndonos en sus dilemas. A pesar de que la música apenas aparece, cuando lo hace es casi mágica. La banda sonora, mayoritariamente barroca, fue destacada por José Ramón Mariño, quien lideró el coloquio, diciendo que “es una elección acertadísima que subraya cada momento clave”. Y no podíamos estar más de acuerdo.
El debate arrancó con una pregunta clave: ¿Es posible mantener la ética en un mundo corporativo que parece diseñado para deshumanizar? El protagonista de «Un mundo nuevo» enfrenta una situación compleja: debe despedir a decenas de trabajadores para cumplir con las expectativas de los accionistas. La tensión crece cuando sus decisiones también afectan a su vida personal, especialmente a su familia, que se desmorona bajo la presión. Según Mariño, esta película “pone sobre la mesa una realidad incómoda: cómo el sistema laboral actual destroza vidas en pro de la eficiencia y el beneficio. Pero también nos lleva a reflexionar sobre nuestras propias prioridades y elecciones”. ¿Estamos dispuestos a sacrificarlo todo por un mejor sueldo o una posición más alta? Parece que la película nos grita: “¡Despierta! No todo vale”.
El protagonista no es un santo. Como bien señaló uno de los asistentes al coloquio, “es simplemente el menos malo de los villanos”. En un momento crucial, se niega a despedir a un amigo, pero acepta echar a otros cincuenta empleados que son solo números para él. Este dilema refleja lo que muchos ejecutivos enfrentan: decisiones que no quieren tomar, pero que el sistema les exige.

Sin embargo, lo que realmente impacta es la forma en que Brizé retrata esta deshumanización. Las reuniones de altos ejecutivos, llenas de cinismo y frialdad, recuerdan episodios reales como aquel escándalo en el que directivos europeos gastaron miles de euros en una cena tras anunciar despidos masivos. Un contraste brutal que nos hace cuestionar hasta qué punto los que toman decisiones son conscientes del impacto que tienen en las vidas de otros.
Durante el debate, también se mencionó otro aspecto crucial: la globalización y el hiperconsumismo. Mariño señaló que vivimos en una “especie de rueda de hámster”, atrapados en un ciclo de consumir más y más. Incluso en plena crisis climática, seguimos priorizando el gasto y la ostentación sobre un modelo más sostenible. “La pandemia nos dio un momento para reflexionar, pero lo hemos desperdiciado. Si antes teníamos algún margen para cambiar, ahora cada vez queda menos”, lamentó.
Este punto conecta con otra obra del director, «En guerra», que aborda las consecuencias de los despidos masivos desde la perspectiva de los trabajadores. Mientras que «Un mundo nuevo» se centra en el directivo, «En guerra» muestra la desesperación de quienes quedan sin empleo y sin futuro. La pregunta que surge es inevitable: ¿Podemos ser optimistas frente a un sistema tan despiadado?
Brizé se defiende de quienes le acusan de ser demasiado pesimista, asegurando que sus películas son “mucho más suaves que la realidad”. Y quizá tenga razón. Durante el coloquio, se mencionó cómo las decisiones empresariales, lejos de ser ficticias, están basadas en historias reales. La película es un espejo de cómo el capitalismo extremo afecta tanto a los trabajadores como a los directivos, que también sufren las consecuencias de un sistema que devora todo a su paso.
Uno de los puntos más llamativos de la película, según algunos de los comentaristas, es cómo captura esa fascinación casi hipnótica por las redes sociales y la «economía imaginaria» que generan. Nos recuerda que vivimos en una era donde muchos jóvenes no solo sueñan con trabajar en gigantes como Facebook o TikTok, sino que construyen su identidad y expectativas en torno a esas plataformas. Pero, ¿a qué costo? Este «sueño» choca de frente con la realidad de una economía que sigue funcionando bajo las reglas despiadadas del mercado globalizado.

Más allá de las redes, la película también plantea una crítica al capitalismo desregulado, que prioriza el beneficio por encima de todo. Aquí los intervinientes en el debate sacan a relucir las contradicciones de un sistema que, cuando las cosas van bien, aboga por menos intervención estatal, pero que clama por rescates gubernamentales cuando las crisis golpean. El caso de las hipotecas subprime en 2008 o la crisis del 29 son ejemplos recurrentes de este «doble rasero».
Uno de los participantes menciona cómo Estados Unidos y Reino Unido, históricamente proteccionistas, pasaron a desregular el mercado global una vez que consolidaron su poder. El capitalismo salvaje, como lo llaman, es como quitar la escalera una vez que estás arriba, dejando a los demás sin oportunidades reales para subir.
En el debate también surge un concepto interesante: el «capitalismo humano«. Aunque algunos lo consideran un oxímoron —porque el capitalismo, por definición, busca maximizar beneficios—, también hay un movimiento creciente que aboga por un enfoque más ético. Este modelo buscaría equilibrar los intereses de las empresas, los trabajadores y los consumidores, respetando la dignidad humana y el medio ambiente.
Sin embargo, como apunta otro de los intervinientes, esto no deja de ser una idea idealista que enfrenta serios desafíos dentro de un sistema que recompensa justamente lo contrario: la deslocalización, la explotación y la competitividad extrema. La película, en este sentido, parece sugerir que aunque hay iniciativas prometedoras, el sistema siempre encuentra formas de perpetuarse.
Otro tema que resalta es la fascinación por el poder. Uno de los comentaristas describe cómo los altos cargos directivos suelen sacrificar todo —incluyendo a sus familias— por mantenerse en la cúmbre. La película muestra cómo el protagonista lucha con esta tensión entre su integridad personal y el sistema que lo absorbe. La sensación de estar «en la mesa donde se toman las decisiones» parece ser tan poderosa que muchos están dispuestos a pagar cualquier precio por ello.
Al final del día, «Un mundo nuevo» no deja respuestas claras, pero eso es lo que la hace tan poderosa. Nos obliga a enfrentarnos a preguntas incómodas: ¿Estamos siendo cómplices de un sistema injusto? ¿Es posible encontrar un equilibrio entre el éxito profesional y la felicidad personal? Y lo más importante: ¿Podemos cambiar las reglas del juego antes de que sea demasiado tarde?
Para cerrar el evento, Mariño recomendó un libro que resume muy bien el espíritu del debate: «Ecoespiritualidad para laicos», de Jorge Arias Mas. Según el autor, “despotricar contra el capitalismo salvaje es fácil; lo difícil es cambiar nuestra forma de vida”. Este es, en esencia, el mensaje de «Un mundo nuevo»: no basta con indignarse, necesitamos acción y compromiso constante.
Mientras las luces del cine se apagaban y los asistentes salían, quedaba claro que esta no fue una tarde cualquiera. Fue una invitación a mirar más allá de la pantalla, a reflexionar sobre nuestro papel en el mundo y, quizá, a despertar. Porque, como diría Lope de Vega, “¡Despierta! Es hora de actuar”.



