6 junio, 2013
ESS

CONSUMO Y ESTILOS DE VIDA

Os invitamos a leer este informe: CONSUMO Y ESTILOS DE VIDA. Extraemos aquí varias reflexiones que aparecen en le informe y que nos parece que nos lanzan muchas cuetines interesantes: «El consumo no es la única palanca mediante la que articular el cambio necesario, es una pieza más. Quizás el rasgo distintivo más relevante de esta pieza es que, a través del consumo, las mayorías sociales pueden activar/pensar, desde la práctica, las transformaciones necesarias y sus dificultades asociadas. Ello otorga al consumo un potencial transformador nada despreciable. PERO, ¿CÓMO CAMBIAR EL CONSUMO? Hay preguntas que planean sobre cualquiera que se adentra en el complejo mundo de los cambios de hábitos de consumo y estilos de vida: ¿realmente se pueden cambiar de manera masiva y efectiva las formas de consumo? A nosotros sólo nos cabe una respuesta: sí se puede, de hecho no hay otra salida. Debemos poder hacerlo, y creemos en las bases siguientes como inspiración para el trabajo necesario. Instituciones públicas: determinación y coherencia Las instituciones tienen un papel clave que jugar a la hora de dar forma al contexto social, cultural, institucional y ético en el cual los ciudadanos desarrollan sus estrategias/prácticas de consumo. Tienen el potencial de indicar con mucha capacidad de influencia cuáles son los tipos de comportamientos y actitudes que son valorados socialmente, qué objetivos y aspiraciones son percibidas como apropiadas, cuál es la visión del mundo bajo la cual se espera que actúe la ciudadanía (en su papel de consumidoras y consumidores). Comunicación, sensibilización… pero también incentivos económicos Las características del comportamiento humano, las motivaciones y normas sociales, las preferencias morales, los contextos de información, los tiempos de decisión, los mecanismos cognitivos… todo juega un relevante papel en las prácticas de consumo y en los estilos de vida. La escala de las transformaciones que hacen falta para activar los cambios de comportamiento necesarios requiere una masa crítica social que los entienda, legitime y acepte. Para construir esa masa crítica hacen falta políticas de educación, información y concienciación gigantescas, así como todo un nuevo cuerpo legislativo que promueva innumerables cambios en muchísimos aspectos, y por supuesto una sociedad civil proactiva en crear canales y mecanismos de transformación. Nuevas vías, articulación colectiva y bien común Además, creemos que en el desarrollo de políticas hay que trascender el marco convencional de políticas categorizado como “control” (políticas instrumentales, por ejemplo las de incentivos económicos –fiscales o de precios–) o “persuasión” (políticas de información y sensibilización). Es necesaria una mirada adicional más amplia que incluya también propuestas que se articulan en torno a instrumentos diferentes de intervención política: liderazgo de la sociedad civil, intervención local, participación, cohesión social. Parece evidente que el papel del “bien común” y de la “esfera comunitaria” tendrán que ser relanzados para hacer posible el cambio global. Nuevas (o renovadas) prácticas como el consumo colaborativo y nuevas (o renovadas) articulaciones colectivas parecen estar siendo la punta de lanza en esta dimensión, y merecen especial atención. No es sólo medio ambiente, es equidad y democracia El discurso ambientalista tiende a estar muy basado en la responsabilidad y la educación, pero el problema ambiental también es consecuencia de relaciones sociales y económicas injustas e insostenibles. Por ello, el análisis y propuestas de políticas de consumo han de incluir en su visión la equidad social (incluyendo la de género) como elemento clave. Y es que la gestión social de la incompatibilidad entre unas necesidades crecientes y los límites biofísicos del planeta plantea rotundas preguntas, que tienden a ser evitadas en los espacios políticos y de investigación en torno al consumo sostenible. ¿Hasta qué punto es políticamente aceptable que alguien pueda ser sancionado por utilizar más energía, o que su consumo sea estrictamente limitado? ¿Qué es más democrático: que cada persona consuma recursos en función de su capacidad de gasto y libertad individual, o que se establezcan umbrales colectivos que limiten las decisiones individuales, garantizando así un reparto equitativo del impacto? ¿Quién y cómo se establece el umbral de lo que es necesario? ¿Es la situación suficientemente grave como para legitimar racionamientos preventivos? A pesar de los riesgos asociados a esta cuestión en términos de una potencial restricción de las libertades individuales, es fundamental enfrentarse a este dilema. Piensa en términos complejos para actuar en términos sencillos El consumo es un uso social, es decir una forma de reproducción de la estructura social, pero también es una estrategia de acción; una práctica social concreta y tangible. Y ésta es también su fuerza. El entendimiento del consumo en su complejidad y la infinidad de elementosque afectan a este elemento social no pueden bloquear la creación de propuestas sencillas y concretas que modifiquen prácticas. En el intercambio con otros investigadores y entre nosotros nos hemos encontrado ante este riesgo: al intentar estar alerta ante los discursos o propuestas excesivamente simplificadoras sobre el consumo y su transformación, y a la vez querer desarrollar y entender la complejidad del consumo, podemos caer en cierto bloqueo para pasar a la acción. Creemos que serán los cambios concretos y reales los que, reapropiados por las masas sociales, en muchos casos actúen como revulsivo para procesos de mutación de la red compleja que sostiene (o es sostenida por) dichas prácticas concretas.»

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