Cineclub FAS, Bilbao – 10 de marzo![]()
El pasado 10 de marzo, el salón del Cineclub FAS en Bilbao acogió una de esas sesiones que van más allá del cine. La proyección de «HLM Pussy», dirigida por Nora el Hourch, no fue únicamente una experiencia audiovisual, sino el detonante de un diálogo colectivo que, desde el primer momento, se movió entre la incomodidad, la indignación y la necesidad urgente de nombrar lo que muchas veces permanece oculto.
Organizado por Economistas sin Fronteras, en colaboración con el Cineclub FAS y el Colegio Vasco de Economistas, el cinefórum se enmarcaba en las actividades vinculadas al 8 de marzo, con el objetivo de generar reflexión en torno a cuestiones como el acoso, las redes sociales, los límites de la amistad y, sobre todo, la violencia de género en sus múltiples formas. .

Pero si algo marcó la sesión fue el paso de la pantalla a la palabra. Tras el visionado, la sala dejó de ser un espacio pasivo para convertirse en un lugar de escucha activa, donde las experiencias personales, profesionales y emocionales se entrelazaron con el relato cinematográfico.
La incomodidad como punto de partida
El debate se abrió con una sensación compartida: la incomodidad. No una incomodidad superficial, sino esa que surge cuando la ficción deja de ser refugio y se convierte en espejo. La moderación del coloquio invitó a poner en común una pregunta clave: ¿es adecuada la forma en que la película muestra la violencia?
La respuesta no fue unánime, pero sí convergente en un punto: la película, lejos de exagerar, se quedaba corta. Desde el inicio, varias intervenciones insistieron en que lo representado en pantalla no era ajeno ni excepcional. Muchas de las personas presentes reconocieron haber vivido situaciones similares o conocer a alguien cercano que las había sufrido. La violencia, por tanto, no aparecía como un fenómeno lejano, sino como una realidad cotidiana, transversal a edades, contextos y orígenes.
Testimonios que desbordan la pantalla
Uno de los momentos más impactantes del debate llegó cuando se compartieron experiencias profesionales vinculadas a la atención psicológica. Una participante, con años de experiencia en consulta, expresó con evidente emoción que la gran mayoría de mujeres que atiende —en torno al 95%— han sufrido algún tipo de abuso a lo largo de su vida.
Su intervención rompió cualquier posible distancia entre ficción y realidad. No se trataba ya de interpretar una película, sino de confrontar una estructura social que normaliza, invisibiliza y perpetúa la violencia. La crudeza de los ejemplos compartidos —casos de agresiones, chantajes, estigmatización social— generó un clima de indignación colectiva. Especialmente significativo fue el señalamiento de que, en muchos casos, los agresores no son figuras desconocidas, sino personas cercanas: familiares, amigos, figuras de confianza. Este hecho, que también aparece en la película, refuerza la dificultad de denunciar y rompe la idea simplista de la violencia como algo externo al entorno cotidiano.
El silencio, el miedo y la dificultad de denunciar
Otro de los ejes centrales del debate fue la dificultad de denunciar. No basta con que existan recursos o mecanismos legales; el miedo, la dependencia emocional, la falta de apoyo y la presión social actúan como barreras invisibles pero muy eficaces. Varias intervenciones insistieron en que muchas mujeres no denuncian porque no se sienten seguras, ni siquiera en su entorno más cercano. El aislamiento aparece así como uno de los factores clave en la perpetuación de la violencia.
En este sentido, la película fue interpretada como un relato sobre los límites de la acción individual. El gesto de la protagonista —publicar un vídeo para defender a su amiga— se debatió intensamente: ¿es una forma legítima de visibilización o una acción peligrosa que puede tener consecuencias imprevisibles? Lejos de ofrecer respuestas cerradas, el debate puso de relieve la complejidad de estas decisiones, especialmente en contextos donde las vías institucionales no siempre funcionan o generan desconfianza.
Redes de apoyo: de la soledad a lo colectivo
Frente a este panorama, surgió con fuerza la idea de las redes de apoyo como herramienta fundamental. La unión entre mujeres fue señalada como una vía para romper el aislamiento y generar fuerza colectiva. Varias personas destacaron que los cambios más significativos en la lucha contra la violencia de género han venido precisamente de la acción colectiva: movimientos feministas, grupos de apoyo, espacios de acompañamiento. La idea de que “una sola persona no puede, pero muchas sí” atravesó buena parte del debate.
También se subrayó la importancia del contexto. En lugares como Euskadi, se reconoció la existencia de recursos institucionales y redes más consolidadas, aunque se insistió en que esto no elimina el problema, sino que lo hace más visible.
El papel de los hombres y la comunidad
Otro aspecto relevante fue la necesidad de implicar a toda la sociedad, y en particular a los hombres, en la erradicación de la violencia. No se trata únicamente de apoyar, sino de cuestionar actitudes, revisar comportamientos y asumir responsabilidades. La violencia de género no se planteó como un problema individual ni exclusivamente femenino, sino como un fenómeno estructural que requiere una transformación colectiva.
En este sentido, se mencionó la importancia de la vigilancia comunitaria: estar atentos a lo que ocurre en el entorno cercano, no mirar hacia otro lado, intervenir cuando sea necesario. Una idea sencilla pero potente: la violencia no ocurre en abstracto, ocurre cerca.
Educación: la raíz del cambio
Si hubo un consenso claro a lo largo del debate, fue en torno al papel de la educación. No como una solución inmediata, sino como un proceso a largo plazo imprescindible para transformar las estructuras que sostienen la violencia. Se planteó la necesidad de incorporar la educación en igualdad y respeto desde la infancia, de manera sistemática y transversal. No solo en las escuelas, sino también en las familias, en los espacios comunitarios, en la vida cotidiana.
Uno de los aspectos más interesantes fue la reflexión sobre la dificultad de reconocer la violencia. Muchas veces, las propias víctimas no saben identificar lo que les ocurre o no encuentran las palabras para expresarlo, como sucede con uno de los personajes de la película. De ahí la importancia de dotar a niños y niñas de herramientas para entender sus emociones, poner límites y pedir ayuda.
La familia: ¿refugio o conflicto?
El debate también abordó el papel de la familia, cuestionando la idea de que siempre es un espacio seguro. La película muestra distintos modelos familiares, y el coloquio permitió profundizar en esta diversidad. En algunos casos, la familia aparece como un pilar de apoyo; en otros, como un espacio que reproduce o incluso legitima la violencia. Esta ambivalencia fue clave para entender por qué muchas mujeres no encuentran apoyo en su entorno más cercano.
Se destacó, además, la transmisión intergeneracional de la violencia: mujeres que han crecido en contextos de maltrato y que, sin herramientas para romper el ciclo, reproducen patrones similares.
Instituciones: límites y responsabilidades
El papel de las instituciones fue otro de los puntos de discusión. Si bien se reconoció la existencia de recursos, también se señalaron sus limitaciones. La falta de apoyo judicial, la revictimización, la lentitud de los procesos y la percepción de impunidad fueron algunos de los problemas mencionados.
Una idea especialmente relevante fue que las instituciones no son entes aislados, sino reflejo de la sociedad. Por tanto, su transformación depende también de cambios culturales más amplios.
Una conversación que no termina
El cinefórum concluyó sin conclusiones cerradas, pero con una certeza compartida: la necesidad de seguir hablando. De abrir espacios como este, donde la incomodidad no se evita, sino que se convierte en motor de reflexión. La película fue el punto de partida, pero el verdadero valor de la sesión estuvo en la conversación. En la posibilidad de escuchar, de reconocerse en las experiencias de otras personas, de cuestionar lo que parecía normal. Porque, como quedó claro a lo largo del debate, la violencia de género no es un problema aislado ni excepcional. Es una realidad estructural que requiere respuestas colectivas, sostenidas y profundas.
Y quizá ahí radique el sentido último de este tipo de encuentros: no tanto en encontrar respuestas definitivas, sino en generar preguntas que nos obliguen a mirar de frente aquello que, durante demasiado tiempo, hemos preferido no ver.
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