3 enero, 2015
EsFComunicación

Desafección política: la madre y la polis

Por Carmen Valor Publicado en Zona Crítica (eldiario.es)  el 02/01/2015   Desafección. Esta palabra resume por qué la gente no tiene ningún vínculo con los partidos políticos tradicionales. Los ciudadanos no ponemos en duda la autoridad de las instituciones pero no tenemos vinculación emocional con ellas. Aún peor: reaccionamos con cinismo, desconfianza y con la creencia de que no podemos hacer nada. Me acordé de lo que leí cuando nacieron mis hijos sobre el buen apego y la indefensión aprendida. Y creo que estos conceptos pueden ayudar a entender no sólo por qué los grandes partidos están en caída libre, sino por qué la gente se ha desapegado de la cosa pública. El apego es la relación que se establece entre el bebé y su cuidador principal (usualmente, la madre). El óptimo aquí es el apego seguro. Esto ocurre cuando el cuidador está atento a las necesidades del bebé y las satisface. Pero no se trata solo de satisfacer necesidades básicas sino de ayudar a crecer: el apego seguro ocurre también porque el cuidador le da la seguridad necesaria para que explore por su cuenta, sabiendo que si algo pasa, mamá lo recogerá y lo consolará. El apego seguro hace a las personas más competentes, más bondadosas, con más confianza en sí mismas y en los demás y con capacidad para establecer relaciones más saludables. Si el cuidador no responde siempre a las necesidades, sino que unas veces está disponible y otras no, se crea un apego ansioso, que se traduce en falta de confianza en sí y en los otros. Peor será el resultado, si el cuidador está presente y atiende al bebé pero lo hace enojado o sin ganas. Pues por aquí han ido los tiros, me parece. Que no se ha creado un apego seguro con los ciudadanos. A lo mejor tuvimos un Estado que se prestó a resolver nuestras necesidades pero ahora nos dice, enfadado, que somos un bebé muy llorón y que ya está bien. Que todo es culpa nuestra. Que no nos va a volver a cuidar. A lo mejor tuvimos un Estado que satisfacía necesidades pero que no se preocupó por hacernos crecer como democracia; un Estado que puso techos de cristal para que los ciudadanos participaran, sí, pero hasta un punto en la periferia, alejado del centro de poder, de donde se toman las decisiones. Igual se creaba una ilusión de empoderamiento y el ciudadano pensaba que contaba. No se le iba a mencionar en vano en los discursos políticos. La desafección viene cuando se da cuenta que así es. Que el ciudadano (casi) no cuenta. Que no puede poner temas en la agenda. Que no puede influir de una manera organizada en la toma de decisiones. Que quiere participar en la cosa pública y no le dejan. Que los políticos han convertido lo que debería ser un servicio en un negocio. Y que no sabe bien a quién acudir porque no hay organismos de control con capacidad para poner orden (los jueces, a veces, son la excepción). Te desesperas porque no puedes romper ese techo de cristal contra el que te pegas una y otra vez. Y esto nos lleva al segundo concepto: la indefensión aprendida. Esta condición la padece quien responde de forma pasiva incluso cuando habría alternativas para ayudarse a sí misma. Y es que la persona cree que no tiene control alguno sobre su contexto ni sobre su situación. Cuando no solo lo cree sino que su experiencia le dice que, haga lo que haga, el contexto no cambia, se instala el fatalismo. Y fatalismo es enemigo de resistencia y de cambio. Por eso no puede extrañar que los que han sido capaces de establecer un buen apego con los ciudadanos y de minimizar la indefensión dando herramientas para controlar el contexto, sean los que disfrutan ahora de mayores niveles de vinculación. Y esta vinculación se traducirá luego en votos. O no. De momento su gran contribución está en romper la espiral fatalista. Ser un paréntesis en la tendencia a la desafección política en las viejas democracias occidentales. Al 2015 solo le pido que los hechos estén a la altura de las palabras. Que no sea vana esta esperanza. Que volvamos a una relación de confianza, de participación, de cuidado de lo común. Y que esta ilusión sea el motor para los cambios. Sin (más) traiciones.    

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