30 noviembre, 2018
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Dolorosas matemáticas

Por Sara Cabrera /

Artículo publicado en Pikara Magazine, 23/11/2018

Un cincuenta por ciento. Un treinta por ciento. Cincuenta y dos. Cincuenta y nueve. Sólo son cifras y porcentajes, números sin ningún tipo de sentido aparente. Datos inconexos lanzados sobre el papel al azar. Sin embargo, tienen más sentido del que parece.

La mitad de la población, un cincuenta por ciento, tiene miedo de volver sola a su casa por la noche, se aferra con fuerza a sus llaves -como si se tratase de una tabla que la mantiene a flote en mitad de un mar oscuro y peligroso, repleto de feroces depredadores que acechan desde las sombras de este bravo océano- y mira constantemente a sus espaldas, por si los pasos que resuenan sobre los adoquines de una calle mal iluminada la siguen a ella.

Esa misma mitad de la población española, ese cincuenta por ciento, según los datos del estudio Brecha Salarial y Techo de Cristal -publicado por GESTHA (el Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda) el 12 de febrero  de 2018-,  “cobra  un 30% menos y soporta más precariedad”. Quienes conforman ese cincuenta por ciento que se deja la piel en su puesto de trabajo en España se ven obligadas a trabajar 52 días más al año para llegar a ganar lo mismo que el cincuenta por ciento restante -59 días en el caso europeo-.

Y las cifras continúan. A estas alturas de la película, podría resultar obvio que la mitad de la población está siendo discriminada. La pregunta es por qué. Y es que no sólo resulta oprimida, sino que además es humillada, perseguida, agredida y asesinada. Sin ir más lejos, nos encontramos con otras dos cifras: noventa y nueve y ochenta y siete. 99 fueron los feminicidios y asesinatos contabilizados en el pasado año 2017, y 87 son los que llevamos en lo que va de año. Y un nuevo porcentaje: cuarenta por ciento. En 2016, el 40% de las mujeres  asesinadas habían denunciado previamente, según relataba El Mundo ese mismo año.

Pero no nos detengamos ahí. Vamos con otros dos números. Mil ochocientos noventa y tres y mil novecientos treinta y uno. En 1893, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país del mundo en autorizar el sufragio femenino en igual derecho que el masculino. España, en cambio, no lo hizo hasta 1931.

Y podemos seguir y no parar de dar datos que demuestren las injusticias, la violencia y la discriminación que sufrimos las mujeres en cualquier parte del mundo. Sin embargo, sólo quiero dar una más: treinta y seis por ciento. El pasado

12 de noviembre de 2018, este mismo año, eldiario.es daba, entre otros datos obtenidos  por el Observatorio de las personas mayores  de CC.OO., el porcentaje que separa la pensión  media de jubilación de las mujeres  en comparación con la de los hombres: un 36%. Con todos estos datos no creo que quepa lugar a dudas.

Todas estas cifras nos llevan, en definitiva, a la siguiente ecuación: 8M= Cu+Co+L+E. Si ninguno de estos factores se hubiese dado, si ninguna de estas cifras fuese real, millones de personas en el mundo se habrían quedado en sus hogares y no se habrían sumado a la huelga del 8 de Marzo, convocada por el movimiento feminista, para sumarse a esa huelga de cuidados, consumo, laboral y educativa.

Porque las mujeres seguimos encargándonos de los cuidados en mayor medida y nadie reconoce esta labor, porque la publicidad nos cosifica e invisibiliza -incluso, chasqueando los dedos, podemos aparecer subidas al coche de algún hombre de éxito, según algunos anuncios-, porque no recuerdo haber estudiado a las mujeres de las generaciones del 27 o del 98, porque ni un uno por ciento de los matemáticos, economistas, físicos, biólogos, etc. sobre los que aprendí en el instituto eran mujeres, porque seguimos sufriendo la brecha salarial y las desigualdades en el trabajo y en todas las esferas de nuestra vida.

Porque estamos cansadas de tener miedo. Y yo, personalmente, no quiero tener miedo nunca más. Por eso, porque sé que no estoy sola, me uní a la ecuación el pasado 8 de Marzo junto a mis hermanas, y lo volveré a hacer este 25N. Porque nuestras madres, abuelas, bisabuelas, tías, etc. lucharon por los derechos que tenemos ahora y les debemos a ellas y a las que vendrán después esa misma lucha. Porque la que fuera su batalla, lo es ahora nuestra.

 

 

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