Juan Barredo Universidad del País Vasco
Frente a los estudios descarnados y pretendidamente objetivos que abundan en la economía internacional, cuando se trata de analizar el devenir de Europa se suele caer en una mezcla de encantamiento y desilusión. El encantamiento se produce al seguir pensando en Europa como un ‘proyecto’ histórico de integración en la igualdad y solidaridad –en la línea de lo planteado por referentes como Jacques Delors o Altiero Spinelli– y al que los países miembros debían aspirar en el duro contexto de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

El contraste entre este proyecto y la realidad es el que ha llevado a la desilusión, al constatarse la incapacidad de crear una unión política suficientemente sólida para tejer una estrategia de desarrollo clara y basada en la cooperación y un reparto equilibrado de responsabilidades entre los países miembros.
Aun siendo difícil desprenderse de esta perspectiva sentimental, para entender el rumbo de la Unión Europea conviene integrar en el centro del análisis los intereses, frecuentemente opuestos, y el poder estructural de diferentes clases sociales, grupos de poder o diferentes formas de institucionalidad pública. Desde este punto de partida, propio de la llamada Economía Política Internacional, se pueden entender mejor los cambios en las dinámicas globales de acumulación y sus consecuencias. Para el caso de Europa, esta perspectiva nos da algunas claves para explicar la menguante influencia internacional de la Unión, el retorno a peligrosas fórmulas nacionalistas, así como las posibilidades de dar una respuesta satisfactoria a los diferentes retos actuales.
Entre el mito fundacional y la realidad política
Con ritmos de crecimiento históricamente bajos, con una media anual cercana al 2.5% desde el año 2010 –sin contar los años de recesión– la Unión Europea afronta un complicado futuro económico. En términos de PIB, está muy cerca de ser sobrepasada por China, la cual, aunque lejos de las cifras de crecimiento de la primera década del siglo XXI, comienza a dar muestras no sólo de saber adaptarse a los cambios técnicos en el mercado global, sino también de liderar los procesos de innovación en diferentes sectores.
No obstante, no es tan sólo en la comparación con este país o con el conjunto de países emergentes donde Europa sale mal parada; hace ya más de una década, a partir de la miope austeridad impuesta a su periferia tras la crisis de 2008, que el crecimiento del producto interno de Europa ha perdido ritmo frente al de los Estados Unidos, incluso a pesar de las diferentes etapas de expansión hacia el este. Es justamente la ‘vieja Europa’ (Francia, Alemania, Italia…) la que muestra peor desempeño, con tasas de crecimiento cercanas a cero, tensiones sociales y niveles de desigualdad de ingreso que, contrarios a la tendencia descendente del conjunto de países desarrollados, siguen aumentando desde 2007 (Eurofound, 2024). En casos como el de Alemania, por ejemplo, preocupa además la falta de perspectiva de mejora en el futuro próximo, con señales de obsolescencia de sectores como el automovilístico, claves para la reputada competitividad histórica del país.
Muy asociado al deterioro industrial está el peligro de volverse un actor irrelevante en la agitada esfera geopolítica internacional. Las pistas que se intuían a finales del siglo pasado, según las cuales podríamos estar avanzando hacia un orden multipolar, son ahora evidentes. En el eje de estas transformaciones está China. Su dinamismo económico, antes mencionado, tiene implicaciones internacionales. Su llamada ‘Iniciativa de Franja y Ruta’ (BRI, según sus siglas en inglés) es un claro ejemplo de una planificación donde convergen las diferentes aristas –comercial, financiera, de avance tecnológico, de reordenamiento monetario– en torno a las que China ha orientado su cada vez más activa política exterior. El previsible éxito de esta estrategia por parte del gigante asiático seguirá reorientando las dinámicas de acumulación globales en torno a China y afectando de lleno al mapa de alianzas entre países.
La vuelta de Trump a la administración estadounidense no ha alterado en lo fundamental los cambios de largo plazo observados en el plano internacional. Si acaso, ha hecho más evidente la voluntad de este país de mantener los beneficios derivados de la posición hegemónica que ocupa, pero queriendo externalizar los costes y riesgos derivados de ello. Pretende consolidar su posición central en el comercio y finanzas mundiales, pero aspira a imponer reiteradamente medidas de bloqueo a terceros; amenaza con represalias a quien desafíe al dólar como moneda internacional, pero quiere evitar que este rol monetario central afecte a la competitividad exterior de sus empresas; además, no quiere reducir su poder disuasorio y represivo en los principales puntos del planeta, pero aspira a repartir entre sus socios el gasto militar que ese poder conlleva.
Estos grandes rasgos que caracterizan la evolución del orden global llevan, periódicamente, a presentar a Europa (o, más bien, a la suma de sus países miembros) frente a un complejo dilema: ¿debe seguir secundando la política de Estados Unidos, pero asumiendo, visto lo visto, un coste mayor que en épocas pasadas? ¿o debe girarse hacia el Este, para aprovechar las oportunidades brindadas por el dinamismo chino? Más allá de la difícil solución al dilema planteado, la reducción del debate a estas dos posibilidades no evidencia más que la falta de iniciativa propia como Unión. A esto se le ha añadido, desde inicios de 2022, la guerra en Ucrania, derivada directamente de la invasión rusa pero imposible de entender sin la ambición expansionista de la OTAN en las dos primeras décadas de este siglo. Con los cañones de guerra sonando a las puertas de Europa, se ha desvanecido cualquier atisbo de diseñar un camino propio y se ha optado por el rearme frente al vecino ruso.
Este conflicto muestra también la relación de los retos económico y geopolítico, arriba mencionados, con un desafío que, si bien no es nuevo ni exclusivo de Europa, ha llevado a tensiones y conflictos en el continente que revelan la importancia de afrontarlo con premura. Nos referimos al desafío de detener o ralentizar el desastre ecológico, acelerado por los insostenibles patrones de producción y consumo de las sociedades desarrolladas.
En la guerra en Ucrania se repite, con poco disimulo, una constante de la mayoría de conflictos bélicos del planeta: la lucha por el control y explotación de recursos finitos y estratégicos por parte de las potencias directa o indirectamente involucradas. Por otro lado, el cambio climático se une a la lista de factores heterogéneos que agudizan las tensiones migratorias hacia Europa. En detrimento de programas comunes de coordinación e integración, los países miembros se inclinan últimamente por respuestas nacionales y restrictivas. En fin,.
… el estancamiento económico y el aumento de las desigualdades internas en la vieja Europa, la elección del camino del rearme frente a la opción de redoblar los esfuerzos diplomáticos y de entendimiento con nuestros vecinos, las políticas antiinmigración que han convertido el mar Mediterráneo en la mayor fosa común del mundo y que criminalizan al más vulnerable… Son varios los elementos preocupantes que ponen en cuestión la vigencia del proyecto europeo de unidad, solidaridad y derechos humanos antes referido.
El proyecto que nunca fue: un repaso a la historia reciente de Europa desde la economía política
Conviene preguntarse a estas alturas si ha sido el bello proyecto soñado por los ‘padres de Europa’ el que ha guiado el proceso de integración en algún momento o si éste se ha llevado a cabo en base a otros planes. Un repaso a la hoja de ruta, esbozada desde el Tratado de Roma (1957), detallada en la liberalización comercial y financiera de los años ochenta y noventa y consolidada en la posterior expansión de la eurozona, invita a pensar más bien que el objetivo genuino siempre ha sido la adecuación del espacio europeo para la acumulación de capital. Esta hipótesis no parece descabellada: al fin y al cabo, el modo de producción dominante, el capitalista, requiere de la búsqueda constante de factores facilitadores de dicha acumulación. La riqueza generada y el cambio técnico propiciado a partir de la inversión capitalista, se argumenta comúnmente, facilitarían en segunda instancia la financiación del estado de bienestar europeo.
No obstante, más allá de esta hoja de ruta, la forma de afrontar los fenómenos o coyunturas sobrevenidas sugiere que el objetivo de la integración ni siquiera era fomentar un capital propio, europeo, dinámico y creado, capaz de competir con las diferentes potencias. Al contrario, la prioridad era crear un espacio funcional para los intereses de los capitales nacionales del ‘centro’ europeo, cuyo referente histórico más claro es el capital industrial alemán. Un ejemplo claro viene dado por la gestión de la crisis iniciada en 2008, pero agravada en la llamada periferia de la Eurozona (Grecia, Italia, España, Portugal) hasta mediados de la siguiente década a partir de las políticas de austeridad impuestas. Sin llevar a cabo una explicación detallada de ese duro periodo, sí que conviene repasar algunos aspectos puntuales de antes, durante y después del mismo.
En primer lugar, frente al conocido relato de que la crisis se debió al ánimo despilfarrador de una periferia que vivía ‘por encima de sus posibilidades’, contrapuesta a un centro europeo ahorrador, conviene precisar que la expansión en los primeros años del nuevo siglo, que generó las condiciones para la posterior crisis, no habría podido sostenerse en el tiempo sin la participación del capital ‘central’ en la euforia especulativa de la periferia.
Fue la época de la acumulación de grandes desequilibrios comerciales.
La pertenencia a una moneda común con países menos competitivos permitía a Alemania, como a Dinamarca y Holanda, entre otros, registrar superávits comerciales crecientes sin sufrir la apreciación de la moneda. A la vez, los excedentes eran invertidos en la periferia, de donde capitales alemanes, holandeses, franceses… esperaban sacar más rentabilidad que si se invertían en sus propios países. Por tanto, más que un relato sobre unos países malgastando dinero ajeno, se trata más de una dinámica colectiva, de empresas, bancos y otros agentes privados, centrales y periféricos, buscando la rentabilidad máxima.
Las dependencias financieras generadas en ese periodo de expansión se volvieron un peligroso lastre para el capital central. En lugar de ser dejado a su cuenta y riesgo, éste contó con una interlocución de lujo en su negociación con la periferia europea. La Troika, formada por dos de los pilares de la arquitectura institucional europea – la Comisión y el Banco Central Europeo – y por el Fondo Monetario Internacional, intercedió para asegurar el reembolso a las entidades financieras franco-alemanas (Blyth, 2013) y evitar así su colapso.
En los países periféricos, las políticas de austeridad agudizaron la recesión y agravaron la crisis social. En Grecia, a 2025 y tras años de liquidación progresiva del patrimonio nacional -tal y como se impuso en los planes de ajuste- la deuda pública sigue siendo muy superior a los niveles pre-Troika y el nivel de ingreso está lejos de recuperar los niveles de 2007.
Por su parte, tras su salida de la periferia asistida por la Troika, el capital del centro se ha reorientado hacia nuevos mercados. Un caso paradigmático es el del capital industrial alemán, considerado típicamente el motor de Europa. Desde 2008 el peso del comercio de mercancías con la Unión Europea, aun siendo mayoritario, ha venido bajando en beneficio de las relaciones con países como China o, en menor medida, Estados Unidos. La caída ya se venía observando al menos desde los años 80 en las exportaciones e importaciones alemanas desde algunos de los países del continente. Entre ellos, curiosamente, se encontraba la mayoría de socios fundadores de la Comunidad Económica Europea: Bélgica, Países Bajos, Italia y, especialmente, Francia. El retroceso observado desde 2008, sin embargo, se debe más bien a la retirada parcial de las exportaciones alemanas a mercados periféricos como el español, el italiano o el griego, que estaban experimentando una profunda recesión agravada por un ajuste estructural apoyado por el mismo gobierno alemán.
Esta capacidad de reacción del capital alemán ha sido esencial para detectar y desplazarse hacia nuevos mercados, consiguiendo sortear crisis y mantener, durante tres décadas, un modelo de crecimiento basado en las exportaciones. Para ello, la Unión Europea y, especialmente, la eurozona, le han sido útiles al dotarle de una moneda común que le mantuviera competitiva, al facilitarle la posibilidad de reinvertir sus excedentes y, especialmente, al asegurarle una salida de urgencia de las crisis financieras
El keynesianismo militar como falsa solución
En los últimos años, sin embargo, la realidad ha cambiado para la locomotora alemana. El problema ya no es tanto, como lo fue en periodos anteriores, encontrar nuevos mercados para sus productos punteros. La gravedad de la situación actual, que le ha llevado a un severo estancamiento desde 2022, parece residir en la falta de adaptación de sus sectores líderes, en especial el caso del automóvil.
Es en este momento histórico en el que se ha planteado, para Europa, apostar claramente por la carrera armamentística como camino a seguir conjuntamente. Más allá del espanto que produce tal planteamiento en términos morales, es imposible a estas alturas distinguir entre la dimensión geopolítica y la económica.
>> En primer lugar, porque la reorientación de la política exterior hacia la industria de la muerte supone automáticamente la movilización de recursos ingentes –intelectuales y físicos– que estaban siendo orientados a otro tipo de actividades.
>> Segundo, porque esta decisión de política exterior se presenta como estrategia óptima para el desarrollo económico de los países implicados. Uno de los argumentos esgrimidos, desmentidos entre otros por Jordi Calvo (2025) en el dossier de Economistas sin Fronteras de primavera de este año, es la supuesta eficiencia del gasto militar en la creación de empleo. En base a esta hipótesis, los países miembros empiezan a valorar la terrible opción de multiplicar dicho gasto en base a su capacidad de movilizar recursos nacionales, como la mano de obra.
>> Además, porque los criterios de límite a la deuda pública que hasta hace poco eran rígidos incluso en épocas de grave deterioro de las condiciones de vida, empiezan a adoptar una flexibilidad y ambigüedad inusitadas, a instancia de instituciones tales como el gobierno alemán y la Comisión Europea, otrora firmes guardianes del respeto a los principios de austeridad.
>> Finalmente, diferentes autores (Roberts, 2025; Varoufakis, 2025) han apuntado a la posibilidad de que el keynesianismo militar no sea más que la asistencia encubierta a empresas automovilísticas (fundamentalmente Volkswagen), de maquinaria o electrónica alemanas, abocadas a una necesaria reconversión por la emergencia de nuevos competidores mejor adaptados a las exigencias del mercado.
Señales de cambio: proyectos comunes frente a los fantasmas pasados y los desafíos actuales
Es bastante probable que en el viejo continente sigamos asistiendo a la paulatina toma de poder de fuerzas con rasgos neofascistas, impulsadas por sus discursos de terror y desconfianza hacia el diferente. El auge de estas fuerzas llevará también a un debilitamiento del rol internacional de Europa, en la medida en que éstas plantean el cierre de las fronteras nacionales como solución a muchos de los desafíos planteados.
Hay, sin embargo, algunas señales que invitan a pensar en un cambio de rumbo. La imperante transformación productiva que requiere un esfuerzo inversor y de coordinación muy importantes, la debacle ecológica mundial, la inevitable llegada de migrantes huyendo de la miseria y la guerra o el minúsculo peso demográfico de las viejas potencias europeas… La misma naturaleza y magnitud de muchos de los desafíos actuales puede llevar a los diferentes capitales nacionales a la reflexión de que su propia supervivencia sólo es posible mediante el esfuerzo conjunto de los países en tanto que unión política.
Acabemos recordando una de las principales lecciones que sacamos del COVID. Ante un desafío sin precedentes en la historia moderna de Europa como fue la pandemia, el Consejo Europeo acordó en 2020 el mayor programa de gasto en Europa, los llamados fondos Next Generation, para la resiliencia social y la transformación del tejido productivo del continente. Además, esto se financió dando los primeros pasos hacia la mutualización de la deuda, cruzando así una línea roja marcada repetidamente por los países centrales desde la crisis anterior. Aunque criticable por diferentes razones –su lógica productivista y antiecológica, su menor tamaño comparado con los ambiciosos paquetes de Estados Unidos y de China o la falta de mutualización total de los costes– son una muestra de la capacidad de reacción positiva y de las sinergias que los países pueden desencadenar cuando actúan como una Unión
Este artículo forma parte de Dossieres EsF nº 59: «El desafío existencial de la Unión Europea» correspondiente al otoño 2025



