Inés Gutiérrez Cueli (1)
Universitat Oberta de Catalunya
Durante el pasado boom inmobiliario (1995-2007) se privilegió una forma de hacer ciudad que ha llegado para quedarse. Las tipologías edificatorias de baja densidad, y especialmente los modelos de urbanización, cobraron protagonismo. Además de las viviendas unifamiliares y los adosados, se impulsó el formato de urbanizaciones con servicios al interior. En unos casos, estos edificios salpicaron la ciudad, y en otros, se ubicaron en zonas nuevas, inaugurando barrios enteros.

En Madrid una de las operaciones inmobiliarias paradigmáticas de este modelo fueron los PAU —Programas de Actuación Urbanística—. Un conjunto de trece barrios proyectados en las periferias de la ciudad que comparten un diseño característico: su trama urbana dibuja una cuadrícula de grandes avenidas y urbanizaciones que, abarcando el tamaño de una manzana, están cerradas sobre sí mismas y cuentan con diversos servicios privados.
Este urbanismo se combina con una escasez de equipamientos y servicios públicos y comunitarios, y también de tejido comercial de proximidad, por lo que la vida discurre fundamentalmente entre el coche, la urbanización, el empleo y las actividades familiares.
Sin embargo, los PAU presentan una gran heterogeneidad entre ellos. Tienen distintos grados de finalización y sus principales diferencias sociológicas se tejen sobre la brecha histórica que existe en la capital, entre un noroeste con mayores rentas y un sureste empobrecido. De modo que los nuevos desarrollos reproducen una vez más esta distancia socioeconómica: el origen social de sus habitantes marca no solo distancias en los niveles de renta o de estudios, sino también en las formas de habitar los barrios y sus urbanizaciones.
En Carabanchel, al sur de la ciudad, el nuevo desarrollo se construyó anexo a los viejos barrios de la periferia. Y en la época del boom, muchos jóvenes nacidos durante los años setenta y ochenta en los vecindarios colindantes —los hijos e hijas de la periferia obrera— se mudaron a una urbanización cerrada de la zona residencial. En 2017, en el marco de una investigación etnográfica, me fui a vivir al PAU de Carabanchel para comprender este proceso de cambio residencial, la vida cotidiana en el nuevo vecindario y, sobre todo, las experiencias de clase de este grupo social (Gutiérrez Cueli, 2023).
Mientras estaba enfrascada en el trabajo de campo, los PAU empezaron a recibir atención mediática (Gutiérrez Cueli, 2024, marzo 12). El resultado es que durante los últimos años estos nuevos vecindarios han suscitado mayor interés, colándose en el debate público y político. Tanto es así que la imagen de sus habitantes ha terminado por volverse una caricatura: son representados como víctimas de un estilo de vida individualista, unos valores (neo)liberales o conservadores y encarnan el supuesto aburguesamiento de las clases trabajadoras. Recae entonces sobre ellos y ellas una sombra de culpabilización.
Frente a dichas representaciones —y a sus concepciones esencialistas sobre el espacio urbano y la clase social— me gustaría articular otra propuesta. Lo que está en juego es, en parte, comprender mejor las experiencias subjetivas que se anudan en eso que llamamos “mejorar socialmente”. O, dicho de otro modo, los intentos de las clases trabajadoras por vivir mejor y por dejarles a sus hijos e hijas lo que consideran un mejor futuro. Para ello, me centraré en un aspecto que es relevante: la transformación de las estrategias de reproducción social de las clases trabajadoras en nuestro país y su relación con la vivienda en propiedad. Considero que sobre esa relación problemática se anuda todo un universo de contradicciones subjetivas que es necesario comprender.
Por cuestiones de espacio no puedo extenderme todo lo que me gustaría, así que dejaré apuntadas dos claves que, a modo de rutas o hilos de reflexión, pueden resultar de utilidad para abordar el debate.
Vivienda y estrategias familiares de reproducción social
Durante la burbuja (1995-2007) muchos jóvenes nacidos en los años setenta en los barrios de la periferia obrera de Madrid se endeudaron para adquirir una vivienda en los nuevos barrios residenciales, especialmente en los ubicados al sur de la ciudad. Aunque parezca alejarse demasiado en el tiempo, esta decisión económica y familiar puede enmarcarse en el largo proceso de transformación de la clase trabajadora y de sus vecindarios que discurre en paralelo a la adopción de políticas neoliberales.
Una de las características del proyecto político neoliberal y de su reconstrucción de los nexos entre mercado, Estado y ciudadanía, ha consistido en dinamitar las bases sobre las que se desplegaban los medios de vida de la clase trabajadora —por ejemplo mediante los ataques al salario y la flexibilización del mercado laboral—, destruyendo también las protecciones colectivas y generando una paulatina desresponsabilización del Estado en la provisión de los bienes y servicios básicos para sostener la vida. Como consecuencia de este abandono de la responsabilidad estatal en la reproducción social (2), emerge con fuerza el principio de la responsabilidad individual y la búsqueda de soluciones atomizadas.
Para las economías domésticas, y especialmente para las más vulnerables, la provisión de bienes fundamentales y la búsqueda del bienestar pasan necesariamente por la sumisión al empleo flexible y por estrategias cada vez más centradas en el consumo y el endeudamiento, reforzando con ello el peso del mercado. Se trata, por tanto, de una transformación de los medios y las estrategias familiares de reproducción que emergen, se modifican, adaptan y reinventan al compás de los cambios políticos, económicos y sociales.
El sector inmobiliario, con su inserción como uno de los pilares del sistema productivo, ha jugado un papel central en el proceso de privatización de la reproducción social. En nuestro país las políticas de vivienda desde los años del desarrollismo franquista han promocionado la vivienda libre y en propiedad, haciendo de la tenencia un recurso fundamental para las economías domésticas y fraguando así, década tras década, unas disposiciones sociales propensas a la compra. Esta dinámica se refuerza a medida que avanzan las políticas neoliberales y alcanza su máxima expresión en la burbuja de 1995-2007. Durante ese ciclo el repertorio de políticas financieras e inmobiliarias impulsaron aún más la propiedad como un recurso y un seguro para las familias, utilizando la vivienda como un vector privilegiado para el proceso de financiarización de las economías domésticas (López y Rodríguez, 2010).
Al calor de la misma burbuja se proyectan al sur de Madrid unos nuevos desarrollos que se levantan en las proximidades de las antiguas periferias obreras. Presentan unos rasgos urbanísticos, arquitectónicos y simbólicos muy distintos a los de sus vecindarios cercanos, que recuerdan al urbanismo de los barrios con mayor estatus. Unos productos inmobiliarios que, debido a su localización, precio, características y disponibilidad, se ajustaban a las necesidades de una generación de chicos y chicas de barrio que, despuntando la veintena y recién incorporada al mercado laboral, iniciaba el proceso de compra de una vivienda.
Lo que propongo es que la mudanza al PAU de Carabanchel y la compra de una vivienda en un residencial pueden entenderse como estrategias familiares de reproducción social (Bourdieu 1991 [1979], 2002 [1994]). Me refiero a un conjunto no coherente y diverso de prácticas por medio de las cuales los individuos y las familias tienden a mejorar sus condiciones de vida y su posición social. Pueden conceptualizarse como estrategias prácticas que estos hijos e hijas de la periferia obrera, y sus redes familiares, desarrollan en determinados campos y que son fruto de necesidades, gustos, aspiraciones e intereses que se gestan en contextos sociales particulares.
Se puede argumentar entonces que esa mejora de la calidad de vida, como suele decirse, se define en este contexto en contraposición a ciertos elementos que caracterizan la vida en los barrios de la periferia obrera, como espacios atravesados por la escasez y la precariedad. El ascender socialmente, el vivir mejor, supone una mejora de las condiciones de las que se proviene. En este caso y para este colectivo social, implica mejorar algunos aspectos de la vida en la periferia caracterizada, por lo general, por la mala calidad de las viviendas, su tamaño más pequeño y su deterioro; el aparcamiento escaso cuando las jornadas laborales se dilatan y los trayectos en coche se hacen necesarios; el contar con servicios y equipamientos saturados que han de compartirse con poblaciones de bajos recursos; el habitar espacios donde la violencia estructural hace que los conflictos estallen con más facilidad… Se trata, en cierto modo, de un ejercicio de separación o diferenciación respecto de los colectivos inmediatamente inferiores en el espacio social.
La mudanza a la nueva periferia funciona como un paraguas capaz de aglutinar múltiples estrategias de reproducción en diversos ámbitos de la vida, y puede entenderse como parte de las luchas por la apropiación del espacio (Bourdieu, 1991 [1979]). Si la organización del espacio físico y de los grupos que lo habitan se construye a través de una distribución y un acceso desigual a bienes y servicios; con frecuencia se producen luchas para conseguir mayores posibilidades de apropiarse de los recursos deseados y también para alejarse o acercarse a grupos sociales (in)deseables. Conviene tener en cuenta que la proximidad en el espacio físico permite que la proximidad en el espacio social produzca sus efectos, dando lugar al juego de exclusiones. En algunos casos favorece la acumulación de capital social y el acceso a recursos que son valorados. Y, a la inversa, quienes ya carecen de recursos suelen estar alejados de ellos a través de una dinámica que tiene por efecto el redoblar esa separación.
En este caso, la movilidad en el espacio urbano sería una forma de acceder a determinados bienes y servicios, materiales y simbólicos, que reportan una mejoría en la vida de los sujetos y los grupos familiares. La mudanza al PAU, la compra de una vivienda en un residencial o la escolarización de las hijas y los hijos en determinados centros educativos y no en otros, constituye un conjunto disperso de estrategias para acceder a unas mejores condiciones de vida, a un entramado de relaciones y de bienes.
Contradicciones y dobles vínculos
La segunda cuestión tiene que ver con las experiencias subjetivas de clase. Una de las cosas que más me interesaron fue analizar los significados y las representaciones que los habitantes del PAU elaboraban sobre su propia condición social y la de sus vecinos y vecinas. Aquí encontré unas tomas de posición cambiantes en relación a la periferia obrera y al PAU, y también a sus respectivos imaginarios de clase social. Lejos de presentar una posición fija y una visión estable y estática sobre ambos espacios sociales, nos movemos en el terreno de las ambigüedades y los posicionamientos contradictorios.
El análisis etnográfico arroja en este punto al menos dos evidencias. Primero, aunque entre las vecinas existan diferentes puntos de vista en lo que a la percepción sobre la condición social de los habitantes del PAU se refiere, estos discursos tienen algunos elementos en común: emplean la comparación entre barrios como una forma de nombrar y medir realidades de clase social, y sitúan el tipo de vivienda y el lugar donde se ubica como el epicentro del mejorar o el ascender socialmente —donde el término “clase media” se repite con frecuencia—. Es decir, las estrategias discursivas y las referencias que se usan para nombrar las distancias de clase social reposan sobre la importancia de la vivienda, su lugar de emplazamiento y el acceso que ofrece a determinados servicios que en este caso son privados.
Esto nos muestra la importancia que se le otorga a la vivienda y al barrio en la percepción y autopercepción de la condición social. Algo que, una vez más, pone de relieve la centralidad que ocupan las estrategias residenciales en el conjunto de estrategias familiares de reproducción. Y repito: la organización del espacio físico se construye a través de una distribución y un acceso desigual a bienes y servicios, y por tanto a través también de agentes y grupos que, localizados en el territorio, cuentan con más o menos opciones de apropiación de esos recursos materiales y simbólicos. De ahí que la posición en el espacio físico y la posición en el espacio social se encuentren tan unidas y que, en el caso de estos sujetos de clase trabajadora, se produzcan continuas tensiones en torno a dicha relación.
Esto nos lleva a la segunda cuestión. El carácter ambivalente de las estrategias familiares emerge justamente tanto de esa tensión entre la posición en el espacio urbano y la posición en el espacio social, como de los diversos vínculos y afectos que estos vecinos y vecinas tejen con las dos periferias. Es decir, sus prácticas sociales están atravesadas por una doble vinculación (Bateson, 1991 [1972)] entre dos espacios físicos y sociales: el barrio de la periferia obrera como su contexto de origen y la periferia neoliberal del PAU como su espacio de vida. Estos sujetos se encuentran inmersos en un entramado de relaciones y lealtades múltiples que los vincula y conecta con ambos lugares y que involucra valencias contradictorias o en tensión (Elias, 2008 [1970]).
Se trata de un compromiso afectivo con dos mundos sociales que da lugar a un despliegue de tomas de posición y disposiciones de clase de naturaleza ambigua y cambiante. Por un lado, el barrio obrero del que se proviene es el epicentro de la red familiar y de muchas amistades. Como decían las vecinas cuando me hablaban de su mudanza: el PAU era casi una forma de “quedarse en el barrio”. En él se encuentran los espacios vividos y el contexto general en el que se socializó durante la infancia y la adolescencia y con el que todavía se mantienen vínculos afectivos y económicos.
Allí se ubican los pequeños comercios y algunos servicios municipales que se valoran mucho y a los que se continúa acudiendo. Pero a la par son barrios donde las condiciones de vida suelen ser más precarias y habitan la estigmatización y los “problemas sociales”. Por eso las vecinas del PAU coinciden en describirlos como entornos que han cambiado, se han “afeado” y “han empeorado por la migración”. Consideran que se han deteriorado con el envejecimiento de sus primeros pobladores y la llegada de habitantes de la migración internacional, y que se han tornado más conflictivos y sucios. En sus discursos se activa también una idealización del pasado del barrio obrero, el barrio de su infancia y adolescencia, que se evoca como un vecindario con vínculos sociales más fuertes, con mayor vitalidad, más armónico y homogéneo socialmente.
Por otro lado, la mudanza al PAU supone la inscripción en el espacio físico de una mejora en las condiciones de vida que, para este grupo social, como ya he mostrado, se define en contraposición a ciertos elementos simbólicos y materiales que atraviesan la vida en la periferia obrera. Allí los servicios y equipamientos, desfinanciados y saturados, han de compartirse con población estigmatizada y de bajos recursos. Las viviendas suelen ser más pequeñas, antiguas y deterioradas. Y la propia arquitectura de los edificios, junto con el diseño urbano, generan espacios cotidianos de mayor proximidad física y menor privacidad. Mientras las economías domésticas y las vidas navegan al límite y a veces los conflictos estallan. Frente a esto, el PAU ofrece la oportunidad de vivir en un entorno tranquilo y en un piso de nueva construcción, más grande y luminoso, con mejores calidades constructivas, y situado en una urbanización cerrada. Esto implica disponer de cómodos servicios privados al tiempo que se ejerce un control sobre los grupos y colectivos con los que se socializa.
Sin embargo, muchas vecinas coinciden en señalar la falta de espacios públicos como lugares de encuentro en el PAU y se quejan del aislamiento al interior de los residenciales, reavivando así querencias del viejo barrio obrero.
Lejos de tomar estas contradicciones como errores o faltas en los sujetos que sería necesario despejar, quiero mostrar que dichas inconsistencias son, en realidad, oportunidades de indagación: dan cuenta de la multiplicidad de vínculos socio-afectivos que interpelan a estas hijas de la periferia obrera y de la complejidad de las afecciones que las solicitan (Pazos, 2004). En muchas ocasiones los barrios obreros y algunos de sus pobladores son objeto de crítica o de queja por parte de los habitantes del PAU. Una de las tentaciones que existen al encontrarse con estos juicios es tomarlos como una suerte de ruptura total con el lugar de origen. Como si dichas críticas o malestares revelasen la forja de una nueva identidad fuerte y estable, definida en oposición al universo social de la periferia. Lo que quiero mostrar, justamente, es que no estamos ante la sustitución de un espacio por otro, de una identidad por otra, y que antes bien, lo relevante se abre camino en ese universo de múltiples vinculaciones.
Un nudo de contradicciones subjetivas
Me gustaría cerrar con una doble reflexión. Si los habitantes de los nuevos ensanches con frecuencia son representados como víctimas del aburguesamiento y los valores capitalistas del consumo, mi etnografía en el PAU de Carabanchel aporta un análisis alternativo
Primero, he tratado de situar las prácticas económicas, residenciales y familiares involucradas en la mudanza al PAU en un contexto de políticas urbanas neoliberales, donde los grupos familiares tejen sus estrategias de reproducción social para mejorar sus condiciones de vida y su posición. Y segundo, muestro que las estrategias de reproducción social se despliegan dando lugar a experiencias subjetivas de clase sumamente contradictorias. Son experiencias que escapan a toda lógica de exclusividad o de identidad fuerte de clase —como una adhesión sin fisuras a la clase obrera o la clase media— para abrazar la yuxtaposición, las ambigüedades y los deslizamientos. Se pone así de relieve una tensión entre los vínculos y afectos que establecen con las dos periferias: el barrio obrero y el nuevo vecindario residencial. Un compromiso afectivo con dos mundos sociales que los sitúa en el universo de la contradicción sociológica y subjetiva.
Si afrontamos los debates sobre el deseo de mejorar socialmente eludiendo ambas cuestiones, corremos el inmenso riesgo de olvidar aquello que se sitúa en el corazón mismo de la cosa. Es la contradicción subjetiva que reposa sobre una de las grandes contradicciones sociales de nuestro tiempo: el proceso de transformación de la clase trabajadora contemporánea y de sus medios de reproducción. Aquí se aloja todo un nudo de ambigüedades y prescripciones paradójicas. .. .
(1) Inés Gutiérrez Cueli.- Doctora en Antropología Social. Profesora en los Estudios de Economía y Empresa, Universitat Oberta de Catalunya
(2) La reproducción social, en su dimensión conceptual más amplia, hace referencia al modo en cómo se reproduce una sociedad en su conjunto. Pero a efectos de este trabajo me situaré en una concepción más acotada: aquella que fija la mirada en las tareas, trabajos y medios que hacen posible el mantenimiento y la reproducción de la vida. Algo que involucra un abanico sumamente heterogéneo de fenómenos como actividades de aprovisionamiento, atención, educativas, emocionales, afectivas, de socialización, etc. Dentro de este marco me detendré específicamente en las estrategias de reproducción social que despliegan los sujetos y los grupos familiares para mejorar sus condiciones de vida y su posición social.
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Este artículo forma parte de Dossieres EsF nº 55: «Derecho a la vivienda y a la ciudad: un panorama», correspondiente al Otoño 2024



