La banca que nos queda

Por Beatriz Fernández Olit. Publicado en Zona Crítica (www.eldiario.es)  el 10/09/2013

– La autora se hace algunas cuestiones sobre el sistema financiero a raíz de la crisis y nacionalización de varias entidades. «¿Tenemos que renunciar al más puro concepto de banca social, creado para eliminar barreras y facilitar que los proyectos de las personas y comunidades con menos recursos salgan adelante?» – «¿No se deberían aprender lecciones de las dos pequeñas cajas, que precisamente por no haber querido crecer -no haber aceptado el modelo ‘cuanto más grande, mejor’- son las únicas que siguen operando financieramente en España?»
La falta de aplicación de la banca nacionalizada a uso público suscita dudas
El pasado 2 de septiembre el Banco de España publicaba una nota informando de que la banca española había recibido 61.366 millones de euros en ayudas desde mayo de 2009. Y hace ya unos meses se estimaba desde Europa que al menos 37.000 de estos millones serían irrecuperables para la ciudadanía española, que los ha aportado a cambio de importantes renuncias sociales. Al revisar la lista de entidades que han recibido dichas ayudas, me he encontrado, obviamente con poca sorpresa, el rosario formado por muchas de las cajas de ahorros que durante la última década han desplegado su actividad en los barrios y pueblos españoles. En esta -a su manera- lista negra se incluyen además dos bancos de pequeño tamaño, pertenecientes a grupos empresariales de cajas también listadas. Y nada más.
Como decía, esto en sí no es sorprendente, ya lo conocíamos todos, pero merece la pena un poco de reflexión. Es decir, los grandes bancos españoles -S.A.- no están, como ya sabíamos. Pero tampoco las cooperativas de crédito, las hermanas pequeñas y muchas veces olvidadas del sistema bancario español. Y como conclusión -bien difundida- es que el modelo de cajas de ahorro ha fallado y no ha sabido adaptarse a los tiempos. La politización debida a su carácter semi-público, el conflicto de intereses y la corrupción y la excesiva exposición al riesgo inmobiliario han sido los principales culpables, al menos en la arena mediática. El modelo queda pues obsoleto y públicamente denostado. O sea, tras muchos años de fomento de la inclusión financiera, ¿las cajas eran las malas?
Así, parece que los referentes a seguir son pocos y, aun reconociendo sus imperfecciones, la gran banca privada -esa de la maximización del binomio rentabilidad/riesgo a toda costa- es la que se prefigura como la solución (más que nada porque de los pequeños poco se habla y el común de los mortales no ha creado criterio). Sus potentes maquinarias de comunicación han contribuido a ello y sus recuperaciones en índices bursátiles y ratings internacionales aparecen constantemente en la prensa tanto económica como generalista. Hablamos de solvencia, capacidad de generación de beneficios -y aunque éstos se reduzcan, nunca pérdidas-, capacidad de recuperación: el paradigma del too big to fail, que en EEUU cayó junto con Lehman Brothers, en España no ha sufrido menoscabo. De hecho, fue la receta que se planteó en un primer estadio de la crisis para salvar a las cajas de ahorro: uníos, ‘bancarizaos’ y sobreviviréis. No ha sido exactamente así, y no ha servido para librarse de las ‘ayudas’ del FROB en unos casos, ni para evitar ser comidos por La Caixa en otros. Pero he aquí el mejor ejemplo de éxito durante la tormenta: la caja que consiguió reconvertirse en gran banco a tiempo. De hecho, parece que su fagocitación de entidades ‘rescatadas’, Banca Cívica y Banco de Valencia, adquirido por La Caixa al FROB por el módico precio de 1 euro, le han sentado muy bien y le han permitido quintuplicar sus beneficios del primer semestre de 2013 respecto a los de 2012.
Y digo yo -como se preguntan muchas personas en este país-: ¿por qué los activos de Banco de Valencia, al parecer tan beneficiosos para La Caixa, no podían haber generado ese mismo beneficio -o algo menos, con tal de superar el euro que pagó La Caixa- a la ciudadanía española, operando quizá como un banco público? ¿No existía ninguna otra fórmula de recuperar algo más de los 5.498 millones de euros públicos invertidos en su rescate? Curioso, y más cuando un estudio de Allianz Global Investments publicado en agosto ofrece ejemplos de rescates de bancos que han resultado rentables para el sector público en EEUU y el Reino Unido.
Pero la banca pública no está de moda -moda neoliberal, se entiende-, así que volvamos a los grandes bancos privados: ¿qué tal en sostenibilidad? Bien, por supuesto. La gran banca es la que se ve incluida en las reputadas ‘listas blancas’ en el FTSE4Good y en el Dow Jones Sustainability. También son los firmantes e impulsores de todo tipo de iniciativas: la protección de los derechos humanos y ambientales a través de los Principios de Ecuador, los principios anti corrupción y blanqueo de capitales del Grupo Wolfsberg -por cierto, Wolfsberg significa en alemán ‘monte de lobos- o el compromiso con las -supuestas- finanzas sostenibles de la UNEP Finance Initiative. Sus departamentos de RSC, sus compromisos y políticas -sobre el papel cada vez más completas-, sus flamantes memorias… Así, es normal que muchos análisis concluyan que los bancos más grandes entre los grandes son los líderes en responsabilidad social… De nuevo el too big to fail. Y se cierra el círculo de argumentos para que aceptemos solapadamente que es el mejor modelo para el futuro de nuestro sector bancario.

Las listas negras de sostenibilidad

Pero también existen listas negras en sostenibilidad, mucho menos conocidas que las blancas. Son las que publica, por ejemplo, Banktrack, red internacional de entidades sociales especialistas en la vigilancia del sector financiero. En estas listas negras encontramos a los mismos grandes bancos -alguna gran caja también-. Es lógico: son las grandes entidades las que financian las grandes instalaciones industriales, armamentísticas o de infraestructura, aquéllas con mayor riesgo e impactos ambientales y en las comunidades. La aplicación de los estándares internacionales tipo Pacto Mundial o Principios de Ecuador en estos casos resulta, cuanto más, tibia.
Y en conclusión, ¿éste es el mejor modelo? ¿Y las alternativas? Y no me refiero sólo a la coherente, pero hasta ahora minoritaria, banca ética. ¿Tenemos que renunciar al más puro concepto de banca social, creado para eliminar barreras y facilitar que los proyectos de las personas y comunidades con menos recursos salgan adelante? ¿No se deberían aprender lecciones de las dos pequeñas cajas, que precisamente por no haber querido crecer -no haber aceptado el modelo ‘cuanto más grande, mejor’- son las únicas que siguen operando financieramente en España? ¿Y de las cooperativas de crédito, que han sabido mantener el vínculo con su territorio -la realidad, las personas, las pymes-, y, pese a su tamaño -no es país para pequeños-, han podido capear el temporal? ¿Y la posibilidad de tener bancos públicos, bancos de todos los ciudadanos? ¿No sería más lógico tener un sistema financiero que dejase espacio a la banca social, entendida de todas estas maneras, que poco a poco vaya compartiendo principios con la banca ética? No es tan moderna, no tiene capacidad para firmar tantos compromisos ni de estar en todos los saraos del ámbito financiero de la RSC, pero le hace menos falta… A día de hoy, ser cliente de la banca social se convierte, casi, en una cuestión de activismo.
 

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