La casa que soñamos: voces para una vida compartida

La tarde del viernes 3 de octubre era luminosa como suelen ser las de octubre en Sevilla, y en una de las salas del Congreso de Economía Feminista se celebraba el taller “Pensar en la vivienda comunitaria desde una perspectiva de género”, en el que participaba Economistas sin Fronteras. Tras la exposición un grupo de mujeres empezó a hablar de casas, pero no de ladrillos ni hipotecas, sino de cómo queremos vivir. Enseguida la conversación se convirtió en algo más grande: una reflexión sobre la vida misma.

«¿Qué tipo de casa queremos habitar?”, preguntó una voz. El silencio que siguió fue breve, apenas un respiro antes de que se desataran las ideas. Hablar de vivienda, allí, no era hablar de metros cuadrados ni de rentas, sino de afectos, cuidados y desigualdades. Era hablar de poder.

 

La casa fue nuestro lugar y nuestra jaula

Alguien recordó que la vivienda siempre ha sido un espacio atravesado por el patriarcado. “La casa fue nuestro lugar, pero también nuestra jaula”, dijo otra. Durante siglos, las mujeres fueron confinadas al espacio privado, mientras los hombres ocupaban el público. Esa división, aunque más sutil, sigue presente.

Las mujeres mayores, las que viven solas o las que crían sin pareja lo saben bien: el acceso a una vivienda digna sigue siendo una carrera cuesta arriba. En el congreso se compartieron datos y experiencias que lo confirman: los alquileres suben, las pensiones son insuficientes, y la soledad se multiplica. Pero también surgieron propuestas, resistencias, alternativas.


Urbanismo desde la vida cotidiana

“Hay que dejar de pensar la ciudad como un negocio y empezar a pensarla como un lugar para vivir”, dijo una urbanista. En esa frase se resumía el espíritu del encuentro: poner la vida en el centro. Un urbanismo feminista no se mide por el valor del suelo, sino por la calidad de los vínculos.

Se habló de vulnerabilidad residencial, de informes pioneros en Cataluña y Euskadi, de barrios pensados para los coches y no para los cuerpos. Pero, sobre todo, se habló de lo que falta: espacios donde encontrarse, donde cuidar y ser cuidado.


La vivienda comunitaria: entre el deseo y la práctica

El tema que más pasión despertó fue el de las viviendas comunitarias. Al principio, alguien preguntó si alguna había vivido en una. Solo dos manos se alzaron. “Lo he soñado muchas veces, pero nunca lo he vivido”, confesó otra.

Francesca Bianchi ofreció una definición que muchas anotaron: “una modalidad que añade servicios y espacios comunes al espacio privado, una opción atractiva para quienes no quieren ni pueden vivir solas”. La idea caló hondo.

Se compartieron ejemplos: una comunidad intergeneracional en Cataluña, otra en la Sierra de Madrid con huerto colectivo, una cooperativa sénior en Menorca. Todas diferentes, todas con el mismo hilo conductor: vivir con sentido y no por obligación.


“El coliving no es comunidad”

Hubo también críticas. Se habló del auge del “coliving” como nueva fórmula de negocio, con habitaciones minúsculas y precios desorbitados. “Eso no es comunidad —dijo una participante—, eso es precariedad compartida”.

Las viviendas comunitarias feministas, explicaron, son otra cosa: proyectos donde la gobernanza es horizontal, los gastos se reparten con justicia y las decisiones se toman juntas. Espacios con lavanderías comunes, talleres, salas para visitas y comedores colectivos. Donde la crianza o la vejez se piensan de manera compartida. Donde nadie sobra.


Los retos de convivir

No faltaron las dudas. “¿Qué pasa cuando alguien quiere marcharse?”, preguntó una mujer. Otra respondió: “En nuestro proyecto, la cooperativa es la propietaria. No hay propiedad privada, así que puedes irte cuando quieras. Eso también es libertad”.

Se habló de las entradas y salidas, de los conflictos, de los ritmos de cada una. De cómo sostener económicamente los proyectos sin caer en la exclusión. De cómo evitar que sean solo para clases medias con cierto capital inicial. “Nos falta el apoyo del Estado”, coincidieron muchas.

Aun así, las historias que se contaban desprendían entusiasmo. Algunas mujeres habían pasado años construyendo sus proyectos, creando asociaciones previas a la cooperativa, tejiendo vínculos, aprendiendo a convivir. “Esto va despacio, pero avanza”, sonreía una.


Intergeneracionalidad y cuidados

Uno de los momentos más emocionantes llegó cuando se habló de los proyectos intergeneracionales. “Lo más bonito —contaba Irati— es ver cómo las personas mayores y jóvenes se acompañan. Hay conflictos, claro, pero también mucha riqueza”. En algunas comunidades, incluso los niños tienen su asamblea propia. “Romper el adultismo también es feminismo”, comentó alguien, y varias cabezas asintieron.

Los cuidados fueron otro eje clave. ¿Hasta dónde puede llegar la autogestión? ¿Qué corresponde al Estado? Se coincidió en que las comunidades pueden aliviar el aislamiento y ofrecer apoyo mutuo, pero que los servicios públicos deben seguir garantizando derechos. “No queremos sustituir al Estado, sino inspirarlo”, dijo una voz al fondo.


Tierra finita, sueños expansivos

Hacia el final del encuentro, alguien lanzó una idea que hizo murmurar a toda la sala: “La tierra es finita. Lo que hay que hacer es expropiar edificios vacíos y darles un uso comunitario”. Las sonrisas se mezclaron con aplausos tímidos. Quizá utopía, quizá plan de acción.

Se habló de sostenibilidad, de energía solar, de huertos compartidos, de la importancia de abrir los proyectos al entorno. “La comunidad no termina en las paredes”, recordó una de las ponentes. “Empieza cuando miramos al barrio y decimos: queremos vivir aquí, juntas”.


Tejer comunidad

Cuando la sesión se cerró, nadie tenía prisa por marcharse. Varias mujeres siguieron conversando en los pasillos, otras intercambiaban contactos o direcciones de cooperativas. Había algo cálido en el ambiente, como si una semilla acabara de ser plantada.

El feminismo, se dijo, lleva décadas cuestionando el trabajo, el consumo, el poder. Ahora le toca cuestionar la forma en que habitamos. Porque el modo en que vivimos —solas, acompañadas, aisladas o en comunidad— dice mucho de la sociedad que estamos construyendo.

“Tejer comunidad”, repitió alguien mientras guardaba su cuaderno. Y esa frase quedó flotando en el aire. Quizá, después de todo, el hogar feminista no sea un lugar, sino un proceso: el de aprender a vivir juntas, cuidarnos y construir, día a día, una vida que merezca la pena ser vivida

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.