29 mayo, 2018
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La gran crisis de los sistemas centralizados

Por Alberto Alonso de la Fuente

Artículo publicado en eldiario.es, 29 de abril, 2018

¿No tiene la sensación de que en los últimos años las personas ni creen ni confían en lo colectivo? La crisis ha hecho estragos en los pilares sociales, una crisis financiera que, como un virus, comenzó a expandirse desde lo financiero a lo económico, de lo económico a lo político, y de lo político a lo social. Y dentro de este nuevo escenario de descrédito de las instituciones así como de prácticamente cualquier tipo de organización y herramienta de lo social -sindicatos, ONGs, etc.-, han surgido respuestas paradójicas por parte de las sociedades occidentales: la elección de Trump, la salida de Reino Unido de la UE o el auge de la extrema derecha -ya gobernando países centroeuropeos- a lo largo y ancho del viejo continente. Vistos estos resultados, increíble pero cierto es que la derecha ha sabido articular una respuesta rápida y efectiva sobre las ruinas que dejó la crisis, así como tomar la iniciativa con un discurso que, nos parezca acertado o no, está movilizando el voto de gran parte de nuestras sociedades ante la atónita mirada de la izquierda.

¡Ah! ¡La izquierda! La crisis financiera te dio la razón tras tantas décadas de protesta contra los fundamentos del sistema económico vigente, pero ¿por qué no estás recogiendo esos frutos hoy? ¿Quién se ha llevado tu queso? La crisis actual en la izquierda es un hecho a nivel global. En primer lugar, existe una ausencia de referentes teóricos y académicos que pasen del mero diagnóstico a formular marcos metodológicos que puedan tener eco en la política real. En segundo, hay una preocupante carencia de casos reales de éxito-país que den razones y motivación a las sociedades para creer que sus propuestas son positivas, pero sobre todo realistas. En los últimos años, aquellos gobiernos de izquierda que se han posicionado como estos casos de éxito -la Uruguay de Múgica o el Brasil de Lula, principalmente- tienen poco o ningún eco en Europa por la lejanía de sus realidades con las sociedades y problemas europeos, muy diferentes. Y, además, durante sus gobiernos ambos presidentes firmaron un pacto tácito de no injerencia con el sistema económico liberal, sin siquiera plantear alternativas o avanzar hacia otros modelos económicos más justos. En resumen, sin referentes teóricos ilusionantes ni ejemplos reales de una alternativa exitosa, comienza a ser frustrante ver a la izquierda manteniendo discusiones de los retos del siglo XXI con argumentos del siglo XX, rechazando ya casi de manera patológica cualquier novedad social o tecnológica, añorando un pasado al que ya parece imposible volver desde el punto en el que el mundo nos ha colocado.

Así, no sorprende ver a tres premios Nobel de Economía, Stiglitz, Krugman y Shiller, magistrales referentes económicos de la izquierda, posicionarse contra el Bitcoin, criticando sus efectos adversos en vez de, quizás, enfocarse en sus posibilidades. Y es que a mi juicio lo que propone el Bitcoin no es una manera de especular o vía para delinquir, sino un nuevo paradigma económico en toda regla sobre el que bien merece la pena, al menos, reflexionar y debatir. Y esto es así porque Bitcoin, la primera criptodivisa de la historia, tiene en su génesis una característica fundamental: es un sistema descentralizado, concretamente distribuido, todo un terremoto sobre el sistema económico actual profundamente centralizado, que es mucho más abrupto de lo que a simple vista se puede apreciar en los titulares de las revistas y blogs de tecnología. Porque si como veíamos al principio, existe actualmente un déficit tan fuerte de confianza sobre cualquier organización de lo social e institucional, quizás la crisis no sea sólo económica, política y social, sino mucho más profunda, una crisis sobre la manera misma en la que entendemos cualquier organización: la crisis de los sistemas centralizados.

Y Bitcoin es la “acción-reacción” y a la vez una apuesta de cambio de paradigma. Es la primera divisa que funciona de manera autónoma y descentralizada gracias a la tecnología Blockchain, creada por el desconocido Satoshi Nakamoto, que permite mantener un registro global y abierto, que funciona por consenso en su escritura, aceptando transacciones e inscribiéndolas en ese registro único que sin embargo se encuentra replicado por millones, en los ordenadores de toda persona que desee descargarlo y forme así parte de la red. La norma de consenso para introducir nueva escritura en el registro es simple, una transacción se da por válida si el 51% de la red la acepta tras contrastar su coherencia con la copia propia que posee: en ese registro consta la cantidad total de Bitcoins existente, el reparto de los mismos entre todos los usuarios, y todas las transacciones entre ellos desde la primera de la historia de la red, allá en 2009. Todas estas características hacen que sea hoy en día uno de los sistemas más seguros que existen respecto al almacenamiento de información y fiabilidad del registro contable. Es al fin y al cabo un circuito cerrado. Si yo lanzase una transacción falsa -con Bitcoins que no tengo, por ejemplo- para que fuera aprobada, tendría millones de ordenadores que, con esos datos disponibles en su propio registro, la rechazarían. Así, la red Blockchain de Bitcoin se ha convertido en uno de los pocos sistemas tecnológicos que no ha conseguido ser hackeado hasta la fecha. Pero la verdadera genialidad reside en que todo esto se hace de manera descentralizada: no hay ningún validador designado, ningún intermediario necesario, es el propio sistema el que, en la forma en que fue concebido, lo hace posible de manera natural.

Asimismo, Bitcoin plantea también muchos problemas que no podemos ignorar. Para empezar, aunque las transacciones sean transparentes, los usuarios no. Un usuario es un número de serie y por lo tanto anónimo. Esta característica ha dado lugar a que Bitcoin se haya usado para negocios al margen de la ley, y es inevitable pensar en ella como una herramienta útil si se pretende evadir impuestos. Además, a finales del año pasado se desató la fiebre del oro, generando una burbuja en torno al uso de la criptodivisa como valor especulativo que ocupó gran parte de las portadas mundiales al sobrepasar incluso los 20.000 dólares por unidad. En materia medioambiental los problemas no son menores, se calcula que hoy en día este sistema descentralizado consume la misma energía que toda Irlanda. Esto es así porque el algoritmo que determina qué usuario –“minero”– es el que finalmente registra un paquete de transacciones en la blockchain –paquete llamado bloque, de ahí “cadena de bloques” o Blockchain en inglés–, es tremendamente ineficiente. Se diseñó en origen pensando más en la seguridad de la red que en su escalabilidad, por eso el algoritmo está basado en reglas competitivas: registra –“mina”– el que resuelve primero un problema matemático y recibe por ello un premio en criptodivisa de nuevo cuño. Esta competición permite mantener la red activa y genera asimismo un canal para la emisión de nueva moneda, pero también exige mucha potencia energética que, además, para mayor falla, es desperdiciada puesto que millones de ordenadores compiten a toda máquina para que sea sólo uno el que registre finalmente el bloque.

De todos modos, muchos de estos problemas son más bien a causa del estado incipiente de la tecnología que por una fisionomía originaria errónea. Con su potencialidad, juzgar el sistema por estos problemas sería como juzgar internet en base al módem de 56k que nos conectaba tras aquellos desconcertantes ruidos. Hoy en día y gracias al interés que se ha generado en torno a Blockchain como aplicación, se han desarrollado nuevas soluciones con protocolos, algoritmos y registros de identidad increíblemente eficaces y avanzados, que hacen que veamos Bitcoin, tan sólo 9 años después de su creación, casi como una reliquia del pasado. Asimismo, las criptodivisas ya posibilitan, entre otras muchas aplicaciones, que los inmigrantes envíen remesas a países en desarrollo sin soportar las comisiones que en muchos casos van del 10% al 30%, o que los fondos de emergencia de las ONG circulen a los países que han sufrido catástrofes en cuestión de minutos y con total trazabilidad para asegurar su correcto uso. También han surgido criptodivisas como Faircoin, que apuestan, por la manera en la que están programadas –su algoritmo no es competitivo (PoW) como el de Bitcoin, sino cooperativo (PoC)–, por convertirse en una herramienta clave para el fomento e impulso de la economía social y solidaria, posibilitando una alternativa real al sistema económico actual sin tener que aislarse en una cabaña en las montañas.

Y pese a estos avances, es legítimo preguntarse sobre los principios económicos tras las criptodivisas. ¿De dónde emana su valor sino hay bancos centrales, ni existen reguladores? Tras el abandono del patrón oro por parte de la comunidad internacional tras la II Guerra Mundial y, finalmente, por parte de la Reserva Federal de EEUU en 1971, ya no existen reservas materiales que respalden las divisas como el dólar o el euro. Es precisamente la confianza de sus poseedores las que les otorgan el valor que tienen. ¿Les suena? Sin saberlo, en aquel momento las instituciones económicas mundiales abrieron el camino hacia las criptodivisas, que ahora, a diferencia de hace tan sólo 10 años, cuentan ya con una tecnología que las posibilita, que hace que funcionen de manera autónoma y, sí, también imparable, puesto que, aunque incluso algún día se prohíba su uso, el propio sistema y la ausencia de entidades centrales hará que todo siga funcionando, al menos hasta que sean los propios usuarios los que decidan lo contrario. Es, de hecho, la revolución de la descentralización.

¿Quién ostenta el poder económico real hoy en día? ¿Cómo lo maneja y con qué fines? ¿Es transparente? ¿Es el dólar una moneda libre de usos como la compra ilegal de armas o de drogas? ¿Los bancos centrales manejan los tipos en base al propósito escrito en su Constitución o son decisiones con injerencias del ejecutivo y las corporaciones multinacionales? ¿Cuál es la tendencia del sistema económico mundial en las últimas décadas y hacia dónde nos está llevando en materia medioambiental y social? Dejo al lector reflexionar sobre las respuestas acerca de este sistema económico centralizado en el que vivimos. Pero patente es que el sistema actual no ha sido capaz de conseguir que la economía esté al servicio de las personas. Más bien es al revés. La Europa del Estado de Bienestar de postguerra es el ejemplo contemporáneo que más cerca ha estado de equilibrar a las personas y la economía y, quizás por esa misma razón, la izquierda sigue enamorada de aquellos años en los que los progresos sociales fueron tanto increíbles como irrenunciables. Pero, seguramente, la solución a mis preguntas no esté ya en regresar allí desde aquí, imposible en términos históricos y geopolíticos, sino en mirar hacia delante. Y esto, además, es una cuestión de actitud, puesto que las nuevas posibilidades han llegado, están aquí, y el asunto no es ya si nos gustan o no, sino cómo vamos disputar su uso para que éstas terminen siendo parte de la solución que mejore la vida de las personas.

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