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Economistas sin Fronteras estuvo presente en el primer Encuentro Territorial del proceso que conducirá al VI Congreso de Educación para la Transformación Social de 2027. Fue impulsado por Hegoa junto con diversos colectivos sociales, ONGD y Coordinadoras de ONGD de distintos territorios del Estado español tenía por objetivo generar nuevos marcos de análisis.
¿Qué universidad necesitamos? ¿Una que se limite a formar profesionales y otorgar títulos o una que además, ayude a comprender los problemas de nuestro tiempo y participe activamente en la búsqueda de soluciones?.

Con preguntas como estas arrancó el pasado 18 de septiembre en Sarriko, Bilbao, dicho encuentro bajo eo título “Universidad crítica y transformadora. Pensar, disputar y construir la Universidad que necesitamos”, celebrado en el Salón de Grados de la EHU. Más de cien personas se habían inscrito a esta jornada concebida no tanto como un congreso académico al uso, sino como un espacio para conversar, debatir y construir propuestas colectivamente.
Por parte de Economistas sin Fronteras (EsF) acudió nuestra compañera Patricia Solaun, que participó durante la mañana y recogió algunas de las cuestiones que más le llamaron su atención. Sus notas dejan una sensación bastante clara: hablar de una universidad transformadora obliga a hablar no solo de lo que se enseña en las aulas, sino también de quién puede acceder a ellas, quién participa en la vida universitaria, qué conocimientos consideramos valiosos y qué relación mantiene la universidad con la sociedad que la rodea
Una parada dentro de un viaje más largo
La cita de Bilbao no era un encuentro aislado. Era la primera parada de un proceso que continuará durante los próximos meses y que desembocará en el VI Congreso de Educación para la Transformación Social, previsto en Vitoria-Gasteiz los días 25, 26 y 27 de noviembre de 2027.
Antes llegarán otros encuentros territoriales dedicados a la agroecología y la soberanía alimentaria, la defensa de los servicios públicos y la memoria histórica, además de tres encuentros internacionales en línea centrados en epistemologías críticas. La intención es que las experiencias e ideas recogidas durante este recorrido vayan alimentando el Congreso. De alguna manera, por tanto, el Congreso de 2027 ya ha empezado.
Y lo hizo en Bilbao planteando una cuestión de fondo: qué papel queremos que tenga la universidad en una sociedad atravesada por desigualdades, crisis ambientales, conflictos y profundos cambios tecnológicos y sociales
Una universidad que no viva de espaldas a lo que ocurre fuera
La primera parte de la mañana puso sobre la mesa precisamente ese contexto. En el conversatorio participaron Inma Cabello, de Mujeres en Zona de Conflicto; Juan José Celorio, con una larga trayectoria docente y en Educación para la Transformación Social; y Alejandra Boni, profesora de la Universitat Politècnica de València y vinculada durante años a Ingeniería Sin Fronteras.
Una de las ideas que Patricia es la preocupación expresada durante la mesa por el avance de discursos reaccionarios y de odio y por la manera en que estos llegan también a los espacios educativos. Frente a ello, Inma Cabello reivindicó algo aparentemente sencillo pero fundamental: recuperar la capacidad de imaginar alternativas, fomentar el pensamiento crítico y preguntarnos por las relaciones de poder que existen detrás de los problemas sociales. También defendió la necesidad de crear más espacios de diálogo entre generaciones y de acercarse a las preocupaciones y formas de comunicarse de la juventud sin miradas paternalistas.
Para Patricia hubo dos propuestas especialmente interesantes y muy concretas. La primera, conocer y utilizar mejor la propia normativa educativa que protege principios como la igualdad de trato y de oportunidades. La segunda, recuperar con fuerza una cultura de paz capaz de hacer frente a los discursos de odio y de devolver al centro valores como la convivencia, la solidaridad y la empatía.
No todo el debate miró, sin embargo, a los problemas que ya conocemos. También hubo espacio para preguntarse por los que están llegando. La inteligencia artificial y la robótica, por ejemplo, aparecieron como un desafío que obligará a repensar qué y para qué enseñamos. La cuestión no sería únicamente aprender a utilizar nuevas herramientas, sino formar personas capaces de comprender sus consecuencias, deliberar sobre ellas y tomar decisiones con criterios sociales y éticos.
Cuando la EHU se mira al espejo
La segunda mesa llevaba un título muy gráfico: “Euskal Herriko Unibertsitatea ante el espejo: identidades, contradicciones y transformación social”. En ella participaron Ixone Fernández de Labastida, vicerrectora del Campus de Álava; Margaret Bullen, directora para la Igualdad de la EHU; Iñigo Ugedo, del Consejo de Estudiantes; y Peio Enbeita, de Ikama, con Amaia Eiguren como facilitadora. Y mirarse al espejo significó hablar también de las contradicciones.
Una de ellas tiene que ver con la participación. Durante el encuentro se habló de la necesidad de entender que el alumnado no es simplemente el destinatario de las clases, sino una parte fundamental de la comunidad universitaria. Al mismo tiempo, apareció la preocupación por una cierta pérdida de participación y por la dificultad para mantener espacios colectivos dentro de la universidad.
Patricia recogió una expresión especialmente sugerente: la “atomización” de los espacios colectivos. Cada persona estudia, trabaja, investiga o construye su currículo, pero resulta más difícil encontrar lugares y tiempos para encontrarse con otras personas y construir comunidad. Algo que, como se señaló durante la mesa, recuerda a procesos que también estamos viendo en el mundo laboral.
Y aquí apareció una pregunta que va mucho más allá de la organización de las clases: ¿queremos una universidad a la que se va, se asiste a clase y se vuelve rápidamente a casa, o un espacio en el que también sea posible asociarse, debatir, participar y poner en marcha proyectos colectivos?
Desde las voces del estudiantado se reconocieron avances, pero también se reclamaron más recursos para hacer posible una universidad realmente transformadora y se plantearon cuestiones como la necesidad de avanzar en la euskaldunización de la oferta formativa.
¿Quién llega a la universidad?
Otro de los asuntos que Patricia anotó tiene que ver con una pregunta incómoda pero imprescindible: ¿quién puede acceder realmente a la universidad? Porque hablar de una universidad abierta y democrática pierde buena parte de su sentido si determinados sectores sociales encuentran muchas más dificultades para llegar hasta ella.
En la mesa se planteó la falta de diversidad existente en las aulas y las desigualdades en el acceso de jóvenes procedentes de familias de origen migrante. Más allá de las cifras concretas, que requerirían un análisis específico, la pregunta que quedó sobre la mesa resulta relevante: si la universidad quiere representar y servir al conjunto de la sociedad, también debe preguntarse quién está quedando fuera.
Romper las paredes entre la universidad y la sociedad
La jornada también invitó a cuestionar otra frontera: la que muchas veces separa el conocimiento académico del conocimiento que se genera fuera de la universidad. Durante el encuentro se defendió la transdisciplinariedad. Dicho de una forma menos académica: no basta con que especialistas de diferentes disciplinas hablen entre sí. También es necesario que la universidad construya conocimiento junto a movimientos sociales, organizaciones y comunidades que conocen los problemas porque trabajan directamente sobre ellos.
Esto implica revisar una universidad que con frecuencia funciona por compartimentos: por un lado la docencia, por otro la investigación y por otro la llamada transferencia de conocimiento. La propuesta planteada durante la jornada fue intentar conectar mejor esas piezas y vincularlas con los desafíos sociales y ambientales, tanto cercanos como globales.
Para organizaciones como Economistas sin Fronteras, acostumbradas a trabajar entre la economía, la educación y la transformación social, esta cuestión resulta especialmente cercana: el conocimiento adquiere otra dimensión cuando sale del despacho y entra en conversación con las personas y colectivos que están intentando transformar la realidad.
De escuchar a ponerse a trabajar
Precisamente por eso, el encuentro no se diseñó únicamente para escuchar ponencias. Hubo conversatorios y mesas redondas, pero también momentos de trabajo en pequeños grupos, en los que las personas participantes pudieron debatir sobre las amenazas y oportunidades existentes para construir una universidad más crítica y transformadora.
Las conversaciones se organizaron alrededor de cuestiones muy concretas: investigación y docencia, gobernanza, recursos, cultura universitaria y comunidad. Es quizá ahí donde mejor se entiende el espíritu de la jornada. No se trataba de llegar a Sarriko con una definición terminada de cómo debe ser “la universidad que necesitamos”. Más bien al contrario: se trataba de construir esa respuesta entre personas procedentes de la universidad, organizaciones sociales y otros espacios educativos.
Patricia tuvo que abandonar el encuentro a las dos de la tarde, antes de que concluyera la jornada. Pero las ideas recogidas durante esas horas dibujan ya unas cuantas preguntas que merece la pena llevarse a casa.
¿Puede una universidad ser transformadora si quienes estudian en ella apenas participan en su vida colectiva? ¿Puede ser democrática si determinados grupos sociales tienen muchas más dificultades para acceder? ¿Puede responder a los grandes problemas de nuestro tiempo si el conocimiento permanece encerrado en disciplinas y departamentos? ¿Y puede formar ciudadanía crítica si renuncia a discutir los valores y las consecuencias sociales de aquello que enseña?
El encuentro de Bilbao no pretendía resolver todas esas preguntas en un solo día. Pretendía algo quizá más modesto, pero también necesario: crear un lugar donde formularlas y empezar a buscar respuestas colectivas. Porque una de las ideas que atravesó la jornada fue precisamente esa: la universidad no tiene por qué ser únicamente el lugar donde aprendemos a desenvolvernos en el mundo tal y como es. También puede ser uno de los espacios desde los que imaginar, debatir y empezar a construir el mundo que queremos.
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