La respuesta es que sí, que no es una utopía: ha ocurrido en Zarautz.
Una alumna formada en ADE (Administración y Dirección de Empresas) y cursando el Máster de Profesorado, decidió que su TFM podría tener un impacto transformador, que sirviera para algo real. Y está camino de conseguirlo.

Durante sus prácticas, esta estudiante se sumergió en el mundo de la Formación Profesional (FP). Pero no solo desde la teoría. Observó, escuchó y detectó una necesidad: el alumnado necesitaba una experiencia educativa más conectada con el mundo laboral, con proyectos que fueran más allá de los simulacros académicos. De ahí nació su idea: diseñar un proyecto educativo en el que el alumnado de FP creara una empresa ficticia, sí, pero inspirada en necesidades reales detectadas en su entorno más próximo.
La clave estaba en conectar dos mundos que rara vez se tocan: por un lado, una empresa de inserción social situada en Zarautz que detectaba carencias concretas en el mercado; y por otro, un grupo de jóvenes estudiantes de FP, muchos de ellos en su segundo año, que estaban justo a punto de dar el salto al mundo laboral. La idea de la alumna del máster fue brillante: ¿y si estos futuros profesionales diseñan empresas que den respuesta a las carencias reales que perciben quienes ya están trabajando?
Para ello, puso en contacto al alumnado de FP con trabajadores y trabajadoras de esa empresa de inserción. Estas personas compartieron qué servicios faltaban, qué problemas encontraban en su día a día, qué nichos de necesidad no estaban siendo atendidos. Esas carencias se convirtieron en el punto de partida para que el alumnado de FP construyera su proyecto empresarial. Un ejercicio de empatía, escucha activa y creatividad.
Pero esta historia no va solo de emprendimiento. Va de valores. Porque esta estudiante también tenía claro que no bastaba con crear empresas que funcionaran sobre el papel. Esas empresas —aunque ficticias— debían responder a principios de justicia, inclusión y sostenibilidad. En otras palabras, debían estar impregnadas de los valores de la economía social y solidaria (ESS).
“Vale, pero hay una cosa muy importante”, decía la estudiante, “la empresa que se cree también tiene que tener los valores de la economía social y solidaria”. Por eso, añadió una condición clave a su propuesta educativa: que los proyectos empresariales incorporaran esa mirada. Y fue entonces cuando se acordó de nuestra organización.
Desde Economistas sin Fronteras (EsF), ya habíamos impartido una sesión formativa sobre ESS en su máster. Le llamó la atención nuestro enfoque, así que nos propuso algo muy concreto: que fuéramos a dar una formación sobre ESS a su alumnado de FP. Y no lo dudamos ni un segundo. Porque acercar esta otra forma de entender la economía a las aulas es una de nuestras pasiones.
La experiencia fue redonda. A través de dinámicas participativas y ejemplos reales, compartimos con el alumnado una visión alternativa de la economía. Hablamos de cooperativas, de empresas con gobernanza democrática, de comercio justo, de sostenibilidad. No como conceptos abstractos, sino como piezas que podían encajar en los proyectos que estaban construyendo.
Este caso es solo un ejemplo, pero ilustra muy bien lo que buscamos con la cotutorización de TFG y TFM desde EsF: crear puentes entre el mundo académico y los procesos de transformación social. No se trata solo de acompañar a estudiantes en la redacción de sus trabajos. Se trata de contribuir a que esos trabajos tengan impacto, que estén conectados con la realidad, que sumen a procesos educativos y comunitarios más amplios.
Porque cuando hablamos de cotutorización, hablamos de implicarnos, de orientar, de compartir recursos, contactos, saberes. Pero también de dejarnos sorprender por las ideas y el compromiso del estudiantado. Cada curso nos encontramos con propuestas potentes, valientes, creativas.
Algunas se quedan en papel, pero otras —como esta de Zarautz— traspasan las hojas y se convierten en proyectos vivos, con personas, con relaciones, con aprendizajes compartidos.
En nuestro caso, llevamos años trabajando con universidades, centros de FP y másteres oficiales. Gracias a convenios, colaboraciones y un equipo implicado, hemos podido acompañar ya a varios TFG y TFM en su andadura. Y cada uno nos ha dejado aprendizajes. Sabemos que esta línea de trabajo requiere tiempo, cuidados y flexibilidad, pero también sabemos que merece la pena.
El caso de Zarautz es un claro ejemplo de cómo la educación formal puede aliarse con la no formal, de cómo una propuesta académica puede aterrizar en lo cotidiano, de cómo la economía solidaria puede colarse en las aulas no como asignatura optativa, sino como mirada transversal. Y, sobre todo, de cómo un estudiante puede transformar su TFM en una herramienta educativa para empoderar a otras personas.
Desde aquí solo nos queda decirle Eskerrik asko! por su confianza y por su valentía. Y animar a más estudiantes a pensar sus trabajos fin de grado o máster como algo más que un trámite académico. Porque si algo hemos aprendido es que, cuando se abren las puertas, los TFG y TFM pueden convertirse en semillas de cambio. Y nos encanta acompañarles en ese camino.



