En el marco de las jornadas de «Otra economía está en marcha» se presentó un panel titulado «Imaginar una vida buena», donde participaron Carmen Madorrán y Nerea Ramírez como comentaristas, mientras Elena Pérez figuró como moderadora. En el conversatorio, Elena Pérez, plantea el siguiente interrogante, haciendo énfasis en la importancia de los espacios para el sostenimiento de la vida: ¿Es posible tener una vida que merezca la pena en el modelo capitalista?
Para responder a dicha pregunta Carmen inicia aclarando que lo más importante para los individuos en el sistema capitalista es cubrir las necesidades radicales. De igual forma, amplía su explicación citando a la filósofa húngara Ágnes Heller (1929–2019), quien evolucionó desde el marxismo hacia una filosofía más centrada en la ética y la vida cotidiana, y analizó cómo las personas comunes construyen sentido en su día a día. De igual modo, aclara que actualmente existe un anhelo permanente por mantener «el cuidado» de la vida, pero dicho anhelo no se logra satisfacer debido a la explotación total que existe en el sistema capitalista. Por otro lado, para responder al interrogante inicial Nerea se basa en un informe ecofeminista en el que se resuelven las preguntas de ¿Qué vidas tenemos ahora? ¿Cómo construir un modelo para tener vidas buenas?
Para responder a dichos interrogantes, sin perder el foco en la pregunta inicial, Nerea cita el concepto de «ecotopías» para imaginar futuros. Destaca que, la ecotopía es un concepto dentro del pensamiento utópico que imagina una sociedad ideal basada en el equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza. En lugar de priorizar el crecimiento económico sin límites, propone formas de vida sostenibles, descentralizadas y respetuosas con el medio ambiente. Dice ella que la aplicación de la ecotopía se ha aplicado previamente (a través de cooperativas de viviendas) en comunidades vulnerables del País Vasco y Extremadura, por medio de políticas públicas para fomentar los cuidados. Además, establece que la idea es implementar dichas estrategias para que en otros sectores de España se pueda ayudar a comunidades afectadas por el COVID-19 y la DANA.
Luego, Elena plantea otra pregunta ¿Qué elementos se deben incorporar en los discursos democráticos? En este caso Carmen habla de preparar estrategias para la supervivencia, y cita los ejemplos de cómo en los discursos políticos emergen Groenlandia y Siberia como lugares de alto valor estratégico por sus recursos. Asimismo, comenta que la «buena vida» es posible con transformaciones y declara que se tienen que establecer estrategias contra las falacias, aclarando que «nada es para siempre». Finalmente, destaca que los procesos de transformación, a nivel mundial, no han acabado y que el mundo se encuentra en permanente turbulencia. Por otro lado, Nerea comenta que, entre los elementos más importantes para incorporar al discurso democrático están: la «acción comunitaria», la capacidad de pensar en un «futuro nuevo», evitar las ideas de progreso erróneas y resaltar la importancia de mantener a las comunidades unidas (ella cita el caso de Galicia y de Colombia para explicar que la llegada de nuevos proyectos e intervención del sector privado no son siempre las soluciones más viables).
Complementando lo dicho por las expositoras, Elena habla sobre los casos puntuales de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en los campos de refugiados de Tindouf y Sudán, catalogándolos como «pequeñas grandes victorias» con el ánimo de responder el interrogante de ¿En quién nos fijamos a la hora de construir ideas para la representación democrática? Además de lo que apunta Elena, Carmen y Nerea comentan que entre otros elementos democráticos se encuentran los litigios climáticos y el surgimiento de espacios feministas y ecologistas, momento en el que citan la obra «Metamorfosis» de Yayo Herrero. De igual modo, se toman en cuenta conceptos como: conocimiento, autonomía, diversas formas de aprender, mantener la alegría como espacio de rebeldía, y cultivar espacios para compartir con personas con diferentes sensibilidades.
Se continuó la conferencia señalando que los indicadores no son neutrales, sino instrumentos con los que se construye una determinada lectura de la realidad. Medir no equivale a comprender, y mucho menos a agotar el sentido de lo que ocurre en una sociedad. A partir de esa premisa, las ponentes cuestionaron la confianza casi automática en las cifras como si fueran el reflejo cristalino de la realidad social. Recordaron que vivimos en un mundo en el que los datos parecen gobernarlo todo, pero en el que, en la práctica, se otorga más valor a unos indicadores que a otros, según qué intereses, qué marcos de interpretación y qué visiones del desarrollo se impongan. Desde esta perspectiva, se subrayó que no todo lo importante en la vida es cuantificable.
Uno de los conceptos más sugerentes fue el de “occidentalocentrismo”, entendido como la tendencia a hacer invisibles las relaciones no capitalistas y a considerar como universales unas formas concretas de organización económica y social. Esta mirada crítica permite ver cómo ciertos indicadores, especialmente los vinculados al crecimiento agregado, tienden a dejar fuera dimensiones esenciales de la vida material y relacional. En ese sentido, se insistió en que el PIB puede describir una parte de la actividad económica, pero no dice casi nada sobre la calidad de vida, la cohesión social, la distribución de la riqueza o el bienestar cotidiano de las personas. La conferencia invitó, por tanto, a problematizar qué se valora y qué no, qué entra en la estadística oficial y qué queda relegado a lo invisible.
En este punto se mencionó a Wilkinson y Pickett, cuya obra sobre la desigualdad y la infelicidad colectiva sirve para ilustrar que muchos problemas sociosanitarios (como el suicidio, el abandono escolar o el alcoholismo) no guardan una relación directa con el nivel de PIB de un país, sino con la desigualdad en la distribución de la renta. Este planteamiento resultó especialmente relevante porque desplaza el foco desde la mera abundancia económica hacia la forma en que esa riqueza se reparte y organiza socialmente. Desde la Economía Política, esta idea es fundamental: no basta con crecer, importa quién se beneficia del crecimiento, quién queda al margen y qué efectos produce la estructura distributiva sobre la vida social.
La conferencia también puso el acento en la necesidad de construir diagnósticos compartidos. Se defendió que, antes de intervenir sobre un problema social, es imprescindible elaborar una comprensión común de la realidad, capaz de incorporar matices territoriales y experiencias concretas. No existen soluciones abstractas válidas para cualquier contexto. Por el contrario, las políticas deben aterrizar en realidades específicas, con sus tensiones, sus recursos y sus límites. En esa línea, se criticó que demasiadas veces no se pregunta a las personas afectadas cómo desean que se intervenga en sus problemas, lo que termina reproduciendo formas verticales de actuación institucional. La participación, entonces, no apareció como un complemento decorativo, sino como una condición de legitimidad y eficacia de cualquier política pública.
Un ejemplo especialmente significativo fue el de los talleres de participación y transferencia de conocimiento en Fuenlabrada, desarrollados a través de iniciativas vinculadas a la soberanía alimentaria. Este caso sirvió para mostrar que existen formas alternativas de producir conocimiento y de intervenir socialmente, más cercanas a la experiencia vivida de las personas. Las ponentes defendieron precisamente esa aproximación: acercarse a la realidad captando sus matices, en lugar de reducirla a una sucesión de cifras. En el fondo, el mensaje de la conferencia fue claro: para comprender una sociedad no basta con medirla. Hay que escucharla, interpretarla y reconocer que detrás de cada dato hay relaciones de poder, formas de exclusión y también posibilidades de transformación.
En la parte final de la conferencia apareció con fuerza la cuestión de la responsabilidad, entendida como la necesidad de “hacerse cargo” de las injusticias históricas y presentes. Se situó la justicia restaurativa como principio orientador, no solo en términos simbólicos, sino también materiales: reparar daños, reconocer agravios y establecer garantías de no repetición. Esta garantía, se insistió, no puede quedarse en una declaración abstracta, sino que debe concretarse en marcos políticos y jurídicos reales. En esa misma dirección, se habló de democratizar formas históricamente injustas de organización social y económica, superando la herencia del colonialismo y asumiendo una deuda histórica que no puede ser borrada por el paso del tiempo.
En este punto resultó especialmente sugerente la idea de la “irrelevancia moral del espacio y del tiempo”: un ser humano vale lo mismo nazca donde nazca y en el momento histórico que sea. Todas las vidas tienen igual dignidad, y esa premisa obliga a pensar la justicia global no como una aspiración abstracta, sino como una exigencia ética y política concreta. Desde esta perspectiva, el marco reparador no consiste solo en compensar daños pasados, sino en asumir una responsabilidad activa frente a las desigualdades estructurales que siguen ordenando el mundo. La conferencia dejó así una conclusión de fondo muy potente: la justicia global exige abandonar la indiferencia, reconocer la asimetría histórica y entender que responsabilizarse es, precisamente, hacerse cargo de las vidas que han sido sistemáticamente desvalorizadas.
Federico Pinzón Arana y Pablo Gallardo de las Heras



