Esta última sesión del sábado por la tarde consistió en un taller práctico. Para ello, todos los participantes nos desplazamos conjuntamente desde el Ateneo La Maliciosa a Esta es una Plaza (Calle del Dr. Fourquet 24): un espacio autogestionado por los vecinos y vecinas de Lavapiés en pleno corazón de la Almendra Central.
En Esta es una Plaza fuimos amablemente recibidos por un responsable, Álvaro, quien nos explicó la historia y el funcionamiento del lugar. Este espacio es gestionado íntegramente por los vecinos y vecinas de la zona que conforman la asociación a la que el Ayuntamiento de Madrid le tiene cedido el espacio. Funcionan por asambleas abiertas a todo el público en las que las decisiones son tomadas por consenso. Como nos contaron, este sistema de funcionamiento horizontal garantiza que todo el mundo pueda expresar su opinión y sea escuchado, pero también ralentiza la toma de decisiones frente a otros procedimientos más ágiles. La plaza se encuentra abierta siempre que una de las personas que disponen llave, actualmente unas cien, esté en su interior. En estos casos, la norma dicta que la puerta siempre debe estar abierta, invitando a entrar a las personas que pasan por la calle.
Se trata de un espacio verde con multitud de usos. Destaca sobre todo por el huerto que gestionan las personas voluntarias de la comisión correspondiente bajo el lema “Dar la Huerta al Mundo”. A diferencia de otras iniciativas similares que trabajan en colaboración con el ayuntamiento, Esta es una Plaza se financia de forma independiente, no recibe subvenciones y evita depender de las instituciones para cuestiones fundamentales como el suministro eléctrico o el agua. Además, en su interior está prohibido cualquier tipo de intercambio económico, incluida la publicidad. El lugar cuenta con bancos hechos con materiales reciclados, parques infantiles, un jardín salvaje, un espacio para asambleas y un cine al aire libre. Sus paredes están adornadas por multitud de murales, aunque algunos de ellos se encuentran tapados por la tupida vegetación que crece por todos lados. Probablemente sea uno de los espacios más verdes del Distrito Centro y destaca por su riquísima fauna y flora.
Tras esta explicación comenzamos con el taller propiamente dicho, cuyo objetivo era aprender a hacer bombas de semillas. Esta técnica fue diseñada por el agricultor japonés Masanobu Fukuoka con el objetivo de proteger a las semillas de agentes externos (aves, insectos) y potenciar la replantación en ecosistemas de difícil acceso. En una época en la que la riqueza no se medía en base al oro o las monedas, las semillas constituían la principal fuente de riqueza. Esta forma de organizar el intercambio económico es más coherente con las necesidades humanas y que nos mantiene en permanente contacto con el entorno natural en el que se inserta la vida. Si bien la situación ha cambiado enormemente, parte de esta lógica ha trascendido hasta la actualidad cuando pensamos en los bancos de semillas dispersos por toda la geografía mundial.
El funcionamiento de una bomba de semillas es muy sencillo: se hace una bola con tierra mojada y en ella se inserta una o varias semillas. Una vez se ha secado ligeramente, se recubre con arcilla roja y ya se puede depositar en la tierra. La arcilla roja evita que los animales accedan a la semilla, mientras que la humedad permite que vaya germinando y poco a poco va disolviendo la arcilla hasta que la bola y el suelo se integran. Las plantas con las que trabajamos fueron tajete, acelga, girasol, melón calabaza y albahaca. Cada una de ellas cuenta con propiedades diferentes pero complementarias, de tal forma que juntas permiten la regeneración completa del suelo.
Esta actividad práctica nos sirvió para conocer un espacio de autogestión y resistencia vecinal frente a un modelo de ciudad basado en la mercantilización del espacio público, la expulsión de los vecinos y vecinas y el ocio consumista. Además, nos enseñó una técnica que permite regenerar suelos dañados de forma sencilla, efectiva y accesible para todas las personas. Durante este rato, los participantes tuvimos la oportunidad de pasar tiempo de calidad juntos, intercambiar experiencias y aprender sobre sostenibilidad y jardinería. Fue un espacio idóneo para fomentar la reflexión crítica y colectiva sobre el modelo de ciudad que queremos construir y la forma en la que esta debe relacionarse con la sostenibilidad medioambiental.
Marc Pablo Layant



