Salud pública universal, único valor seguro para un futuro próspero

Carmen Esbrí
Presidenta de la asociación Mareas Blancas

La salud es un Derecho Humano Universal que están obligados a proteger todos los gobiernos. Sobre todo, los llamados demócratas, siendo meros gestores al servicio de la ciudadanía protagonista y corazón del propio sistema político. Los avances científicos, filosóficos y culturales, así como el rastreo de la historia, han dejado suficientes evidencias de que la salud, en la que se recogen determinantes de toda índole, se enmarca en la naturaleza, haciendo un todo único a salvaguardar sin perder objetivos de proyección sensata. Lamentablemente, estamos en un mundo altamente peligroso, en el que las contradicciones de política, salud y evidencias recogidas y probadas ahora no están en el cuaderno de los gobiernos. Ciencia y salud son elementos inseparables.

Este artículo no pretende ser una pieza sustancial con intenciones científicas, sino una reflexión desde la experiencia del momento en el que los cambios de toda índole pretenden ser absorbidos por meros algoritmos, los cuales marcan una futurología de éxito, vendida como evolución favorable para el progreso del mundo; son pretensiones que se abordan bajo poderosas ambiciones individuales, resultando hostiles para la persona y la naturaleza; patrones que, en contrapartida, siguen la onda del fracaso ecosocial, que va aumentando minuto a minuto. Están promocionando un mundo vía metaverso, con una dilución perversa especialmente inerte, manipulada e intragable contra un humanismo imprescindible para seguir haciendo rodar la Tierra con máximo conveniente.

Asentarse en las humanidades no es una utopía, es una cuestión ética, inteligente y alcanzable, poniendo en orden las prioridades de verdadero interés para los seres humanos, y el resto de seres vivos, a lo que sumar el respeto constante al gran plató que resulta ser la naturaleza. Espacio y universo en el que perviven los elementos concebidos como bienes naturales que generan un complemento material imprescindible para entender el ecosistema, que habitan con la interdependencia imprescindible; me refiero a elementos naturales como el agua, el aire, la luz y tantos otros.

¿Qué define a los seres vivos? Su composición con células capaces de reproducirse por sí mismas de diversas maneras. Todos tienen el mismo proceso: nacer, crecer, reproducirse y morir. Los hay muy diversos, tras evoluciones a lo largo de milenios hasta conformar especies y subespecies; ambas, con sus respectivas variedades, necesitan nutrirse de alguna forma para conservarse, relacionarse con el medio ambiente que les envuelve y reproducirse para permitir su propia supervivencia. Las complejidades de sus condiciones, cualidades y transformaciones son interminables. El ser humano es el de mayor complejidad biológica; tiene un cerebro con inteligencia compleja, razona, habla y crea como señalan todas las herramientas y el largo elenco de objetos que desarrolló a lo largo de siglos. Se sucedieron milenios con muchas transformaciones hasta llegar al homo sapiens, del que somos descendientes directos. Estudios del genoma señalan las enormes coincidencias entre el hombre y el chimpancé, del que es heredero.

El complejo atesoramiento de datos se debe a las diversas ciencias que desbrozan las maravillosas creaciones del ser humano y de los numerosos seres vivos coincidentes: animales, plantas, hongos, etc., y hasta bacterias, junto con los demás elementos. Riqueza que nos rodea sin apenas darnos cuenta; patrimonio más que milenario que conforma la diversidad del planeta en el que vivimos, puesto en riesgo desde hace tiempo, pero cada vez más, por quiénes han decidido dar marcha atrás en los avances humanamente razonables del ser humano, mientras aminoran el valor grandioso que se le supone al ecosistema en el que se mueve el hombre y el resto de seres vivos.

Las migraciones propiciaron que surgieran y se expandieran aptitudes, habilidades, y conocimientos de fórmulas, hasta generar tecnologías que aumentaron con los siglos. Rastros arqueológicos encontraron una primerísima cultura utilitarista, tras la que siguieron tecnologías creativas y expresivas que muestran sensibilidades cada vez más elevadas, que nutren la historia con restos y vestigios creados por personas que pudieron evadirse de las tareas más arduas. Hablo de culturas milenarias y más modernas, en las que las clases sociales se marcaron con prontitud. ¿Tuvieron en cuenta todas ellas el valor inmenso del ser humano? ¿Lo tuvieron de la naturaleza? Está claro que no tanto y no siempre, aunque en paralelo hubo pensadores que supieron dar respuestas al valor de la vida. Desde la consideración de Dios como creador y dueño de un ser humano pecaminoso, hasta la consideración del ser humano como centro del universo y a la naturaleza como organismo vivo con leyes propias, pasaron siglos forjándose una nueva sociedad, con la que nacen Estados modernos; se potencia la burguesía y también un nuevo tipo de ciudadano, aunque aún se traficara con esclavos.

El capitalismo llegó para sustituir el modelo feudal, basado en la propiedad de la tierra, dominada por reyes y señores que recibían trozos de territorio en pago a favores, generalmente de origen guerrero. Por debajo siempre, campesinos y siervos. Los siervos trabajaban a cambio de protección, no había salarios. El comercio mercantil era limitado; pero el mundo iba cambiando y la numismática, auxiliar de la Historia desde el s. XIX, nos muestra que ya había monedas siete siglos a. C, expandidas por Alejandro Magno durante sus viajes. Mercado y dinero, en sus diversas formas, fueron base del imperialismo y de sus vicios. Hasta el s. XVIII no hubo papel moneda, salido del Banco de Estocolmo, pero China ya lo usaba nueves siglos antes. Cheques y dinero bancario moderno comenzaron a popularizarse desde Inglaterra a mediados del XIX, período en que se enmarca la Revolución Industrial, que da nuevo impulso a un desarrollo desigual de la riqueza; gran enriquecimiento de pocos frente al duro trabajo de la masa obrera; trabajo normalmente esclavizado, que conviene recordar en este mundo algorítmico que expande una verdadera dictadura del mercado.

El capitalismo, mostrado como garante de seguridad y progreso, ha generado un crecimiento insalubre y forzado de rentistas, patronos y amos, que valían más o menos según ganaban al poner las mercancías en comercios y zocos. Por supuesto, a la salud, entendida como punto convergente que significa vivir con bienestar habiendo cubierto todas las necesidades del ser humano, ni se la veía ni se la esperaba. Aunque no quiero evitar que, como siempre, hubo pioneros, como los médicos Johann Peter Franck (1745-1821), que abordó la obligación de los Estados de intervenir para contribuir a que existiera en sus pueblos; o Henry E. Sigerist (1891-1957), que reseñó la contundente conclusión de la importancia social de la salud, y no solo de las condiciones biológicas del individuo, adelantando ya la promoción de la salud.

Hubo que esperar para reunir directrices básicas que encajaran malestares y padecimientos de las personas con rigor, organizando prioridades de causas y consecuencias de esa salud, y con ella, dar pie a la toma de mejores decisiones al gobernar. Dos décadas después de la muerte del Dr. Sigerist se publicó el Informe Lalonde (1974): Nuevas perspectivas sobre la salud de los canadienses. Su autor, Marc Lalonde, abogado y político, ministro de Seguridad Social de Canadá, definió los determinantes, elementos que condicionan la salud: medioambiente, estilos de vida, modelos asistenciales y biología humana. Gran aportación que condicionó para bien su engranaje de gestión al frente de su ministerio con formas que condujeron a decisiones renovadoras a partir de ello en su país. Fue de gran relevancia a nivel internacional, pero olvidado por otros intereses menos inteligentes y muy perniciosos. Una salud con valor pleno estaba en seguir sus pautas, pero el valor era el dinero, y el dinero estaba en los bancos, para los que la Bolsa es punto nuclear. Las motivaciones fueron para el desarrollo de productos financieros, cada vez más peligrosos; la economía se había ido sofisticando y las luchas a causa de ella dieron lugar a dos guerras mundiales.

Previo a ellas, la Revolución Industrial había marcado un antes y un después en cambios fundamentales, que propiciaron empresas siderúrgicas, metalúrgicas, ferroviarias y textiles. Empresas que amasaron las mayores cantidades de ganancias y necesitaron de obreros de todo tipo y edad; a destacar, niños y mujeres, que soportaban jornadas de 14 y 16 horas. Es evidente que la salud de todas estaba en peligro por los excesos en los esfuerzos, también por ambientes irrespirables y continuados y por las precarias condiciones de habitabilidad y nutrición. Salarios de miseria produjeron negocios de enorme enriquecimiento, siendo el dinero un elemento significativo para la excelencia de sus patronos, en definitiva, amos. Entonces la economía se basaba en el mundo real y las inversiones se reutilizaban en mantenerlo de una u otra forma. Dinero, banca y Bolsa se daban la mano, ganando, como se suele decir, siempre la banca.

Como consecuencia de la precariedad de los trabajadores, surgieron grandes movilizaciones obreras; sindicatos y también quiebras económicas por excesos de los capitalistas. Fueron ellas las que dieron lugar a las dos guerras mundiales. No hace falta mucho para entender que todos los procesos bélicos fueron arruinando tanto la salud de las personas como los espacios naturales en los que se produjeron. Ambas guerras sucedieron en una Europa que quedó devastada, dejando pésimas condiciones de vida entre ruinas y destrucción; sus pueblos tuvieron que soportar insalubridad, una enorme deuda y una alta inflación. De todo ello se aprovechó EE. UU. para convertirse, desde la distancia, en primera potencia financiera mundial, por encima de Gran Bretaña y de una Alemania con su industria destruida, su moneda devaluada y una deuda derivada de los grandes gastos de la reconstrucción del país.

El tiempo entre una y otra guerra fue insuficiente para restaurar todo lo destruido, así que, tras la Segunda Guerra Mundial, con otros protagonistas de fuera del continente, la devastación se hizo global, alcanzando también a Asia. Mientras tanto, EE. UU., avanzando en su capitalismo industrial y financiero, impulsó el llamado Plan Marshall. Como pasa ahora, EE. UU. se convirtió en el hegemón que mira las tragedias desde lejos y consolida su crecimiento entre los años 50 a 70 del siglo pasado. A partir de entonces, los productos financieros van separándose de la economía real, con productos inverosímiles que alcanzan resultados de ganancias en segundos y con posibilidades de inversión en otros elementos tangenciales al día a día de las personas. Siendo cierto que la victoria contra el nazismo se debe sobre todo a la URSS, poco comentada, se venera a EE. UU. como libertador principal, creo que por su alarde de poder y por los millones nada inocentes que dio para reconstruir algunos países. España, aislada y empobrecida por una guerra civil previa, quedó prácticamente al margen de la ayuda. No pudo levantar cabeza hasta muy avanzados los 60 y más. Sin embargo, aún gobiernos sin escrúpulos, no contando con su pueblo, nos dejan debajo de las botas yankees, las grandes devastadoras de la salud.

Con este recorrido que presento intento comprender cómo fueron las cosas y cómo pudieron haber sido si en vez de armas, se hubieran intercambiado bienes necesarios; si en vez de machismo imperialista, hubiera existido un feminismo globalista que priorizara la vida del ser humano y su entorno por encima de la fanfarria del matonismo. Pensamiento imposible de ver cuando en muy poco tiempo el valor de la salud y de la naturaleza sólo obedece al dinero ganado o robado, que se permite con el golpe final de muerte para alejarnos de la vida real deseable, la permisividad de una globalización financiera desde EE. UU. con la treta del impulso económico. Esa globalización lamina identidades de los pueblos, marcando una uniformidad cultural que anula personalidades locales, además de producir gran desigualdad entre países y sociedades.

El modelo neoliberal actúa para el deterioro corrosivo de los sistemas de salud asistenciales, a los que convierte en verdaderos supermercados de venta de enfermedades; así ganan las grandes corporaciones de seguros. Esa globalización ha ido contra la vida de las personas, explotándolas. Sus mecanismos, los fondos buitre que parasitan países para comerse servicios sanitarios, vivienda, entidades culturales, entidades bancarias y servicios básicos, como transportes, energía, agua, comunicación y muchos otros, son potentes herramientas para ir desmarcando los límites del Estado, que gobiernos títeres han permitido entrar sin ningún rubor, sin ninguna lealtad democrática.

La globalización ha sido causante de las crisis a cargo de las poblaciones y no de sus causantes: financiera, pandémica y bélica; siendo principal promotora de la pobreza estructural, muy conveniente para generar conflictos entre iguales, conflictos sociales para que compitan por los recursos que los gobiernos han de garantizar al total y no hacen. Esos gobiernos son los colaboradores necesarios a sacar de nuestras vidas. La globalización entró a saco para perturbar la Naturaleza y producir un inmenso deterioro ecológico con las graves consecuencias del cambio climático en un Occidente a la deriva, ya que, vendidos, lo siguen matando hasta morir por dilución. Según los neoliberales, los mercados se controlan solos y garantizan el desarrollo; de ninguna manera. Lo que han producido es un caos sin precedentes que envía ordenes de desencaje del gran mosaico del Planeta Tierra; incluso haciéndose con los mandos de cohetes para un turismo de ricos, sin medir sus perjuicios al espacio de la Humanidad, incumpliendo la normativa del Derecho Espacial Internacional. Entre unos y otros hay un caos descomunal que pregona un “sálvese quien pueda” motivado por gobiernos prevaricadores que gozan de impunidad.

Me he interesado en saber algo del PIB (Producto Interior Bruto), contador de riqueza con el que nos encontramos a cada paso. Surge durante la gran depresión anterior a la Segunda Guerra Mundial, pasando a servir como medidor de recursos financieros. ¿Considera el PIB la salud en su recuento económico? Parece que sí, pero ¿saben los contables realmente qué es la salud, o simplemente hacen la popularmente conocida como “cuenta de la vieja”? Según mi opinión NO saben.

Teniendo en cuenta que el impacto en salud no se considera al abordar decisiones políticas y legislaciones, queda claro que el dato que arroja es el del coste sanitario directo como inversión que da valor, restando los datos de enfermedad, porque los enfermos no aportan productividad. Datos para políticas economicistas que nos meten por los ojos y no para políticas democráticas, viendo que se incluye en la partida de bienes y servicios. Para nada evalúan la verdadera salud, concepto completo de máximo bienestar de la persona, centrado en una naturaleza protegida, con sus necesidades cubiertas y todos los servicios públicos, que no privados, funcionando como un reloj para garantizarla. Incluir la salud privada es dar tiros al pie de la democracia. Sabiendo que el PIB está empezando a ser cuestionado, creo que algo le falta y mucho le sobra para evaluar realmente la salud y el enorme valor que tiene para un país.

El PIB evalúa un mundo de trampantojo basado en el aumento del capitalismo financiero; aparta el inmenso aumento de la desigualdad y la pobreza. Incluye datos sacados de los especuladores parasitarios, mientras, cotejando datos con la plana de los determinantes, considerarían que hay gente sin casa, personas sin recursos primarios, niños más que pobres y ancianos abandonados por las instituciones, ciudades insalubres tapadas por la contaminación. ¿Y la salud? Muy bien, gracias. Las grandes farmacéuticas están que lo tiran; hay qué ver cómo suben la categoría del país. La no enfermedad se puede evaluar como ventaja, pero en ninguna parte se incluye el valor del bienestar pleno ni la sangría por medicamentos, el mayor gasto de la atención pública.

Hay un fracaso civilizatorio de máxima potencia dadas las inversiones bélicas y parabélicas que promueven guerras híbridas. Sin embargo, el valor que arrojan los datos del PIB dibuja un panorama encriptado para la ciudadanía. La realidad es que no responde a propiciar un futuro con menos enfermedad y con mucha más felicidad, entendiendo que es el equilibrio de la persona físico y mental el que nos conducirá al mundo vivible y deseable. Deben tener en cuenta qué impactos producen abusivas prácticas contra la Naturaleza, combustibles fósiles, talas, fracking, turismo invasor, etc. Y las decisiones torcidas de poner la vida y la salud en manos de empresas, dejando, y descapitalizando, todo el patrimonio común, necesario para cumplir con los derechos de una sociedad justa junto a una protección sin paliativos de la naturaleza con su propia identidad, a sus seres vivos y a los bienes heredados. Políticas basadas en la realidad que aporta la ciencia y no en la falacia de economías tramposas que rompen la democracia, generadoras de desigualdad y de una pobreza que aumenta por minutos. Considerando riqueza los valores que se definen en las Bolsas bancarias financieras no lograremos superar el bache social ecológico y natural.

El mundo no gira en torno a los bancos y sus viciosos productos de casino, el mundo está lleno de pueblos a los que dar cobertura y respetar; el planeta tiene como protagonista a la naturaleza con sus diversas formas. Por ello, es imperioso que los gobiernos prohíban prácticas dictadas por fuerzas capitalistas y prohíban el mercado con la naturaleza y los recursos democráticos que competen a los derechos humanos. El valor económico de una vida humana es invaluable. Sin embargo, se utiliza para convertirlo en dinero y en riqueza, aumentada, poco a poco, con el colaboracionismo grosero que los sujeta. Igualmente sucede con la naturaleza, avasallada con unos costes billonarios por pérdida de biodiversidad a nivel global. Si multiplicamos la pérdida de valor económico por enfermedades, la pérdida por sistemas mercantilistas de la salud e incluso la mortalidad por su mercadeo, resultaría un valor descomunal. Ha sido un verdadero fraude sin precedentes, que podemos revertir obligando a los gobiernos que atiendan a una Salud Universal Pública en la que impliquen parámetros fácilmente ordenados a partir de la sencilla aportación de los determinantes. Debe ser el valor de la salud, en la que se incluye el valor de la naturaleza, el punto de referencia para proyectar el futuro estable y duradero que merecemos los pueblos y que la democracia justifica.

El PIB no tiene por qué ser la medición financiera, sino que debe partir de la medición del bienestar humano social y global, siendo la salud el valor estrella a considerar por cualquier gobierno que realmente pretenda sacarnos de este atolladero en el que nos metieron. Que no estén con los datos de la Bolsa en sus pantallas, ni crean que apoyarse en el dinero generará progreso; sino que revaloricen la salud, valor increíblemente rentable como término holístico que cubre todo. Deben sacar la chuleta de Lalonde y ponerla en marcha sin mirar atrás; con ello habrá futuro, paz y seguridad. El valor de la vida es intrínsecamente invaluable, el de la naturaleza, igual; ambas son irrecuperables y deben entrar en mentes brutalizadas que no saben conducir el velero mundial hacia un punto nítido de futuro por alcanzar. .


Este artículo forma parte de
Dossieres EsF nº 61: «Más allá del crecimiento: ámbitos para la acción»  



 

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