Si el sistema se mirara al espejo

Por Alberto Alonso de la Fuente

Artículo publicado en cuartopoder.es, 13 de mayo, 2020

 

Sentarse con uno mismo frente al espejo ha sido, sin lugar a dudas, algo muy común durante estas semanas. La obligación de permanecer en casa ha afectado a todos por igual y tras un mes y medio de confinamiento, han sido pocos los que no se han visto obligados a ello en algún u otro momento.

Normalmente, cuando hablamos de épocas de crisis, hablamos de periodos en los que la estabilidad de lo social se rompe, ya sea por cambios no acordados o abruptos, que afectan a los consensos sociales hegemónicos y que impactan en lo económico, cultural, sanitario, etc., pero siempre afectando a aquella parte humana que conecta con lo colectivo, con los otros, con la vida en comunidad. De eso van precisamente las crisis: del agotamiento de los pactos que tenemos en común y, normalmente, esto viene siempre de la mano de conflictos y sufrimiento para una parte apreciable -desde luego siempre considerable, o no tendría la percepción de crisis- de los implicados. Y esta norma suele ser tan extrapolable que vale tanto para el Estado español en su conjunto como para una comunidad de vecinos.

El impacto de esta crisis en lo social es claro. Sin embargo, y debido a su propia tipología, esta crisis está incluyendo además una dimensión diferente a otras pasadas: la dimensión o esfera interna, la de las puertas para adentro, la de sentarse con uno mismo frente al espejo. Esta pequeña diferencia tendrá sin embargo enormes implicaciones por lo revolucionario del momento y el matiz. Me explico.

En estas semanas todos, sin excepción, hemos echado de menos cosas, hemos destilado lo esencial de lo complementario, hemos sufrido y reflexionado sobre el porqué, nos hemos hecho más conscientes de nuestras carencias y también de las fortalezas. Y con ello nos hemos humanizado más. Piense en dónde y de qué va a disfrutar los primeros meses tras el confinamiento. Piense sobre todo con quién. Estoy seguro de que estos pensamientos son ahora mucho más nítidos de lo que probablemente lo han sido nunca.

En el siglo XIV, la pandemia más devastadora de la historia humana, la peste negra, se combatió de una manera paradigmáticamente similar a la actual: la gente se quedó masivamente en sus casas evitando el contacto humano. Fue una larga temporada de espera, reflexión y encuentro personal que a nivel histórico cerró la Edad Media y dio paso al Renacimiento.

En este sentido, y viendo el potencial de la reflexión personal interior, me pregunto qué vería el sistema actual si tomara asiento a revisarse él mismo, de manera honesta, en este periodo atemporal y de paro total. ¿Qué se diría si pudiera ver su propia realidad? Sin mentirse, sin las prisas de siempre, sin promesas a futuro. Frente a frente con lo que realmente es. Y cambio ahora el sujeto para reorientar, sin embargo, la misma pregunta: Yo les pregunto a los que defienden el sistema con uñas y dientes, honestamente, ¿en serio no creéis que podemos hacerlo mejor?

Personas de todos los colores se rasgan las vestiduras por la mala gestión del Gobierno actual ante la crisis. Es señalar la Luna y mirar al dedo. Como si los partidos que ahora están en la oposición hubieran optado por gestionar esto de una manera muy diferente a la realizada. Los políticos del Partido Socialista y del Partido Popular han estudiado en las mismas universidades, han cursado sus másteres en las mismas escuelas de negocio y comparten tanto culturas de partido -llegan arriba los que llegan- como el conocimiento profundo del Estado y de las partes interesadas que lo polinizan -corporaciones, sindicatos, lobbies, medios de comunicación, etc.-. De hecho, ambos partidos eran de largo, de todo el arco político, los mejor preparados para afrontar una crisis de estas características, ya que 40 años de alternancia en el control de prácticamente todas las administraciones del Estado aporta una honda comprensión acerca de sus estructuras, capacidades, procesos internos y límites de gestión. Cualquier otro partido de la llamada “nueva política” hubiera colapsado al frente de esto.

Y que no nos confunda la creciente violencia verbal y agresividad de la que todos hemos sido testigos en las redes sociales: si uno se detiene a analizarlas, comprueba que aquellos que generan odio y violencia hoy son exactamente los mismos perfiles que lo generaban antes de la crisis y que, independientemente de lo que pase a futuro, seguirán haciéndolo sin pausa y hasta que vean fuera del gobierno a los partidos que lo integran. Son muy ruidosos, pero, al fin y al cabo, una minoría -que además me atrevería a llamar enferma y necesita en consecuencia tratamiento-. Los que cambian gobiernos nunca han sido los militantes, sino las masas silenciosas, los que no tienen un arraigo o identidad ideológica fuerte. Y en este segmento vemos cómo las críticas al gobierno se han consolidado pero, sin embargo, no han encontrado rédito político alguno pues por ahora no existe una tendencia al cambio del voto, algo sorprendente con un gobierno que, como todos, ya sí sabemos llegó tarde a implementar unas medidas restrictivas que hubieran salvado miles de vidas, y no consiguió dotar a tiempo a los sanitarios de material protector para luchar adecuadamente contra el virus sin exponerse. A mi juicio, los peores errores de este Gobierno hubieran sido lamentablemente replicados por cualquier otro partido.

Porque al final el problema no es el gobierno, el problema es el sistema que hemos ido cocinando lentamente durante los últimos 50 años y que se ha mostrado tan impotente como frágil frente a la crisis de la covid-19. Si el sistema se mirara al espejo encontraría ahora muchas falencias que comenzar a resolver y que nada tienen que ver con el color de sus gobiernos, sino más bien con el uso de la competencia -en detrimento de la cooperación- como dinámica de resolución de problemas y la cesión exagerada de poder al mercado en un mundo interconectado.

Antes de la crisis, pensábamos que el sistema internacional estaba aparentemente basado en la cooperación transnacional: la Unión Europea, la OTAN, la OCDE, el G20, etc., son ejemplos de mecanismos que buscan tanto la coordinación en un mundo interconectado como la foto de portada de sus líderes sonriendo y rodeados de asesores y banderitas. Sin embargo, las apariencias engañan y, al enfrentarse el sistema a un ataque a su propio ser, este se ha replegado rápidamente adoptando la forma que biológicamente considera más resistente y eficaz: el Estado nación. El cierre súbito de fronteras, los episodios de material sanitario bloqueado en aeropuertos de países socios, las medidas sanitarias no coordinadas con países limítrofes, entre otros titulares escandalosos, muestran unas lógicas que recuerdan al repliegue anterior a la I Guerra Mundial. La diferencia es que han pasado 100 años y vivimos en un mundo fuertemente globalizado y, por ello mismo, interdependiente. Sí, la crisis llegó en aviones desde el extranjero, pero también tenían que hacerlo los materiales sanitarios necesarios para hacerla frente, las medidas eficaces de contención coordinada y, por supuesto, los fondos para luchar contra ella. No hemos evolucionado realmente hacia la cooperación como lógica de mejora conjunta en un mundo interconectado y lo hemos pagado caro. El ejemplo más lamentable ha sido el de los países integrantes de la Unión Europea, respondiendo prácticamente como 27 entes independientes e, incluso, compitiendo entre sí.

Por otro lado, ¿alguien duda ahora de que en España debamos asegurar la fabricación propia de respiradores y que si esta medida no le sale rentable al mercado -y en consecuencia no la asume-, deba ser el Estado el que lo haga? Esto, que tras un mes de crisis suena no solo sensato sino también lógico, hace sólo dos era impensable en boca de cualquier político. Lo habrían despellejado vivo. Pero esto se pone aun mejor: la Unión Europea, de hecho, lo prohibía. Y actualmente está ya en proceso de ser modificado. Admitámoslo, el mercado gestiona de manera eficaz algunas de las áreas de la economía, sin embargo ha sido un cruel administrador en otras -al ser irresponsable, no se somete a consecuencias- y un nefasto regulador -gestiona lógicamente en beneficio de los intereses de sus inversores, lo que en ocasiones puede provocar incluso la gestión en contra de todos los demás grupos de interés-. Afortunadamente, las tesis del mercado se caen ellas solas cuando se las enfrenta, como en esta ocasión de crisis sanitaria, a algo más que a la rentabilidad económica. Y es que la vida se acaba imponiendo, incluso, a las construcciones y barreras mentales que nos ponemos los humanos para comportarnos entre nosotros.

Si el sistema se mirara al espejo, se avergonzaría de lo que ve. No porque estuviera bien ni mal, sino porque con otros cimientos en su base podría haberlo gestionado mucho mejor. Pero lo hecho, hecho está. Durante 30 años las izquierdas se posicionaron mayoritariamente en contra de la globalización, pero una vez completada sólo un ingenuo podría pensar que la solución es volver por los mismos pasos por los que se llegó hasta allí. El sistema esta actualmente eligiendo cómo quiere enfocar y llevar a cabo la recuperación y salida de esta crisis. Y el sistema somos todos, incluso aquellos que luchan contra él, pues el sistema también les prevé y les asigna su rol en todo esto. Si el auge de la crisis provocó que el Estado actuara como una entidad aislada, la salida en este mundo irremediablemente interconectado sólo puede pasar ya por la cooperación y la solidaridad. Cualquier toma de decisión sin una aproximación sistémica, sin entender que todos dependemos de todos, frenará la recuperación y dejará a los más vulnerables atrás, lo que tarde o temprano volverá a impactar negativamente en aquellos que actuaron unilateralmente en un primer momento. A la nueva normalidad solo se llegará mediante una completa coordinación y a través de un enfoque de bien común que, por coherencia, debe sacar al mercado de algunos sectores en los que no es capaz de gestionar los medios en pos de la vida humana y la dignidad de las personas.

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