Una habitación propia – Virginia Woolf

Autor de la reseña: German Reynaldo Rueda Orejarena

Publicado en 1929 a partir de dos conferencias dictadas por la autora en dos escuelas femeninas de la Universidad de Cambridge, este ensayo es considerado una lectura obligatoria de la literatura feminista. Esta obra que vio la luz en pleno siglo XX y se fundamentó en doscientos años de antecedentes, sorprende hoy día al demostrar su capacidad atemporal en la temática. Guiada por el objetivo de describir la relación entre las mujeres y la novela, Virginia Woolf desarrolló muy consciente y fervorosamente su tesis de que las mujeres solo necesitaban quinientas libras al año y una habitación propia para escribir literatura. A sabiendas de lo que podría implicar el uso de cada palabra en sus expresiones, la autora acabó por exprimir una “pepita de verdad” como ella misma lo dijo, al intentar describir la profunda desigualdad de los sexos.

¿Pero qué han estado haciendo las mujeres para no tener bienes y dinero que puedan heredar sus congéneres? ¿Empolvarse la nariz? ¿Mirar los escaparates? Se pregunta el personaje ficticio de esta historia. Este documento es la viva expresión de la realidad presente en que las mujeres no consiguen obtener los mismos ingresos que los hombres, su educación es diferente y deficiente, se les responsabiliza por las actividades “propias” de la mujer y se les minimiza por su papel en la sociedad frente a los hombres. Virginia Woolf, procurando detallar por qué las mujeres necesitan dinero y una habitación con un pestillo para escribir una novela, acabó por hacer un recuento de los derechos civiles, la economía del cuidado, los derechos de propiedad, la distribución de la riqueza, asuntos demográficos, costumbres culturales, la sexualidad y el sexismo.

Virginia Woolf comenzó por identificar en la educación una variedad de mecanismos represores para las mujeres. El sistema educativo fue creado por hombres y para los hombres, puesto que en ellos se encontraba el dinero, el poder y la influencia. El dinero para construir escuelas y organizar cátedras, dinero proveniente de sus negocios, sus industrias y sus rentas. El poder del patriarcado que les permitió acaparar todos los espacios: “[el hombre] Era el propietario del periódico, y su director, y su subdirector. Era el ministro de Asuntos Exteriores y el juez. Era el jugador de criquet; era el propietario de los caballos de carreras y de los yates. Era el director de la compañía que paga el doscientos por ciento a sus accionistas. Dejaba millones a sociedades caritativas y colegios que él mismo dirigía. (…) Exceptuando la niebla, parecía controlarlo todo”. Y con tanta influencia, claro, se les permitió achicar a la mujer unos tres cuartos porque los hombres en el fondo les tenían miedo (y furia) de ver este sujeto crecer.

Cada vez que una mujer se aproximaba a la luz del conocimiento, aparecían los hombres para acorralar, demonizar y ridiculizar el que una persona del sexo opuesto se atreviera a buscar la libertad en las palabas o los libros, en el trabajo y hasta en “la urbanidad, la genialidad, la dignidad, que son hijas del lujo, del recogimiento y del espacio”. Sin fuentes de ingreso, la autora fácilmente se percata de la extrema pobreza en las mujeres y de su vulnerabilidad frente a los hombres. Así que se va al British Museum en busca de respuestas y la sorpresa es mayúscula al encontrar toneladas de papel con manuscritos sobre la mujer: “Catedráticos, maestros de escuela, sociólogos, sacerdotes, novelistas, ensayistas, periodistas, hombres sin más calificación que la de no ser mujeres persiguieron mi simple y única pregunta —¿por qué son pobres las mujeres?”.

Y a partir de allí, el relato fue extrayendo verdades como el que una mujer es suprimida cuando se dedica a la maternidad o a las labores del cuidado, actividades que no son propias de una renta y menos cuando la maternidad se lleva toda la vida productiva y reproductiva de la mujer. La autora se pregunta constantemente por los estados físicos y mentales apropiados para la creación de una pieza literaria y reconoce puntualmente que las mujeres son siempre interrumpidas, criticadas y orientadas hacia otras actividades en el sostenimiento familiar: los niños demandan atención, la cocina demanda atención, el tejido y las compras, etc. Sim embargo, tal indiferencia del mundo por las mujeres llegó a ser obvia cuando este sentimiento se tradujo en hostilidad frente al relato de su emancipación.

En este contexto, Woolf supuso la existencia de una competitividad en los sexos por la supremacía, por supuesto una competencia entre atletas y cojos en la que bandos claramente definidos no solo debían ganar sino suprimir la contraparte. Pero la autora responde “Por delicioso que sea, el pasatiempo de medir es la más fútil de las ocupaciones y el someterse a los decretos de los medidores la más servil de las actitudes”. ¿Entonces para qué ganar quinientas libras al año y tener un cuarto propio? ¿Estaría Virginia Woolf hablando de renta básica, derechos de habitación y de igualdad de oportunidades? La autora, previendo que se le calificaría de materialista y vaga en sus opiniones, acierta una vez más diciendo que no han sido los hombres pobres los autores de la historia: “La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos”.

Así, cuando las mujeres puedan decidir sobre sus cuerpos sin que les cargue la responsabilidad de la especie en las costillas o puedan viajar por las tierritas y sentarse en los tejados sin pensar en el arriendo, sabrán lo que es haber tenido un privilegio. Y podrán escribir sin la necesidad de sorprender al otro o de hacer lo que les venga en gana pues siempre habrá quinientas libras al año y una habitación propia.

2 respuestas a «Una habitación propia – Virginia Woolf»

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