Aprender desde la experiencia: el poder de las acciones puente



Hay muchas formas de explicar qué es emprender. Algunas pasan por planes de negocio, Excel y palabras como “rentabilidad”. Pero otras —más cercanas, más humanas— se viven. Y precisamente eso es lo que ocurrió en una sesión formativa organizada por Economistas sin Fronteras en el centro EASO Politeknikoa: una experiencia que cambia la idea clásica de emprendimiento. Porque aquí no se trataba solo de aprender… sino de conectar.


Cuando emprender deja de ser solo ganar dinero

La sesión arrancó con una idea clara: emprender no es únicamente montar un negocio para maximizar beneficios. También puede ser una forma de transformar la sociedad, de responder a problemas reales y de generar impacto positivo.  Desde el principio, quienes guiaban la sesión —profesorado del centro y personal técnico de la ONG— quisieron romper ese imaginario típico del emprendimiento. Hablaron de economía social y solidaria, de proyectos con valores, de iniciativas que ponen la vida en el centro.   Y ahí apareció el concepto clave del día: las “acciones puente”.


¿Qué son las “acciones puente”?

Las acciones puente son, en pocas palabras, conexiones con la realidad. No se quedan en la teoría ni en el aula. Son personas y proyectos reales que cruzan al espacio formativo para contar su experiencia en primera persona. Es como abrir una ventana: de repente, lo que parecía abstracto se vuelve tangible. Porque no es lo mismo hablar de “economía social” que ver a alguien que la está poniendo en práctica cada día. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.


Primera parada: el mar como motor de cambio

Una de esas acciones puente vino de la mano del proyecto Mater, representado por Izaskun Suberbiola. Su historia engancha desde el principio: formación en ciencias marinas, años fuera, y una preocupación creciente por el deterioro ambiental. A su vuelta a la costa vasca, decidió hacer algo más que preocuparse.

Y así nació Mater. Lo que empezó como la idea de recuperar un antiguo barco atunero acabó convirtiéndose en un proyecto potente de educación ambiental, sensibilización y acción. Hoy es museo, aula, laboratorio y punto de encuentro.

Pero lo más interesante no es solo lo que hacen, sino cómo lo hacen. Mater trabaja con jóvenes, invitándoles no solo a entender problemas como la contaminación marina o el cambio climático, sino a actuar. Por ejemplo, recogiendo plásticos del mar y transformándolos en productos: pendientes, fundas de móvil o incluso tablas de surf.

Sí, has leído bien. Y lo mejor: esos proyectos no se quedan en una manualidad. Se convierten en auténticos ejercicios de emprendimiento. Diseñan, producen, comunican… y hasta venden.  Aquí la clave es brutal: aprender haciendo, pero con propósito.

Jóvenes que pasan de la idea a la acción. Uno de los mensajes más potentes que dejó esta experiencia es la capacidad de los jóvenes cuando se les da espacio. Cuando el problema se vuelve suyo —como el de las basuras marinas— no solo lo analizan: crean soluciones. Y lo hacen rápido, con creatividad y con compromiso. En cuestión de meses, desarrollan proyectos completos. Y además, muchos de ellos con un componente solidario: lo que generan, lo reinvierten o lo ponen al servicio de la comunidad. No es solo emprendimiento. Es otra forma de entenderlo.


Segunda parada: cocinar comunidad

La otra acción puente llegó con Basajaun Elkartea, y el foco cambió del mar… a la alimentación. Pero el fondo seguía siendo el mismo: transformar la realidad desde lo cotidiano. Basajaun es una asociación que impulsa cocinas comunitarias para garantizar una alimentación digna, sostenible y accesible. Trabajan con producto local, de temporada, ecológico… pero sobre todo, trabajan con personas.

Porque su propuesta va más allá de cocinar. Se trata de recuperar el control sobre lo que comemos, de organizarnos como comunidad, de generar redes de apoyo. En sus cocinas no solo se preparan platos, se construyen vínculos. Y eso también es emprender.

Otra forma de mirar el emprendimiento. Lo que une a Mater y Basajaun —aunque sus actividades sean muy distintas— es una forma común de entender el emprendimiento: No como una carrera individual, sino como un proceso colectivo; No centrado solo en el beneficio económico, sino en el impacto social; No desconectado del entorno, sino profundamente enraizado en él. En la sesión, esto se hizo evidente. El alumnado no solo escuchó historias: vio posibilidades.

Aprender desde la experiencia. El valor de este tipo de formación está precisamente ahí: en mezclar teoría y práctica, discurso y realidad. Las acciones puente funcionan porque generan identificación. Porque alguien cuenta su camino, con sus dudas, sus errores, sus aciertos. Y eso abre puertas. De repente, emprender deja de ser algo lejano o reservado a unos pocos. Se vuelve cercano, posible, incluso inspirador.

Un pequeño cambio de mirada

Al terminar cada una de las sesiónes, probablemente nadie salió con un plan de negocio cerrado. Pero sí con algo más importante: una nueva forma de mirar.

Entender que emprender también puede ser: cuidar el medio ambiente; fortalecer un barrio; generar comunidad; o crear alternativas frente a problemas globales.

En definitiva, una sesión formativa basada en acciones puente no es una clase al uso. Es una experiencia. Una en la que el aula se abre al mundo, y el mundo entra en el aula. Y donde el emprendimiento deja de ser un concepto abstracto para convertirse en algo vivo, cercano y, sobre todo, transformador.

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