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El pasado 29 de abril fue un día especial en la sede del Ekonopolo. También representó una experiencia poco habitual para el alumnado de segundo curso del Grado de ADE de la Facultad de Económicas de Sarriko. Lo que allí se vivió combinó taller, laboratorio de ideas, juego de roles y, sobre todo, una experiencia de aprendizaje con propósito. Una de esas que dejan huella.
El encuentro formaba parte de un proyecto de Aprendizaje-Servicio impulsado junto a Economistas sin Fronteras. Esta metodología propone algo tan sencillo —y a la vez tan transformador— como aprender prestando un servicio a la comunidad. En este caso, el servicio tenía un objetivo muy concreto y exigente.

El reto planteado al alumnado consistía en mejorar tanto los contenidos como las metodologías de las sesiones que habitualmente imparte Economistas sin Fronteras sobre Economía Social y Solidaria y Economía crítica. Esto incluía revisar los materiales existentes, como las presentaciones en PowerPoint, y también diseñar nuevas dinámicas o incluso talleres completos.
La pregunta de fondo era clara: ¿cómo hacer que estos conceptos lleguen mejor al alumnado universitario? La propuesta partía de una idea clave. Las formaciones diseñadas desde el ámbito técnico aportan rigor y experiencia, pero el propio alumnado universitario conoce de primera mano sus inquietudes, sus códigos y sus formas de aprender. Esa cercanía generacional ofrece una ventaja difícil de replicar desde fuera. En otras palabras: quienes viven la universidad saben mejor qué conecta, qué interesa y qué resulta útil en ese contexto.
Aprender haciendo (y repensando)
La jornada había sido precedida por una formación inicial en Economía Social y Solidaria impartida por el equipo técnico de la organización. A partir de ahí, el alumnado asumía el papel protagonista.
Cada grupo debía apropiarse de los contenidos, reinterpretarlos y proponer mejoras. El objetivo consistía en hacerlos más cercanos, más comprensibles y más eficaces a la hora de generar interés y reflexión.
Se trataba de pasar de recibir conocimiento a transformarlo. Y ahí empezó lo interesante
El alumnado se organizó en tres grupos. Cada uno eligió un enfoque distinto, aunque todos compartían una misma intención: convertir una formación tradicional en una experiencia significativa y conectada con la realidad del estudiantado.
Finanzas éticas… en primera persona
Uno de los grupos decidió abordar las finanzas éticas a través de una dinámica participativa que pronto se convirtió en un pequeño experimento social. La propuesta consistía en simular un fondo de inversión. Cada participante asumía un perfil distinto —un CEO de una importante empresa, una persona migrante con dificultades, un trabajador precario, alguien con responsabilidades de cuidados o un perfil empresarial— y todos contaban con la misma cantidad de dinero para invertir. La pregunta era directa: ¿dónde invertir?
Las primeras decisiones siguieron una lógica previsible. La opción más rentable —una inversión inmobiliaria con un 9% de retorno— concentró la mayoría de elecciones, mientras que la alternativa con mayor impacto social recibió menos apoyo. A partir de ahí, la dinámica incorporaba las consecuencias: subida de alquileres, dificultades de acceso a la vivienda y pérdida de derechos dentro del propio sistema simulado. La experiencia adquiría así una dimensión social que transformaba completamente la percepción inicial.
En la segunda ronda, el escenario cambiaba: menos participantes, relaciones de poder más visibles y decisiones con mayor carga política. Las preguntas emergían con fuerza: ¿qué pesa más, la rentabilidad o el impacto? ¿Quién decide? ¿Desde qué posición?
La dinámica, tal y como se recogía en la crónica original, “estuvo súper guay”. Más allá de la expresión, permitió entender que la economía siempre implica decisiones con consecuencias sobre la vida de las personas.
Del Kahoot al barrio imaginado
Otro grupo optó por un enfoque pedagógico, visual y participativo. Comenzaron con un Kahoot para activar al grupo y obtener una radiografía inmediata de sus conocimientos sobre economía social y solidaria. A partir de ahí, construyeron su propuesta: introducción de conceptos, cuestionamiento y aplicación práctica.
Uno de los momentos más llamativos fue la presentación de un vídeo elaborado por el propio grupo. En él comparaban la compra de un desayuno en un supermercado convencional con la compra en comercios locales, midiendo tiempo y precio. El resultado mostró diferencias mínimas y ayudó a desmontar la idea de que consumir de forma responsable implica necesariamente un mayor coste o mayor dificultad. La dinámica final invitaba a diseñar un barrio ideal con seis comercios: tres de economía tradicional y tres de economía social y solidaria. Después, cada grupo revisaba su propuesta: ¿qué cambiarías? ¿por qué?
Surgieron ideas como sustituir grandes empresas por cooperativas locales o transformar casas de apuestas en huertos comunitarios. La pregunta final impulsaba la reflexión práctica: ¿cómo llevarlo a cabo? El ejercicio permitió imaginar alternativas y, al mismo tiempo, pensar en condiciones reales y contradicciones posibles.
Pensar la economía desde otro lugar
La mañana en el Ekonopolo representó un cambio de perspectiva. El Aprendizaje-Servicio parte de una idea poderosa: el alumnado actúa como agente capaz de generar conocimiento y mejorar su entorno. Y esa capacidad se hizo evidente. Las propuestas mostraron diversidad. Algunas dinámicas fluyeron con más cohesión que otras, y cada grupo aportó su propio ritmo. En todos los casos hubo implicación, debate, dudas y reflexión.
Las decisiones aparentemente obvias se analizaron con mirada crítica. Las consecuencias de determinadas prácticas económicas se hicieron visibles. Las alternativas se exploraron desde un enfoque que unía lo cognitivo con lo ético. La metodología invitaba a desarrollar valores que permiten “ser competentes siendo útiles a los demás».
Más allá del aula
La experiencia planteó una cuestión esencial: ¿qué tipo de formación queremos? Una formación que transmita contenidos o una que invite a cuestionarlos. Una formación orientada exclusivamente al mercado laboral o una que también impulse ciudadanía crítica. El proyecto desarrollado entre el alumnado de Sarriko y Economistas sin Fronteras avanzó claramente hacia esta segunda visión. La propuesta no buscaba sustituir una clase por un taller más dinámico, sino replantear el propio proceso de aprendizaje. Conectar teoría y práctica. Conocimiento y realidad. Economía y vida. Durante unas horas, el Ekonopolo se convirtió en un espacio de encuentro, experimentación y construcción colectiva.
Lo que queda después
Al finalizar la sesión, surgieron nuevas preguntas y reflexiones abiertas. Algunas personas comenzaron a pensar en el impacto de sus decisiones de consumo. Otras profundizaron en la idea de las finanzas éticas. Varias descubrieron que la economía social y solidaria constituye una posibilidad concreta y cercana.
Cada una de estas reflexiones representa un avance significativo. La jornada del 29 de abril dejó claro que la economía implica mucho más que números: implica personas. Y aprenderlo a través de la experiencia, el diálogo y la práctica constituye una de las formas más valiosas de aprendizaje.
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