4 julio, 2020
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Coronavirus economicus

Por Alejandro Vázquez, colaborador de EsF

El miedo y la desinformación se transmiten mucho más rápido que los virus. La pandemia de coronavirus se nos presenta como una crisis social y económica sin precedentes en los últimos 100 años y plantea preguntas fundamentales sobre quiénes somos, qué creemos y cómo debemos actuar para proteger la vida, la dignidad humana y promover el bien común en un momento de miedo, peligro y pérdida. Nos enfrentamos no solo a una calamidad de salud global, sino también a desafíos económicos, gubernamentales, políticos y morales sin parangón.

En primer lugar, me gustaría señalar el papel que las redes sociales están desempeñando en la evolución de la crisis. Debemos saber que los algoritmos que dan forma a lo que vemos en éstas, generalmente promueven un contenido que genere la mayor divulgación, y las publicaciones más sensacionalistas son las que alcanzan un número más alto de impactos. En determinados momentos hemos observado un incremento preocupante de comportamientos específicos provocados por el miedo y la ansiedad, como cargarse de rollos de papel higiénico o desinfectantes para manos, Aún así, una dosis adecuada de miedo podría ser justo lo que necesitamos durante una crisis como ésta, que podría cambiar el mundo. Muchas veces pensamos en la ansiedad como algo malo, pero a veces es simplemente la respuesta apropiada: significa que estás prestando atención a un entorno amenazante.

Analicemos a continuación la pandemia desde un contexto histórico, y es que por muy peligroso que el virus ahora pueda parecernos, éste jugaría en segunda división si lo comparamos con la gripe española de 1918, que después de la Primera Guerra Mundial arrasó el mundo y dejó al menos a 50 millones de personas fallecidas. El brote comenzó durante los últimos meses de Primera Guerra Mundial, y no precisamente en España. En el frente occidental, los soldados vivían en condiciones de hacinamiento, suciedad y miseria, contrajeron el virus como consecuencia directa de un sistema inmunitario sumamente debilitado. Durante el verano de 1918, cuando las tropas comenzaron a regresar a casa, llevaron también consigo el virus. Pocos lugares escaparon a sus efectos: Su paso por el mundo fue lento, transportado por ferrocarril y barcos de vapor en lugar de por aviones. Sin embargo, algunos lugares si lograron mantener a raya la gripe, a menudo mediante el uso de técnicas básicas que todavía se utilizan 100 años después: se cerraron las escuelas, se prohibieron las reuniones públicas y se restringió el acceso a pueblos y aldeas. Las medidas de salud pública que se implementan hoy en todo el mundo para contener la propagación de COVID-19 son una de las consecuencias más duraderas de la gripe española. (La gripe española. La pandemia de 1918-1919. B. Echeverri. CIS-Siglo XXI, Madrid, 1993)

Hace solo unos meses, podríamos pensar sobre la pandemia de gripe de 1918 como algo del pasado, una crisis de principios del siglo XX que nunca nos sucedería. COVID-19 ha destrozado esa ilusión de seguridad y protección y ha demostrado, sin lugar a dudas, que las pandemias son una amenaza presente y mortal para todos nosotros. Lo mismo podría decirse de la hambruna. Puede pensarse que es una palabra que vive en el pasado, o incluso en las páginas de la Biblia, pero así como este nuevo coronavirus ha tendido una emboscada a la vida de miles de personas, debemos prepararnos ahora para otra pandemia, la pandemia de hambre que sin duda alguna será más devastadora que COVID-19.

Lo que causará esta pandemia es nada menos que una crisis global, que no hemos visto desde la Segunda Guerra Mundial y como tal requiere una respuesta global, especialmente para millones de personas cuyas vidas serán aplastadas por el impacto socio económico de esta crisis. Incluso antes de COVID-19, el año 2020 tenía el potencial de ser desastroso para quienes viven al límite. Millones de personas que viven en países afectados por conflictos bélicos serán empujados hacia la inanición. Los números son impactantes: aproximadamente 25.000 personas al día mueren de hambre en el mundo, casi 3 millones de personas durante 2020 hasta el 30 de abril según The World Counts https://www.theworldcounts.com/. La escala del número potencial de muertes es desgarradora y lo peor de todo es que para esta epidemia jamás existirán vacunas.

En los países industrializados y ricos, principales afectados hasta ahora por COVID-19, los gobiernos han intervenido para apoyar a las economías y las empresas con paquetes de miles de millones de euros. Pero también es fundamental que se haga todo lo posible para garantizar que las economías sigan trabajando en los países en desarrollo durante y después de esta crisis. Necesitamos tomar las decisiones correctas ahora para evitar un desastre aun peor que nos avergüence a todos. Yo, por mi parte, no quiero ser cómplice ni ser perseguido por mis pensamientos y la culpa que conlleva la sensación de lo que podría haber hecho antes de que sea simplemente demasiado tarde.

En general, nos parece aceptable el cierre de la economía mundial para controlar la crisis sanitaria debido a COVID-19, con todas las consecuencias negativas que esto puede acarrear. Las crisis y los eventos como éste a menudo siguen un patrón predecible: aceptación pública inicial y a continuación un mayor cuestionamiento y rechazo. Ahora que ha finalizado el estado de alarma, me surgen muchas dudas sobre la dramática estrategia indiscriminada de poner a todo el mundo en cuarentena. Ésta, sin duda alguna, perjudica mucho más a las clases sociales más desfavorecidas económicamente con empleos precarios que no tienen la posibilidad de adaptarse a un entorno de movilidad reducida. No habrá ganadores cuando lleguemos al final de esta crisis global a mediados de 2021, cuando seamos capaces de producir y comercializar en masa una vacuna eficaz. Debemos por lo tanto actuar guiados por la convicción de conseguir que aquellas personas más vulnerables económicamente tengan al menos una oportunidad de sobrevivir y hacer frente a esta crisis para poder así preservar su futuro. Solo estoy seguro de una cosa acerca de COVID-19: Nadie en el planeta sabe cuánta muerte y destrucción económica causará este maldito virus en última instancia.

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