Buscar hogar en tiempos difíciles, ese fue el debate

Cineclub FAS, Bilbao – 9 de diciembre
Organizado por Economistas sin Fronteras, en colaboración con el  Cineclub FAS y el Colegio Vasco de Economistas, el cinefórum reunió a un público diverso, generacionalmente y con una misma inquietud: la dificultad, cuando no imposibilidad, de acceder a una vivienda digna.

El debate fue conducido por Ane y Daniela, esta última mujer migrante de origen colombiano y pedagoga, cuya intervención inicial marcó el tono de la conversación: una invitación explícita a pensar la película desde los derechos humanos y, muy especialmente, desde el derecho a la vivienda.

Daniela lanzó una pregunta directa al auditorio: ¿cómo afecta la precariedad habitacional a las mujeres que son cabeza de familia? La cuestión no era retórica. Desde su experiencia personal y profesional, recordó que los procesos migratorios están hoy profundamente feminizados y que muchas mujeres migran precisamente buscando un lugar seguro donde vivir y criar. Sin embargo, al llegar, se encuentran con un mercado inmobiliario cada vez más excluyente: habitaciones que duplican su precio en pocos años, pisos compartidos por diez personas, exigencias de nóminas múltiples, fianzas inasumibles y barreras casi infranqueables para quienes trabajan en la economía informal.

La película, apuntó Daniela, no habla solo de migración “externa”. También retrata las migraciones internas, del campo a la ciudad, del sur al norte, de una generación a otra. En ese sentido, Los Tortuga conecta con una memoria colectiva muy presente en Euskadi: la de las familias que llegaron a Bilbao y su entorno durante los procesos de industrialización, buscando trabajo y levantando su vida en condiciones precarias. La figura de la madre soltera que sostiene el hogar, cuida, trabaja y sueña con un futuro mejor para su hija resonó con fuerza en la sala.

Las primeras intervenciones del público subrayaron precisamente esa dimensión relacional de la película. Para algunas personas, el núcleo del filme no es tanto la vivienda como la relación madre-hija, un vínculo marcado por el amor, el conflicto y la herencia de una precariedad que no se elige. La vivienda aparece casi como un “ambiente”, un telón de fondo constante que condiciona todas las decisiones vitales. Pero ese fondo, como se hizo evidente enseguida, pesa demasiado como para ser considerado secundario.

Varios asistentes recordaron que el problema de la vivienda no es nuevo. En la posguerra, en los años cincuenta, generaciones enteras vivieron situaciones similares: derecho a cocina, chabolas en los montes que rodeaban Bilbao, planes de emergencia habitacional impulsados cuando la situación se volvió insostenible. La historia, señalaron, se repite porque nunca se han abordado soluciones de fondo. La falta de políticas públicas ambiciosas en materia de vivienda reaparece cíclicamente, afectando de manera especial a jóvenes, migrantes y mujeres.

El debate fue ganando densidad cuando se incorporaron referencias a la actualidad más inmediata. Se mencionaron desalojos recientes de naves industriales donde se alojaban más de un centenar de personas migrantes, el aumento alarmante del número de personas que duermen en la calle en las capitales vascas y la invisibilización de quienes quedan fuera de los registros oficiales. En ese contexto, surgió una reflexión especialmente potente: hoy, muchas mujeres migrantes acceden a un techo a través del trabajo de cuidados, viviendo internas en casas ajenas. Ese “alojamiento” no es un derecho garantizado, sino una concesión precaria ligada a condiciones laborales duras y, a menudo, invisibles. No es casual, se apuntó, que la mayoría de personas sin hogar sean hombres: la calle es todavía más peligrosa para las mujeres.

A medida que avanzaba la conversación, el foco se desplazó hacia las causas estructurales del problema. Varios participantes insistieron en que no basta con enumerar quejas o describir consecuencias: hay que hablar de política económica, de oferta y demanda, de salarios y de empleo. Desde esta perspectiva, la crisis de la vivienda sería el resultado de una combinación letal: escasez de vivienda pública, políticas erráticas de alquiler, precarización laboral y una juventud con tasas de paro elevadísimas que no puede emanciparse.

Sin embargo, esta lectura fue matizada y discutida por otras voces. Para una parte del público, el problema no es tanto la falta de generación de riqueza como su mala distribución. España, recordaron, lleva años encabezando los rankings de crecimiento económico en Europa, pero ese crecimiento no se traduce en mejores condiciones de vida para la mayoría. La especulación inmobiliaria, los fondos de inversión y la financiarización de la vivienda fueron señalados como elementos clave de una desigualdad creciente. “La vivienda es para vivir, no para ganar dinero”, resumió una intervención que arrancó aplausos.

El debate se volvió especialmente vivo al aterrizar en ejemplos concretos de Bilbao: desalojos para construir hoteles, edificios enteros en manos de un solo propietario, barrios en proceso de gentrificación acelerada. La película dejó de ser solo una historia “de otras” para convertirse en un reflejo directo de las trayectorias vitales de muchas personas presentes en la sala, especialmente jóvenes de alrededor de treinta años que se reconocieron en la imposibilidad de acceder a un hogar estable, a pesar de tener estudios y empleo.

También hubo espacio para la autocrítica. Una de las asistentes planteó una pregunta incómoda: ¿cuántas personas estaríamos dispuestas a compartir nuestra vivienda, aunque fuera de forma temporal, con mujeres migrantes con criaturas, sin red familiar? La reflexión apuntaba a una cierta hipocresía social: indignarnos ante los desahucios o la falta de recursos públicos no siempre se traduce en cambios en nuestras prácticas cotidianas. Aun así, se subrayó que la responsabilidad última no puede recaer en el individuo, sino en políticas públicas capaces de garantizar derechos sin apelar a la caridad.

La conversación también incorporó una dimensión cultural. Se recordó que las formas de habitar han cambiado profundamente: antes convivían varias generaciones bajo un mismo techo; hoy proliferan los hogares unipersonales, incluso mientras miles de viviendas permanecen vacías. Estos cambios en los modelos familiares y de consumo influyen en la presión sobre el mercado inmobiliario, pero no explican por sí solos una situación que es, ante todo, estructural.

Hacia el final, el debate volvió a conectar con el mensaje más profundo de Los Tortuga: la desigualdad de partida. Nacer en un entorno u otro condiciona de manera decisiva las oportunidades vitales. Aunque hoy existan más opciones educativas, muchas personas se ven obligadas a abandonar los estudios para sostener a sus familias. La película, y el diálogo posterior, pusieron nombre y rostro a esa desigualdad, evitando caer en discursos abstractos.

Cuando Ane cerró el acto agradeciendo la participación y anunciando futuras actividades, quedó la sensación compartida de que nadie salía igual que había entrado. El cine había cumplido su función como detonante de pensamiento crítico, pero fue el debate el que permitió tejer un relato colectivo, complejo y honesto. Como dijo Daniela en una de sus últimas intervenciones, la clave está en seguir construyendo “relatos compartidos”, porque la realidad de la vivienda, de la migración y de los cuidados no es ajena: nos atraviesa a todas y todos.

 

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