Sobre las ponencias de Max Carbonell y María Oianguren en el Bizkaia Aretoa![]()
La presentación del Dossier EsF “Economía de la guerra” tuvo lugar en una de las muchas sesiones que el «FORO ekonomistak PRO 2025» llevó a cabo en el Bizkaia Aretoa de Bilbao, y que fue organizado por el Colegio Vasco de Economistas. Esta presentación planteaba dos de las preguntas centrales de nuestro tiempo: cómo la guerra se ha convertido en un negocio perfectamente engranado y qué significa hoy hablar de economía y paz cuando el mundo está atravesado de conflictos, desigualdades y crisis ecológicas..
En las intervenciones de Max Carbonell, investigador del Centro Delàs, y de María Oianguren, directora del centro de investigación por la paz Gernika Gogoratuz, se complementaban como dos caras de una misma moneda. Uno explicó con datos y ejemplos cómo funciona la economía de la guerra; y la otra propuso claves para imaginar y construir economías orientadas a la vida y la paz.
Israel como ejemplo de “economía de guerra”
Max Carbonell estructuró su intervención a partir de una idea central: la guerra no es solo una consecuencia del conflicto político, sino un sistema económico con dinámicas propias. Para explicarlo, utilizó el caso de Israel como estudio paradigmático, no por excepcional, sino precisamente por lo contrario: porque permite ver con claridad cómo se articula una economía sostenida en la militarización permanente.
Carbonell situó el origen de esta economía en un proyecto colonial de larga duración, que arranca antes incluso de la creación del Estado de Israel. La expulsión de cerca de 800.000 personas palestinas a partir de 1947–48, la destrucción de centenares de pueblos y la posterior ocupación militar de los territorios desde 1967 configuran un escenario de conflicto estructural. Un conflicto que, lejos de resolverse, se gestiona mediante la fuerza.
Desde esta perspectiva, la militarización no es un fenómeno coyuntural, sino una condición necesaria para sostener ese proyecto político. Y cuando la ocupación se vuelve permanente, también lo hace el gasto militar, el desarrollo tecnológico vinculado a la seguridad y la industria armamentística.
El ciclo armamentista: un engranaje que se retroalimenta
Uno de los conceptos clave de la ponencia fue el llamado “ciclo armamentista”. Explicado paso a paso, este ciclo comienza cuando un Estado decide resolver un conflicto mediante el uso de la fuerza. Esa decisión implica aumentar el gasto militar, adquirir armamento y desarrollar nuevas tecnologías. Para ello, se necesita investigación, industria y, sobre todo, financiación.
Aquí entran en juego las empresas armamentísticas y las entidades financieras que adelantan el capital necesario para producir armas. El Estado compra, autoriza exportaciones, regula —o deja de regular— y, finalmente, las armas se utilizan o se venden a otros países. El resultado es un sistema circular en el que la guerra genera demanda, la demanda genera negocio y el negocio alimenta nuevas guerras.
Carbonell subrayó que este ciclo no es una abstracción teórica. Está respaldado por cifras contundentes: el gasto militar mundial no deja de crecer y supera ya el 2,5 % del PIB global.
Una industria sobredimensionada
Dentro de ese contexto global, Israel destaca de forma llamativa. A pesar de contar con una población relativamente pequeña, posee una industria militar enormemente desarrollada. Varias empresas israelíes figuran entre las principales del mundo en ventas de armamento, muy por delante de países con mucha mayor población.
Según explicó Carbonell, alrededor del 70 % de la producción armamentística israelí se destina a la exportación. Israel es hoy uno de los principales exportadores de armas del mundo y ocupa posiciones destacadas en el comercio internacional de tecnología militar y de seguridad.
¿La clave de su competitividad? Un elemento tan inquietante como eficaz desde el punto de vista comercial: las armas se venden como “probadas en combate”. Es decir, como tecnologías testadas en situaciones reales de conflicto.
Dependencias y alianzas internacionales
Carbonell insistió en que Israel no puede entenderse como una “isla”. Su economía de guerra está profundamente integrada en un entramado geopolítico más amplio. Estados Unidos desempeña un papel central, con transferencias de ayuda militar directa que se cuentan por decenas de miles de millones de dólares a lo largo de las últimas décadas.
Europa, por su parte, es uno de los principales socios comerciales de Israel y también participa en programas de investigación y desarrollo en los que intervienen empresas vinculadas al sector militar.
Banca, empresas y falta de control
Otro de los aspectos destacados de la ponencia fue el papel de la banca y las finanzas. Las armas no se fabrican sin inversión previa, y esa inversión procede en gran medida de entidades financieras internacionales. Bancos que, en muchos casos, operan también en Europa y gestionan ahorros de ciudadanos que desconocen el destino final de su dinero.
Carbonell planteó una reflexión provocadora: si existiera un control real sobre el uso final de las armas y sobre las violaciones del derecho internacional, el negocio armamentístico perdería gran parte de su rentabilidad. El sistema se sostiene, en buena medida, sobre la impunidad y la falta de fiscalización efectiva.
De la economía de la guerra a la economía para la vida
Tras este recorrido por los mecanismos de la economía militar, la intervención de María Oianguren abrió un cambio de enfoque. Su pregunta de partida fue clara: ¿qué entendemos por economía y al servicio de qué —o de quién— debería estar?
Desde su punto de vista, el capitalismo neoliberal ha convertido prácticamente todos los ámbitos de la vida en mercancías: la tierra, el trabajo, el tiempo, los cuidados, la cultura. Un sistema que, además, se apoya en estructuras patriarcales, coloniales y extractivistas, y que ha logrado reducir regulaciones ambientales y derechos sociales.
Frente a ello, Oianguren defendió una concepción de la economía como herramienta para sostener, cuidar y regenerar la vida, en equilibrio con los límites del planeta. Una economía que no se mida solo en términos de crecimiento o beneficio, sino de bienestar, justicia social y sostenibilidad.
Paz como proceso, no como ausencia de guerra
Para Oianguren, la paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflicto armado. Es un proceso activo de transformación de los conflictos, basado en criterios de justicia social, ambiental y también epistémica: quién tiene voz, qué relatos se legitiman y cuáles quedan silenciados.
Desde Gernika Gogoratuz, centro nacido al calor de la memoria del bombardeo de Gernika, llevan décadas acompañando procesos de investigación y acción participativa en distintos territorios del mundo. Su trabajo conecta lo global y lo local, mostrando cómo las dinámicas económicas internacionales tienen impactos concretos en comunidades específicas.
Urdaibai: un laboratorio de alternativas
Uno de los ejemplos más detallados de la ponencia fue el proceso que acompañan en Urdaibai, la reserva de la biosfera de Euskadi. Desde 2017, trabajan con agentes sociales, educativos, políticos y comunitarios para pensar de forma colectiva el futuro económico de la comarca.
El resultado es una propuesta de plan económico ecosocial, que prioriza la protección del entorno natural, los bienes comunes y el bienestar de las personas que habitan el territorio. Un modelo que apuesta por la gobernanza participativa, la justicia intergeneracional y la sostenibilidad a largo plazo, frente a proyectos basados en el beneficio inmediato o la explotación intensiva del territorio.
Urdaibai aparece así como un ejemplo concreto de cómo pensar localmente permite responder a problemas globales, desde la crisis ecológica hasta las desigualdades económicas.
Memoria, responsabilidad y futuro
En el tramo final de su intervención, Oianguren conectó memoria histórica y presente. Recordar Gernika hoy implica también recordar Gaza y otros lugares donde la violencia se ejerce con total impunidad. Pero no como un ejercicio de nostalgia o condena abstracta, sino como una llamada a la responsabilidad colectiva.
¿Qué compromisos asumimos como sociedad? ¿Qué economías estamos sosteniendo con nuestras decisiones cotidianas, políticas e institucionales? ¿Qué futuros estamos ayudando a construir?
Una reflexión abierta
Las ponencias de Max Carbonell y María Oianguren no ofrecieron soluciones simples. Pero sí aportaron algo quizá más importante: herramientas para entender la complejidad del mundo actual y para cuestionar la normalización de la guerra como motor económico.
Frente a la economía de la guerra, ambas intervenciones señalaron la necesidad —y la posibilidad— de construir economías para la paz, la vida y el cuidado. Un reto enorme, pero imprescindible, que empieza por comprender cómo funciona el sistema que tenemos y por atrevernos a imaginar otros distintos.




