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El pasado 20 de mayo de 2026, el centro Bolunta de Bilbao acogió la jornada “Del protocolo a la coherencia institucional: expectativas, corresponsabilidad y garantías reales”. Organizada en el marco de los compromisos asumidos por la Coordinadora de ONGD de Euskadi, la cita reunió a profesionales, activistas y representantes de diversas organizaciones de cooperación y solidaridad. Entre las entidades participantes se encontraba Economistas sin Fronteras, que acudió a este espacio de reflexión y aprendizaje compartido junto a otras ONGD vascas comprometidas con la construcción de entornos organizativos más seguros, igualitarios y libres de violencia.

Desde el inicio quedó claro que el objetivo de la jornada iba mucho más allá de revisar documentos o procedimientos. La pregunta de fondo era otra: ¿cómo conseguir que los protocolos de prevención no sean meros textos archivados en una carpeta, sino herramientas vivas capaces de generar entornos realmente seguros?. La respuesta, como se comprobaría a lo largo del día, pasa por combinar normas claras con formación, confianza, acompañamiento y una profunda revisión de las relaciones de poder que existen dentro de las organizaciones.
El origen de un protocolo centrado en las víctimas
La jornada fue inaugurada por Silvia, técnica de género de la Coordinadora, quien explicó el proceso de elaboración del protocolo actualmente vigente. Su intervención sirvió para recordar que detrás de cada documento existen debates, decisiones y dilemas complejos.
Durante su desarrollo surgió una cuestión fundamental: ¿debía priorizarse la protección jurídica de las organizaciones o el acompañamiento y la credibilidad de las personas que denuncian? Finalmente, se optó por un modelo que sitúa a la víctima en el centro del proceso. Una decisión que no estuvo exenta de dudas, pero que respondía a la necesidad de corregir una realidad demasiado frecuente: la tendencia a cuestionar o minimizar las experiencias de quienes sufren situaciones de acoso. Aquella introducción marcó el tono de toda la jornada. No se trataba únicamente de hablar de procedimientos administrativos, sino de derechos, confianza y responsabilidad colectiva

Comprender el acoso para poder combatirlo
La primera ponencia corrió a cargo de Adriana Benjumea, abogada feminista y defensora de derechos humanos colombiana. Su intervención partió de una idea sencilla pero contundente: el acoso sexual suele generar más dudas y cuestionamientos que otras formas de violencia. Precisamente por eso resulta imprescindible contar con criterios claros y compartidos para identificarlo y actuar.
Benjumea destacó tres pilares fundamentales. El primero es la prevención. Los protocolos, explicó, no eliminan por sí solos el problema, pero sí permiten advertir, orientar y ofrecer una vía de actuación cuando se producen abusos de poder. Eso sí, para que funcionen deben ser conocidos por todas las personas de la organización. Un protocolo que nadie ha leído es poco más que un documento decorativo.
El segundo pilar es situar a la víctima en el centro. La ponente insistió en que otorgar credibilidad inicial a quien denuncia no significa renunciar a las garantías procesales de la persona denunciada. Significa reconocer que históricamente las mujeres y otras personas discriminadas han visto cuestionados sus testimonios de manera sistemática.
El tercer elemento es la reparación. Sancionar una conducta es importante, pero insuficiente. También es necesario reconocer el daño causado, restaurar derechos y establecer garantías que eviten que situaciones similares vuelvan a repetirse
La Economía Social y Solidaria promueve modelos organizativos en los que la actividad económica se entiende como una herramienta al servicio de la sociedad. El trabajo digno, la equidad, la sostenibilidad ambiental, la transparencia, la participación y la cooperación forman parte de los valores que orientan este enfoque y que hoy están presentes en cooperativas, empresas de inserción, asociaciones, fundaciones y numerosas iniciativas económicas de nuestro entorno.
Más allá de los contenidos teóricos, la formación buscó ofrecer al profesorado herramientas para identificar cómo estos principios pueden estar presentes en la práctica educativa y en la formación de las futuras generaciones de profesionales.
El acoso como expresión de desigualdades estructurales
La mirada internacional continuó con la intervención de Marcia Zavala, representante de Mujeres Transformando el Mundo, de Guatemala. Su aportación permitió ampliar el foco y entender el acoso sexual no como un comportamiento aislado, sino como una manifestación de desigualdades de poder profundamente arraigadas en la sociedad.
Zavala subrayó que el acoso no tiene que ver con la atracción o el deseo, sino con el control y la dominación. Desde esa perspectiva, las respuestas institucionales deben partir siempre de la escucha y el respeto a las necesidades de las víctimas.
Uno de los aspectos más interesantes de su intervención fue la reflexión sobre la diversidad de respuestas que pueden necesitar las personas afectadas. No todas buscan lo mismo. Algunas desean presentar una denuncia formal de inmediato; otras necesitan primero apoyo psicológico o emocional para poder afrontar la situación. Comprender esta diversidad resulta esencial para evitar respuestas rígidas que terminen reproduciendo nuevas formas de violencia. También puso el acento en la importancia de contar con mecanismos independientes de denuncia y medidas de protección eficaces durante todo el proceso, especialmente cuando el agresor forma parte de la misma organización.
Más allá del papel: construir culturas organizativas seguras
La tercera gran intervención de la mañana estuvo a cargo de Tania Naanous, especialista mexicana en justicia restaurativa y prevención de la violencia de género. Su mensaje fue directo: tener un protocolo no garantiza nada si las personas desconocen su existencia o no saben cómo utilizarlo.
Naanous invitó a las personas asistentes a reflexionar sobre las zonas grises que suelen rodear muchas situaciones de acoso. No siempre existen comportamientos claramente identificables, y el contexto juega un papel decisivo. Las relaciones jerárquicas, las diferencias de antigüedad, el trabajo en terreno o incluso los prejuicios inconscientes pueden influir tanto en la percepción como en la gestión de los conflictos.
A través de ejemplos prácticos, mostró cómo determinadas dinámicas organizativas pueden incrementar la vulnerabilidad de algunas personas. También recordó algo especialmente relevante para quienes trabajan en ámbitos vinculados a la igualdad y los derechos humanos: nadie está libre de sesgos.
Otro de los ejes de su intervención fue la justicia restaurativa. Frente a enfoques centrados exclusivamente en el castigo, defendió la necesidad de incorporar mecanismos orientados a la reparación del daño y a la transformación de las conductas. No se trata únicamente de sancionar, sino de reconstruir relaciones y fortalecer las comunidades afectadas
Un debate abierto sobre miedos, silencios y responsabilidades
Tras las ponencias llegó uno de los momentos más enriquecedores de la jornada: el turno de preguntas y debate colectivo. Lejos de limitarse a aclaraciones técnicas, las intervenciones del público permitieron profundizar en cuestiones especialmente complejas.
Entre ellas destacó el debate sobre la carga de la prueba en los casos de acoso. Varias personas señalaron las enormes dificultades que encuentran las víctimas para demostrar hechos que a menudo suceden sin testigos y en contextos de fuerte desigualdad de poder. También se abordó el concepto de consentimiento, recordando que el silencio o la inmovilidad nunca pueden interpretarse automáticamente como aceptación.
El miedo a las represalias, la culpa, la vergüenza y la persistencia de una cultura del silencio aparecieron repetidamente en las intervenciones. Asimismo, se destacó que las personas migrantes, racializadas o pertenecientes a colectivos vulnerables suelen enfrentarse a obstáculos adicionales a la hora de denunciar.>>La conversación concluyó con una idea compartida por muchas personas participantes: los protocolos deben ser herramientas vivas, revisadas periódicamente y construidas desde la confianza.
Cuatro grupos para pensar soluciones
Después la jornada adoptó un formato más participativo. Tania Naanous propuso dividir a las personas asistentes en cuatro grupos de trabajo para analizar fortalezas y desafíos desde diferentes perspectivas. Durante quince minutos, cada grupo debatió acompañado por una facilitadora encargada de dinamizar la conversación y garantizar la participación de todas las personas. Las conclusiones ofrecieron una radiografía muy completa de las preocupaciones existentes en el sector.

El primer grupo puso el foco en la prevención. Entre sus propuestas destacaron la necesidad de impulsar cambios profundos en la cultura organizativa, destinar recursos suficientes a la igualdad y promover formaciones adaptadas a distintos niveles de responsabilidad. También insistieron en la importancia de crear comités que no reproduzcan las mismas estructuras de poder que pretenden cuestionar.
El segundo grupo analizó los mecanismos de denuncia y protección. Sus integrantes coincidieron en que la confianza es un elemento esencial. Para ello resulta necesario crear espacios seguros donde las personas puedan expresar sus preocupaciones incluso antes de formalizar una denuncia. También se planteó el debate sobre quién debería poder activar un protocolo cuando la víctima no desea hacerlo personalmente.
El tercer grupo se centró en la aplicación práctica de los protocolos. Las participantes valoraron positivamente aspectos del documento existente, como su accesibilidad, su lenguaje claro o la inclusión de medidas de reparación. Sin embargo, advirtieron sobre riesgos como la falta de actualización periódica o la tendencia de algunas organizaciones a pensar que estos problemas nunca ocurren en su entorno.
Finalmente, el cuarto grupo abordó la cuestión de la revictimización. Las participantes alertaron de que los procesos largos y repetitivos pueden convertirse en una segunda forma de sufrimiento para quienes denuncian. Entre las propuestas de mejora figuró la posibilidad de registrar formalmente los testimonios para evitar que las víctimas tengan que repetir constantemente su relato ante diferentes instancias.
El acompañamiento como pieza clave
La jornada concluyó con la intervención de Cynthia Morado, psicóloga clínica y jurídica especializada en el acompañamiento a víctimas de violencia sexual. Su ponencia aportó una dimensión especialmente humana a todo lo discutido durante el día.
Morado recordó que el acoso sexual deja secuelas que van mucho más allá del momento concreto en que ocurre. Ansiedad, depresión, problemas de sueño, pérdida de autoestima o incluso el abandono del empleo son algunas de las consecuencias que pueden experimentar las personas afectadas.
Por ello, insistió en diferenciar claramente entre gestionar un caso y acompañar a una persona. La gestión implica procedimientos, informes y plazos. El acompañamiento, en cambio, exige escucha, empatía y presencia.
La especialista destacó la enorme importancia de la primera escucha. Ese primer contacto puede determinar si una persona decide continuar con el proceso o abandonarlo. Escuchar sin juzgar, explicar claramente los pasos posibles, respetar los silencios y evitar falsas expectativas son elementos fundamentales para generar confianza.
Además, recordó que quienes acompañan también necesitan cuidados. El desgaste emocional, la fatiga por compasión o el llamado trauma vicario son riesgos reales para las personas que trabajan de manera continuada con situaciones de violencia.
Una conclusión compartida
Al finalizar la jornada, una idea parecía haber atravesado todas las intervenciones, debates y dinámicas: los protocolos son imprescindibles, pero por sí solos no garantizan la prevención del acoso. Para que sean efectivos, las organizaciones deben revisar sus relaciones de poder, fomentar la confianza, escuchar a las víctimas y asumir una responsabilidad colectiva en la creación de espacios seguros.
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