Economía, empresa, mujeres migradas: la teoría en el aula


A las once de la mañana del 13 de enero, la Facultad de Economía y Empresa de la UPV/EHU en Donostia rompía su rutina habitual. En los pasillos del edificio de la Plaza de Oñati, 1, el murmullo previo a clase se mezclaba con una pregunta que iba a atravesar las dos sesiones que estaban a punto de comenzar: ¿para qué —y para quién— sirve la economía que estudiamos?

La respuesta no iba a llegar desde un único aula, sino desde dos. De forma simultánea, el alumnado se repartía entre el aula 0.2, donde la sesión se desarrollaría en castellano, y el aula 0.3, en euskera. En cada aula, una técnica de Economistas sin Fronteras —Patri en castellano, Ane en euskera— guiaba la sesión, compartiendo una misma propuesta formativa.

Durante cuarenta y cinco minutos, el aula universitaria se convirtió en un espacio para cuestionar certezas. La economía dejó de ser una sucesión de gráficos, fórmulas o modelos abstractos para presentarse como lo que es: una herramienta profundamente política, con efectos directos en la vida de las personas. Especialmente en la vida de aquellas que suelen quedar fuera del foco.

La sesión arrancó con una pregunta simple: ¿qué entendemos por economía? A partir de ahí, el debate fue tomando cuerpo. Se habló de recursos limitados y de necesidades humanas, de quién decide qué se produce y en qué condiciones, y de cómo el modelo económico dominante —basado en la acumulación, la competencia y el crecimiento ilimitado— deja demasiadas vidas al margen.

El alumnado, acostumbrado a analizar mercados y empresas desde una lógica más técnica, empezó a mirar el sistema desde otro ángulo. Aparecieron conceptos que no siempre ocupan un lugar central en los planes de estudio: la huella ecológica, las desigualdades globales, la externalización de los costes sociales y ambientales, o la economía de los cuidados. De repente, actividades cotidianas como limpiar, cuidar o sostener emocionalmente a otras personas entraban en la conversación económica, revelando todo aquello que el mercado no mide, no paga y, muchas veces, no nombra.

Fue en ese punto donde la perspectiva de género y la realidad de las mujeres migradas cobraron especial protagonismo. Porque si la economía convencional invisibiliza los cuidados, esa invisibilidad se multiplica cuando hablamos de mujeres y, más aún, de mujeres migrantes. Se abordaron las barreras específicas que enfrentan en el acceso al empleo, al emprendimiento o a los recursos financieros; pero también se puso el foco en su papel como agentes económicas, portadoras de saberes, experiencias y formas alternativas de organizar la vida y el trabajo.

Frente a un modelo económico que expulsa y precariza, la sesión abrió la puerta a otras maneras de hacer empresa y economía. La Economía Social y Solidaria apareció entonces no como una teoría lejana, sino como un conjunto de prácticas reales que ya existen y funcionan: cooperativas, iniciativas comunitarias, proyectos que priorizan el trabajo digno, la sostenibilidad ambiental, la igualdad y el compromiso con el entorno.

El contraste entre ambos modelos fue claro. Donde la economía capitalista sitúa el beneficio en el centro, la ESS coloca a las personas y la vida. Donde unos pocos acumulan, otras propuestas apuestan por el reparto justo de la riqueza. Y donde la lógica dominante fomenta el individualismo, la economía social y solidaria reivindica la cooperación y el apoyo mutuo.

A lo largo de la sesión, el diálogo con el alumnado fue constante. No se trataba de una clase magistral, sino de una invitación a pensar, a cuestionar y a conectar lo aprendido con la realidad cotidiana. Las preguntas surgían de forma natural: ¿es posible emprender sin reproducir desigualdades?, ¿qué papel pueden jugar las empresas en la inclusión social?, ¿cómo integrar la sostenibilidad y la justicia social en la práctica económica?

Al finalizar, quedaba la sensación de que algo se había movido. Quizá no una respuesta cerrada, pero sí una inquietud compartida. La economía, entendida desde esta mirada crítica y feminista, dejaba de ser un terreno neutral para convertirse en un espacio de responsabilidad colectiva.

Estas dos sesiones simultáneas, en castellano y euskera, no solo facilitaron el acceso al contenido, sino que reflejaron el espíritu de la propuesta: una economía diversa, inclusiva y arraigada en la realidad de las personas. Una economía que no se queda en el aula, sino que interpela a quienes mañana tomarán decisiones en empresas, instituciones o proyectos propios. Porque, al final, la pregunta que flotaba en el ambiente era sencilla y potente: si la economía organiza la vida, ¿no debería empezar por cuidarla?

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