El 21 de enero de 2026, el salón de actos del CIFP Txurdinaga LHII dejó de ser un espacio académico para transformarse en algo muy distinto: un pequeño mercado de ideas, un zoco de creatividad juvenil donde cada conversación abría una ventana al futuro. Azokazon, la feria de emprendimiento del centro, volvió a demostrar que cuando se da libertad al alumnado para crear, el resultado es mucho más que una exposición de trabajos.
Desde primera hora, el ambiente ya anunciaba que la jornada iba a ser especial. Estudiantes ultimando detalles, profesorado moviéndose entre stands, visitantes curiosos… y un murmullo constante que mezclaba nervios, ilusión y ganas de mostrar al mundo lo que habían construido durante meses. Porque Azokazon no es una feria al uso: es un ejercicio real de emprendimiento. Cada stand funciona como una pequeña empresa, con productos, prototipos, materiales de comunicación y discursos ensayados para convencer a quien se acerque.
Un público exigente y una experiencia real
Uno de los rasgos más valiosos del evento es su público. Además del alumnado del propio centro, acuden estudiantes de otros institutos, como el Gabriel Aresti, que observan, preguntan y ponen a prueba cada proyecto. Para quienes están al otro lado del mostrador, esta mezcla es un desafío y un aprendizaje: obliga a adaptar el mensaje, a explicar mejor la idea y a comprobar si realmente se entiende fuera del aula.
La diversidad de propuestas es otro de los sellos de Azokazon. Entre los pasillos se encuentran desde productos tangibles —calendarios biodegradables, jabones artesanales, accesorios para mascotas— hasta servicios digitales, aplicaciones móviles, robots sociales o soluciones tecnológicas para empresas. La feria es un recordatorio de que no existe un único camino para emprender.
Tecnología con propósito: IA, sostenibilidad y bienestar social
Entre los proyectos más llamativos destacó una tienda online de ropa personalizada que utiliza inteligencia artificial para crear avatares y medir prendas. Su producción se realizaría en talleres locales de mujeres, combinando tecnología, sostenibilidad y economía social. Aunque aún es un prototipo, el equipo ya piensa en alianzas y en cómo diferenciarse en un mercado saturado.
Otro grupo presentó una aplicación para descubrir negocios locales, con un sistema de tarifas para que pequeñas empresas puedan promocionarse mediante reseñas y posicionamiento destacado. La idea busca dinamizar el comercio de barrio y ofrecer visibilidad a quienes más lo necesitan. La tecnología también se puso al servicio de la salud con Hearthnology, un proyecto de robótica social que fabrica pequeños robots impresos en 3D para acompañar a niños y niñas con cáncer en hospitales. Programados para comunicarse en varios idiomas y ofrecer interacción lúdica, estos robots se entregan gratuitamente a través de la Fundación Pink Force. Un ejemplo perfecto de cómo la innovación puede tener un profundo impacto humano.

Sostenibilidad urbana y energías renovables
La feria también fue escenario de propuestas orientadas a la transición ecológica. Uno de los equipos presentó un prototipo de baldosas piezoeléctricas capaces de generar energía con el paso de peatones, pensadas para alimentar farolas urbanas. El proyecto se complementa con ideas de energía eólica para carreteras y placas solares para tejados, formando un ecosistema energético urbano. Su potencial llamó la atención hasta el punto de ser seleccionados para presentarlo en Dema, un evento que podría abrirles puertas a financiación.
En la misma línea, otro equipo desarrolló calendarios biodegradables con semillas, elaborados con papel reciclado que puede plantarse tras su uso. Un producto sencillo, útil y con un mensaje claro: cada pequeño gesto cuenta.
Aplicaciones que miran al futuro
En la segunda parte del evento aparecieron proyectos más orientados a la digitalización y la gestión inteligente. Uno de ellos fue una aplicación de IA para la gestión fiscal y documental, pensada para autónomos y pequeñas asesorías. Integraría datos de Hacienda y Seguridad Social, ofrecería recomendaciones y permitiría resolver dudas mediante un chat especializado. Por ahora solo existe un prototipo visual, pero el equipo está dispuesto a avanzar si detecta interés real.
También se presentó una plataforma para medir la huella de carbono a partir de los gastos bancarios de la persona usuaria. La aplicación clasifica consumos según su impacto ambiental y propone objetivos mensuales mediante gamificación. Una herramienta educativa que busca fomentar hábitos sostenibles sin caer en el discurso moralista. Y, como broche tecnológico, una papelera inteligente con reconocimiento por imagen y sonido para clasificar residuos automáticamente. Pensada para grandes empresas, incluye un sistema de monitorización y un programa de incentivos para empleados. La propuesta se apoya en recientes beneficios fiscales para compañías que gestionan adecuadamente sus residuos.
La economía social entra en escena
Este año, además, la feria incorporó una novedad significativa. Reas Euskadi junto a Economistas sin Fronteras, presentó por primera vez un CONCURSO de Economía Social y Solidaria dirigido al alumnado participante. La intención era clara: mostrar que los valores de la economía social —cooperación, sostenibilidad, impacto social, inclusión— pueden integrarse en cualquier proyecto, sea tecnológico, comercial o artesanal. Más que evaluar, la organización de este concurso busca escuchar, orientar y sembrar inquietudes.

Visto cada proyecto presentado a nuestro concurso y en funciòn de su contenido, se asignaron unos resultados y se hizo la entrega de premios. En concreto el día 2 febrero se hizo a los ciclos de la tarde, y el 4 de febrero a los ciclos de la mañana. Los proyectos ganadores de la mañana han sido ICOI y NAHIZ del grupo 2LA3, mientras que los de la tarde han sido LOTURAK y VOCES VALIENTES. Felicidades a los y las ganadoras!!!
Más allá de los proyectos concretos, Azokazon 2026 dejó una sensación compartida: la de estar ante una generación que no solo piensa en emprender, sino en hacerlo con propósito. La feria funciona como un laboratorio donde el alumnado experimenta cómo es presentar una idea en público, defenderla, recibir críticas y mejorarla. Y, al mismo tiempo, descubre que la economía puede ser una herramienta para transformar su entorno.
Lo verdaderamente valioso es lo que ya se vivió en el salón de actos: jóvenes creando, colaborando, equivocándose, acertando y, sobre todo, imaginando futuros posibles que mejoren nuestras vidas.
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