¿De quién es el tiempo? Poder, dependencia y futuros posibles


Bilbao, julio de 2025. La tercera edición del curso de Economía Crítica arrancó con fuerza, abriendo espacio para un debate que raramente ocupa el centro de la reflexión económica: el tiempo.
   Bajo el título Tiempo: Producción de un futuro postcapitalista frente a la emergencia climática”, la mesa redonda reunió a tres voces del pensamiento crítico actual —Noelia Parajuá, Tatiana Llaguno y Alberto Garzón— en un diálogo moderado por Mirene Begiristain, profesora e investigadora de la UPV/EHU y miembro del Instituto Gezki.
   En una sala llena, donde se respiraba interés y necesidad de cambio, el tiempo se presentó no como una abstracción técnica, sino como un
campo de disputa política, económica y vital.


Una categoría olvidada: el tiempo como estructura de poder

La intervención inicial de Mirene Begiristain no dejó lugar a dudas sobre el enfoque del encuentro. El curso, dijo, se propone analizar tres dimensiones clave de la crisis actual: la espacial, la reproductiva y la temporal. Esta última —la que nos ocupa— fue entendida no solo como una cuestión filosófica o existencial, sino como una herramienta concreta del sistema capitalista para estructurar relaciones de poder, desigualdades estructurales y conflictos entre modelos de vida.

“El tiempo no es solo una marquita en el reloj —señaló—. Es un recurso distribuido de forma desigual, controlado por unos pocos y expropiado a la mayoría.”

Las preguntas que guiaron la mesa fueron tan ambiciosas como urgentes: ¿Cómo reapropiarnos del tiempo para la vida en un contexto de crisis multidimensional? ¿Cómo desmercantilizarlo y despatriarcalizarlo? ¿Qué significa imaginar futuros postcapitalistas desde prácticas situadas, vitales, intergeneracionales?

La mirada agraria: saberes campesinos frente al colapso

Noelia Parajuá, historiadora e investigadora en transformaciones del sistema alimentario, fue la encargada de abrir el debate. Lo hizo desde una experiencia situada en el ámbito rural gallego, revindicando el papel histórico y actual del campesinado, como clase de supervivientes. En un análisis que entrelazó teoría y vivencia, Parajuá denunció la invisibilización de estos saberes ancestrales por parte del capitalismo agroindustrial.

Citando a John Berger, defendió que la clase campesina —lejos de ser un residuo del pasado— es portadora de conocimientos fundamentales para afrontar un futuro postcapitalista. “Saben subsistir sin depender de un sistema que constantemente destruye sus propias bases”, afirmó. Sin embargo, alertó sobre un grave problema de relevo generacional: solo el 3,8 % de la población activa española trabaja hoy en el campo.

Parajuá subrayó el papel de la agroecología como horizonte de transformación temporal y metabólica, defendiendo que existen recursos suficientes en el Estado para alimentar a la población de manera sostenible. Pero, advirtió, “el sistema actual no se organiza para alimentar personas, sino para alimentar el lucro”. El capitalismo alimentario, con su obsesión por la eficiencia, genera un metabolismo social insostenible, donde la tierra se degrada y los cuerpos se enferman.

La agroecología, explicó, no es solo una técnica agrícola, sino una propuesta política, económica y cultural que implica volver a ritmos naturales, restaurar la biodiversidad, y reorganizar el vínculo campo-ciudad. A través del modelo de cinco pasos de Steve Gliessman, remarcó que la transformación total exige llegar al nivel más profundo: el cambio de sistema.

La crítica filosófica: dependencia, libertad y la ilusión de la independencia

La segunda intervención estuvo a cargo de Tatiana Llaguno, filósofa y politóloga, que abordó la cuestión del tiempo desde una perspectiva más teórica, aunque igual de incisiva. Su tesis central giró en torno a una paradoja: el capitalismo nos hace cada vez más dependientes —del mercado, del consumo, del trabajo ajeno—, pero nos educa en la fantasía de la independencia individual.

“La dependencia no es un fallo, es una condición social estructural que el sistema niega y oculta”, explicó. Esta negación, argumentó, no solo impide organizar relaciones más libres, sino que alimenta dinámicas antisociales y antisolidarias, agravando tanto la crisis ecológica como la psicosocial.

Llaguno propuso superar la dicotomía entre libertad y necesidad que aún arrastra parte del marxismo. Desde una mirada feminista, cuestionó la división entre tiempo productivo y tiempo libre. ¿Qué ocurre —preguntó— con actividades como el cuidado? ¿Son un medio para un fin o un fin en sí mismas?

En este sentido, invitó a pensar en una libertad no como acumulación de tiempo libre, sino como una reconfiguración cualitativa de nuestra relación con el tiempo. En lugar de separar “reino de la necesidad” y “reino de la libertad”, como planteaba Marx, Llaguno propuso explorar formas de temporalidad más integradas, plurales, no lineales, que no sacrifiquen el sentido por la eficiencia.

Una de sus contribuciones más sugerentes fue la idea de que el socialismo no debería aspirar a una independencia total, sino a una gestión colectiva y libre de nuestras interdependencias. La clave, dijo, no es abolir la dependencia, sino transformarla.

La mirada institucional: ecosocialismo, planificación y conflicto

El cierre de la mesa vino de la mano de Alberto Garzón, economista y exministro, con una intervención que combinó experiencia institucional y reflexión estratégica. Con su característico estilo didáctico y provocador, Garzón comenzó desmontando la definición convencional de la economía —como gestión de recursos escasos— para reivindicar una visión más política: qué producimos, para quién y cómo se distribuye.

El capitalismo, dijo, responde a estas preguntas con un único criterio: la maximización de beneficios. Y esa lógica, al ignorar los límites planetarios y las desigualdades sociales, nos ha llevado al borde del colapso ecosocial.

Frente a esta maquinaria inconsciente e inmoral que es el mercado, Garzón planteó la necesidad de sustituirla por una fuerza consciente, es decir, por un nuevo criterio de organización: la planificación democrática. “Si no decidimos colectivamente qué producir y cómo, lo hará el capital según sus intereses, y eso es lo que nos ha traído hasta aquí”, sentenció.

Insistió en que el futuro postcapitalista no está garantizado. Existen múltiples escenarios posibles, algunos autoritarios o ecofascistas. De ahí la urgencia de disputar los criterios del cambio: una planificación ecosocialista y decrecentista, orientada a reducir el metabolismo material del Norte global y garantizar una vida digna dentro de los límites del planeta.

Garzón también puso sobre la mesa los desafíos institucionales: el Estado, lejos de ser una herramienta neutra, es un campo de lucha atravesado por inercias conservadoras. “La izquierda no puede simplemente llegar al gobierno y pensar que va a transformar todo”, advirtió. Necesita redes sociales, narrativas movilizadoras, y una estrategia para enfrentar las resistencias del poder económico, mediático y judicial.

Uno de los elementos más ricos de su intervención fue la reflexión sobre el tiempo institucional y sus contradicciones. Las temporalidades de la política electoral, los ciclos presupuestarios o los plazos administrativos raramente se alinean con la urgencia ecológica o las necesidades populares. Y eso limita enormemente cualquier intento de transformación estructural.

Conclusiones: imaginación política y reapropiación del tiempo

La mesa concluyó con un rico intercambio entre las ponentes, que entrelazaron sus miradas para abrir caminos posibles. Frente a la lógica del reloj, del rendimiento y de la acumulación, se alzaron propuestas que reivindican otros tiempos: el tiempo de los cuidados, de la regeneración ecológica, del aprendizaje colectivo y de la vida digna.

Hubo consenso en que el tiempo es una categoría política de primer orden. Y que en el marco capitalista actual, este se convierte en una trampa: acelera para unos, se agota para otros, y se convierte en mercancía para casi todas. Por eso, pensar el postcapitalismo exige también pensar una nueva relación con el tiempo.

Tatiana Llaguno lo formuló así: “Nuestra tarea no es abolir el tiempo, sino liberarlo”.

Por su parte, Noelia Parajuá insistió en que sin recuperar el vínculo con la tierra y con quienes saben cultivarla, cualquier propuesta de transformación quedará incompleta.

Mientras que Alberto Garzón cerró con una advertencia: “El colapso no es inevitable, pero evitarlo requiere una lucha consciente, colectiva y sostenida. Y para eso, hay que disputar el tiempo”.

En un mundo marcado por el agotamiento, la precariedad y la ansiedad climática, esta mesa redonda ofreció algo más que análisis: ofreció horizontes. No recetas cerradas, sino preguntas que incomodan, prácticas que resisten, y visiones que invitan a imaginar lo que aún no es, pero puede ser.

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