Precariedad, qué bonito nombre tienes

Por Marta Castillo

Atículo publicado en eldiario.es, 10 de junio, 2018

Primero fue el co-working, luego llegaron los minijobs, las trabacaciones… y, más tarde, cuando la tasa de desempleo marcó un nuevo máximo histórico, allá por julio de 2012, el trabajo se convirtió en un bien tan escaso que hubo de compartirse. Así es la vida en los tiempos del jobsharing. Más suerte parecieron correr, en cambio, los entrepreneurs que, a la sombra de la ‘nueva economía digital’ y su giro discursivo, sortearon el crack, con start-ups llamadas a introducir innovadores modelos de negocio sostenible y sostenido, eso sí, a hombros de los así llamados “trabajadores pobres”. Cosas de millennials…

De millennials, de treinteenagers, de doers y de riders que ven cómo últimamente la precariedad les adelanta en bicicleta, abanderando una nueva forma de autoempleo part-time, flexible y autónomo, al que el lenguaje periodístico se ha encargado de dar un toque de distinción, vistiéndolo de hipster. ¡Ay!, precariedad, qué bonito nombre tienes. Así, neologismos,  blendings y todo tipo de anglicismos se suceden desde hace tiempo en el discurso mediático, con permiso de la economía ‘colaborativa’, invocando como novedosos fenómenos que en realidad no lo son tanto.

De este modo más o menos sutil, la nueva economía, en una vuelta de tuerca más de su giro discursivo, ha convertido al precariado más joven en sinky, una categoría con aires de tendencia social que aglutina a solteros, con ingresos y sin hijos (single, income, no kids), y constituye una representación más del abismo al que se asoma la juventud española. Lo mismo sucede con los freegans, quienes se abandonan al nesting y los que practican el wardrobing. Ejemplos no faltan en unos tiempos en los que la basura se ha convertido en tesoro y la precariedad, en tendencia. Una paradoja… Y muchas metáforas, marcos y discursos que se autolegitiman por su forma más que por su fondo. Porque no nos engañemos, ¿quién no quiere un planeta más sostenible a cuenta del trash cooking y del aprovechamiento máximo de recursos? O, ¿quién volvería a firmar alquileres abusivos pudiendo practicar el coliving? Y, ¿qué me dicen de la transformación de los sectores productivos tradicionales? Sería de locos no suscribir la nueva cláusula del contrato social que ha traído consigo la uberización del mercado laboral. Pero, aunque la mona se vista de seda…

Precariedad se queda. Y es que en los últimos tiempos esta neolengua, salpicada con todo tipo de atavíos, ha equiparado la necesidad a moda y modelo de una sociedad que debe hacer frente al sinhogarismo y a la desigualdad social cuanto antes, si no quiere pagar la próxima factura con lo que le quede de salario emocional.

A estas alturas ya no cabe duda de que la crisis ha constituido un laboratorio de pruebas donde economistas, profesionales de la comunicación y de la publicidad han testado toda clase de aproximaciones, recursos expresivos, géneros y formatos destinados a comprender mejor un fenómeno que ha terminado por hacer de la erosionada clase media todo un acontecimiento. En este contexto, y a la luz de los ejemplos citados hasta ahora, la articulación discursiva de la desigualdad post-crisis y de los fenómenos surgidos bajo el paraguas de ésta se ha construido a partir de un conjunto de recursos que han asimilado precariedad y tendencia, doblegando la lengua para encubrir una vida que, como diría Butler, para muchos resulta “invivible”.

Así, al trabajador no se le despide, él se reinventa, se desconecta, se autoemplea, se actualiza y se capacita constantemente en el marco de una ética empresarial que hace del trabajo el medio hacia una vida lograda. Otra vez el trabajador convertido en empresario de sí mismo. Si  Foucault levantara la cabeza…

Y es que, no cabe duda de que quizás “infraempleo”, “precariedad”, “pobreza” o “exclusión” suenen mejor en inglés. Más aun si sus homólogos anglosajones se presentan como modos de vida deseable que refuerzan la imagen del ‘buen precario’ y se insertan en discursos, aparentemente alternativos, que actúan como un bálsamo para amortiguar las frustraciones colectivas. Quizás suenen mejor, sí. Y, quizás, es posible que así, en inglés, pierdan parte de su carga denotativa, pero no nos engañemos, por suerte o por desgracia, la realidad no se agota en el lenguaje. Por eso, es posible ver cómo más allá del ejercicio de producción y reproducción llevado a cabo por el discurso periodístico a través de estrategias de encuadre (framing) y renombre de los hechos subyace una mirada que ha convertido en tendencia los daños colaterales de un mal estructural y sistémico que todavía no ha sido superado. Un mal llamado crisis. Una historia interminable. Una “utopía perfecta para el periodista”, como la considera Gil-Calvo, que le ha permitido a éste “hacer la crónica sinfín de un acontecimiento eterno” y del que resulta complejo sustraerse.

Por eso, en unos tiempos en los que la condición de precariedad se ha instaurado como modelo social, a esa generación perdida, al precariado, a los sinkies, a los pobres, los ‘‘nadies, los ningunos y ninguneados’’, a todos les corresponde volver a elegir entre la pastilla azul o la pastilla roja. Entre asumir la precariedad o resistirla. Entre despertar de la fantasía del pensamiento positivo o reforzarlo. Como diría Barbara Ehrenreich, “sonríe o muere”.

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